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Patrimonio cultural e hidráulico

Julia Escorihuela Silvia Pérez-Domingo Colectivo Sollavientos Hace 98 años en Miravete de la Sierra (Teruel) hubo una gran avenida del río Guadalope que inundó huertas hasta el punto de hacerlas desaparecer. Se cuenta la anécdota de que los fajos de trigo quedaron colgados en los chopos cabeceros en alturas de entre 3 y 7 metros. Si se cumplen las tradiciones populares sobre los 100 años de retorno que presentan las grandes crecidas de los ríos en la zona, estaríamos ante un próximo episodio de inundaciones.

 Durante siglos las riberas del río Guadalope se han gestionado mediante plantaciones de chopos cabeceros intercalados con zarzas y espinos, para mantener el cauce y el funcionamiento adecuado del ecosistema fluvial. En las últimas décadas se hizo una actuación inadecuada de reforestación en los márgenes del rio, mediante la introducción del híbrido chopo canadiense en lugar del chopo cabecero, acompañándolo con sargas. La consecuencia ha sido la pérdida de la morfodinámica propia de un río aluvial, debido a la obstrucción del cauce inducida por el crecimiento descontrolado de las sargas, y la caída de los chopos canadienses, cuyo sistema radicular no puede ser comparado con la extensión de las robustas raíces de los centenarios chopos cabeceros.

 En la actualidad, muchos ríos de la Península Ibérica o se han dejado de gestionar, o se han gestionado inadecuadamente tras el éxodo rural y el olvido del manejo de este patrimonio hidrológico y cultural. A este proceso de olvido le siguen más de tres décadas consecutivas de aumento de sequía, en la que han desaparecido gran porcentaje de fuentes, emanación de aguas en barrancos y arroyos, y los ríos han disminuido de caudal y torrencialidad. Con ello, se ha ayudado al fomento de las creencias de la innecesaridad de prevención del riesgo y un aumento de la urbanización en zonas inadecuadas durante las épocas de bonanza económica.

 Según el reglamento que regula de Dominio Público Hidráulico (RDPH, artículo 14) en los ríos y sus márgenes, se define como zonas inundables todas aquellas que fuesen alcanzadas por avenidas de 500 años de periodo de retorno. A esta normativa se le suma la propia Ley del Suelo (artículo 12) que considera a las zonas con riesgo de inundación como suelo rural. De esta forma, las regulaciones sobre el cauce de un río -que es el terreno cubierto por las máximas crecidas ordinarias anuales (artículo 4 del RD 9/2008)- quedan ampliadas a las zonas inundables por crecidas de mayor periodo de retorno.

 Al reducir estos espacios de riberas y márgenes en los planes urbanísticos bajo el desconocimiento de los periodos de recurrencia cíclicos en los ríos, se está aumentando los riesgos derivados de las inundaciones, puesto que a mayor cercanía al cauce en determinadas zonas, mayor afección ante menor crecida –y por tanto más frecuente-. De esta forma, zonas consideradas hace años como “zonas de riesgo alto ocasional” sólo afectadas por avenidas de 500 años de periodo de recurrencia, podrían haber pasado a “zonas de riesgo alto frecuente” afectadas por avenidas de 50 años de periodo de retorno.

 Ahora que el daño está hecho, y hemos aumentado el riesgo de nuestras poblaciones debido al desconocimiento y desinformación sobre el manejo del territorio; o bien consideramos el dar un paso atrás en el terreno para dar un paso adelante hacia la correcta gestión del patrimonio cultural e hidrológico de cauces y riberas, o de lo contrario, ya se puede ir dotando los planes de evacuación y protección civil de adaptaciones al cambio actual de los usos del suelo. Puesto que nuestros usos han cambiado destruyendo el ecosistema de ribera, pero la naturaleza y fuerza de los sistemas fluviales no.

 

Julia Escorihuela

Silvia Pérez-Domingo

Colectivo Sollavientos

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Un paseo por la ribera del Guadalopillo en Alcorisa

El Ayuntamiento de Alcorisa ha organizado este mes de marzo la 1ª Jornada de Medio Ambiente. Entre una amplia gama de conferencias, debates, mesas redondas, excursiones o películas se ha incluido un paseo por la ribera del río Guadalopillo a su paso por el núcleo urbano de dicha localidad. Un programa muy completo, al nivel de una sociedad dinámica y comprometida como la de Alcorisa. En muchos pueblos de Teruel nos gustaría contar con un cartel como éste.

Medio Ambiente

Así, el pasado domingo 18 acudimos a participar en dicha actividad. Con una veintena de vecinos y algunas amigas de Andorra formamos una comitiva dispuestos a disfrutar de la mañana.

