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	<title>Xilocapedia - Contribuciones del usuario [es]</title>
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	<subtitle>Contribuciones del usuario</subtitle>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Discusi%C3%B3n:Linaje_de_Mateo&amp;diff=23177</id>
		<title>Discusión:Linaje de Mateo</title>
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		<updated>2009-03-13T16:18:10Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogQnVlbm9zIGRpYXMsIG1lIGxsYW1vIE9yaW9sIE1hdGVvIHkgTGxhY2gsIG1pIGZhbWlsaWEgc8OzbiBsb3MgbWF0ZW8gZGUgb2pvcyBuZWdyb3MsIGxsYW1hZG9zIGxvcyBSZXF1aW50b3MsIHRlbmdvIHRvZG9zIGxvcyBkb2N1bWVudG9zIGdyw6FjaWFzIGEgdXN0ZWRlcywgcGVyw7Mgbm8gaGUgZW5jb250cmFkbyBsYSB2Li4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Buenos dias, me llamo Oriol Mateo y Llach, mi familia són los mateo de ojos negros, llamados los Requintos, tengo todos los documentos grácias a ustedes, peró no he encontrado la vinculción de mis mateo, tengo entendido que eran los llamados Requintos, la única referencia es que vivian al Barrialto de Ojos Negros, el abuelo de mi abuelo Mauricio Mauro Mateo Rubio era Damaso Mateo que se caso con Narcisa Rabanaque y tubieron cuatro hijos Damaso Mateo Rabanaque, llamado de malnombre Ambrosio (1889-1973) aproximadamente que se caso con Maria Rubio Moreno. Por información tenian parte de la Deesa de Mierla, que plantaban xafrán. Me gustaría encontrar el linaje de estos mateo que se unen con los mateo de Ojos negros y monreal del campo. Espero vuestra más grata ayuda. Me gusta mucho la web y los archivos que teneis. Aqui os dejo mi dirección:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oriol Mateo y Llach&lt;br /&gt;
C/Joan Maragall nº17 Casa.&lt;br /&gt;
08754 EL Papiol&lt;br /&gt;
Barcelona&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
PD: Espero noticias vuestras pronto. Grácias por vuestra colaboración.&lt;/div&gt;</summary>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Ildefonso_Manuel_Gil&amp;diff=23173</id>
		<title>Ildefonso Manuel Gil</title>
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		<updated>2009-03-12T19:27:42Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UmVkaXJpZ2llbmRvIGEgW1tHaWwgTMOzcGV6LCBJbGRlZm9uc28tTWFudWVsXV0=&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#Redirect [[Gil López, Ildefonso-Manuel]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Discusi%C3%B3n:Palau,_Bartolom%C3%A9&amp;diff=22893</id>
		<title>Discusión:Palau, Bartolomé</title>
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		<updated>2009-03-04T15:26:11Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogU2kgZWxsbyBlcyBwb3NpYmxlLCBxdWlzaWVyYSBhcG9ydGFyIHVuIGRhdG8gc29icmUgQnVyYsOhZ3VlbmEuIEVzIHVuIGhlY2hvIHBvY28gY29ub2NpZG86IHNlIG1lbmNpb25hIGEgQnVyYsOhZ3VlbmEgZW4gdW5hIG9icmEgZGUgbnVlc3RyYSBsaXRlcmF0dXJhIGNsw6FzaWNhLCBjb25jcmV0YW1lbnRlIGRlbCBTLiBYLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Si ello es posible, quisiera aportar un dato sobre Burbáguena. Es un hecho poco conocido: se menciona a Burbáguena en una obra de nuestra literatura clásica, concretamente del S. XVI. En efecto, en uno de los seis &amp;quot;pasos&amp;quot; que componen &amp;quot;El Deleitoso&amp;quot;, escritos por Lope de Rueda (1510, Sevilla - 1565, Córdoba), el cuarto por más señas, el Caminante -uno de los personajes- pregunta en la casa del Bachiller por el Licenciado Cabestro, que &amp;quot;es hombre bajo, cargado de espaldas, barbinegro, natural de Burbáguena&amp;quot;, de donde también es él, Juanitico Gómez. Poco más adelante, cuando tiene delante al Licenciado (que se hace llamar &amp;quot;Xáquima&amp;quot;, no Cabestro), como éste no le reconoce, el Caminante le refresca la memoria &amp;quot;...¿no se le acuerda á vuesa merced que mi madre y la suya vendían rábanos y coles allá en el arrabal de Santiago?&amp;quot;, que por cierto todavía existía cuando allí veraneé entre 1959 y 1968.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El cariño que tengo a ese pueblo me ha impulsado a escribir estas líneas, por si lo que comunico les fuera de interés.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como bibliografía, &amp;quot;Teatro Completo&amp;quot; de Lope de Rueda, con estudio preliminar de Dª Ángeles Cardona de Gibert. Editorial Bruguera, S.A, Barcelona, 1967; p. 528 y ss.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchas gracias y un saludo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
F Rodríguez--88.19.171.36 (discusión) 22:16 25 feb 2009 (UTC) Madrid, 25 de febrero de 2009. 23:12 horas&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Lavadero_(Lanzuela)&amp;diff=22882</id>
		<title>Lavadero (Lanzuela)</title>
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		<updated>2009-03-03T18:45:36Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:44491-3-1399-3.jpg|thumb|Lavadero]]&lt;br /&gt;
[[Imagen:plano lavade3ro lanzuela.jpg|thumb|Plano del lavadero]]&lt;br /&gt;
[[Lavadero]] de planta rectangular realizada en mampostería, a unos 200 m. de [[Lanzuela]]. Se cubre con tejado a un agua. En la parte central de la cubierta posee una viga de refuerzo que apoya en un pilar ubicado en el interior de la alberca y en los muros laterales. Está abierto en un lado largo y la mitad de uno corto, apoyando la cubierta en una viga solera apoyada en tres pilares por su parte mas alta. La cubierta es de teja árabe con entramado de cañicillo para sustentarla. Consta de una sola alberca o vaso por lo que primero se lavaba y después se sacaba el agua abriendo una tajadera para aclarar con agua limpia una vez se había llenado de nuevo.También aclaraban en el riachuelo contiguo al lavadero, llamado Reajo. El vaso está realizado en mampostería, hormigón y acabado con cemento endurecido. Las lavaderas están realizadas en cemento endurecido. Según fuentes orales, el lavado se hacia de pie, aunque el espacio se ha colmatado y actualmente dan la impresión que se realizaba de rodillas. &lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Torre_de_la_Iglesia_parroquial_(Nueros)&amp;diff=22881</id>
		<title>Torre de la Iglesia parroquial (Nueros)</title>
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		<updated>2009-03-03T16:06:53Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQmlibGlvZ3JhZsOtYSAqLw==&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:IMG_7434.jpg|thumb|Vista general]]&lt;br /&gt;
Pequeño campanario adosada a la cabecera de la [[Iglesia parroquial de Nueros]]. Está realizada en mampostería y ladrillo y se cubre por un curioso tejado a dos aguas. Se sabe que la torre se construyó por [[Lamberto Baraza]], natural de Barrachina, en 1739.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
*[[Carreras Asensio, José María]] (2003): Noticias sobre la construcción de iglesias en el noroeste de la provincia de Teruel. Siglos XVII-XVIII. Calamocha, Centro de Estudios del Jiloca.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Biblioteca_municipal_de_Calamocha&amp;diff=22876</id>
		<title>Biblioteca municipal de Calamocha</title>
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		<updated>2009-03-02T19:31:47Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:Biblioteca Calamocha.jpg|thumb|Nueva biblioteca de Calamocha]]&lt;br /&gt;
El secretario del Ayuntamiento y el director de la [[Banda de música de Calamocha|Banda de Música]] fueron los que pusieron en marcha el proyecto de construcción de una [[Biblioteca]] en [[Calamocha]] en el año 1932. Las labores de bibliotecario fueron desempeñadas en este primer momento por el notario, quien se ofreció voluntariamente a la Junta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La difusión del uso de la biblioteca entre los vecinos quedó muy limitado, pues muchos la consideraron un elemento de influencia política utilizado por el gobernador, [[Vicente Iranzo Enguita|Vicente Iranzo]], y despreciaron sus ptenciales usos culturales. La Guerra civil y la consolidación del franquismo tampoco le benefició. El uso de la biblioteca quedó limitada a un corrillo muy reducido de gente que acudía a sacar los escasos libros que tenía, que estaban guardados en una habitación de 16 m2 en el Ayuntamiento, en dos armarios con puertas de cristal comprados para tal efecto. La lectura en sala apenas era importante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay que esperar a la llegada de la democracia para comprobar como se popularizan determinados usos. En el año 1983 se construye una nueva casa de Cultura en la calle Enmedio y, en su planta calle, se ubica la nueva biblioteca. Los libros del Ayuntamiento no fueron transferidos a este nuevo local, pues estaban todos bastante anticuados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A los pocos años se integra en la Red de Bibliotecas de Aragón, comprometiéndose el gobierno autónomo a adquirir y mantener regularmente los fondos bibliográficos necesarios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el año 2002 se traslada la biblioteca a un nuevo edificio localizado en el Paseo San Roque, junto al parque municipal. La biblioteca ocupa toda la planta baja del edificio. Una pequeña sala circular, con mesas y luces individuales, acoge la sección de adultos y los fondos locales. El resto de la planta está destinada a los servicios de información general, consulta y préstamo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Calvo, Blanca y Salaberria, Ramón (2009): &amp;quot;Juan Vicéns, inspector de bibliotecas públicas municipales (1933-1936)&amp;quot;, en &#039;&#039;Educación y Biblioteca&#039;&#039;, nº 169, pág. 65-74&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Biblioteca municipal de Odón</title>
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		<updated>2009-03-02T19:11:44Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;La localidad de [[Odón]] también se apuntó con prontitud a la creación de [[biblioteca]]s municipales cumpliendo el reglamento de 1932. Lo movió todo el secretario municipal, por indicación del gobernador [[Vicente Iranzo Enguita|Vicente Iranzo]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Calvo, Blanca y Salaberria, Ramón (2009): &amp;quot;Juan Vicéns, inspector de bibliotecas públicas municipales (1933-1936)&amp;quot;, en &#039;&#039;Educación y Biblioteca&#039;&#039;, nº 169, pág. 65-74&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Isidoro de Antillón, Biblioteca Municipal</title>
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		<updated>2009-02-26T19:38:28Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UmVkaXJpZ2llbmRvIGEgW1tCaWJsaW90ZWNhIG11bmljaXBhbCBkZSBTYW50YSBFdWxhbGlhIGRlbCBDYW1wb11d&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#Redirect [[Biblioteca municipal de Santa Eulalia del Campo]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Villarquemado, Biblioteca Municipal de</title>
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		<updated>2009-02-26T19:34:01Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UmVkaXJpZ2llbmRvIGEgW1tCaWJsaW90ZWNhIG11bmljaXBhbCBkZSBWaWxsYXJxdWVtYWRvXV0=&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#Redirect [[Biblioteca municipal de Villarquemado]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Cerro de las salinas (Ojos Negros)</title>
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		<updated>2009-02-17T19:58:32Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:44313 (28).JPG|thumb|Vista general del Cerro de las Salinas]]&lt;br /&gt;
[[Imagen:croquis cerro salinas ojosnegros.JPG|thumb|Croquis del poblado]]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Poblado con estructuras defensivas pertenecientes a época ibérica, situado en el actual término municipal de [[Ojos Negros]]. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posee planta ovalada, de unos 25 m. de largo por 8 m. de ancho. La primera línea de la muralla es visible, rodeando el yacimiento. La segunda línea de muralla es menos nítida, dando la sensación, en algunas partes, de que pudiera existir una tercera línea de muralla. En la cima del yacimiento se observan algunas alineaciones de piedras que nos muestran las estructuras de las viviendas, y un semicírculo que pudiera ser un torreón. Se encontró abundante cerámica ibérica y fragmentos de medieval.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tuvo continuidad en el tiempo hasta época medieval. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
*Atrián Jordán, Purificación (1980): Carta arqueológica de España. Teruel. Teruel, Instituto de Estudios Turolenses.&lt;br /&gt;
*[[Burillo Mozota, Francisco]] (1991): INVENTARIO arqueológico. Calamocha. Zaragoza, Diputación General de Aragón.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Cerro_de_las_Salinas,_Despoblado_del_(Ojos_Negros)&amp;diff=22459</id>
		<title>Cerro de las Salinas, Despoblado del (Ojos Negros)</title>
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		<updated>2009-02-17T19:57:30Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UmVkaXJpZ2llbmRvIGEgW1tDZXJybyBkZSBsYXMgc2FsaW5hcyAoT2pvcyBOZWdyb3MpXV0=&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#Redirect [[Cerro de las salinas (Ojos Negros)]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_calle_de_la_Traici%C3%B3n_(Daroca)&amp;diff=22403</id>
		<title>Leyenda de la calle de la Traición (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T19:54:30Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Subiendo por la calle de la Gragera, cerca de la casa parroquial de Santa María la Mayor, se encuentra un estrecho y tortuoso callejón, con su arco de entrada y muros de piedra con cornisamentos que le dan el aspecto de una vieja fortaleza, bautizado con el nombre «de la traición». Llevado de la curiosidad y comprendiendo que allí, en tiempo lejano, debió de verificarse alguna escena trágica, según lo revela el nombre que lleva comencé a preguntar a las mujeres y ancianos, y nadie me supo dar razón de ello; hasta que por fin, registrando papeles viejos en el archivo de la Colegial, topé con un diario manuscrito de un eclesiástico, en el que, año por año, iba anotando los hechos notables ocurridos en su tiempo. Y en el año 1662, refiere, aunque brevemente, el episodio que ha dado origen a esta leyenda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
En la parroquia de San Miguel había una casa señorial, con su escudo, perteneciente a la ilustre familia de los Oreras, una de las más linajudas de la ciudad. sobresalieron en esta casa D. Ambrosio Orera, letrado; D. Ignacio, capitán y gentilhombre de cámara de D. Juan de Austria, y el mícer Lázaro, que llegó a ser Justicia del Reino, y otros que fueron doctores de Huesca y Salamanca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el tiempo a que se refieren los sucesos que vamos a relatar, se llamaba el jefe de esta casa D. Francisco de Orera. Contaba más de cincuenta años, había ocupado varias veces los más importantes cargos públicos y era de carácter franco, íntegro y noble. Amigo íntimo suyo era D. Florencio de Latorre, Canónigo sacristán del Cabildo, varón muy respetable por sus años, por su ilustración y por sus maneras distinguidas. Tenía D. Francisco una hija, llamada Brianda, de agraciado rostro, cabello negro y rasgados ojos; un conjunto de gracias y un acabado modelo de hermosura. Juntábanse en aquel rostro de marfil, el pudor con la discreción, la ingenuidad con la entereza, y los Sentimientos de un corazón apasionado con los afectos de un alma varonil y vigorosa. Pretendíala D. Julián de la Cueva, caballero de arrogante estatura, realzada por una cara de color moreno, con ojos y cabellos negros como el azabache. Hallábase un día D. Francisco muy preocupado con las relaciones que este caballero sostenía con su hija, cuando llegó su amigo el Canónigo, el cual, viéndole en aquel estado, le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Algo os pasa, amigo mío; lo conozco en vuestro semblante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Sí, D. Florencio; no me gusta ese caballero que ronda a mi hija.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Oh! Lo conozco muy bien; ya de muchacho, cuando le enseñaba las humanidades, era travieso, orgulloso, reñidor, incorregible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Es un aventurero; ya le he dicho a Brianda que no le conviene.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--De ningún modo; mató a disgustos a su hermano; gastó su herencia en la crápula y el vicio; estuvo de capitán en Cuba; por su mela conducta fue separado del servicio, y ahora, vuelto a España, y viéndose sin dinero y deshonrado, pretende la mano de vuestra hija para apoderarse de vuestros intereses. Astuto, ladino, sin conciencia, es capaz de cometer cualquier crimen.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--De un momento a otro va a llegar; pero voy a decirle que no ponga más los pies en esta casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Retiróse el Canónigo y al poco tiempo llegó el aventurero, vestido con elegancia y ostentando bizarría y saludando con franqueza y desembarazo, como quien entra en plaza conquistada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Revistióse D. Francisco de la entereza Y ánimo levantado que jamás le abandonaban en los casos difíciles, y sin invitar a D. Julián a que se sentase, dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Siento, caballero, tener que decirle que no me agradan los fines con que usted se acerca a esta casa. Mi hija no se casará con usted.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Esas palabras, señor, envuelven una acusación grave y necesito explicaciones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Su vida y su conducta revelan los fines bastardos con que pretende arrebatarme la bija.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--El señor Canónigo ha sembrado aquí la discordia y usted se ha dejado seducir por él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No culpe usted a su antiguo maestro; cúlpese a sí mismo, y desde hoy le prohibo a usted que pise los umbrales de mi casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Me despacha usted? Esta bien. No sabe usted de lo que soy capaz cuando se me desprecia e insulta. ¡Nunca creí que fuera usted tan insensato!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--En mi casa no aguanto, caballero, amenazas y denuestos. ¡Fuera de aquí, canalla! --dijo, colérico, descargando una bofetada en el rostro de D. Julián.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este, con los cabellos crispados, retorciendo los puños y rugiendo como una fiera, se lanzó sobre el noble anciano, que cayó con estrépito en el suelo, y ya iba a atravesarlo con la espada, cuando se presentó Brianda con dos criados armados. Al verlos D. Julián les lanzó una mirada de desprecio y huyó rápidamente por las escaleras, gritando: ¡Juro que me he de vengar!