Troncos viejos, ramas nuevas

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Imaginemos lo que debía de significar hace unas décadas el paseo de un hombre de campo por los sotos de Aguilar de Alfambra. Cada año, en la época de la escamonda, echaría un vistazo a los chopos cabeceros, que de algún modo habrían de llevar escrito el sosegado discurrir de su existencia. También él, cuando se casó, cortó las ramas gruesas del chopo para construirse un techo, y el día que le nació el primer hijo dejó crecer tres ramones para que, quince o veinte años después, el vástago pudiera talar las vigas de su propia casa. El hombre vería en estos fustes jóvenes, tiesos, tersos y robustos, un prós-pero futuro sustentado en un tronco cada vez más ancho y cada vez más viejo. En reali-dad no vería un árbol joven o viejo, sino un tronco todavía en desarrollo con ramas a punto de terminar su ciclo, o un tocón añoso del que brota una primera pelambrera fresca con que dar de comer al ganado. Lo vería crecer cuando los ramones adquiriesen consistencia y sirviesen para leña, o soñaría con los metros que faltaban a las vigas para cumplir un rito de fecundidad.

Porque esa es la gran virtud estética del chopo cabecero. Como árbol culto, crea-do por hombres del campo, su presencia es siempre una hermosa dialéctica entre dos maneras de medir el tiempo. El tronco se hace centenario con más facilidad que los árboles no intervenidos, pero las ramas, para que el árbol siga vivo, deben cortarse to-davía jóvenes, en su más lozana plenitud, antes de que su excesivo peso quebrante la estructura del árbol entero. Sólo con el incesante sacrificio de las ramas puede pervivir el tronco bulboso y arrugado. El dolmen venerable reclama el sacrificio de los mozos.

Pero los plazos de las distintas fases de la escamonda garantizan a su vez imáge-nes legibles como las líneas del tronco en el centro de las cicatrices, como la curvatura de la corteza que se repliega y trata de cubrir la herida. Algunos chopos ya ramoneados pre-sentan imagen de arbusto gigantesco, haz de gruesas falces erizadas. Otros, a los que también les han sacado ya la leña, dejan tres ramas como velas, el tronco patriarcal y retorcido que sostiene a sus tres hijos casaderos.


Sólo cuando se marchasen sus hijos del pueblo, aquel caminante de los años sesenta vería cómo el chopo cabecero envejecía entero por igual, y cómo ese regreso a su ser natural precipitaba su muerte. Cuarenta años después, un paseo por las dehesas de chopos cabeceros –de aquellos que la confederación hidrográfica deja para uso de parti-culares o que los particulares dejan en manos de la confederación– no es una imagen viva de la especie sino un monumento avasallado por las zarzas. Es imposible ver en qué ciclo vital se encuentra el árbol, en qué parte de la vida de quienes lo cuidan. Los hijos se hicieron viejos sin salir de casa, todo se llenó de broza, nadie recogió la leña. Con el cierzo del invierno se escuchan crujir las entrañas carcomidas. En verano, entre el fragor de las hojas, los aires de tormenta los desgarran, mientras en el pueblo se hunde el techo de un antiguo palomar.

No veremos el espectáculo de las choperas de trasmochos mientras no estén to-dos vivos, en alguno de los muchos turnos de poda por los que pasan mientras nosotros todavía somos jóvenes o ya tenemos más de tronco que de rama. Ahora vemos, sobre todo, frondosas carcasas huecas, fantasmas impresionantes. Pero allá donde la esca-monda es general (no simultánea), reaparecen unas proporciones incluso más humanas, el bosque es variado como variada es la gente y las verduras, y destaca entonces su con-dición rural, su aspecto de huerto con solera, de parra umbrosa, de árbol cultivado. No es casual, como recordaba hace poco Chabier de Jaime, que en Europa crezca el movi-miento conservacionista de los trasmochos. En una época de búsqueda casi frenética de rasgos identitarios, cuando conviven los cultivos globalizados y las tradiciones de última hora, cunde la idea de que el paisaje es esencial como las piedras de un palacio, los árboles como los peirones, los bosques como las iglesias. Ninguna mansión está viva si su jardín no está cuidado. La identidad es un pacto de permanencia, la garantía de que distintas generaciones han de ver pasar un mismo río. Nuevos chopos cabeceros deberían agrandar los sotos, pensados para que siguiesen siendo hermosos dentro de cuatro o cinco generaciones, para que en el paisaje queden símbolos permanentes de aquella parte de nuestra identidad que nos mantiene unidos a la tierra.