Partiendo del parque, iniciamos un pequeño recorrido con el objeto de interpretar el paisaje, identificar los elementos del ecosistema y reflexionar sobre su gestión y conservación.

El parque es bastante extenso y reciente. Se ha construido sobre antiguas huertas y se encuentra muy próximo al río. En el centro hay un gran lago artificial con taludes de cemento y piedra natural y una gran pradera de césped ocupa el resto. Los árboles, casi todos de especies foráneas, aún son pequeños, pero queda un par de grandes y preciosos latoneros. A su paso por el parque, la ribera carece de árboles. Los chopos que había, nos comentan que los quitaron …. para evitar molestias a los paseantes. Una lástima, pues hubieran aportado sombra y algo de solera a este espacio público.

Enfrente, hacia el pueblo, los huertos están cerrados por muros en su fachada al río. En algunos crecen zarzas que acogen a mirlos que ya gorjean en pleno celo esta mañana tibia de final de invierno. El río lleva muy poca agua. Y esta tiene muy poca calidad en este tramo. La escasez de caudal y la lentitud de las aguas se manifiestan en la población de aneas y carrizos que ocupa el cauce, y en las basuras (envases y otros residuos plásticos) que quedan retenidas.

En la margen derecha, una espléndida hiedra tapiza una pared y un enorme zarzal se extiende por antiguos huertos y edificios ruinosos. Los mirlos encuentran en este rincón su refugio, un buen rincón, entre el parque los huertos y la ribera.

Salimos del parque por un sendero que sigue río abajo. Nos encontramos los primeros árboles ribereños, al principio tallares de chopo canadiense, pero también saúcos, pequeños olmos y alguna sarga negra, todos ellos enreligados por zarzales. La presencia de estos arbustos la marca muy bien una curruca capirotada, también en plenos juegos nupciales.

La ribera va ganando en naturalidad. Los chopos negros, todavía no muy grandes y de conformación bravía, predominan aunque también comienzan a verse los primeros álamos blancos. En la margen izquierda, queda algún viejo peral. Más adelante, el talud de un huerto está poblado por viejos latoneros, cuyas retorcidas y gruesas raíces desnudas denotan su edad y la pérdida de suelo, lo que contrasta con sus jóvenes tallos.

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Encontramos un chopo cabecero. El único que resulta claro. Su tronco alcanza los dos metros y le nacen varias vigas. Nos cuentan que antiguamente se aprovechaban las ramillas jóvenes que se cortaban regularmente para el ganado. Un uso muy propio del Maestrazgo y su somontano hacia el valle del Ebro.

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Lo habitual es encontrar chopos podados a poco más de un metro de altura y de cuyo tronco nacen varias vigas. El corte queda más alto que en un tallar pero bastante más bajo que en un trasmocho. Es una técnica que hemos visto en la cuenca del Jalón y que pensamos que no llega a ser la misma que conforma los chopos cabeceros.

Un enorme chopo requiere de siete adultos para rodearlo. Son árboles muy veteranos.

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Un gran sauce extiende sus grandes ramas en paralelo al suelo. También se conoce aquí su empleo tradicional para proporcionar mimbres con destino a la confección de cestos.

Y, un poco más adelante, una hermosa sarga negra forma un túnel sobre el propio río. Las aguas, liberadas de los remansos, corren veloces deslizándose por unos pequeños rápidos. En la orilla, las calas abren sus tiernas hojas apurando para florecer antes de que surja el denso follaje del soto. En las copas se oyen bandos de mitos y en los troncos pía un agateador común.

A su paso por la línea eléctrica, una compañía ha desmochado algunos chopos y álamos para evitar el contacto con los cables. Es posible que algunos puedan hacerse trasmochos si dentro de unos años los vuelven a podar.

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Durante el paseo nos acompaña Manuel Cirugeda, natural de Fuentes Calientes y con raíces en Fuenferrada. Es un veterano tirador de pinos y de chopos cabeceros que conoce bien el oficio y que recorrió en sus años jóvenes las riberas del Martín, Guadalope y Pancrudo. Trajo la herramienta para hacer trasmochos a un par de chopos negros. Le gusta el oficio. Maneja la motosierra con soltura. Estudia el punto de corte en el tronco para dejar zonas de rebrote que aseguren el futuro del árbol. Y analiza también la caída de los troncos para evitar accidentes. Es sabedor de una profesión difícil y arriesgada, que alarga la vida de los árboles y que, hasta hace poco, proporcionaba recursos en los pueblos.

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Sirvan estas líneas de homenaje a Manuel y a otros veteranos tiradores de vigas de chopo, amantes del campo y de los árboles, que han conseguido transmitir un patrimonio como son los viejos chopos cabeceros de los ríos turolenses.