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Era la víspera de San Pedro Adbués, domingo de Carnaval. Todos los eclesiásticos, canónigos y racioneros de todas las iglesias, juntamente con muchos caballeros y señores principales, se disponían para celebrar aquellas fiestas con una encamisada, la más vistosa y solemne que se había visto hasta entonces. Unos levantaban arcos y enramadas en las calles más concurridas; otros preparaban un carro triunfal, ricas vestiduras, jaeces para los caballos y antorchas o luminarias; en las plazas de la Colegial, de Santo Domingo y de Santiago, se están haciendo los preparativos para construir grandes fuentes de vino; y en todas partes se notaba extraordinaria actividad, animación y regocijo. La fama llevó a los pueblos vecinos la pompa y esplendor con que se iban a celebrar las fiestas de este año.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Envuelto en su capa de flor de romero y calado el sombrero hasta las cejas para no ser reconocido, a eso de las diez de la noche, un hombre de noble aspecto se dirige por las encrucijadas de Valcaliente, párase ante la miserable puerta de una casucha, y después de tender una mirada de cautela a derecha e izquierda, viendo que nadie le observaba, entra sin llamar en aquella pobre vivienda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿He llegado a la hora, Rubio?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Las diez en punto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Sin testigos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ninguno.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Nos oirán desde fuera?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Jamás transita un alma a estas horas por la calle.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Acerca dos sillas y siéntate a mi lado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era Silvestre Rubio un hombre que frisaba en los cuarenta años, de ojos pequeños y vivarachos, cabello ensortijado, nariz chata, color moreno, y las cicatrices que ostenta en la cara imprimen a su rostro ese aire propio de las gentes de vida airada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ya debes suponer --dijo D. Julián-- que cuando te busco es porque te necesito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lo supongo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues bien; mis relaciones con Brianda han quedado rotas por las intrigas del Canónigo y por insensatez de su padre, el cual, esta tarde, me ha arrojado de su casa, descargando en mi cara un bofetón que está pidiendo venganza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Y no le matasteis en el acto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lo lancé al suelo, iracundo, y ya iba a atravesarlo con la espada, cuando salieron corriendo en su auxilio los criados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Si es necesario quitarlo de en medio, aquí me tiene usted a su disposición.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Mañana por la noche es la encamisada; terminada ésta, el Canónigo, con el de Orera, se retirarán tranquilos a su casa. Toma este puñal, escóndete en el callejón por donde ellos suelan pasar, y ya sabes...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Le aseguro a usted que habrá zafarrancho como el de marras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Toma esta bolsa para que tengas recursos para huir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Gracias. Y tenga usted en cuenta que no escapará ninguno de los dos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
Son las cinco y media de la tarde; el sol se esconde tras los vecinos montes y la noche comienza a tender sobre la tierra su manto de sombras. Por las calles de la ciudad hormiguea un gentío inmenso; muchos son forasteros venidos de los pueblos para presenciar la gran encamisada. En medio de la plaza de la Colegial se levanta un tablado con una artística fuente de tres caños; por uno brota vino blanco, por otro vino tinto y por otro agua. Otras fuentes parecidas a ésta se encuentran en las plazas de Santo Domingo y de Santiago. Las gentes corren de una a otra, aumentando el bullicio y la alegría. Delante de la majestuosa Basílica van congregándose los eclesiásticos, los caballeros, los músicos y danzantes de diversos oficios para dar principio a la espléndida cabalgata. Reunidos todos, organízanse, rompiendo la marcha los músicos, tocando con mucha variedad de instrumentos inspiradas piezas compuestas para este acto por el Insigne maestro D. Pablo Bruna, a quien Felipe IV llamaba el ciego de Daroca, y los danzantes bailando caprichosas danzas, propias de sus respectivos oficios. Luego sigue un magnífico castillo o carro triunfal, con cuatro sirenas engalanadas con preciosos trajes de seda y terciopelo carmesí; doce grandes cirios, cuatro a cada lado, dan con sus fulgores un aspecto fantástico al suntuoso castillo, que ostenta en medio un alto y dorado trono, en el que va sentado un niño vestido de rey; en pos van los clérigos, de dos en dos, montados en lujosas mulas y vestidos con sotanillas muy ricas; cierran la marcha los caballeros más significados, con sus sombreros de plumas, caprichosos arreos, capas blancas y de granate, cabalgando en briosos caballos, magníficamente enjaezados. Dos largas filas de hombres acompañan la brillante y nocturna procesión, alumbrando el trayecto con antorchas, grandes cirios y otras luminarias. Al pasar el carro triunfal por las bocacalles donde están apiñadas las muchedumbres, estalla una salva de aplausos, vítores y gritos de entusiasmo y de júbilo, que se prolonga largo rato, terminando en estruendosas ovaciones. Después de recorrer las calles de la Gragera, Valcaliente, San Valero, Santo Domingo y la calle Mayor, la cabalgata termina, ya bien entrada la noche, en el punto de partida, sin tener que lamentar hasta entonces ningún accidente desagradable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
Eran ya cerca de las once de la noche. A la gloria del Tabor tenía que suceder la sangrienta escena del Gólgota. Tranquilos, alegres y en animada conversación, retirábanse a sus casas el noble Orera y su amigo el venerable Canónigo, que habían salido a contemplar tan brillante fiesta, cuando al subir por la calle de la Gragera, sale del escondido callejón antes nombrado un hombre, cubierto el rostro con un antifaz, que blandiendo un agudo puñal acomete por la espalda al señor de Orera, que cae en tierra, herido de mortal puñalada; vuélvese el Canónigo aterrado y recibe en el acto otra en el pecho, que le parte el corazón. A los ayes de los moribundos acude la gente, que en torno de ellos se arremolina. En tanto, el enmascarado asesino huye, veloz como un gamo, por el tortuoso callejón, perdiéndose en las sombras. Los cadáveres fueron recogidos; la ciudad quedó sumida en el silencio, como si una sombra trágica tendiera sobre ella un manto de pánico y de duelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Justicia D. Miguel Jerónimo dio inmediatamente orden de perseguir al criminal que por fin fue capturado y a los pocos días ahorcado en un tablado de la plaza pública.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde entonces se llama al tortuoso pasadizo la «Calle de la traición».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_las_banderas_de_Don_Jaime_(Daroca)&amp;diff=22401</id>
		<title>Leyenda de las banderas de Don Jaime (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T19:50:03Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicado en 1929. La tradición cuenta lo siguiente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
El alba comenzaba a desplegar su manto nacarino por el Oriente. El agudo sonido de un clarín resonó vibrante por el hondo valle de Daroca y por toda la cuenca de su Vega; luego, otros y otros clarines volvieron a sonar, mezclados con los ecos de sordos atabales, y un bullicio inmenso despertaba a la población; el bizarro y gentil Hernando se despedía de su amada Martina, dándole un beso en la frente, y a galope tendido se alejó por entre los árboles de la ribera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ea, hija; vístete el traje de granates --dijo entonces la madre de Martina--, para salir a ver a D. Jaime, que se va con sus tropas a la conquista de Valencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--A mí, madre, más me entristece que me alegra, ver marchar a los soldados, muchos de los cuales ya no volverán --dijo la hermosa dama.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Prepárate y procura mostrar el rostro alegre, no digan las gentes maliciosas que la hija del hidalgo D. Juan Moreno está triste porque sus amores se van a la guerra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta escena sencilla tuvo lugar aquella mañana en una pequeña aldea que había frente a Daroca, al otro lado de la vega, no lejos de donde hoy está la Estación, y se llamaba Daroquilla, la cual fue arrasada durante las guerras con D. Pedro el Cruel, de Castilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era el año de 1238. Don Jaime, tan pronto como supo la señalada victoria que nuestros tercios ganaron al poderosísimo Zaén, rey de Valencia, desde Huesca, donde se hallaba, pasó inmediatamente a Daroca, con el objeto de llevarles refuerzos de gente, víveres y caballos. Estuvo algunos días en esta villa, en donde se le juntaron los caballeros de su casa y algunos ricos hombres con sus mesnadas, y reuniendo más de mil acémilas se dispuso a partir con toda su gente al Puig de Santa María, para, desde allí, pasar a poner sitio a Valencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era una mañana del mes de septiembre. Multitud de gente de todos los pueblos comarcanos llegaban por diversos caminos y veredas; muchos eran padres, hermanos y parientes de los soldados que había en Puig v de las nuevas tropas que acompañaban a D. Jaime.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Unos, sentados sobre los cerros que dominan la población, veían desplegarse el pendón de las armas darocenses sobre el torreón más alto del castillo; otros vagaban por las calles y conversaban animadamente, como en el día más concurrido de las ferias; éstos formaban un largo cordón sobre las calzadas por donde habían de desfilar las tropas; aquéllos coronaban las colinas más próximas a la casa del rey, situada en el mismo lugar donde hoy se halla la Estación, y todos esperaban con febril ansiedad el momento de la partida. Ya comenzaban algunos curiosos a impacientarse, cuando volvieron de nuevo a sonar los clarines y atabales. Entonces, la multitud corrió presurosa a agolparse alrededor de la casa del rey, para desde allí ver mejor los enjaezados caballos de los ricos hombres, sus lujosos arreos, sus pendones bordados, sus brillantes armaduras y la hermosa y arrogante figura de D. Jaime.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Rompieron, por fin, la marcha los farautes y los heraldos de la corte; aquélla pregonando en alta voz y al son de sus cajas las órdenes del rey, para que las villas y lugares diesen paso y ayudasen a sus huestes; éstos mostrando sus simbólicas casullas con escudos de colores, ostentando sus cimeras de vistosos plumajes. Después seguía el portaestandarte, armado de todas armas, montado en un caballo más blanco que la nieve, y llevando el pendón de Aragón y acompañado de algunos trompeteros, que con todas las fuerzas de sus pulmones tocaban las trompetas. Detrás iban los soldados de las mesnadas formando gruesos pelotones y armados de espadas, picos. mazas o estoques; luego, hasta más de cien caballeros levantaban con los cascos de sus caballos una nube de polvo, y formaban a los reflejos del sol, que flameaba en sus bruñidos cascos y relucientes petos, un mar de fulgores y un bosque de lanzas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Finalmente, acompañado de sus pajes y escuderos, que vestían ricos trajes de seda y oro y cabalgaban inquietas y fuertes mulas primorosamente enjaezadas, y montado en brioso corcel con gualdrapa encarnada y flotante penacho, apareció D. Jaime, alto, noble, bizarro y majestuoso, con su rojo manto y su magnífico yelmo rematado por un murciélago con alas extendidas y con la cabeza de dragón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por último, marchaban a su paso las numerosas recuas de las acémilas, al servicio de gente menuda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al aparecer D. Jaime, los vivas y los vítores atronaron los aires. En aquel momento, una dama joven, presa de un accidente, cayó en brazos de una señora anciana, y varias personas acudieron en su auxilio. Era Martina, que al ver junto al rey a su amante, se desmayó en los brazos de su madre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conforme se iban alejando las tropas, el bullicio y la confusión cesaban, hasta que unos llorando y otros riendo, todos los vecinos de Daroca y de sus aldeas se fueron por donde habían venido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Habían transcurrido varios meses; el sitio de Valencia había comenzado y de casi todos los caballeros art&amp;lt;goneses se recibían nuevas de su valor y de sus aventuras, menos del hidalgo Hernando; y por más que Martina preguntaba a cuantos de allá venían, nadie le daba noticias de su amante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día llegó un joven enfermo y herido, al punto la dama corrió a visitarle y le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¿No has visto al caballero Hernando Díez de Aux en el sitio de Valencia?» El joven contestó: «En uno de los más reñidos asaltos que dimos a la ciudad, en medio de la horrible confusión, vilo un momento que sobre el adarve de un muro luchaba heroicamente y vertía sangre por la cara. ¡Cuántos cristianos cayeron aquel día muertos al pie de la muralla! Después de la retirada no he vuelto a verlo ya más; seguramente habrá caído muerto o prisionero.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al oír esto Martina quedó pálida como la cera y muda como la estatua de la desesperación. Con paso vacilante se retiró a su casa, y encerrándose en su habitación, con la cabeza entre las manos y dando tregua al dolor que le embargaba, se puso a meditar la resolución de una idea que le vino a la mente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era Martina hija de un caballero darocense, que llamaban don Juan Moreno, cuyos descendientes llegaron a ser, en tiempo de D. Francisco Moreno, de los más distinguidos caballeros, no sólo de Daroca, sino también de Aragón, y en cuya ilustre casa estuvo la Bailía general del reino. Si era hermosa como una escultura griega, por sus venas corría la sangre azul y heroica de su padre, que murió luchando por la fe, y su carácter era resuelto, viril, inquebrantable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de haber meditado largo rato. se resolvió por fin a poner por obra lo que había pensado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La joven e ilustre dama se cambió en un apuesto y marcial mancebo; con las armas de su padre se armó de punta en blanco; bajo la luciente y duro casco de ondeante cimera escondía hábilmente las largas trenzas de su negro cabello, cubrió con la visera su blanco rostro, sujetó con malla de bruñido acero su pecho, y ciñendo damasquino alfanje, con empuñadura de nácar, montó intrépida, como jinete bien ejercitado, un potro bayo, de larga crin y respiración fogosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchos ricos hombres de Aragón y Cataluña y aventureros paladines de Francia, Inglaterra e Italia, movidos de la fama de nuestro rey D. Jaime y de su católica empresa, acudían a ofrecérsele voluntariamente, ganosos de lauro y fama. Cuando Martina tomó la resolución de marchar a la conquista, pasaba por Daroca el muy ilustre D. Pedro Amiell, Arzobispo de Narbona, con sus mesnadas francesas, compuestas de once caballeros y mil cien infantes, y presentándose Martina con el disfraz de caballero y tomando el nombre de su padre, le suplicó le admitiera como jinete en sus mesnadas. Admitióla el arzobispo sin conocer el engaño, y junto con él partió para Valencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
El real de los cristianos se extendía entre le Grao y Valencia, a un cuarto de legua de la ciudad y por las riberas del mar. Conforme iban llegando los Concejos y los ricos hombres, se colocaban delante y asentaban sus tiendas en torno de la ciudad, aproximándose cada vez más a ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Frente al campamento se alzaban las murallas de Valencia, flanqueadas de redondos y almenados torreones, y por encima de aquella corona de muros se destacaban los palacios arabescos, con sus blancos miradores; las mezquitas, con sus altos y preciosos minaretes, y los jardines, con su pomposo ramaje, convirtiendo aquella ciudad morisca en «vergel de las amenidades de España», como dicen los historiadores árabes, o en «alegría y solaz en que todos los moros folgaban y habían sabor e placer», según la llama en una elegía un poeta de su misma raza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tan pronto como llegó el arzobispo al real de D. Jaime, Martina comenzó a recorrer el campamento en busca de Hernando. El aspecto que aquél ofrecía era sorprendente. Tendidas a lo largo y en torno de la ciudad, se veían tiendas de campaña de todas formas y colores, ostentando heráldicos escudos, de todos los tamaños y de mil figuras diversas, que pregonaban la alcurnia y origen de sus altos y muy nobles señores, y sobre el remate de las tiendas ondeaban agitadas por el viento sus banderas con bordados de riquísimas labores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con la flota catalana que vino de Tortosa llegaron al real abundantes provisiones, habilitándose tiendas por la venta; acudieron especieros de Lérida y Montpeller, y en aquella ciudad improvisada, compuesta de sesenta mil infantes y dos mil caballos, se compraba y se vendía de todo, lo mismo que en una ciudad populosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por entre las calles de aquella ciudad de tiendas cruzaban en todas direcciones numerosos grupos de soldados, de distintas maneras vestidos y armados y hablando diversas lenguas. Aquí los señores y altos personajes se entretenían jugando al ajedrez en las horas de descanso después de los combates; allí los escuderos y soldados estaban limpiando y componiendo las manchadas y rotas armaduras; allí había un corrillo escuchando a un juglar, que al son de su, instrumento cantaba romances caballerescos o refería peregrinas historias de aventuras y de amores; acullá, entre el campamento y la ciudad, torneaban y lidiaban, como en un palenque, dos hidalgos cristianos con otros dos mor6s, sobre corceles briosos, lujosamente enjaezados, mientras gentío inmenso, ya del real, ya de moros y moras, asomados a las barbacanas de las murallas, aplaudían o silbaban, según vencían en aquellas justas moros o cristianos; y unos cantando, otros golpeando con las armas, éstos tocando sus atambores y añafiles, aquéllos sus trompetas, los mercaderes ambulantes voceando sus mercancías, y los farautes pregonando las ordenanzas reales, todos daban a aquel campamento cristiano una animación tan grande, formaban un cuadro tan caballeresco y tan guerrero, que ni la pluma lo puede describir, ni los pinceles colorear, ni la palabra humana expresar o referir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