Antonio Castellote

El río, los chopos y los sentimientos

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Los chopos cabeceros (Populus nigra) majestuosos, altos y gruesos, tienen coloridos muy variados desde el verde intenso en primavera al amarillo oro en el otoño, pasando por una desnudez en invierno que deja entrever, con sus ramas sin hojas, el paisaje que queda detrás.

El chopo cabecero es un símbolo importante en el paisaje de Teruel, un árbol que inspira sentimientos de bondad. Hace varias décadas aportaba una materia prima, la madera, de gran utilidad en la vida cotidiana de las personas que trabajaban en el campo. Resultado de una antigua actividad agroforestal, estos chopos son árboles trasmochos cuyas ramas, rectas y altas, eran empleadas para vigas en la construcción de casas, corrales y parideras, leña para los hornos de cocer el pan, estufas para calentarse y guisar, estacas para las hortalizas trepadoras, utensilios para comederos de los animales, sombras para descansar en la época estival el ganado ovino, caprino y vacuno, entre otros muchos usos más. Todo el árbol tenía utilidad.

Estos chopos han jugado un papel importante en los ríos. Gracias a ellos las huertas se han salvado de ser inundadas; marcan el cauce del río con grandeza, con señorío, y más si ha existido un orden al plantarlos y se ha cuidado la poda. Si están podados en desorden, intercalados, pronto sufren las consecuencias, los de la sombra se inclinan buscando el sol, lamentando no estar a la altura de los que les proporcionan una sombra indeseada. El paisaje de los ríos está cambiando paulatinamente, los chopos desaparecen por las inclemencias del tiempo, por falta de cuidados; debajo de ellos están naciendo y creciendo enebros y sabinas, con los años existirán problemas en la poda, dado que las sabinas alcanzan gran altura.

Estos árboles son un patrimonio natural que se debe cuidar. Un claro ejemplo de una actuación que los ha perjudicado está en la cabecera del Guadalope. En la década de los 70 se arrancaron de raíz los chopos cabeceros a lo largo de un tramo de unos 3 Km. Los sustituyeron por chopo canadiense, apto para explotación privada en bancales. A la vista está el deterioro del río: plantaron sarga para marcar el cauce y cuando hay crecida del río las sargas y los materiales arrastrados obstruyen el paso del agua. El río va cada vez por un lugar diferente, lo que ha perjudicado a la fauna: truchas, topos, reptiles, anfibios y nutrias. Para estos animales el agua, las cavidades entre las raíces y la permanencia del curso por el mismo lugar son su seguridad y su refugio.

Sería conveniente que las instituciones públicas protegieran este patrimonio prestando la ayuda necesaria para podar los chopos. En este momento corren un serio peligro de desaparecer. Hay chopos a los que se les están secando los extremos de las ramas y si pasa una década más muchos desaparecerán y con ellos se perjudicará a la pirámide ecológica de esta zona; en los huecos de sus grandes troncos se cobijan numerosas aves e insectos. Sería conveniente actuar de inmediato en los chopos centenarios y después replantar donde se considere oportuno. La madera de chopo hoy en día no resulta rentable, por ello los propietarios no se hacen cargo de los cuidados que precisan estos árboles.

El chopo cabecero es una gran riqueza natural. Resulta agradable dar un paseo por un camino al lado del río y bajo su sombra, oír cómo el viento mueve sus hojas, descansar apoyado en su grandioso tronco, coger unas setas de chopo que están riquísimas guisándolas con su propia leña; cuántas historias albergan de nuestros antepasados. En la época de la siega su sombra era el lugar más propicio para comer y descansar. Si los campos de cultivo estaban alejados del domicilio, el chopo mantenía sus alimentos a la sombra más frescos, ir al domicilio a comer no tenía sentido por pérdida de tiempo, no había vehículos.

El paisaje es belleza, es el sentimiento que nos rodea, somos hijos del esfuerzo de nuestros mayores, el paisaje es vivir, vivirlo sintiendo, sino se siente, el paisaje está muerto, sencillamente porque es el desmoronamiento de la cultura, es la falta de sensibilidad lo que permite el ecocidio, andamos anestesiados con relación a lo que nos rodea. Garcilaso de la Vega en un poema dice (si preguntado, soy lo demás) somos esa agua, tierra, aire, energía, raíces el vínculo de todas esas cosas permitiéndonos vivir dentro de cada uno de nosotros. Hay que apostar por estos árboles, que no desaparezcan y sean una riqueza que disfruten las generaciones venideras. Orgullosos del legado que ya recibimos ¿seremos capaces de dejárselos y enseñarles a cuidarlos? Hay que intentarlo.

