El uso tradicional del chopo cabecero

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Los chopos cabeceros son el producto de la gestión a cargo de la sociedad campesina del álamo negro (Populus nigra) mediante escamonda periódica durante generaciones. Como buenos trasmochos, son árboles de trabajo. Es decir, aquellos que han sido cuidados para la producción a lo largo de sus vidas de bienes aprovechados por el ser humano. Esa es su razón de ser. 

Los álamos descabezados no son los únicos manejados mediante este tipo de poda en esta parte de la cordillera Ibérica ya que también se han gestionados sauces blancos, mimbreras, fresnos y, en menor medida, rebollos. Aunque sí son los más abundantes y con mayor contribución en el paisaje.

Este aprovechamiento agroforestal parece ser antiguo. Así, se han encontrado referencias bibliográficas que describen explícitamente esta técnica de gestión en la cuenca de Gallocanta de 1790. Su origen  puede ser muy anterior.

Las ramas de los chopos cabeceros han sido históricamente empleadas como vigas en la construcción, tanto en las cubiertas como en los solados. Este árbol reúne un alto ritmo de crecimiento, palos largos y rectos con unas propiedades mecánicas adecuadas, pudiendo obtenerse además cinco o seis vigas de calidad de un mismo ejemplar en una misma cosecha. Su madera es resistente a la carcoma y podredumbre especialmente en ambientes de baja humedad. Era utilizado en la construcción de viviendas, pero sobre todo en la de graneros, pajares y parideras. De hecho, este es el principal aprovechamiento de dichos árboles, cuya área de distribución coincide fielmente con la de su presencia en las edificaciones de los núcleos urbanos próximos. Hasta la llegada de las vigas de hormigón, las ramas de los cabeceros eran muy usadas en la construcción y debieron tener una alta demanda durante el máximo demográfico en los pueblos turolenses de principios del siglo XX.

El chopo cabecero forma parte de la cultura ganadera de ovino tradicional de estas tierras. Es habitual que las choperas funcionen como vías pecuarias locales en los movimientos de rebaños dentro de un mismo término. Al disponerse sobre el fondo de los valles, las ovejas aprovechan los pastos mientras se desplazan. Salpicadas con sus monumentales árboles, estos frescos prados comunales, son en realidad alargadas dehesas. La hoja del chopo, sin ser muy nutritiva, gusta mucho al ganado. La oveja y la cabra comían aquellas que les resultaban accesibles y las de las ramillas que les cortaba el pastor a su paso. En el Maestrazgo el uso forrajero era el principal aprovechamiento de estos árboles; para la Sanmiguelada todas las ramillas de cada viga eran cortadas y recogidas para alimentar al ganado durante el invierno con la hoja seca. Un uso aún vigente de las choperas de cabeceros es como majadas veraniegas para el sesteo del rebaño, al contar con intensa sombra y agua próxima.

En los páramos y sierras turolenses el frío invernal es intenso y prolongado,  por lo que la leña ha sido un recurso energético de gran valor al tratarse de un territorio muy deforestado. Vigatillas y ramas menores eran recogidas tras cada escamonda para su uso en calefacción doméstica o en pequeñas industrias. Hoy es el único uso que mantiene la escamonda de los cabeceros.

Su cultivo en los márgenes de ríos, ramblas o acequias estabilizaba los taludes ante la acción erosiva del agua y al tiempo que protegía las fincas contiguas. En menor medida y según territorios, la madera de chopo cabecero también se empleaba en carpintería, como puntales en minería y para la fabricación de cajas y viruta para embalaje de fruta, lo que le propició cierto esplendor antes de la expansión de las plantaciones del chopos híbridos.

En menor medida, se utilizó como árbol ornamental cerca de ermitas, como pararrayos natural y para proteger de las inclemencias atmosféricas en los amplios secanos, así como en las fiestas populares, bien como enramadas o bien en las hogueras invernales. 

Chabier de Jaime Lorén

Colectivo Sollavientos