En vano Martina, inquieta, silenciosa y triste, recorría todas las tiendas y se fijaba en todos los transeúntes y examinaba todos los grupos y, agitada y nerviosa. preguntaba con el más vivo interés por el hidalgo de sus pensamientos; nadie le sabía responder.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya se volvía a su tienda, cuando de repente sonó la señal de que todos se dispusieran para dar un nuevo asalto; el rey ordenó que nadie se retirase antes de haber tomado una torre que defendía la puerta, llamada hoy de los Serranos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegó la hora, y a la voz del monarca, las máquinas principiaron su obra destructora, los batallones se aproximaron a las murallas, y es fama que los tercios darocenses fueron los primeros que se acercaron al pie de los muros, clavando las Barras de Aragón en la famosa puerta, como tomando posesión de la ciudad, y defendiéndose con sus escudos de la lluvia de flechas y piedras que los muros les arrojaban, abrieron con picos los lienzos murales, echaron sus escalas, subieron a la barbacana y lucharon sobre ella como indómitos leones. Ya habían subido varios, y el alférez Francisco Pérez Lop se disponía a enarbolar la bandera de las Ocas, cuando un golpe de cimitarra le partió la frente, cayendo su cadáver encima de la bandera. Inmediatamente acudió en su defensa Hernando, el cual, empuñando con una mano la bandera, con la otra se defendía como un héroe: y aunque combatió con brío y dio muerte a muchos, los moros eran tan numerosos y se portaron tan bravamente, que de un tajo le cortaron el brazo en que tenía la gloriosa enseña, y arrebatándosela, lo derribaron de la barbacana, cayendo gravemente herido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un caballero muy joven que lo vio caer, corrió presuroso a recoger su cuerpo, y con serenidad pasmosa lo colocó sobre su caballo, y bajo una lluvia de piedras y dardos arrojadizos, lo retiró a su tienda, sin que ninguno lograra herirle Una vez puesto en salvo, le curó diligentemente las heridas y se quedó para velarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La sorpresa que se llevó Hernando, cuando después de recobrar sus facultades reconoció en su bienhechor a su amada Martina fue tan grande, que no quería dar crédito a sus ojos de lo que veía, antes al contrario, le parecía aquello un milagro o una ilusión de fantasía calenturienta y debilitada por la fiebre que le causaban las heridas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de aquel reñidísimo asalto, el rey D. Jaime, enterado de todo, visitó al heroico defensor de la bandera darocense y, en premio de esta hazaña y por haber clavado las Barras de Aragón en la Puerta de los Serranos, concedió a los tercios de Daroca las dos memorables banderas que todavía se conservan en el archivo de la población, y todos los años las llevan en la procesión del Corpus dos caballeros militares, para recordar tan memorable ejemplo de valor y de patriotismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_lago_dorado_(Monreal_del_Campo)&amp;diff=22399</id>
		<title>Leyenda del lago dorado (Monreal del Campo)</title>
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		<updated>2009-02-16T19:47:00Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Leyenda]] ambientada en [[Monreal del Campo]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cubierta la Corona de Aragón por el Compromiso de Caspe, superado el Cisma de Occidente y extendido por Francia el Galicanismo, en el año 1412 se produce un hecho inesperado en nuestro pueblo que habría de originar la pérdida de nuestro suelo como sede de la Orden de San Salvador. Sucedió que un Caballero de Monreal, el Comendador Julio Ryssell que aseguraba la defensa del Castillo de Bello, heredó un importante feudo situado en tierras de Flandes, concretamente en las inmediaciones de la ciudad de Lille.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El heredero hizo donación de este feudo a San Salvador, cuyo Maestre General aceptó el otorgamiento confiando al propio Julio Ryssell la maestranza del nuevo feudo. De este modo, Gilles de Ryssell regresó a su tierra natal, acompañado por doce caballeros monrealenses de origen francés, de los que solo me han llegado dos nombres: Rémy de Saint-Vaast y Emeri de Groslais.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos ellos, atendiendo a la universal cortesía de los caballeros del Temple, acordaron realizar el viaje por ruta costera, personándose en el Castillo de Peñíscola y presentando el  respetuoso adiós ante la soledad del Papa aragonés Benedicto XIII, quien tras cordial  onversación humana, los invitó a meditar con él algunos párrafos del Salmo 113:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Cuando Israel salió de Egipto,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
los hijos de Jacob de un pueblo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
balbuciente, Judá fue santuario,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Israel fue su dominio...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En presencia del Señor se estremece la tierra,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
en presencia del Dios de Jacob;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que transforma las peñas en estanques,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
de pedernal en manantiales de agua...”&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se asegura por vía legendaria que, ya fuera del Castillo, asombrados por la intensidad azul del Mediterráneo, surgió un curioso comentario a la orilla de la mar, lamentando no haber traído desde Monreal un par de sacos de su buen azafrán para teñirlo de brillante color amarillo, hasta convertirlo en dorado lago. A medida que la conversación concretaba la estructura del plan y subía el tono de su practicidad, empezaron a observarse extraños movimientos del agua: Primero, en impresionante forma de abundante espuma, seguida de creciente oleaje golpeando fuertemente sobre la dura piedra de los firmes cimientos de la fortaleza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta tres días, con irregulares ritmos, permanecieron los estruendos de increíbles truenos generados por el estampido de los inmensos golpes producidos por quince mil caballitos de mar y otras poderosas especies marinas lanzadas con todas sus fuerzas contra alizaces y muros de contención. Mucho tiempo después se dio por cierto que aquella intensidad ruidosa se encaminó,&lt;br /&gt;
aguas dulces arriba, por el caudaloso río subterráneo que entrega a la mar las cristalinas aguas que por el subsuelo de la Tierra Baja llegan como capital vertido al mar de nuestra vecindad y de nuestra cultura. Más aún, se afirma y reconoce que la sonora protesta se hizo explosiva en las proximidades de la elitista ciudad de Alcañiz, dando origen a La Estanca, sobre cuya merecida corona, Pepe Gonzalvo forjó el tambor de férrea escultura convertida en mito y conductora de los redobles en repetidas y veneradas rompidas de la hora, con las que cada año se anuncia la muerte y salvífica resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Hernández Benedicto, José]] (2006): &amp;quot;Leyendas ambientadas en el medievo&amp;quot;, en &#039;&#039;Historia de Monreal del Campo&#039;&#039;, Monreal, p. 47-50 [[http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Monograficos/6152_03.pdf Texto completo]]&lt;/div&gt;</summary>
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		<title>Leyenda de las picarazas malditas (Monreal del Campo)</title>
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		<updated>2009-02-16T19:40:40Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Leyenda]] ambientada en [[Monreal del Campo]], en los tiempos de la conquista cristiana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Abunda en este término, y en los colindantes, un ave grosera de negro plumaje en alas y espalda, con extraño blanco vientre, que se llama urraca, pero que aquí se conoce por el nombre vulgar de picaraza. De reflejos metálicos, vocinglera y desafortunada, puebla árboles y crestas en los caminos. Es maloliente y ronda grosera el lugar sin atreverse a pisar un tejado ni corretear una calle porque está maldita desde hace varios siglos, según este detalle:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cierta tarde, paseaba un Templario de San Salvador por las afueras del Barrio de la Ermita, que conserva su nombre, aunque desapareciera aquélla.Y oyó extraños gritos de socorro lanzados por gentes que solicitaban ayuda porque una partida de bandoleros había asaltado el pequeño templo. No tardó en avistar a los malvados que estaban forzando la puerta del sagrado lugar y, en rápido cruzar de espadas, ayes, rezos y lamentos, los bandidos emprendieron la huída, mientras en el suelo yacía malherido el cuerpo del fiel Caballero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegó la noticia a la Plaza Mayor, en cuya casa matriz residía el Alférez de la Orden, quien tomando al Capellán por compañía salió galopando hacia el lugar del crimen a tiempo de escuchar la contrición del herido que fallecía en sus brazos, mientras Alférez y Capellán recitaban el Te Deum. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los Caballeros de San Salvador iban llegando y rodeando al cuerpo muerto del hermano y, sorprendidos por la proximidad de las tinieblas, pidieron permiso al Capellán para que sus restos reposaran allí, mientras se avisaba a los deudos y se preparaban las exequias. Así se hizo, colocando el cadáver al pie del pequeño altar, rodeado de hachas encendidas. Y fuéronse a cenar, mientras uno de éllos abría el pequeño ventanuco para que el aire fresco de la noche renovara la cargada atmósfera de la reducida Ermita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Terminada la cena, Alférez y Capellán, calle Mayor adelante, formaron hileras de honor para iniciar la marcha y vela que había de prolongarse por dos días. Llegados a la Ermita y, al abrir la puerta, quedaron horrorizados: El hermano y Caballero muerto era ya un esqueleto cubierto por el manto negro y repugnante de las voraces urracas que se habían introducido por la pequeña ventana, picoteando hasta la última partícula de carne. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Alférez, resuelto, desenvainó su espada, la cogió por el final de la hoja y, puesta la vista en la cruz, proclamó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Urracas impías yo os maldigo por haber profanado este lugar y este cuerpo. En adelante os llamaréis picarazas y andaréis errantes por los caminos mientras los siglos sean siglos. No volveréis a tejado, bardera ni calle de este pueblo, que Dios guardará a distancia para todos los tiempos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, en efecto, las gentes del lugar jamás han visto a picaraza alguna entrar en el recinto urbano de la Villa. Andan por los caminos, árboles y collados picoteando carroña y profiriendo el feo graznizo de su canto; pero no se atreven a pasar de la huerta, de la acequia o de la carretera y, cuando alguien se acerca, lanzan un triste gemido, como implorando perdón por tanta infamia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Hernández Benedicto, José]] (2006): &amp;quot;Leyendas ambientadas en el medievo&amp;quot;, en &#039;&#039;Historia de Monreal del Campo&#039;&#039;, Monreal, p. 47-50 [[http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Monograficos/6152_03.pdf Texto completo]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_de_la_Cuesta_(Od%C3%B3n)&amp;diff=22387</id>
		<title>Leyenda de la Virgen de la Cuesta (Odón)</title>
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		<updated>2009-02-16T19:04:17Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogSW1hZ2VuIHZlbmVyYWRhIGVuIFtbT2TDs25dXS4gTGEgY3Vlc3RhIGRlbCBhbnRpZ3VvIGNhc3RpbGxvLCBlbiBkb25kZSBzZSBoYWxsYSBsYSBlcm1pdGEsIGVzIGxhIHF1ZSBoYSBkYWRvIG5vbWJyZSBhIGxhIGltYWdlbi4gRmFtb3NhIHBvciBzdXMgbWlsYWdyb3MgZW4gbG8gcmVmZXJlbnRlIGEgY3VyYWNpb25lcywgLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Imagen venerada en [[Odón]]. La cuesta del antiguo castillo, en donde se halla la ermita, es la que ha dado nombre a la imagen. Famosa por sus milagros en lo referente a curaciones, los devotos de Odón acuden a ella en necesidades de agua o auxilio de tormentas, que siempre ha&lt;br /&gt;
solventado.&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
FACI, Roque Alberto (1979): Aragón, reyno de Christo y dote de María Santíssima. Zaragoza, Diputación General de Aragón; Tomo III, páginas 115-116.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_del_Mar_(Olalla)&amp;diff=22383</id>
		<title>Leyenda de la Virgen del Mar (Olalla)</title>
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		<updated>2009-02-16T18:59:57Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogVmVuZXJhZGEgZW4gW1tPbGFsbGFdXS4gRXN0YSBpbWFnZW4gZnVlIGRvbmFkYSBwb3IgdW4gaGlqbyBkZSBPbGFsbGEgcXVlLCBzZWfDum4gY3VlbnRhIHVuYSBbW2xleWVuZGFdXSwgY3VhbmRvIHZvbHbDrWEgYSBzdSBwdWVibG8gZW1iYXJjYWRvLCBkZXNjdWJyacOzIHF1ZSB1biBtb3JvIHBvcnRhYmEgbGEgdGFsbGEuLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Venerada en [[Olalla]]. Esta imagen fue donada por un hijo de Olalla que, según cuenta una [[leyenda]], cuando volvía a su pueblo embarcado, descubrió que un moro portaba la talla. Acordó con él pagarle su peso en plata, y la imagen que pesaba 9 libras, sólo dio un peso de 29 reales de plata. Se llamó del Mar por ser este lugar la circunstancia de su hallazgo.&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
FACI, Roque Alberto (1979): Aragón, reyno de Christo y dote de María Santíssima. Zaragoza, Diputación General de Aragón; Tomo II, páginas 383-384.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_de_la_Cabeza_(Valdehorna)&amp;diff=22381</id>
		<title>Leyenda de la Virgen de la Cabeza (Valdehorna)</title>
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		<updated>2009-02-16T18:55:53Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Cuenta la [[leyenda]] que fue traída por un ermitaño que habitó la ermita de San Bartolomé de [[Valdehorna]] que, retirado al pueblo, y antes de emprender nuevo viaje de peregrinación a Roma, dejó la imagen a la persona que lo había acogido en su casa, advirtiéndole de su título “de la Cabeza”. Creyó esta persona que el lugar más adecuado para la imagen sería la iglesia y allí la llevó, colocándola en un nicho abierto en la pared a tal efecto. Poco después se instituyó una cofradía que le fabricó altar. De entre los milagros que dicen obró esta imagen destaca la plaga de gusanos de la que libró a Valdeorna. Numerosos presentes indican su fama milagrosa en la comarca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
FACI, Roque Alberto (1979): Aragón, reyno de Christo y dote de María Santíssima. Zaragoza, Diputación General de Aragón; Tomo II, páginas 352-356.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_del_Rosario_(Villanueva_de_Jiloca)&amp;diff=22379</id>
		<title>Leyenda de Nuestra Señora del Rosario (Villanueva de Jiloca)</title>
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		<updated>2009-02-16T18:52:04Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogW1tMZXllbmRhXV0gYW1iaWVudGFkYSBlbiBbW1ZpbGxhbnVldmEgZGUgSmlsb2NhXV0uIExhIGltYWdlbiBsbGVnw7MgZW1iYXJjYWRhIGEgVmFsZW5jaWEgZG9uZGUgbGEgY29uc2lndWnDsyB1biBkZXZvdG8gbmF0dXJhbCBkZSBWaWxsYW51ZXZhIHBhcmEgc3UgcHVlYmxvIHNpZW5kbyBjb2xvY2FkYSBlbiBsYSBlcm1pLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Leyenda]] ambientada en [[Villanueva de Jiloca]]. La imagen llegó embarcada a Valencia donde la consiguió un devoto natural de Villanueva para su pueblo siendo colocada en la ermita de Nuestra Señora del Rosario. De entre los favores recibidos de esta imagen citamos el librar a su pueblo de la plaga de la langosta. Se narran numerosos beneficios obtenidos por particulares devotos de esta su Patrona.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
FACI, Roque Alberto (1979): Aragón, reyno de Christo y dote de María Santíssima. Zaragoza, Diputación General de Aragón; Tomo II, páginas 333-334.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_del_Moral_(El_Poyo_del_Cid)&amp;diff=22374</id>
		<title>Leyenda de la Virgen del Moral (El Poyo del Cid)</title>
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		<updated>2009-02-16T18:43:49Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogVmVuZXJhZGEgZW4gW1tFbCBQb3lvIGRlbCBDaWRdXS4gU3Ugbm9tYnJlIGFsIHBhcmVjZXIgcHJvdmllbmUgZGVsIHNpdGlvIGRvbmRlIHNlIGVuY3VlbnRyYS4gTm8gZXMgdGVuaWRhIHBvciBhcGFyZWNpZGEsIHNpbm8gdmVuZXJhZGEgZGVzZGUgYW50aWd1by4gU2UgZGF0YSBzdSBhbnRpZ8O8ZWRhZCBoYXN0YSBlbCBzLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Venerada en [[El Poyo del Cid]]. Su nombre al parecer proviene del sitio donde se encuentra. No es tenida por aparecida, sino venerada desde antiguo. Se data su antigüedad hasta el siglo XIII. Parece ser que recurren a su patrocinio las gentes de los alrededores en ausencia de salud y de necesidades, tanto espirituales como temporales.&lt;br /&gt;
==Bibliografía==&lt;br /&gt;
FACI, Roque Alberto (1979): Aragón, reyno de Christo y dote de María Santíssima. Zaragoza, Diputación General de Aragón; Tomo II, página 330.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_del_Molino_(Santa_Eulalia_del_Campo)&amp;diff=22367</id>
		<title>Leyenda de la Virgen del Molino (Santa Eulalia del Campo)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_Virgen_del_Molino_(Santa_Eulalia_del_Campo)&amp;diff=22367"/>
		<updated>2009-02-16T18:35:56Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: UMOhZ2luYSBudWV2YTogRGljZSBsYSBbW2xleWVuZGFdXSBxdWUgc2UgYXBhcmVjacOzIGEgdW4gcGFzdG9yIGRldm90byBtaWVudHJhcyBjdWlkYWJhIGRlIHN1cyBnYW5hZG9zLCBxdWUgdHJhc2xhZMOzIGxhIGltYWdlbiBhIGxhIElnbGVzaWEsIHJlZ3Jlc2FuZG8gw6lzdGEgYSBzdSBsdWdhciBkZSBvcmlnZW4sIGRvbmRlIGVsIHB1ZWJsbyBsLi4u&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Dice la [[leyenda]] que se apareció a un pastor devoto mientras cuidaba de sus ganados,&lt;br /&gt;
que trasladó la imagen a la Iglesia, regresando ésta a su lugar de origen, donde el&lt;br /&gt;
pueblo le edificó iglesia. Su nombre le viene porque en sus cercanías se encuentra un&lt;br /&gt;
molino harinero, aunque antes se la llamó Nuestra Señora la Hermosa. Entre sus milagros se narran la salvación del gobernador de Flix, en Tarragona, hijo de Santa Eulalia,&lt;br /&gt;
al que para robarle le tiraron cuatro trabucados que se alojaron en la empuñadura de su&lt;br /&gt;
espada. También se cuenta libró de muerte segura a un albañil cuando cayó de un andamio&lt;br /&gt;
de cincuenta palmos de altura. Al igual que a una niña que cayó por la canal del&lt;br /&gt;
molino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Toda la comarca la celebra y existen fundadas capellanías para el sustento de la devoción.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_Rey_destronado_(Daroca)&amp;diff=22352</id>
		<title>Leyenda del Rey destronado (Daroca)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_Rey_destronado_(Daroca)&amp;diff=22352"/>