Julia Escorihuela. Colectivo Sollavientos

El uso tradicional del chopo cabecero

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Los chopos cabeceros son el producto de la gestión a cargo de la sociedad campesina del álamo negro (Populus nigra) mediante escamonda periódica durante generaciones. Como buenos trasmochos, son árboles de trabajo. Es decir, aquellos que han sido cuidados para la producción a lo largo de sus vidas de bienes aprovechados por el ser humano. Esa es su razón de ser. 

Los álamos descabezados no son los únicos manejados mediante este tipo de poda en esta parte de la cordillera Ibérica ya que también se han gestionados sauces blancos, mimbreras, fresnos y, en menor medida, rebollos. Aunque sí son los más abundantes y con mayor contribución en el paisaje.

Este aprovechamiento agroforestal parece ser antiguo. Así, se han encontrado referencias bibliográficas que describen explícitamente esta técnica de gestión en la cuenca de Gallocanta de 1790. Su origen  puede ser muy anterior.

Las ramas de los chopos cabeceros han sido históricamente empleadas como vigas en la construcción, tanto en las cubiertas como en los solados. Este árbol reúne un alto ritmo de crecimiento, palos largos y rectos con unas propiedades mecánicas adecuadas, pudiendo obtenerse además cinco o seis vigas de calidad de un mismo ejemplar en una misma cosecha. Su madera es resistente a la carcoma y podredumbre especialmente en ambientes de baja humedad. Era utilizado en la construcción de viviendas, pero sobre todo en la de graneros, pajares y parideras. De hecho, este es el principal aprovechamiento de dichos árboles, cuya área de distribución coincide fielmente con la de su presencia en las edificaciones de los núcleos urbanos próximos. Hasta la llegada de las vigas de hormigón, las ramas de los cabeceros eran muy usadas en la construcción y debieron tener una alta demanda durante el máximo demográfico en los pueblos turolenses de principios del siglo XX.

El chopo cabecero forma parte de la cultura ganadera de ovino tradicional de estas tierras. Es habitual que las choperas funcionen como vías pecuarias locales en los movimientos de rebaños dentro de un mismo término. Al disponerse sobre el fondo de los valles, las ovejas aprovechan los pastos mientras se desplazan. Salpicadas con sus monumentales árboles, estos frescos prados comunales, son en realidad alargadas dehesas. La hoja del chopo, sin ser muy nutritiva, gusta mucho al ganado. La oveja y la cabra comían aquellas que les resultaban accesibles y las de las ramillas que les cortaba el pastor a su paso. En el Maestrazgo el uso forrajero era el principal aprovechamiento de estos árboles; para la Sanmiguelada todas las ramillas de cada viga eran cortadas y recogidas para alimentar al ganado durante el invierno con la hoja seca. Un uso aún vigente de las choperas de cabeceros es como majadas veraniegas para el sesteo del rebaño, al contar con intensa sombra y agua próxima.

En los páramos y sierras turolenses el frío invernal es intenso y prolongado,  por lo que la leña ha sido un recurso energético de gran valor al tratarse de un territorio muy deforestado. Vigatillas y ramas menores eran recogidas tras cada escamonda para su uso en calefacción doméstica o en pequeñas industrias. Hoy es el único uso que mantiene la escamonda de los cabeceros.

Su cultivo en los márgenes de ríos, ramblas o acequias estabilizaba los taludes ante la acción erosiva del agua y al tiempo que protegía las fincas contiguas. En menor medida y según territorios, la madera de chopo cabecero también se empleaba en carpintería, como puntales en minería y para la fabricación de cajas y viruta para embalaje de fruta, lo que le propició cierto esplendor antes de la expansión de las plantaciones del chopos híbridos.

En menor medida, se utilizó como árbol ornamental cerca de ermitas, como pararrayos natural y para proteger de las inclemencias atmosféricas en los amplios secanos, así como en las fiestas populares, bien como enramadas o bien en las hogueras invernales. 

Chabier de Jaime Lorén

Colectivo Sollavientos