El Teruel en donde nunca pasa nada... ¿o sí?

chopos 016
El sábado pudimos asistir, en pleno altiplano turolense, a una entrañable jornada dedicada al chopo cabecero. En Aguilar del Alfambra hay vida. Mucha vida. En estos pueblos donde la agricultura y la ganadería ha quedado como único medio (o remedio) comienza a cocerse algo. O mejor, muchas cosas.

Resulta curioso y muy reconfortante encontrarse estos oasis culturales con gentes deseosas de enseñar un valioso entorno del que son perfectamente conscientes. Ya me ocurrió un año en Galve, con 12 bajo cero en una noche estrellada un pequeño bar de pueblo es una fuente de información, sabiduría y amor por la tierra. Con el calor de la sopa se puede hablar de dinosaurios, poesía o de un libro de un autor absolutamente desconocido pero que ya atrae con sólo nombrarse en ese ambiente. A veces recuerdo esos momentos y parecía estar en el Brick, la taberna de Holling Vincoeur en una de las mejores series de la televisión: Doctor en Alaska.

Pero esto es Teruel. Aquí no hay osos, ni grandes ríos. Ni siquiera espectaculares paisajes con bosques frondosos. Es el Teruel más profundo y genuino, el de las montañas desnudas, las enormes extensiones de secano, las heladas blancas y negras, el de los tormentones de verano y las ventiscas heladoras de invierno. El Teruel de los pequeños pueblos aquí y allá, de los atardeceres intensos y de las noches más oscuras y silenciosas que jamás se puedan ver y oir. Y como no: el Teruel con las mejores riberas de chopo cabecero que existen.

Unas gentes unidas por una idea común: el desarrollo sostenible de su pueblo. Y el chopo cabecero juega un papel fundamental en ese esquema. Lo saben, al igual que todos los que pudimos disfrutar de esa gran fiesta. Una fiesta que giró en torno al chopo cabecero, pero cuyo trasfondo es un enorme sentir popular lejos del típico polígono industrial, de la mina a cielo abierto, de la agresión, el politiqueo, el chantaje y el engaño.

El chopo cabecero es un enorme tesoro que tenemos en los ríos de buena parte de la ibérica de Teruel y Zaragoza. Es el icono de una forma de vida común en cientos de kilómetros de ríos, ramblas y arroyos. El resultado de siglos de manejo y un legado en forma de vieja maravilla que resiste como puede al paso del tiempo. Es nuestro deber el conservarlo y mantenerlo. Como paisaje, como cultura, arte y patrimonio. Como reclamo turístico, como el jamón y el queso más exquisito.

No se podrá comer, pero su fiesta deja un sabor muy dulce. Mención especial a ese entusiasta y especialista trabajador de estos árboles, Herminio Santafé.

Os dejamos con el audiovisual que se proyectó con motivo de este día y con el texto del manifiesto conjunto que leyó Chabier de Jaime.

Hasta el año que viene y enhorabuena a todos por la estupenda jornada.
Fernando Herrero