		<updated>2009-02-16T18:06:23Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Triste y pensativo estaba en los jardines de su palacio el rey moro de Valencia. La tarde era deliciosa; las refrescantes brisas recorrían el vergel susurrando en las hojas de los árboles; el canto de los pájaros y el bullicio del día había cesado, y sólo el rey de los cantores, el pardo ruiseñor, embelesaba con las filigranas de sus enamorados gorjeos, mientras la plateada luna mostraba su melancólica faz por entre los celajes de una nube de nácar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Triste y pensativo estaba el moro debajo de una arcada de yedras y de jazmines, y en vano recorrían aquella deliciosa mansión, como hadas del Oriente, como huríes de Mahoma, las hermosas de su harén; ninguna recibía una mirada de cariño, ni un halago de terneza del adusto moro; en vano suspiraban en aquella cárcel de rosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A su lado estaba sentado D. Hurtado, su válido, caballero cristiano que, renegando de su fe y desterrado de su patria, había buscado amparo y refugio en la corte de Abuzeyt.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Hurtado --dijo el moro--; si consiguiera lo que anhela mi corazón, la alegría volvería a mi alma, renacería mi brío y mi altivez, con que reprimiría el orgullo de los nobles descontentos, y estas hermosas que aquí están prisioneras con doradas cadenas, marchitándose como las flores, sin un beso, sin una caricia, rotos sus lazos, libres, volarían como blancas palomas a sus arenas africanas. Pero, ¡ya!, por más que sueño, mi sueño nunca quizá llegará a ser realidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Qué os pasa, pues, mi señor? Desahogad conmigo vuestro pecho, que si en algo puedo serviros, aquí me tenéis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Yo he visto a una cristiana; la he visto en el banquete de un muzárabe muy rico; fui a firmar alianzas con él para que me ayudara contra los descontentos, y tengo para mi, que al ver aquella beldad, firmé mi esclavitud. Es hermosura, que tiene los ojos azules como los pétalos de mis lirios, las pupilas verdes como las hojas de mis datileros y el talle esbelto como el de estas palmeras que adornan mis jardines, me ha robado la libertad, me ha cautivado el alma toda. La llamé paraíso de Mahoma, paloma azul de la Meca; y ella, con un mirar y un reír más gratos que la sonrisa de la aurora y los rayos del sol naciente, respondióme: «Gracias mil, noble príncipe; mejor diríais cristiana que paloma de la Meca, pues sierva de Cristo soy». Entonces, Hurtado, dióme vuelto tal el corazón, que estuve a punto de renegar del Profeta, y a las plantas de aquella niña adorar al Dios que ella adoraba, sólo por conseguir su amor. ¿Qué haré yo para poseer esta beldad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Yo os daré un consejo --dijo entonces Hurtado--. Hay aquí unos frailes franciscanos que frecuentan mucho la casa de D. Pedro Cardona, el rico muzárabe; podéis llamarlos y darles la comisión de alcanzar del noble muzárabe lo que vos pretendéis; si no quisieran atender vuestros ruegos, emplead entonces las amenazas y el castigo, y si el noble también se resistiera, hacedlo prisionero, pues vuestros partidarios son aún más numerosos que los del Giomail-Ben-Zeyán, que intenta arrebataros el trono, y nada tenéis que temer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues mañana los haré comparecer en mi presencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Pasó la noche. Al salir el sol del nuevo día, se presentaron al rey moro fray Pedro y fray Juan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Capucha y tosco sayal vestían, y sus semblantes modestos revelaban un alma pura que no conoció el crimen, ni los excesos del vicio. Joven es el uno, pero su frente está pálida por el ayuno y su cuerpo macerado por el cilicio; en el otro, los años y la penitencia encorvan ya su cuerpo y convierten sus cabellos en finísimos hilos de plata. Al verlos entrar el moro, de esta manera les dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Días serenos y tranquilos disfrutáis en mi ciudad los nazarenos. Libertad se os ha dado para que levantéis templos y monasterios, donde sólo debía de haber mezquitas, y en ellos adoráis libremente a vuestro Crucificado. Desde hoy mismo mi clemencia y bondad para con vosotros será mayor. Quiero dejar mis sultanas y desposarme con una cristiana, que vosotros conocéis muy bien. Se llama Alda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--La hija de D. Pedro --dijo fray Juan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Esa misma; ha cautivado mi alma. Yo sé que ese caballero cristiano y su hija os quieren, y por eso os nombro por medianeros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor --reparó luego el más anciano--, si no renegáis antes de vuestro falso Profeta, no puedo admitir vuestro encargo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues lo tendréis que admitir, por fuerza o por voluntad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ah, señor! Yo sólo obedezco a mi Dios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Qué soberbia! Pues despreciáis mi mandato, pagaréis con la sangre vuestro fanatismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Así conseguiré la palma del martirio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Mandaré derribar vuestros templos, me apoderaré de vuestras riquezas y no habrá perdón ni para las mujeres ni para los niños.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Nuestras riquezas son toscos sayales y cilicios, y de nuestros cuerpos podéis hacer lo que os plazca pero no podréis arrebatarnos nuestras almas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Mandaré arrancaros los ojos, y con los ojos, la vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Dios es justo y sabrá también arrancar el cetro de vuestras manos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de este corto diálogo, Zeyt despidió a los dos frailes con malas maneras. Aquel mismo día, la anarquía y el desorden de los descontentos moriscos tenían en alarma la ciudad, y el espanto y la confusión aumentaban por momentos. Grupos de sediciosos recorrían las calles, dando gritos de muerte y de exterminio. Sólo necesitaban un jefe que se pusiera a su cabeza y los dominara y los impulsara para destronar a Zeyt y cometer toda clase de excesos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antes de que llegara el mediodía, Hurtado se presentó en el palacio del rey moro, sobresaltado y alarmado por los acontecimientos de aquel día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor --díjole con voz entrecortada y al mismo tiempo colérica, es preciso que penséis en salvar vuestra persona; los revoltosos recorren las calles al grito de «muera Abu Zeyt y viva Giomail-Ben-Zeyán». Dicen que tenéis tratos ocultos con los franciscanos, y que secretamente os habéis hecho cristiano. Si queréis conservar el trono, es preciso que hagáis pública manifestación de vuestra religión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Y cómo? --contestó el moro, hondamente impresionado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Dando públicamente muerte a esos ministros del Crucificado. Ellos son la causa de ese popular tumulto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Por Alá, que he de mandar arrancarles los ojos antes de que muera el día!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y mandó cumplir sus órdenes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Zeyt hizo prisioneros a fray Juan y a fray Pedro, y atados a un árbol, junto a las riberas del Turia, fueron atravesados y sus cadáveres arrojados al fondo del río, era ya tarde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los moriscos revoltosos fueron en tropel a casa de Abu Giomail-Ben-Zeyán, hijo de Modef y nieto del rey Lupo, y proclamándolo rey de Valencia, corrieron al palacio en busca de Zeyt, para darle muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había llegado la noche. El palacio estaba defendido por los guardias y esclavos de Zeyt. Este se paseaba por su habitación, inquieto y agitado, sin decir tina palabra a su valido, que estaba en su compañía. El pueblo, amotinado, no tardó en llegar a las puertas del palacio. Entonces, Zeyt se aproximó a tina ventana, y cuando oyó claramente los tumultuosos gritos de las turbas numerosas, que se agolpaban a la entrada, diciendo: «¡Muera Abu Zeyt y viva Giomail!», el pánico se apoderó de su corazón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La lucha habla empezado y los amotinados intentaban penetrar en el palacio. Viendo el valido que era imposible resistir, dijo a Zeyt:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, somos vencidos; es preciso huir. Entonces el rey moro descendió con su valido y con algunos de sus guardias a un sótano, y penetrando por un largo pasadizo subterráneo, fueron a salir fuera de la ciudad. Luego montaron en sus caballos y huyeron a galope tendido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
--¡Oh, vega de Valencia! ¡Oh, deliciosas riberas del Turia, pobladas de rosales y de naranjos! Que las sombras de la noche os cubran para siempre, hasta que arrojéis de vuestro seno a aquel que alza su tienda en tierra que no es suya. ¡Oh, Patria mía! Que jamás vuelva el sol a dorar con sus rayos tus playas y tus campos de esmeraldas; ni a ti, ciudad querida, vergel del paraíso, las rumorosas brisas te lleven en sus alas la frescura del mar y el aroma de los jardines, mientras habiten en tus moradas los traidores. ¡Mal haya Giomail-Ben-Zeyán! ¡Mal hayan los usurpadores!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así se plañía, al partir, Abu Zeyt, y abrazándose amorosamente a una gran peña, en que se apoyó un momento, mirando hacia la ciudad, exclamó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Adiós, oh Patria, abrázame! Tu dulce nombre me valga. Yo volveré en su día, y volverá conmigo, radiante, esplendorosa, tu libertad perdida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la luz de la luna, que iluminaba el horizonte despejado, el destronado rey caminó toda la noche con los suyos. Cuando llegaron a Teruel, allí estaba el rey D. Jaime preparando una campaña contra el reino de Valencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al entrar en esta ciudad, las calles se llenan de gente, para ver al rey moro, con sus jinetes, y los curiosos se preguntan unos a otros:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Adónde irá el rey destronado? ¿Adónde irá? Quizá a pedir venganza al rey D. Jaime; quizá a ofrecérsele como vasallo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la sala de un palacio, así conversa el rey destronado con el rey D. Jaime, mientras los demás escuchan:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor --dice el rey moro--, vos que sois el Sultán del Fuego, que Alá envió al mundo para librar a los pueblos de los tiranos, Valencia os llama, Valencia os espera, presa entre las uñas del gavilán, para que vos la salvéis y la restituyáis a su verdadero dueño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No quiero a Valencia mora --contestóle el rey D. Jaime--; yo la quiero cristiana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Mía es Valencia; pero si vos la queréis, arrancar de las manos del tirano y usurpador Ben Zeyán, vuestra sea.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Yo os devolveré parte de vuestras tierras y el palacio que tenéis en la ciudad para que en él viváis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Oh, gran Sultán del Fuego! Reconocedme por vasallo vuestro y os rendiré homenaje y pleitesía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Yo os cedo Ricla y Magallón, y os reconozco como buen caballero y vasallo mío.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
Corría el año 1238. El destronado rey no abandonó ya la corte de D. Jaime, y con la frecuente comunicación con los cristianos, y sobre todo con el consejero del rey, San Pedro Nolasco, movido un día por una inspiración del cielo, se convirtió al cristianismo, aunque secretamente, porque los moros de su parcialidad no se ofendiesen; se bautizó con el nombre de Vicente Belbis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luchó con verdadero heroísmo al frente de un cuerpo de jinetes árabes de su bando, distinguiéndose en Murviedro; en compañía de los tercios de Daroca, ganó inmarcesibles lauros en la batalla del Puig de Santa Maria, donde tuvo la dicha de ver la aparición del batallador San Jorge. Casóle el arzobispo de Zaragoza con una ilustre dueña aragonesa, llamada Domenga López, en quien tuvo una hija, a quien puso el nombre de su antigua amada, la valenciana Alda, y la desposó con el Señor de Arenós. Y cuando lleno el corazón de cristiana fe, se presentó durante el cerco delante de las puertas de Valencia su ciudad querida y llorada, desmontando de su caballo, clavada en tierra la punta de su acero y besando la tierra que le vio nacer exclamó lleno de entusiasmo: «¡Oh, Valencia! ¡Oh, vergel de la tierra! Ya ha llegado la hora; que el sol dore con sus rayos tus torres y tus palacios y te regale con las llamas de sus inmaculados besos, y que las embalsamadas auras de tus floridas llanuras y de tus verdes naranjales refresquen tu abatida frente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Oh, patria mía! Ya ha llegado la hora; tras largo destierro, cansado de sufrir y herido el corazón por las nostalgias, llevando siempre tu recuerdo santo, vuelve a ti tu destronado rey, como la golondrina vuelve a su nido. Ante tus puertas, sultana del Turia, y cambia tu traje de mora por el de cristiana, porque tu señor adora a otro Dios distinto del que antes conocías. Ya ha llegado la hora. ¡Oh, Patria! ¡Bendita seas!» &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así dijo, y luego que Valencia fue conquistada, el rey don Jaime dióle estado y el mismo palacio que tenía en la ciudad cuando rey, y acordándose haber martirizado a los compañeros del Seráfico Padre San Francisco, fundó una iglesia en su memoria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De este rey son descendientes los marqueses de Benavides, con apellido de Belbis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_virgen_Goda_(Daroca)&amp;diff=22351</id>
		<title>Leyenda de la virgen Goda (Daroca)</title>
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		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Voy a contar la vieja historia de la Virgen Goda, de aquella Virgen que ahora yace olvidada en un rincón de la suntuosa Colegiata.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Prestad atención, lectores, pues tal vez os arranque un suspiro, y la devoción haga brotar en vuestro pecho puros y delicados sentimientos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
I&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la confluencia de los ríos Tajo y Guadiela se eleva un monte, cuya roca, cortada hacia el poniente, es inaccesible. Sobre la cumbre del monte se extiende una llanura y sobre la llanura duerme la ciudad de Recópolis (1) con sus torres y palacios, con sus fuentes y jardines, guarnecida de murallas. La bella capital de la Celtiberia, la suntuosa corte de Recaredo es amenazada de muerte por los guerreros del rebelde Froya.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
II&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La gentil Euqueria, que apenas frisa en los veinte abriles, hállase prisionera, pues su tío, el hermano de Recesvinto, se empeña en que abrace el arrianismo. Encerrada en su palacio y postrada en una capilla ante un altar de la Virgen de los Milagros, suspira y llora; llora porque su prometido, Juan Ruiz de Azagra (2), el Señor de Santa Maria y dueño de dilatadas comarcas, no viene a auxiliaría con las huestes de sus fortísimos guerreros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
III&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermosa, muy hermosa es la princesa Euqueria; su cuerpo, en actitud orante, semeja una bella escultura gótica de contornos ideales; sus dorados cabellos caen sobre su espalda como haces de rayos de oro; sus ojos azules, impregnados de lágrimas, parecen el arco iris. Vedla postrada ante el altar de la Virgen; diríase que es un ángel desterrado que sufre divinos martirios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
IV&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Virgen del Milagro, la Virgen de las maravillas, se compadece de su dolor. Euqueria ha visto parpadear los ojos de la Virgen y se ha conmovido profundamente. Eurice, su esclava, se aproxima, y mientras tiene en sus brazos el desmayado cuerpo de la princesa, ve que la Virgen llora; por sus mejillas ruedan lágrimas como perlas, que al llegar al suelo se tornan purpúreas, como granos de coral, como brillantes rubíes. Eurice las recoge para hacerle un collar con cadenitas de plata sobre engarce de oro. ¡Bendita sea la Virgen de las maravillas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
V&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mas, ¡ay!, que el enemigo se aproxima; el fuego y el hierro le preceden, y el hambre y la peste le siguen. Por donde extiende sus alas de exterminio, las plantas no vuelven a reverdecer jamás. ¡Mal haya el sanguinario y poderoso Froya ! ¡Maldición sobre sus campamentos!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya viene, ya viene el rico godo, caudillo de galos y vascones, el soberbio Froya que, con pretexto de defender el derecho de rey electivo, intenta arrebatar el trono al hijo de Chindasvinto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Quién podrá contar el número de sus guerreros?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
VI&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Altos, rubios, bravos y fieros, sobre caballos cubiertos de perpuntas y lorigas, sobre carros erizados de cortantes hierros, tremolando policromas banderas, avanzan con la rapidez de los vientos bramadores. Ya retiemblan los valles, ya las montañas se coronan de lanzas y cimeras, ya el clangor guerrero zumba como relampagueante tormenta de granizo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
VII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ay de Recópolis! ¡Ay de la princesa de rubios cabellos, la de los ojos azules, si el Conde de Santa María no viene en su auxilio!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La ciudad duerme tranquila, y el terrible Froya avanza por el oriente. La noche tiende su negro manto; el viento suba, densos nubarrones se yerguen en el horizonte, como torres fantásticas, como fabulosos monstruos. La pálida luna y las moribundas estrellas brillan con fatídicos fulgores, cuando cruzan los cielos los tempestuosos nublados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y la Virgen vierte lágrimas, como gotas de sangre, como granitos de coral, porque sus hijos duermen y el enemigo avanza. ¡Ay de Recópolis!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
