Amenazas

QuemasLos cambios sociales, económicos y técnicos acontecidos en los últimos cuarenta años han propiciado el abandono de los usos tradicionales de los chopos cabeceros y, por tanto, de los cuidados que los mantenían. Los trasmochos encuentran una creciente dificultad en soportar el ramaje sobre su tronco, problema que se resuelve despojándoselo en la siguiente escamonda. El cese de la escamonda inestabiliza el sistema debido al enorme peso de las vigas y a la gran exposición al viento por su gran longitud: las ramas se tronzan y caen, mientras los troncos se desgajan. Tradicionalmente la escamonda mantenía unos turnos de entre 12 y 15 años. Un censo realizado en la cuenca hidrográfica del río Pancrudo (Teruel) puso de manifiesto que el 62,5 % de los chopos cabeceros habían sido escamondados hacía veinte años o más. Si no se reinstaura el sistema de gestión, en menos de veinte años se producirá un colapso de estas choperas monumentales. Los árboles que han perdido el régimen regular de desmoche presentan una anomalía funcional que se traduce en una disminución de supervivencia, especialmente acusada en los ejemplares más viejos. Precisamente los de mayor valor ambiental. En las últimas décadas se aprecia un descenso en el nivel freático de los acuíferos originado por la disminución en el régimen de precipitaciones y el incremento en el consumo de agua con fines agrícolas. Este hecho limita la disponibilidad de agua para la vegetación ocasionando estrés hídrico y la muerte del extremo apical de cada viga, además de un adelanto en la senescencia y caída foliar.

Chopos_192_OK_Pgina_024_Imagen_0001Desde 1950 el Patrimonio Forestal del Estado fomentó el cultivo de chopos híbridos euroamericanos sobre aquellas riberas en las que preexistían importantes masas de chopos cabeceros lo que provocó la tala de docenas de miles de ejemplares. Estos viejos árboles fueron considerados por los gestores forestales como refugio de plagas forestales y de baja productividad, ideas que acabaron calando entre los agricultores. En otros casos, los árboles fueron cortados para evitar el sombreado en los cultivos sin llegar a ser sustituidos por ningún otro. Las Confederaciones Hidrográficas del Ebro y del Júcar realizan periódicas limpiezas en los cauces para facilitar la circulación del agua durante las crecidas. En ellas las máquinas verticalizan los taludes y sobreexcavan el lecho, lo que daña las raíces y favorece la inclinación –y caída- de los chopos. También se eliminan aquellos cuerpos susceptibles de acumularse y obstaculizar el tránsito del agua. Muchos árboles y arbustos, especialmente muchos viejos cabeceros, son así cortados y quemados. Amplios tramos de las riberas del Jalón, Piedra, Perejiles o Jiloca han sido arrasados lo que ha elevado denuncias a la Comisión Europea por su impacto ambiental.

Por otro lado, con el fin de reducir las pérdidas de agua, las administraciones están promoviendo y financiando a las comunidades de regantes la canalización y cementado del cauce de grandes acequias, así como el entubamiento de otras menores. Kilómetros de carrizales y herbazales que surcaban las vegas a los que se asociaban interesantes comunidades biológicas han desaparecido. A la vez, multitud de chopos trasmochos se han quedado con las raíces secas y comienzan a decaer como puede verse en las cuencas del Martín y la del Jiloca. Las concentraciones parcelarias abren drenajes y modifican los cursos de agua afectando a los sotos y arboledas que las orlan. Talas de chopos cabeceros han sido denunciadas por asociaciones ecologistas en el valle del Alfambra (Camarillas) y en el del Guadalope (Cuevas de Almudén y Jarque de la Val). Es paradójico que en estos parajes no hay otros árboles que los viejos álamos trasmochos.

La construcción de embalses se asocia a la desaparición de los bosques de ribera, siendo chopos cabeceros en muchos casos. Esto ya ocurrió hace décadas en los embalses de La Tranquera, Aliaga, Cueva Foradada y Las Torcas. Más recientemente, en la construcción del Pantano de Lechago, se estima una pérdida por la inundación de unos 560 cabeceros (prácticamente todo el tramo bajo del río Pancrudo), siendo al menos 40 de ellos de dimensiones monumentales. Los embalses proyectados en Los Alcamines y en Las Parras de Martín son nuevas amenazas.

Antaño, los herbazales y carrizales que crecen en las acequias eran segados por los propios agricultores. Recientemente se ha extendido la costumbre de quemar esta vegetación seca durante el invierno. El chopo, al ser una especie muy sensible al fuego, sufre grandes daños durante estas quemas, lo que provoca la muerte de varios cientos de árboles cada año.