EL RÍO CABRA, OTRA DE LAS JOYAS DE CUENCAS MINERAS

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El otoño es dulce en las sierras de Teruel. Lo comprobamos, una vez más, en un paraje que desconocíamos: los estrechos del río Cabra, entre Torre las Arcas y Castel de Cabra. En la cuenca del río Martín.
 
Accedimos desde esta última localidad, donde dejamos el auto. Pasamos primero por unos bancales perdidos y después, directamente, ya tuvimos que avanzar por una áspera e inclinada ladera de calizas jurásicas. Había que evitar un estrecho. Llovía fino. Una mano en el paraguas, y con la otra haciendo equilibrios para no resbalar. Las rocas agarraban bien las suelas de las botas. Menos mal. Pasamos sobre el estrecho y tras destrepar un peñasco nos asomamos al valle que se abría hacia el norte. 
 
A partir de la imagen de SIG-PAC esperábamos encontrar una formación de chopos cabeceros. No nos equivocamos. Ahí estaban.
 
 
Una larga hilera de jóvenes y esbeltos chopos cabeceros con sus rectas y largas vigas nos saludaban desde el fondo del valle. Ahora, había que bajar hasta allí.
 
Era una ladera completamente deforestada. Escasamente, estaba poblada de lastón, tomillo y sabina negral. Abundaban los excrementos de cabra montés. Y las vaquetas o caracoles serranos, indicadores de climas más atemperados. Se nota la influencia del aire Mediterráneo que entra desde los valles del Ebro y del Martín. 
 
Cuando observas montes cubiertos de una vegetación tan rala te imaginas la pobreza del suelo. Y la adaptaciones que deberán tener las pequeñas matas que la componen. El suelo, muy pedregoso, estaba empapado de las lluvias recientes. En una estrecha vaguada se apreciaba la erosión causada por la violenta escorrentía superficial y que dejaba la red de oscuras raíces de aquellas al descubierto. Era la exhumación del desconocido sistema radicular. El suelo, un mundo subterráneo.
 
 
En la otra orilla, igualmente, pastizales sobre una empinada ladera de margas y calizas, estas cretácicas. Se notaba muy bien la querencia de las plantas. La sabina negral, en los estratos de calizas. La aliaga, el tomillo y el lastón, sobre las margas. 
 
 
A pesar de la práctica desaparición de los rebaños de ovejas en estos pueblos, le cuesta mucho recuperarse el matorral por la escasez de suelo y ... por la reciente presencia de rebaños de cabras monteses.
 
Al ir descendiendo nos sorprendió la belleza de un rebollar que crecía en la solana de un monte de tierras pardas, al pie de unos peñascos de arenisca rodeno. El royo de la piedra y el verde amarillo de la hoja del roble, salpicados del anaranjado de algún azarollo y el verde oscuro de alguna carrasca componían un cuadro otoñal en aquel perdido valle.
 
 
Bajamos por un mar de aliagas. Bancales ya perdidos, tal vez hace más de cincuenta años. Eran tierras pardas. Había cambiado el suelo. Entramos en un terreno en el que afloraban unas rocas que parecían volcánicas. Nos equivocamos. Se trataban de unas argilitas y cuarcitas paleozoicas del Carbonífero.
 
Esto explicaba la vegetación. No es común encontrar un rebollar en solana por estas tierras. La alteración de estas rocas produce arcillas y limos que forman suelos capaces de retener agua durante los meses de verano, justo cuando la necesita el citado roble menos resistente a la sequía que la carrasca.
 
En la parte baja de la ladera el aliagar se transformaba en un espinar cerrado de escalambujeras, zarzas y gazpoteras. Era el dominio del petirrojo.
 
 
Nos acercamos al río Cabra. Más que un río un arroyo, que sacaba pecho tras las recientes lluvias. Le habían hecho olvidar el largo y reseco verano. Flanqueándole, unos viejos chopos cabeceros con vigas de más de cincuenta años. 
 
 
Junto al río, los muros de piedra y argamasa que permitían el paso de una canal empleada para la conducción del agua de la acequia y el riego de los huertos, y que el abandono y alguna riada se llevó por delante. 
 
Para evitar el espinar que cerraba el fondo del valle ascendimos por la ladera de la margen izquierda. Había cambiado la química del suelo, ahora cada vez más pedregoso. La estepa negra rellenaba los huecos que dejaba el carrascal. Nos resultaba chocante la combinación de estepa con romero, que comenzaba a dejarse ver. Entre las peñas se erguían las matas de guillomera, espléndidas con sus hojas amarillas que ya estaban comenzando a caer ...
 
 
y acompañado de algunos azarollos espontáneos, procedentes con seguridad de la dispersión de sus semillas por el zorro o por algún otro carnívoro ...
 
 
La arenisca roya triásica (Buntsandstein) ya asomaba. Como la de Bezas, la de Peracense, la de la Virgen de la Hoz, la de las dehesas de Soria. ¡Qué unidad geológica tiene la cordillera Ibérica!
 
La resistencia de la roca era el origen de un relieve singular a partir de aquellos estratos buzados ...
 
 
Mientras que el desplome de alguna de las viseras creaba formas que recordaban a los monumentos megalíticos ...
 
 
A través de unos campos fuimos volviendo hacia el río. En el matorral encontramos a una aliaga de menor talla y de tallos más cortos. Se encontraba acompañada de la aliaga que mejor conocemos, la Genista scorpius. Sospechamos que se trata de Genista hispanica, aunque no estamos seguros pues esta especie es calcícola y aquellos terrenos eran silíceos. Aquí dejamos una prueba.
 
 
Alcanzamos el río de nuevo. Una de las formaciones más hermosas de chopo cabecero de la cuenca del Martín. El pleno otoño húmedo. En su mejor momento. 
 
 
Fue un festival de belleza ...
 
 
que nos dejó sorprendidos ..
 
 
... y que aún fue enriqueciéndose al enseñorarse el rodeno, con sus pinares ....
 
 
y sus acantilados ...
 
 
Nos asomamos al barranco del Acebo, el orgullo de las gentes de Torre las Arcas. Y, al poco dimos con el molino, donde descansamos y aprovechamos para echar un bocado, tras horas de caminar sin descanso en aquella gris y fría mañana. 
 
 
No nos enredamos mucho. Había que volver a Castel de Cabra. Para ello, tomamos un camino que remonta decidido frente al molino y que tras varias lazadas te eleva sobre materiales carboníferos de nuevo y que termina en la carretera. Al ascender merecía la pena volver la mirada sobre el valle del río Cabra ...
 
 
Rojos, verdes, amarillos, pardos ....
 
Quedaban varios kilómetros. Caía la tarde y arreciaba el viento frío. Pero, el viento iba removiendo las nubes permitiendo ver el sol, por primera vez en la excursión. Mereció la pena. Las calizas cercanas a Castel nos dejaron una de las imágenes más hermosas de la jornada.
 
 
Tres pequeñas parideras y sus respectivos corrales. Tres pequeños tesoros de la arquitectura popular. 
 
Otra más de las muchas joyas que atesora la comarca de las Cuencas Mineras.