VIII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya el jefe godo, al frente de sus galos y vascones, rodea la ciudad. A una señal echan las escalas, y los arietes y catapultas, con repetidos golpes, derriban las murallas. Los relámpagos brillan, los truenos ensordecen, inmensas llamaradas sacuden sus enrojecidos penachos de fuego. Las espadas no perdonan a ancianos, niños y mujeres; la sangre corre por las calles, arden los edificios, el viento de la tempestad propaga el incendio, y el pánico se apodera de todos los corazones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ay de la princesa de ojos azules y dorados cabellos, que el incendio ya invade su palacio y el Conde de Santa María no viene!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
IX&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya alborea el naciente día, y el voraz incendio sigue causando estragos. Con el cabello tendido, los ojos amoratados por el copioso llanto, desaliñado el vestido, sueltas las hebillas que lo sujetaban, rotas las cadenillas de oro que lo guarnecían, ¿qué hace Euqueria, asomada a la almenada torre de su palacio? ¿Qué mira? ¿A quién espera? ¿A quién llama?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
X&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por el mediodía, siguiendo la corriente del Guadiela, se vislumbra un escuadrón de guerreros; sus caballos vienen ligeros como el viento; su caudillo cabalga en un soberbio corcel y en su mano lleva un pendón, que flota al aire desplegado; en sus crespones se ve un escudo con la Cruz roja en campo de plata, Cinco conchas y debajo este lema : «Vasallos de Santa Maria».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XI&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es D. Juan Ruiz de Azagra, Conde de Santa María y Señor de dilatadas comarcas. ¿A dónde va con su gente de guerra? Va a salvar a su prometida y a prestar socorro a su rey Recesvinto; pero éste tampoco ha llegado a la capital de la Celtiberia. Recópolis es ya un montón de escombros y cenizas. En medio de la ciudad asolada, en lo más alto del empinado monte, sólo se ve el palacio donde se venera la Virgen del Milagro y donde gime prisionera la princesa de ojos azules, la preciosa Euqueria. Mas ¡ay!, que el incendio ya llega hasta las techumbres, y sus puertas y maderajes son pasto de las llamas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Hemos llegado tarde --dice el Conde--; pero la imagen de la Virgen y el cuerpo de mi adorada Euqueria no perecerán entre las llamas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y desmontando de su corcel, con precipitado paso, a través de los hundidos edificios y de ennegrecidos cadáveres, se encamina hacia el palacio, envuelto en rojizas llamas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿A dónde va nuestro caudillo? Señor, sois temerario, y vais a perecer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Dejadme! Si perezco, mis cenizas correrán la misma suerte que las de la Virgen y las de Euqueria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esto diciendo, con valor inaudito y temeridad increíble, se lanza en medio del incendio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XIII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya ha atravesado los lienzos murales que rodean los jardines del suntuoso edificio; ya sube por encima de los humeantes desprendimientos; ya se agarra a un candente hierro de la rota y hendida pared, para penetrar dentro por un hueco; pero el hierro se desprende a su peso y cae sobre un montón de ruinas; ya ha desaparecido; ya está dentro. ¡Ay del Conde, si la Virgen del Milagro no le protege!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XIV&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al pie del altar de la Virgen, con el cuerpo tendido en el suelo y la cabeza y los brazos apoyados en el cuello de la sagrada imagen, encuentra el Conde a la desventurada Euqueria. «¡Euqueria! ¡Euqueria!» grita. Pero Euqueria no responde... Al verla exánime y el rostro sin color, dos gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas, mientras estampa un beso sobre su pálida frente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XV&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Inmediatamente toma en sus brazos el busto de la Virgen, y exclamando con voz trémula: «¡Ampárame, Virgen Maria!» sale por entre la humareda y rojizas llamas que invaden el recinto. Si el humo no le ahoga, si no le abrasa el fuego, es porque le protege la Virgen del Milagro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XVI&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas salva del voraz incendio la santa imagen, presuroso torna otra vez al interior de aquel horno encendido, y presto se le ve aparecer con el exánime cuerpo de la gentil Euqueria. ¡Pobre niña, la de los cabellos de oro, la de los ojos de cielo! Se ha agostado, como flor de un día, al calor asfixiante del voraz incendio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XVII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Conde de Santa Maria permanece extático y mudo ante el cadáver; sus ojos miran de un modo intenso y extraño; sus manos parece que están crispadas. Le preguntan y no responde; le tocan y no se mueve; le montan en su caballo, y tienen que sostenerlo, porque sus miembros no le obedecen. ¡Ay del Conde de Santa Maria! ¿Qué tiene, que el aire le falta para respirar, y parece que va a exhalar el último suspiro?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XVIII&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es que su espíritu se ha replegado dentro de sí mismo, y todo su pensamiento lo tiene puesto en la Virgen de las Maravillas. ¡Vedlo! Parece que ya recobra la vida; lleno de fe y de esperanza, en un momento de sublime inspiración, exclama delante de la Virgen: «Por piedad, Virgen purísima, por el Dios que llevaste en tus entrañas, devuelve la vida a esa tierna doncella que tanto te amaba! ¡Oyeme, Madre mía; hazlo por esta princesita, que ha muerto de pena viendo que tus ojos vertían lágrimas como gotas de sangre; óyeme!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XIX&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, prodigio! ¡Oh, maravilla! La gentil Euqueria, como si despertara de un sueño, levanta lánguidamente la cabeza, y dirigiendo una mirada de cariño a la Virgen, exclama con dulce y argentina voz: «¡Madre!... ¡Dulce Madre mía! ...» Atónitos y mudos de asombro permanecen algunos instantes los vasallos del Conde. Mas luego, llenos de sentimiento religioso, prorrumpen: «¡Bendita sea la Virgen Coronada! ¡Qué buena es la Virgen del Patrocinio! ¡Bendita sea!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XX&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Princesa de los dorados cabellos: ¿dónde colocaremos la imagen de la Virgen milagrosa?» «En Agiria descansan los restos de la que me diera el ser... Sobre su tumba quiero hacer una capilla, donde more la Virgen que me ha devuelto la vida. Allí le rezaré las plegarias de mi infancia, aquellas tiernas y sencillas plegarias que me enseñó mi madre.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
XXI&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Junto a las deleitosas márgenes del Jiloca se elevan dos soberbios montes; entre ellos hay un valle, y en el valle se extiende la pequeña Agiria. Bajo una empinada roca, que mira al sur, hay una iglesia, y en la iglesia una capilla, y en la capilla (3), una Virgen. Los niños y las doncellitas de Agiria le llevan flores; las mujeres devotas la llaman Morenita, porque las llamas ennegrecieron su rostro, y los ancianos la apellidan la Virgen del Milagro, la Virgen Goda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Bendita sea la Virgen de las Maravillas! ¡Bendita sea LA VIRGEN GODA!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_torre_de_Zoma_(Daroca)&amp;diff=22348</id>
		<title>Leyenda de la torre de Zoma (Daroca)</title>
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		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Zoma fue uno de los primeros gobernadores árabes de Daroca y su territorio. Este caudillo mandó levantar varios torreones en el monte llamado hoy de San Jorge, reforzando el [[recinto amurallado de Daroca]], y construyó un fuerte lienzo mural, que se extendía desde el muro del Jaque hasta la cumbre del monte de San Cristóbal, donde mandó edificar una mezquita con una bellísima torre, a donde subía para celebrar sus falsos ritos, y fue llamada la torre de Zoma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de la reconquista, los cristianos conservaron esta torre para llamar con las campanas al católico pueblo. Más tarde, en su lugar se levantó otro muro de más sólida construcción con una capilla denominada de San Cristóbal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La tradición ha embellecido esta poética torre con un interesante episodio, digno de ser conservado como una página de oro de la historia. Lo referiremos, tal como lo hemos oído, para salaz de los lectores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
Era una tarde. El sol declinaba, el crepúsculo se envolvía en su velo de encajes de sombras y de luces, la luna se alzaba majestuosamente en un cielo de zafir, los centinelas subían a las almenas del castillo; la voz del muezín, llamando a la oración desde las mezquitas, resonaba lenta y sonora; los adoradores de Mahoma, envueltos en sus albornoces, cruzaban con paso vacilante las empinadas y tortuosas calles con dirección al templo del Profeta; el rumor del día se apagaba, y sólo de vez en cuando el silencio era interrumpido por los ladridos de algún perro o por el relincho de algún caballo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un árabe de gallardo porte, ojos grandes, negro cabello y sedosa barba, con blanco turbante, lujoso manto y colgada del cinto preciosa cimitarra con pomo de plata y nacarinas labores, cruzaba en aquella hora la calle de la Gragera hacia la mezquita, que estaba en los altos de Valcaliente, donde hoy se halla la iglesia de San Valero. Su traje y aire noble y distinguido revelaban que aquel personaje no podía ser otro que el poderoso Zoma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Iba solo; al revolver de una esquina vio pasar a su lado una joven que llevaba una ánfora debajo del brazo; ambos se cruzaron una mirada, y sin decirse nada prosiguieron su camino. Pero Zoma, que tenía la impetuosidad de los hijos del desierto y la arrebatadora imaginación de los orientales, sintió un estremecimiento, una emoción viva, honda, cuando de improviso se encontró con aquella joven, que le pareció una hada del oriente, una hurí del Profeta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tan pronto como llegó a la mezquita y se puso a hacer su oración, la imagen de aquella beldad se la representaba su fantasía con una perfección atrayente y encantadora. Aquel rostro sin velo, ovalado, blanco como la nieve; aquellas cejas arqueadas, negras y sedosas; aquellos párpados de nácar poblados de finísimas hebras; aquellas pupilas luminosas y trémulas, como estrellas en medio de la oscuridad del firmamento; aquellas manos pulcras y menudas; aquel andar corto y gracioso, todo, todo, basta los más insignificantes detalles veía en su imaginación, mientras, retirado en un rincón de la mezquita, permanecía con los ojos cerrados, el rostro melancólico, soñoliento y sordo a la voz del santón que explicaba algunos pasajes del Corán.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchos lo miraban, y en voz baja se preguntaban: ¿Cómo será que el walí no ocupa hoy el Sitio de preferencia, y retirado en un rincón parece que está melancólico y pensativo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abstraído en sus imaginaciones, no se dio cuenta de nada basta que el ruido de los pasos de los fieles musulmanes, que se marchaban a sus casas, terminada la oración, le vino a sacar de aquel ensimismamiento. Levantóse del sitio donde estaba sentado, cubrióse con su albornoz y se marchó a su morada. Era ésta una casa magnífica, situada en la hoy llamada plaza de Santo Domingo. El patio, separado del zaguán por una verja de hierro y embellecido por un surtidor y dos magnolias, daba acceso a las habitaciones interiores por una escalinata de vistosos azulejos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tan pronto como llegó a su retiro, reclinándose sobre un blando diván de seda, se quedó dormido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Al día siguiente, cuando el santón Abu-Amer subía a la mezquita para hacer la oración de la mañana, Zoma salió a su encuentro, y entablaron este diálogo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Alá es grande! --dijo el santón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Alá sea contigo! --respondió Zoma--. Hablar quisiera contigo, ¡oh siervo del Profeta!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ya podéis comenzar, que vuestro fiel servidor se complace en escucharos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Voy a contarte un sueño maravilloso que he tenido esta noche. Hice promesa de edificar una mezquita con una torre de encajes, a la cual no igualara ninguna de las cinco torres que embellecen la pintoresca Diarkebin, si Mahoma me concediera la dicha de encontrar una mujer hermosa como las huríes que habitan en el séptimo edén. Y anoche, cuando yo acudía a la oración vespertina, vi pasar a mi lado una beldad, y os aseguro que no he visto hermosura mas aérea, más gentil ni más encantadora. Era leve como un sueño de alegrías, pura como un lirio coronado de rocío, modesta y sencilla como una flor de los valles de la Arabia, con dos párpados de nácar que dan sombra a dos soles que robaron la libertad de mi alma y enloquecieron mis sentidos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esta noche he soñado que el ángel Azrael la ha traído a mi presencia, y ella se ha conmovido al verme, y lágrimas de emoción rodaban por sus mejillas, como perlas que no tienen precio. He sido feliz y he soñado que Alá me bendecía, porque mi nombre era amado y respetado de cristianos y judios; y en el colmo de mi gloria he visto sobre la cumbre de ese monte misterioso, genios del arte, que construían una pequeña, pero hermosísima mezquita; y al peregrino conjuro de sus encantos alzábase la fantástica torre de encajes con sus arcos de herradura elegantes y delgadas columnitas, dobles ajimeces sostenidos por parte luces esbeltísimas, frechinas de triples hileras de bovedillas apiñadas con primorosas cenefas, arcos trazados por líneas caprichosamente combinadas y alizares de azulejos brillantes de vistosísimos colores; y yo subía todas las tardes con mi amada, y en la hermosa torre hacíamos juntos la oración vespertina, y mi gloria y mi dicha no eran igualadas por la dicha y la gloria de ningún mortal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Permitidme, señor, que os haga una pregunta --dijo Abu-Amer--: ¿Y esa joven de quien habláis, es mora o nazarena?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ah, no sé. No lleva velo, y por el traje que ostenta parece ser nazarena.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Cómo, pues, podéis vos uniros a una nazarena, siendo fiel servidor del Profeta?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Yo la haré mahometana, y será mi favorita; pero antes es preciso que yo cumpla mi promesa. Hoy mismo daré principio, y luego que la torre se haya terminado, vos anunciaréis desde sus almenas la oración santa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Si así es, alabado sea Alá; yo mismo os ayudaré para que cuanto antes se realicen vuestros ensueños.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pasado algún tiempo, una pintoresca mezquita con una bellísima torre se alzaba sobre la empinada cumbre del monte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
Todas las tardes y a la misma hora encontraba Zoma a la dama de sus pensamientos, cada vez mas hermosa, con esa hermosura peregrina con que la religión del Crucificado realza a las mujeres cristianas. Al mismo tiempo que aquella mujer le atraía como si fuera un misterioso imán, su recato, su modestia, la virtud que de todo su ser parece que fluía, como un aire divino, le impedían acercarse a ella para declararle su pasión arrebatadora.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella joven, por su parte, sentía también una secreta inclinación hacia el gallardo y poderoso moro. Su pensamiento estaba siempre fijo en él, y cuando se oía la voz del muezín, tomaba presurosa su ánfora y corría al lugar por donde había de pasar el hombre que embargaba su corazón. Pero la religión, el rango, la educación y costumbres del musulmán le infundían cierto horror secreto y le hacían a veces perder toda esperanza. Por esto, la doncella cristiana, la de la anforita de la fuente, la del traje negro, a quien Zoma llamaba Beckr-Halima, la virgen mansa, estaba triste y no podía remediar su tristeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los fervientes cristianos de aquellos tiempos tenían la costumbre de que cuando oían al muezín llamar a los musulmanes desde los minaretes de sus mezquitas, exclamaban en voz alta y santiguándose: «Líbranos, Señor, de oír lo malo». Pero muchos llevaban su indignación hasta proferir imprecaciones contra Mahoma, lo que constituía, según los preceptos coránicos, un delito que se debía castigar con pena de muerte, por lo que a veces se originaban tumultos populares.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sucedió, pues, que una tarde el santón Abu-Amer subió al minarete y entonó como siempre el cántico, cuya letra decía: «¡Dios altísimo! Yo testifico que no hay otro Dios más que Dios. Yo testifico que Mahoma es el Profeta de Dios. Venid a la oración, venid al templo de salvación». Y como un joven cristiano prorrumpiera en maldiciones contra el santón y contra Mahoma, un alwacil, llamado Isa, lo denunció y lo presentó a Zoma, quien mandó encerrarlo en prisiones, mientras se reunían los cadíes o magistrados para decretar su sentencia de muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pronto corrió la noticia por toda la población. Los cristianos se lamentaban del triste suceso. Los parientes y amigos del desdichado joven se juntaban en corrillos y comentaban el hecho calurosamente. Quien proponía asaltar aquella misma noche la prisión y sacarlo a viva fuerza; quien aconsejaba calma y prudencia; quien decía que lo más conveniente seña esperar la sentencia, y si lo condenaban a muerte, sublevar a todo el pueblo cristiano contra el santón y contra los cadíes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
