Ríos, acequias, fuentes y chopos

 

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El chopo es una planta con una fuerte dependencia del agua. Tiene un gran porte, abundantes hojas, mucha savia, una extensa red radicular… Su gran facilidad para extraer agua del suelo y subsuelo, transportarla hasta las hojas y transpirarla en grandes cantidades, explica en parte su rápido crecimiento. Por esta misma razón, puede llegar a competir con el hombre por un bien tan preciado como es el agua. 

Sin embargo, el chopo abunda en nuestros valles. En el Alto Alfambra, en el Pancrudo, en el Jiloca…, los chopos cabeceros forman hileras casi continuas, que permiten adivinar el trazado de los ríos. Pero no es éste el único lugar en el que podemos encontrarlos. También los hallamos a lo largo de las acequias de los sistemas de regadío tradicional, formando hileras, y en torno a manantiales y rezumaderos de agua, casi siempre en pequeños grupos, indicando claramente su localización.

¿Cuál es la razón de su abundante y sistemática presencia en estos tres tipos de lugares, cuando puede llegar a ser un competidor en el consumo de agua? Indudablemente porque, en una sociedad tradicional, sus ventajas son mayores que los problemas que puede llegar a generar.

Los chopos cabeceros de las riberas fluviales son una versión simplificada del bosque-galería natural. Esta simplificación, probablemente, reduce el consumo total de agua del río, y además ayuda a fijar sus márgenes, a “inmovilizar el río”. En un paisaje de regadío fluvial tradicional, de azud y acequia, es fundamental sacarle la máxima extensión de huertas a las terrazas bajas del río. Esto se consigue con una acequia-madre que gane pronto altura y se separe al máximo del curso fluvial. Y también con un río “canalizado”, que ocupe el mínimo espacio posible, y que no cambie su trayectoria durante las grandes avenidas. Para ello, nada mejor que sustituir el bosque-galería natural, más amplio e irregular, por una tupida hilera de chopos. Además, estos árboles pueden seguir siendo refugio de la fauna, descansadero de ganado en pequeñas choperas, y cultivo del que se puede aprovechar las hojas como forraje, o las vigas como combustible y material de construcción. Cada chopo tiene su dueño.

En las acequias, los chopos no consumen apenas el agua que circula por ellas, sino que aprovechan las pérdidas de agua debidas a la infiltración, a los agujeros de topillos y otros animales, etc. También sirven de refuerzo de sus márgenes estrechas y sobreelevadas, previniendo roturas y ayudando a fijar el barro suelto que se va acumulando tras las periódicas “limpias” del canal. En cierto modo, el chopo ayuda al hombre en la paulatina labor de construcción de la propia acequia.

Un beneficio similar ocurre en las fuentes y rezumaderos de agua. Aunque no se trate de una surgencia difusa, es casi imposible captar toda el agua de un manantial. Por ello, los puntos de surgencia de aguas subterráneas, sean naturales o canalizados con caños, siempre presentan una mayor o menor cantidad de agua en el suelo, que aprovechan los chopos cabeceros. Estos árboles, incluso, pueden servir para drenar humedales impracticables y para crear prados y sesteaderos para el ganado.

El Alto Alfambra es un espacio idóneo para observar estas tres localizaciones del chopo cabecero y para comprender sus funciones y beneficios (agrícolas, ganaderos, ecológicos, económicos…). Es un libro abierto para leer las relaciones entre el hombre y el chopo, y admirar la sabia simbiosis que se produjo en la cultura de nuestros antepasados recientes: El chopo cabecero, además de otras muchas más cosas, es una pieza clave del paisaje de regadío tradicional.

Alejandro J. Pérez Cueva. Colectivo Sollavientos