Antes de que rayara el alba del siguiente día, una joven enlutada, con los ojos llorosos y la voz trémula, llamaba en la puerta de la morada de Zoma. Un negro salió a recibirla, preguntándole qué deseaba. --Hablar con el walí --contestó la joven--. El negro se retiró, y presentándose a Zoma, le dijo: --Señor, una joven desea hablaros. --¿Quién es? --repuso el walí--. --Una nazarena.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Zoma, entonces, pensando si podía ser la dama de sus pensamientos, pasándose la mano por la frente, prorrumpió lleno de emoción: --¿Cómo va vestida? --De negro --contestó el esclavo--. --Dile que entre --dijo Zoma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este se paseaba por la habitación trémulo, inquieto, cuando María, así se llamaba la joven, penetró en la estancia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba hermosísima. La palidez y el dolor, el amor y la esperanza luchaban por darle su más bella expresión. Sus miradas eran como la luz del sol en medio de pasajera lluvia; la sonrisa de su amor, mezclada con lágrimas, era como el iris que forma el sol en el seno de una nube; esta sonrisa espiritual, que jugueteaba en torno de sus labios núbiles, parecía no tener conocimiento de las lágrimas que se balanceaban en sus párpados y resbalaban por sus mejillas como perlas diamantinas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El walí, al verla, exclamó: --¡Grande Alá! Yo te bendigo por haberme traído esta gloria de las almasfi esta hurí del paraíso. Niña del velo negro, ¿por qué lloras? No llores, Beckr-Halima.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los labios de María se abrieron como dos pétalos, y dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, vengo a pediros una gracia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pide por esos labios cuanto quieras, que todo te será concedido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, que concedáis la libertad a mi hermano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿De tu hermano?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ay, señor! Mi hermano maldijo al santón y a Mahoma, vuestro Profeta, y vos lo tenéis en oscura prisión para condenarlo a muerte. ¡Ah, señor! Por el alma de vuestro padre, por el ser que más queráis en este mundo, tened piedad de mi hermano y no le condenéis a muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Sólo por ti, Beckr-Halima, por ti, que eres la luz de mis ojos, la hurí que he soñado, el ser para mí más querido de este mundo, yo libraré a tu hermano de la muerte, si tú quieres ser mi sultana favorita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
María, al oír esta proposición, desesperada y con amargo dolor, exclamó: --¡Oh, hermana mío, mi querido hermano, no hay salvación para ti! ¿Cómo?... ¡Yo sultana!. ¡Yo, afrenta de las mujeres cristianas!... ¡Oh, no! ¡Eso no!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues no hay perdón --dijo el walí indignado--. ¡Y creí que me amaba como yo la amo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, yo seré vuestra esposa si os hacéis cristiano --dijo Maña.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Yo renegar de Mahoma? ¿Yo renunciar a mi nombre, a mi fama y a mi gloria? ¡Nunca, jamás! Beckr-Halima, adoradora del Nazareno, Si tu purísimo labio profiriera una vez esta frase: «Dios es Dios y Mahoma su Profeta», tu hermano fuera puesto en libertad, y tú serías la reina de la torre de encajes, gozarías mis caricias, ornarías tu cuello con collares de perlas y vestirías aljuba de seda y oro con bellísimas labores, leves chales de Cachemira con canesinas del Yemen para tus galas, con versos del Corán en ellas esculpidos, y calzarías babuchas guarnecidas de zafiros y amatistas, que darían realce a tu lindo pie de nácar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ah, señor! Si vos fuerais regenerado con las aguas del bautismo, seríais para mí más hermoso que el ángel de Tobías, y ambos, ante las aras de Jesús Nazareno, haríamos nuestra oración, y los ángeles envidiarían nuestro amor y nuestra felicidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Oh! Márchate de aquí; no seas sirena que fascina y enloquece.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo creía que me amaba, pero qué desengaño! Su corazón es duro y no conoce la compasión, ni comprende el amor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Señor, no seáis duro y cruel; tened compasión de mi hermano, y el cielo la tendrá de vos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No hay compasión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Virgen santa! ¿De qué loba habrá mamado? Poderoso walí, yo os amaré como si fuera vuestra hermana, como se ama a la tierra que nos vio nacer, como al beso de mi madre, como a la estrella de mi esperanza, si libráis de la muerte a mi querido hermano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Sed, pues, la favorita de mi harén.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Oh! ¿Yo mancillar mi honor? ¡Eso nunca! Yo os amaré, yo os amo con delirio, pero la virtud me manda sofocar este secreto y ardiente amor dentro de mi pecho; yo sofocaré este amor, pero moriré de tristeza. Mi hermano morirá en la flor de su vida, pero yo también volaré con él al cielo, donde viviremos juntos y siempre dichosos. Adiós, ¡oh walí de duro corazón! --dijo, derramando lágrimas santas de sus ojos, llenos de majestad; y se arrancó de allí para deshacerse a solas en llanto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mas, cuando bajaba por marmórea escalinata, Zoma, no pudiendo resistir la fuerza de aquel llanto, la llamó y le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Beckr-Halima, no llores; tu hermano será salvo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al oír estas palabras y el tono cariñoso con que Zoma las pronunciara, fue tan honda la emoción de amor y agradecimiento que sintió hacia su secreto amante, que la palabra «Gracias» se le quedó en la garganta, y cayó desmayada en los brazos de Zoma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== V ====&lt;br /&gt;
Aquella misma tarde, el hermano de María fue puesto en libertad. Y cuentan que desde aquel día, María frecuentaba la morada de Zoma, y era fama, que corría por todas partes, que el poderoso walí, convertido secretamente al cristianismo, se desposó con la bella nazarena, a quien él mismo dio el nombre de Beckr-Halima Manen, la Virgen mansa María.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_t%C3%ADo_Mar%C3%ADn_(Daroca)&amp;diff=22345</id>
		<title>Leyenda del tío Marín (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T17:36:55Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
La sangrienta jornada del Dos de Mayo y el bando del Alcalde de Móstoles fueron los primeros chispazos Que inflamaron todos los corazones españoles contra la invasión francesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A principios del verano de 1808 las tropas del general Lefévre recorrían la vega del Jiloca, llevando a todas partes la desolación y el estrago. Los vecinos de la ciudad, unos abandonaron sus viviendas, muchos se alistaron bajo las banderas de D. Juan Pedrosa, que reuniendo una compañía de cien hombres se hizo célebre con el nombre de los Pardos de Aragón, y otros, finalmente, armándose como pudieron, formaron una expedición que Daroca envió a Palafox para ayuda de la inmortal y heroica Zaragoza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entre estos expedicionarios merecen especial mención los Conchas, de la familia del M. R. P. Joaquín Campos, que fue Provincial de las Escuelas Pías; dos valientes jóvenes hermanos, llamados los Molineros, y el famoso «tío Marín», que tanto se distinguió en la batalla de las Eras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era el tío Marín, labrador, hombre de regular estatura, pero fornido y de carácter franco, leal, audaz y temerario. Un día, cuando en la plaza del Carmen de Zaragoza se hallaban reunidas todas las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, y allí, delante de un pendón de la Virgen del Pilar, aquel inmenso pueblo juraba en alta voz defender su religión, su patria y su rey, sin consentir jamás el yugo extranjero, el tío Marín, jefe de la expedición darocense, se presenta en la plaza con todos los suyos, en el momento solemne, pidiendo a Palafox los admita en sus tercios y los deje jurar, como todos, ante el estandarte de la Virgen. Obtenida la venia del caudillo, el tío Marín, sereno, imperturbable, se acerca, dobla la rodilla en tierra, desenvaina la espada, y clavando con aire marcial la punta en el suelo, prorrumpe con voz recia y clara: «¡Virgen santa del Pilar! Juro que en esta terrible lucha contra el invasor, el tío Marín sabrá demostrar al heroico pueblo zaragozano que la ciudad de los Corporales es la tierra del valor y de la nobleza». Una ovación estruendosa interrumpe las ultimas palabras del juramento. Palafox dirige una atrayente mirada de simpatía al héroe campesino, le premia aquel acto con un cordial abrazo y le destina el sitio que debe ocupar entre aquellos valientes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Roncos estruendos de cañones y agudos silbidos de fusilería anuncian ya la formidable epopeya que va a desarrollarse. Allí todos son héroes. Sigamos de cerca los pasos del tío Marín para admirar sus proezas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se inicia el grandioso canto épico con la gloriosa batalla de las Eras; semeja el escenario de la lucha una pavorosa tormenta de truenos, relámpagos y granizos. Nuestro héroe, llevado de un furor bélico, corre de una parte a otra, auxiliando a unos, acometiendo a otros con indomable ímpetu y bravura. Dos enemigos han desarmado a uno nuestro y se lo llevan arrastrando; los ve el tío Marín, se lanza sobre ellos como un león, mata a uno, el otro huye despavorido, y salva al prisionero. Un alto y robusto granadero lo insulta con desaforados gritos; sale a su encuentro, luchan los dos cuerpo a cuerpo, caen rodando por un ribazo, forcejean como dos toros, hasta que el bravo darocense, con su mano de hierro, le oprime la garganta y le hunde el cuchillo en el pecho; le arrebata el fusil calado con la bayoneta y las municiones que lleva, se parapeta detrás de un tronco de un árbol derribado, y con pasmosa serenidad espera a cinco franceses que vienen en socorro del vencido; después de una lucha titánica, derriba a tres en tierra y obliga a los otros dos a rendirse. Todo el campo se ve cubierto de cadáveres enemigos; un clarín anuncia la retirada de los franceses; entonces, nuestro héroe, puesto en pie, erguida la cabeza y con el arma en la mano, contempla un instante cómo un alférez abanderado huye por una loma próxima; de pronto, raudo como el huracán, se arroja sobre él, derribando a cuantos encuentra a su paso, desaparece entre las filas enemigas, y cuando ya los nuestros lo consideran perdido, lo ven aparecer tremolando la bandera enemiga, que presenta al caudillo Palafox; todos le saludan con aplausos y aclamaciones, y el caudillo, viendo su claro talento natural, su nobleza y su heroico arrojo, lo nombra su capitán y lo admite entre los bravos de su confianza. El tío Marín dio pruebas de cumplir su juramento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien se le pueden aplicar aquellos versos que M. Espinosa dedica al Empecinado:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Espíritu vengador&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
de la nación ultrajada,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
el patriotismo, en su espada,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
da centellas de furor».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_templario_(Daroca)&amp;diff=22344</id>
		<title>Leyenda del templario (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T17:35:14Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogSUlJICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Hace ya muchísimos años, allá por el 1140, vivía en Daroca un bizarro caballero, llamado Sancho de Ravanera, cuya singular historia me llamó mucho la atención, y que en los mismos o parecidos términos que me la contaron, la voy a referir a mis lectores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
Beatriz estaba sentada sobre un taburete en el patio de su casa, triste y melancólica, y cubriéndose con las manos gemía y suspiraba y las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas; Sancho, de pie, con los brazos cruzados, la contemplaba, guardando silencio profundo. Fuera se oía el eco de los timbales y la voz del pregonero, que por orden del Señor de la Villa, Alvar Pérez de Azagra, llamaba a la gente de guerra para hacer una incursión contra los moros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No llores, por Dios, hermana mía, no llores, pues tu llanto me tortura el corazón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Cómo quieres que no llore, si nuestros padres, al morir, me confiaron a tu amparo y protección, y ahora te vas a la guerra y no sabes si volverás?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Voy a alejarme de ti, y aunque mucho lo siento, es mi deber. Nuestro señor, Alvar Pérez de Azagra, parte esta tarde con su hueste, y si yo no le sigo, dirán sus hombres de armas: «¿Dónde está el hijo de aquel antiguo y esforzado caballero Ravanera? ¿Acaso no lleva su sangre en las venas?» Yo debo partir y demostrar que aquel hijo de Ravanera sabrá honrar el apellido de su padre; yo volveré después de haber conseguido el honor y la gloria que ambiciono.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Sancho!, tú te vas en busca de laureles y me dejas aquí sola y abandonada; ya sabes que no hay seguridad en ninguna parte; en todos los ánimos reina la inquietud y la zozobra, porque los moros son feroces y andan, como cuadrillas numerosas de bandoleros, por montes y valles y caminos, asaltan villas y lugares y roban y matan y se llevan prisioneros a todos cuantos caen en sus manos. ¿Quién sabe, si cuando vosotros estéis ausentes, vienen también aquí y nos desvalijan y matan?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No temas, aquí queda una guarnición que hará frente a todo peligro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Vosotros vais hacia las tierras de Teruel y de Valencia, y ya sabes que los caballeros cruzados, que tienen las fronteras en Monreal del Campo, no obstante ser tan diestros en el manejo de las armas, apenas pueden con ellos, y Dios quiera que no tengan algún fracaso, pues todo aquel territorio peligra, porque cl enemigo es numerosísimo y sus incursiones o algaradas más violentas que nunca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Por eso vamos nosotros, para reforzar la hueste de los caballeros cruzados y reprimir la audacia de los moros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pero, ¡ay!, hermano mío, los moros de la serranía de Cuenca y Guadalajara pueden venir por esta parte; yo estoy intranquila, yo tengo miedo de quedarme sola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Arregla tu ropa y vente conmigo; en el castillo de Báguena está nuestro tío Martín de Ravanera, y allí puedes quedarte tranquila y segura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así conversaban los dos jóvenes hermanos en el patio de su casa, sita en la calle de la Grajera, próxima al conocido pozo de San Vicente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Beatriz era blanca, de ojos negros como las moras y de labios sonrosados como las cerezas; él era joven, muy joven, apenas contaba cuatro lustros; ella era hermosa, el rostro ovalado, comba la frente, como el ala de un cisne, y negra la abundante cabellera. Vestía él peto de mallo, morrión de hierro y de cuero con penacho rojo en la cabeza; sus pies calzaban botines tejidos de pelo, una espada corta colgada de la cintura, con la izquierda embrazaba una rodela y con la diestra una lanza. Ella cubría su busto con una túnica negra; una redecilla con piedras preciosas envolvía su recogido cabello; su garganta lucía un collarcito de plata con un crucifijo de marfil y de su cabeza pendía un largo velo. Tenía una fe muy arraigada y unos sentimientos nobles y caritativos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sancho ensilló su caballo, y montando a su hermana a la grupa, bajaron calle abajo a reunirse con la hueste que iba a partir de un momento a otro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
A la hora señalada comenzó a oírse el eco agudo de las trompetas por todo el ámbito de la villa, y la multitud corrió a agolparse a ambos lados de la calle Mayor y en las afueras junto al camino de Valencia para presenciar de cerca las armas y los arreos de los expedicionarios. Rompieron la marcha los timbaleros y trompeteros, seguía el escudero mayor sobre un caballo blanco, llevando el pendón de la villa con el escudo de la cruz y las seis ocas; en pos iban los peones de la mesnada, armados de largas lanzas; tras éstos pasaban los jinetes en filas de cuatro en fondo, y por último, cerraba la marcha D. Alvar Pérez de Azagra, seguido de los escuderos de su casa. La muchedumbre los despedía con gritos y aclamaciones, mientras la hueste seguía su camino, semejando a lo lejos una larga serpiente de hierro y un bosque de lanzas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante el trayecto tuvieron que dispersar algunas partidas de moros, corredores de campo, y cuando llegaron a Monreal ya los esperaban los caballeros cruzados. Después de un breve descanso, se internaron por tierras de Teruel, llegando en sus correrías hasta cerca de Sagunto, asaltando castillos desprevenidos, saqueando villas y lugares y talando cuanto a su paso encontraban. Después de tres días de cabalgada, en lucha incesante con un enemigo numéricamente superior, volvieron cargados de botín y con muchos prisioneros. Uno de los que más se distinguieron en esta jornada fue Sancho, que, seguido de cuatro soldados, con invencible arrojo tomó al asalto un castillo, dio muerte a su alcaide y a varios de sus servidores y cogió prisionera a una hermosísima mora, que, según averiguaciones posteriormente hechas, resultó ser la hija del poderoso Abén-Gama, régulo de Daroca. Era la mora blanca, pequeña, infantil, con unos bellísimos ojos rasgados, y por el candor de su rostro, la belleza de sus formas y su carácter humilde y bondadoso se hacía en extremo amable y simpática; lloraba como un niño y Sancho procuraba consolarla, ya con tiernos razonamientos, ya con mimos y caricias, hasta que poco a poco se fue infiltrando en su corazón una inclinación irresistible hacia su enamorado dueño. Este, sin revelar a su hermana el secreto que tenía de casarse con la mora, la dejó en el castillo de Báguena para que su hermana la instruyera y educara en nuestra religión cristiana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como la mora tenía muy buena disposición natural y despejado entendimiento, sobre todo un alma angelical, no tardó en comprender la hermosura y grandeza de nuestros misterios y en aborrecer los errores de su secta. Con vivas ansias deseaba regenerarse con las aguas del bautismo y fortalecer su alma con el pan de los ángeles para ser digna esposa del caballero que en buena hora la había hecho su cautiva. Ya estaba señalado el día de su bautismo, cuando un suceso inesperado vino a cambiar la faz de las cosas. Sabedor Abén-Gama, por sus espías, de que su hija estaba prisionera en el castillo de Báguena, mandó secretamente emisarios a todos los moros fronterizos para que arreciaran sus incursiones contra los pueblos cercanos a Daroca. Y fueron aquéllas tan repentinas y violentas que el Príncipe de Aragón, Berenguer IV, viendo el peligro que había, mandó retirar las fronteras de Monreal y traerlas a Daroca, por ser plaza fuerte y estratégica. Todos los pueblos y aldeas de la Comunidad quedaron desiertos y abandonados, y sus clérigos y habitantes, con sus bestias, ganados y cuantas cosas pudieron recoger, vinieron a refugiarse a Daroca. Por todas partes aumentaban las correrías y algaradas de los moros; ni aun los castillos y fortalezas estaban seguros. En una de esas acometidas, el mismo Abén-Gama, con gente aguerrida, tomó por sorpresa el castillo de Báguena, y dando muerte a sus heroicos defensores, se llevó prisioneras a Beatriz y a su hija; a Beatriz dio muerte horrible y su cuerpo fue arrojado a un barranco, y viendo que su hija se obstinaba en huir a tierras de cristianos, la encerró en una mazmorra, sometiéndola a toda clase de torturas y privaciones, y le puso por guardián un sensual y feroz sarraceno. Cierto día que el sarraceno trataba de ajar el lirio de su virginal pureza, la morica, extenuada y perdida toda esperanza, hinco sus rodillas en tierra y con lágrimas y suspiros hizo a Dios el sacrificio de su vida, antes morir que pecar, y rogándole que antes de morir le enviase un ángel para que le administrase el sagrado bautismo. Su plegaria fue oída; un ángel más hermoso que el sol descendió de los cielos; a su vista, el moro quedó aterrado y huyó, y el ángel, con una concha de oro, vertió el agua bautismal sobre la frente de la morica, la cual, doblando su linda cabecita, como tronchado lirio, expiró, y su alma, como una blanca paloma, voló en compañía del ángel al paraíso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
El cuadro que presentaba Daroca con la venida de los aldeanos y gente de guerra de las fronteras era tan sugestivo, tan animado, tan pintoresco que es imposible pintarlo con palabras; era tan grande la afluencia de gentes de todas partes y de todos los colores que circulaban en todas direcciones por las calles de la villa y fuera de ella, que se hacia dificilísimo darles albergue en el estrecho recinto de la población, por lo cual comenzaron a edificar viviendas y templos y muros con tan febril actividad que en poco tiempo quedó la villa completamente transformada, pues todos, hombres, mujeres y niños pusieron manos a la obra con indecible entusiasmo. Aquí, centenares de hombres sobre las faldas de ambos montes y en todo el espacio libre que había desde la Puerta Alta hasta la Baja, levantaban las paredes de los edificios, mientras otros acarreaban piedras y maderas, y las mujeres y los niños traían agua para amasar la cal y el yeso; allí, otros construían los muros y tapiales que se extendían por ambos lados hasta dejar la población completamente cerrada; unos construían las iglesias de San Lorenzo, San Martín y San Valero; otros, poco más arriba, las de Santiago y Santo Domingo; otros, calle Mayor arriba, las de San Andrés y San Pedro; los vecinos de otros pueblos, en las cuestas, las de San Juan y San Miguel; y los carpinteros haciendo puertas y ventanas, los herreros forjando verjas, llaves y cerrojos, los artífices tallando altares y retablos, los picapedreros labrando las piedras sillares, los soldados componiendo y limpiando sus armas, los mercaderes voceando sus mercancías, los gritos de los transeúntes y los mil ruidos de carros, picos y azadones mezclados con el vocerío de los trabajadores, daban a aquel cuadro tan pintoresco una vida y una animación extraordinarias.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sancho, sentado en el patio de su casa, estaba pálido, inmóvil, terrible, silencioso. Habían desaparecido su hermana Beatriz y la morica y no sabia dónde estaban. A su lado y de pie se hallaba su escudero, que no se atrevía a interrumpirlo ni a desvanecer la profunda pena que le embargaba. Después de un largo rato de silencio, le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ea!, salgamos un poco de casa; el aire refrescará nuestras sienes y tal vez podamos adquirir alguna noticia de las desaparecidas...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Salió Sancho con su escudero, y después de atravesar varias calles triste y pensativo, recorrió varios grupos de trabajadores, y preso de la más viva ansiedad, ora preguntaba a éstos, ora a aquéllos, pero ninguno supo darle razón de lo que preguntaba. En una de las plazas, en medio de un corro de soldados, niños y mujeres había un hombre raro que parecía un juglar, con unas alforjas llenas de baratijas que vendía a los circunstantes y una especie de guitarra mora con que se acompañaba en la relación de sus romances. Cuando llegó Sancho, el juglar se disponía a recitar una historia, que anunció con el nombre de «El romance de la mora». Sancho se acercó, atraído por el titulo del romance, que despertó en su ánimo viva curiosidad. Templó el juglar las cuerdas de su instrumento y entonó esta cántica romancesca:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Era una morica bella,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que un caballero tenía;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
la mora se hizo cristiana,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
mucho al hidalgo quería;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
mucho la amaba el hidalgo,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
por esposa la pedía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Bienhaya la mora bella&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que dejó la morería!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
»En una oscura mazmorra&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
do su padre la tenía,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
allí gemía y lloraba;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
muy triste lamento hacia&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
porque a tierra de cristianos&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
la mora volver quería.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Malhaya quien se llevó&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
la mora a la morería!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
»Mas un día, ¡oh malhadado,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
día triste, aciago día!,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
llegó con tropas su padre&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que Abén-Gama se decía;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
tomó el castillo al asalto&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y a la morica prendía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Malhaya quien se llevó&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
la mora a la morería!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
»Triste, pálida, extenuada,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
la morica se moría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un ángel bajó del cielo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
con concha de pedrería&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y las aguas del bautismo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
sobre su frente vertía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Bienhaya el ángel divino&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que su alma al cielo subía!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego que el juglar hubo terminado su romance, Sancho no podía disimular su emoción, abrióse paso entre los concurrentes y, agitado, convulso, se llega al cantor, le ase con fuerza de un brazo y, mirándole fijo al rostro, le dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Oye, ¿dónde has oído esa historia? ¿Quién te la ha referido? Dime, cuenta, pronto, pronto...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El juglar, imperturbable, le responde:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, este romance lo he oído a los aldeanos fronterizos de los moros turolenses, y allí he oído referir que la desgraciada mora murió en una prisión, y la joven cristiana que con ella estaba fue muerta en un monte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== V ====&lt;br /&gt;
Pasados algunos años, Sancho subía por la calle de Santa Lucía con dirección a la Casa que allí tenían los Templarios; ingresó en la Orden, vistiendo el manto negro con la Cruz blanca, e hizo en ella la profesión de caballero templario.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es fama que se distinguió mucho como buen guerrero y tomó parte principal en la limpieza de moros de todo el territorio darocense, hasta que Berenguer IV pudo llevar otra vez las fronteras a Monreal del Campo. Dícese que una mano invisible le libraba de las picas y dardos en los combates y le infundía un valor y confianza grandes, no dudaba que la morica le protegía desde el cielo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En una de sus correrías logró apoderarse de Abén-Gama, lo llevó al convento de los Templarios de Monreal y como no consiguiera su conversión, allí mismo mandó darle muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De la familia de este caballero, se cita en los documentos antiguos un Sancho de Ravanera, que fue Justicia de Daroca y jurisconsulto notable, a quien los reyes encomendaban los pleitos más difíciles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Leyenda de la profecía del peregrino (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T17:31:03Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Era una tarde del mes de agosto del año 1564. Con un báculo en la mano, cubierta la cabeza con un sombrerillo redondo, el rostro enjuto, las barbas crecidas, tendida la cabellera sobre una esclavina bordada de conchas, envuelto en una capa raída y parda, penetra por las puertas de la ciudad un peregrino, y seguido de una turba de curiosos chiquillos llega a la Colegial, entra en la capilla del Santísimo Misterio y, santiguándose devotamente, se postra en tierra, y con la frente pegada en el suelo adora los Santos Corporales, quedando luego sumido en larga y fervorosa oración.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Próxima a la iglesia de San Andrés tenían su casita, humilde pero aseada, unos sencillos labradores, muy buenos cristianos. Llamábase él Martin Armillas y ella Teresa Moreno; hacía muchos años que habían contraído matrimonio, y a pesar de que con lágrimas, ruegos y oraciones habían pedido al Santísimo Misterio les concediera un hijo, para consuelo de su vejez, el Señor parecía mostrarse, hasta entonces, sordo a sus súplicas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El peregrino, luego que hubo terminado su oración y su promesa, besó tres veces el suelo, se santiguo con agua bendita y salió del templo en busca de un albergue donde pasar la noche. Dirigiéndose hacia la iglesia de San Andrés, llama en la primera casa que encuentra, diciendo: «Ave María Purísima». Y una voz femenina responde desde dentro: «Sin pecado concebida». «Un peregrino, que viene de lejanas tierras, pide, por amor de Dios, hospitalidad en esta santa casa». Sale entonces Teresa, y afable y caritativa, dice, al verlo: «Pase el buen peregrino, pase; somos pobres, pero no le faltará mesa y lecho».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego llegó Martín, y mientras cenaban, referíales el peregrino las maravillas y prodigios que había visto en Santiago de Compostela y las aventuras que le habían sucedido en el camino. Asombrados escuchaban aquellos relatos los humildes labradores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Terminada la cena, Teresa mostró al peregrino el aposento que le había dispuesto para descansar. El peregrino le dio las gracias y se puso a rezar sus oraciones antes de acostarse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al día siguiente, muy temprano, se levantó; oyó misa en la capilla de los Corporales, recibió el Pan de los fuertes y volvió a despedirse de sus hospitalarios labradores, quienes le tenían preparado un frugal almuerzo. El buen peregrino no sabía cómo agradecerles tan sincero acogimiento y tanta generosidad, y después de manifestarles que iba a Roma para cumplir un voto, al despedirse se postró de rodillas en el umbral de aquella casa, besó humildemente el suelo, alzó los brazos en alto, invocó a Dios, bendijo a sus bienhechores y dirigiéndose a Teresa la dijo estas últimas palabras: «Hija, ten fe y esperanza en Dios, que todo lo puede. Yo, en su nombre, te prometo que antes de un año darás a luz un hijo; verás su nacimiento rodeado de maravillosos acontecimientos; lo consagrarás al Santísimo Misterio, y cuando sea mayor, entrará en una Orden religiosa y llegará a ser el varón apostólico más extraordinario que venere Roma en el presente siglo».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Teresa quedó asombrada al oír estas palabras, y el peregrino partió camino de Roma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La profecía del peregrino se cumplió al pie de la letra. El día 12 de agosto de 1504, por la tarde, movida Teresa de una inspiración del cielo, salió de paseo con dos amigas suyas, y estando en la viña, le vinieron los dolores del parto, tan recios y agudos, que las dos mujeres corrieron a la población en busca de socorro. Entonces, dicen las crónicas, los ángeles, al verla en aquel desconsuelo y sola, bajaron a consolarla en su parto, y dándole una misteriosa copa de licor sagrado, bebió, se confortó y dio a luz un hermosísimo niño, que tenía una estrella lucidísima en la lengua y una cruz en la espalda, señales todas ellas que presagiaban que aquel niño llegaría a ser el venerable P. Fr. Pedro de la Madre de Dios, carmelita, quien según reza su necrología, fue predicador apostólico de los papas Clemente VIII, León XI y Paulo V; reformador de la Orden de San Agustín y comisario de la Propaganda de la Fe; despreció la púrpura cardenalicia, y después de una vida fragantísima, llena de santidad y de milagros, murió el día 12 de agosto de 1608.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_palacio_de_Ursua_(Daroca)&amp;diff=22339</id>
		<title>Leyenda del palacio de Ursua (Daroca)</title>
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		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
REGISTRANDO el archivo de la vetusta ciudad de Daroca, entre algunos rugosos pergaminos y viejos papeles encontré unas hojas sueltas, gastadas por el tiempo y casi deshechas, que a parecer debieron formar parte de un antiguo manuscrito. Las letras toscas y apiñadas, el color de la tinta perdido y algunos trozos rotos, hacían casi ilegible aquel escrito. No obstante, después de ojearlo repetidas veces, pude descifrar los nombres de Martín de Ursúa, Señor del palacio de Ursúa, en la provincia de Soria, y de sus hijos Pedro, fundador de dos ciudades, y Miguel, Vizconde de Ursúa, de quienes hace mención D. Jerónimo de Urrea en su libro Honra militar, y considera a estos dos últimos como hijos ilustres de Daroca y descendientes de los celtíberos, héroes de esta leyenda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Referiré sencillamente su peregrina historia. Oídla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Cuán dulce fuera vivir en ese antiguo palacio que se yergue sobre los enhiestos montes de Urbión y a cuyo pie serpentea murmurando el naciente Duero! ¡Qué grato sería descender de su riscosa cumbre y pasear en las cálidas horas del estío bajo las arboledas de sus frondosas riberas!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Oh, joven y amable Ursúa! Tú serías el señor caudillo de nuestras tribus guerreras, y yo llevaría mi negra túnica con bordados semejantes a los de las matronas romanas, y mi garganta luciría collar de plata con engarce de oro.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Oh, blanca y hermosa Jami ! Si yo no soy el dueño del palacio de Corbis y caudillo de las tribus guerreras, con mi escudo, mi arco y mi espada de dos filos soy rey de los bosques, y ciño mi cuerpo, no con manto de escarlata, sino con vestido de pieles atigradas.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Oh, bravo Ursúa! Si nuestra suerte es cruel, si vivimos en pobre cabaña y nuestro lecho es de hierbas y ramaje, Jami posee a Ursúa, y Ursúa posee a Jami.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Así conversaban los dos jóvenes celtíberos, con las manos entrelazadas y sentados sobre una piedra, bajo el palio de un añoso y corpulento roble, cerca de la vieja ciudad de Iba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era la antiquísima Iba una de las principales ciudades de la Celtiberia. Asentábase sobre las faldas de los montes de Urbión, junto a las orillas del Duero. Sus murallas eran toscas pero indestructibles, y defendíalas el palacio de Corbis, que más bien que palacio era un fortísimo castillo, de color ceniciento, que se alzaba en la cumbre de un monte, con sus pardos torreones y su paredón de siete pies de grueso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ursúa era un joven gallardo, de bello rostro, miembros fornidos y altivo aspecto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jami era blanca, robusta, vigorosa, de fulgurantes ojos negros, como las moras, y de labios sonrosados, como las cerezas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El era joven, muy joven; apenas contaba cuatro lustros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella era hermosa, muy hermosa, de helénico perfil, ovaladas formas, comba la frente, como el ala de un cisne, y largos cabellos, como ramos de palmera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El era ágil como un ciervo y fuerte como un león cachorro; una túnica de lana, sujeta con un cinto, cubría su busto escultural, y una hermosa piel de tigre, con listas blancas, rojas y amarillas, le caían desde los hombros como un manto; los bucles negros (de su abundante cabellera descendían sobre sus hombros formando roscas; un morrión de cuero con penacho rojo cubría su cabeza, sus pies calzaban botines tejidos de pelo, una espada corta le colgaba de la cintura, con la izquierda embrazaba una rodela entretejida de nervios y con la diestra empuñaba una lanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella vestía una túnica negra con bordados de colores, llevaba afeitada y resplandeciente la parte anterior de la cabeza, un tamborcillo, a modo de pirámide, envolvía su cabello recogido, y su garganta griega lucía un collarcito de hierro, del que pedían unos hierrecitos curvos, que sostenían un ligero velo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los dos se amaban: se amaban con ese amor que raya en el delirio y es capaz de realizar las mayores hazañas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
Un hombre de mirada torva, ancha cara y miembros hercúleos llega adonde los dos jóvenes estaban con las manos aún enlazadas y dulce y tranquilo el semblante, Jami le ofrece un pedazo de pan de bellotas y un trozo de carne de macho cabrío, mientras Ursúa escancia un licor dorado y espumoso, llamado «celia», en un vaso rojizo, de cera virgen, para obsequiar al recién llegado. Pero éste, rehusando el obsequio, con ceñudo rostro declara que no le place el afecto que Jami y Ursúa se profesan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ursúa, sintiéndose ofendido, dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«Tangino, holláis mi amor sin mancilla y me ofendéis y me matáis con vuestro desdén y vuestro sombrío ceño. ¿Acaso no me ofrecisteis la mano de Jami? ¿No recordáis que dijisteis que no había otro más digno de ella?»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«Ursúa, no mereces el cariño de mi hija, por cobarde...»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¿Cobarde yo? ¡Por Endovélico, el dios de nuestros lares! Yo digo que mentís, que no me conocéis; y sí me conocéis, decid la causa.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«Es cobarde y ruin aquel que nació de madre y no tiene valor para vengar a su padre.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Oh!... Por el alma de mi padre os conjuro que os expliquéis mejor y me reveléis el secreto que aún oculta mi destino; pues yo desde niño me ausenté del hogar paterno, pasé mi juventud entre las tribus guerreras, y cuando volví encontré mi hogar enlutado y abrasadas y mustias las mejillas de mi madre por el fuego del continuo llanto que vertía. Pregunté qué cruel desventura me privó del padre que tanto amaba, y ¡oh rigor de las estrellas!, nunca me contestó mi madre.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--«¡Infeliz! Tú eres huérfano inocente; la suerte te ha sido adversa; pero ha llegado ya la hora de la venganza, y es preciso que sepas de mis labios el atroz delito que envuelve en sombras la muerte de tu padre.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
«Doce veces ha caído la hoja desde que tu padre dejó de ser el señor de ese castillo que ves sobre la cumbre de Iba. Valiente y hospitalario, gozaba de fama y de riquezas y era caudillo de todas las tribus de la comarca. Pero un día se rebeló contra él su propio hermano, el padre de Corbis, alegando ser el dueño del castillo y de las tribus. La espada puso fin a la contienda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche, ¡noche triste!, en una de las calles de Iba, encontráronse frente a frente los dos hermanos; el padre de Corbis, furioso coma un tigre, alzó en el aíre el hierro mortífero, y cuando tu padre echó mano al puño de su espada, golpe mortal recibió sobre la frente, que le derribó en el suelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con temblor convulsivo se revolvía sobre su propia sangre, que humeante parecía subir al cielo como pidiendo venganza, pero por tu mala suerte no estabas allí.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas Tangino acabó de contar esta relación, Ursúa, con rostro lívido y temblándole las carnes de furor, dijo : «Adiós, Tangino; y tú, Jami, pronto tendrás un palacio y serás la reina de Iba; verás cómo tu corazón no se ha prometido a un cobarde. Y partió con paso acelerado, como león cachorro en busca de su presa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== V ====&lt;br /&gt;
En una espaciosa estancia de su castillo, sentado sobre un mullido asiento de pieles, hallábase Corbis, el caudillo de las tribus guerreras. Era alto y robusto, de ojos vivos y penetrantes, cabello castaño, animado rostro y altivo continente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tardó en llegar Ursúa, que acompañado de algunos sirvientes del castillo, con firme y seguro paso penetró en el recinto, y clavando una mirada de fuego en el rostro de Corbis, así le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Conocéis por ventura quién soy?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No, por cierto --contestó Corbis sin inmutarse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿No conocéis al hermano de vuestro padre?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Quién sois?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Oídme: El hermano de vuestro padre fue el señor de este castillo y jefe de las tribus de la comarca; pero vuestro padre, llevado de la ambición, dio muerte vil a su hermano. El muerto dejó un hijo, y ese hijo viene ahora a reclamar el castillo y el señorío que tan villanamente a su padre le arrebataron.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No os conozco; retiraos --replicó entonces Corbis con desprecio y mal talante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Si no reconocéis mis derechos, dirima la espada nuestra contienda; así se expiará con sangre tan infame delito. Preparad las armas y elegid el juez que presida nuestro combate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Desventurado! Ya que tan altivo te muestras, acepto tu desafío; morirás entre mis manos, y el mismo vencedor de Numancia y sus legiones romanas presenciarán tu desastrosa muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--O la vuestra --contestó Ursúa, saliendo del castillo con intención de enjaezar su caballo, preparar sus armas y partir al lugar del combate tan pronto como alborease el naciente día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== VI ====&lt;br /&gt;
¿Quiénes son esos jinetes que en veloz carrera, cruzando montes y llanuras, caminan hacia las regiones de Levante? ¿A dónde van? ¿Por qué marchan con tanta celeridad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El uno cubre su cuerpo con vestido de ricas y atigradas pieles; los rizos de su ondulante cabellera son negros como el azabache, y su rostro recuerda el albor de las mañanas del mes florido. El otro, de más edad, lleva un manto encarnado, su cabello flota al aire en largas ondas, y la mirada de sus ojos sombríos es trémula como la lámpara de un sepulcro. El uno cabalga sobre un corcel blanco como la nieve de las montañas, y el otro sobre un caballo negro, como las sombras de la noche.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿A dónde van? Van a Cartagena, a dirimir su contienda en reñido combate, en presencia del caudillo de las águilas romanas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mas, ¿qué sucede en la nueva Cartago, que las flautas fúnebres y las canciones «ceas» y los llantos de las plañideras llenan los aires, mientras en torno de un magnifico mausoleo y en presencia de las legiones romanas los sacerdotes de los dioses dan tres vueltas, llevando un toro blanco, un carnero y un macho cabrío, que luego sacrifican encima de un altar de piedra? Es que Escipión celebra las honras fúnebres del más ilustre de sus ascendientes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los corceles de los dos celtíberos, como torbellinos de flamígeras crines, cruzan los horizontes, dejando un reguero de centellas sus cascos sonoros. Llegan en el mismo instante en que las pompas fúnebres se terminan. Al verlos, todo el campamento les abre paso; preséntanse a Escipión y le proponen el asunto de su venida. Allí mismo, antes de romper filas las tropas, dase principio al singular combate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tigre de las selvas y el león de los desiertos se miran frente a frente; chispas de fuego parece que saltan de sus fulgurantes ojos. Armados de broqueles y cortas espadas de agudas puntas, se lanzan el uno sobre el otro con ímpetu salvaje; la lucha es horrenda; copioso sudor baña sus frentes; por fin, la espada que empuña Ursúa, tanto se ha clavado en el pecho de Corbis, que éste cae derribado en tierra, bañándose en un charco de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un grito universal atruena los aíres, y Ursúa es aclamado valiente por el mismo Escipión y por sus legiones siempre vencedoras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Ursúa volvió a sus lares, oyó de boca de Tangino estas palabras: «Bien has probado el valor de tu raza; ahora sí que eres digno de Jami»; y su madre, vertiendo llanto de alegría, exclamaba: «Hijo, bien has vengado la muerte de tu padre»; y él, dirigiéndose a su prometida, le dice galante y orgulloso: «Jami, ya eres reina del PALACIO URSUA.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_las_ocas_(Daroca)&amp;diff=22337</id>
		<title>Leyenda de las ocas (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T17:19:39Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Hacía poco tiempo que D. Alfonso el Batallador había conquistado la importante plaza de Daroca. Era entonces Señor de todos los pueblecillos comarcanos y castillos, que se iban ganando a los moros, el noble y renombrado caballero D. Sancho Enecón, sucesor del insigne Duque de Villahermosa en el cargo de capitán de la población y alcaide del castillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De varios moros principales que no quisieron someterse al yugo del vencedor cuando Daroca les fue arrebatada, unos se marcharon a Molina, otros a Cuenca y Guadalajara y bastantes a Valencia. En todas las regiones eran entonces los moros muy numerosos y tenían gran poderío. No obstante esto, las armas del Batallador habían llevado el pánico, no sólo a las plazas fronterizas del reino de Aragón, sino hasta a las más importantes de la morisma, como eran Córdoba y Granada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde Daroca hasta cerca de Valencia, excepto las fortalezas y castillos, casi todos los pueblos estaban desiertos y abandonados; se dejaban sin cultivar los campos; por las carreteras y caminos no transitaban las gentes, ni ninguna clase de vehículos, ni viajeros, pues en toda la comarca infundían grande terror la numerosas partidas de moros bandoleros y feroces que por todas partes atravesaban.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No había día que no sucediesen trágicos acontecimientos, y que no salieran los intrépidos vasallos de D. Sancho y tuviesen sorpresas, escaramuzas, y a veces reñidísimos combates, sobre todo cuando se apoderaron de los castillos de Anento, Báguena, Cutanda y Otros, en los que se hicieron famosos muchos de aquellos conquistadores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Continuo era el peligro, escaso el personal de defensa, numeroso, astuto y valiente el enemigo, y por eso el rey mandó que los centinelas vigilasen por la noche el castillo y la ciudad; esto lo ordenó como buen conocedor de la traidora conducta de los moros y previendo, sin duda, lo que había de acontecer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era rey de los moros de la serranía de Cuenca el Jerife Omar-ben-Ahmed, hijo de Ahmed-ben-Ibraim, que con otros caballeros pereció en la famosa jornada de Cutanda. Su genio altivo y ambicioso le inspiraba grandes acciones, que emprendía con todos los bríos de su fogosa juventud. Con pretexto de vengar la muerte de su padre, mandó pregonar entre sus vasallos la guerra santa y determinó apoderarse de la llave del reino de Aragón, la fuerte y antigua Darwaca, que Abén-Gama había perdido. Para esto entró en secretas relaciones con los moros y judíos de aquella plaza, por medio de un alfaquí o doctor, que se decía Jahy-ben-Jaldum.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este, llamado por el Jerife, se presentó ante él, grave y mesurado, y Omar le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Quizá, Jahy-ben-Jaldum, os extrañe este llamamiento; pero es preciso que yo os declare mi proyecto, porque necesito para realizarlo el auxilio de vuestra ciencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Gracias, el Jerife; estoy dispuesto a serviros en todo cuanto me sea posible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Ya sabéis que mi padre murió en la celada de Cutanda; pues bien, la sombra de Ahmed-ben-Omar-Ihrahim ha hablado; su voz, como delgado viento, ha erizado mis cabellos y ha pedido venganza, y mi cimitarra será la vengadora de la muerte de mi padre y la que ha de recobrar las ciudades perdidas que se extienden hasta el otro lado del Ebro. La guerra santa está ya pregonada, mis tropas dispuestas; sólo espero el momento oportuno. Saldréis de aquí esta noche, cruzaréis esa sierra que está ahí enfrente, caminaréis hacia oriente, y cuando lleguéis a una llanura donde nace un abundante y cristalino río que muere cerca del castillo de Ayud, siguiendo el curso de sus aguas por una fértil y hermosa vega, descubriréis una villa, escondida entre dos montes guarnecidos de murallas: fue la perla de Abén-Gama, llave del reino y sultana del Jiloca.    &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--La conozco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Oh, mejor todavía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--He vivido veinte años en ella y conozco a los principales moros y a los más acreditados comerciantes judíos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Allí viven nuestros hermanos, esclavos de los adoradores del Nazareno, olvidándose de Alá y de su Profeta, y nuestros partidarios los judíos no piensan ya más que en sus mercancías y riquezas. ¡Oh, alfaquí!; es preciso que vayáis vos, que poseéis el don de la fascinación y de la elocuencia, y preparéis los ánimos de aquellos nuestros hermanos para el día de la lucha y del asalto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Oh, el Jerife de Cuenca! Asunto peligroso es el que me encomendáis; el camino está sembrado de espías, la población murada no permite fácil acceso, y nuestros hermanos son continuamente vigilados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Os disfrazáis de cristiano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Muy bien, así lo haré; pero si dentro de pocos días llego a faltar, podéis creer que he caído muerto o prisionero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Alá os guarde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Hasta la vuelta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Id en paz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La guarnición darocense hizo en aquellos días unas correrías internándose por tierras de Cuenca y Guadalajara, y en uno de aque1105 montes divisaron a un moro que corría vestido de cristiano, y lo cogieron prisionero. Disfrazado como iba, trajéronlo a Daroca y lo encerraron en la azuda del castillo. A no haber sido por un soldado que fue su esclavo y lo reconoció al instante, el moro, seguramente, después de engañar a los cristianos, hubiera conseguido preparar la sorpresa que intentaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habían pasado diez días y era de extrañar que durante aquel tiempo por ninguna parte del país se veían partidas de moros, antes tan frecuentes y numerosas. Es que el Jerife estaba reuniendo tropas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era una noche; una densa oscuridad hacía invisibles todos los objetos; un silencio sepulcral reinaba, sólo interrumpido por esos extraños ruidos nocturnos y por el rumor de las aguas murmurantes del río; los centinelas, cansados por las fatigas del día, con el arma en la mano, se habían rendido al sueño, completamente descuidados, sin recelar sorpresa alguna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ay de Daroca si los centinelas duermen! Ligeros como el viento galopan los jinetes del Jerife, atravesando sierras y llanuras. Ya levantan inmensa polvareda por los llanos de Gallocanta; ya bajan como tempestad devastadora por las empinadas cumbres de la sierra de Used, y los centinelas duermen. y la población va a ser tomada por asalto, y los cristianos pasados a cuchillo. &#039;Ay de la antigua Daroca! ¡Alerta, centinela, alerta!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Delante del ejército, y espantadas por el ruido de las armaduras y el relincho de los caballos, van volando unas ocas o ánsares, que pasando por encima de las murallas de la población, despiertan con sus graznidos ásperos y discordantes a los descuidados centinelas. El primero que despierta, al oír el ruido de las armas y el galopar de los corceles, y al ver desde su almena la muchedumbre de gentes que venía, aturdido, confuso, con voz trémula y desesperante, grita: «¡Alerta, centinela! ¡El enemigo! ¡A las armas!» El centinela más próximo, responde: «¡Alerta! ¡El enemigo!», y a su vez un tercero exclama también: «¡Alerta! ¡Alerta! » Y las voces de «¡Alerta! ¡El enemigo! ¡A las armas!», van resonando trágicamente de torreón en torreón, de cerro en cerro, hasta llegar a los últimos rincones de las pacíficas moradas de todos los darocenses.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todo es confusión y movimiento. Suenan por las calles los tambores y clarines; los soldados se arman y corren precipitadamente a los lugares de defensa; las banderas tremolan desplegadas sobre los altos muros, se oyen gritos de mando y hasta los vecinos que no tienen armas salen de sus casas, unos con cuchillos, otros con hoces, éstos con picos, aquéllos con segures, y todos corren, rebosando de furor y coraje, a defender sus hogares de la perfidia y venganza de los agarenos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al resplandor de la luna, que entonces asomaba por el horizonte, vénse los dos cerros que circundan la población, cubiertos de hombres armados. En la margen opuesta del Jiloca se hallan las tropas del Jerife, disponiéndose para el asalto. A una señal dada, cruzan el río y se despliegan en dos alas para rodear por todos lados a un tiempo la fortificada población. Dase principio al ataque; las saetas silban, zumban en el aire las piedras, chocan y crujen las armas, hacínanse los cadáveres al pie de los muros, ayes v gritos desgarradores óyense por doquiera, la sangre enrojece las peladas cuestas, y hasta el mismo Jerife cae de su caballo, herido de un flechazo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al día siguiente, después de descubrirse la inicua intención que el prisionero alfaquí traía, fue sacado de la azuda y ahorcado en medio de la plaza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En memoria de esta famosa batalla los darocenses sustituyeron los cinco lirios de su escudo por las seis Ocas que ahora vemos en él, como símbolo de la vigilancia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_Ecce_Homo_(Daroca)&amp;diff=22332</id>
		<title>Leyenda del Ecce Homo (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T17:08:49Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Saliendo por la Puerta Baja, con dirección a la antigua carretera de Teruel, no lejos de la ermita del Carmen, que mira a la hermosa vega, hay una capillita, donde todas las noches arde una lámpara ante un tosco Ecce Horno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta piadosa costumbre tiene su origen en la siguiente [[leyenda]], recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Durante las [[guerras carlistas]] pasó por Daroca una cuadrilla de voluntarios liberales, acaudillada por un catalán del Pirineo oriental, y compuesta de unos cuantos bandoleros desalmados, sin Dios y sin ley, llamados «los chavales«, de aquellos que propagaron en nuestra patria el horrendo vicio de la blasfemia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Huían perseguidos por los carlistas, y al pasar por delante de la capillita del Ecce Horno, después de blasfemar como energúmenos de Cristo, de la Virgen y de nuestra santa religión, el catalán, haciendo burla del Ecce Horno y martillando su fusil, disparó contra la imagen, destrozándole las piernas, y huyeron camino de Teruel. No tardó en llegar el castigo del cielo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aun no habían llegado a Calamocha, cuando fueron alcanzados por los carlistas. Trabóse un encarnizado combate, en el que murieron varios de aquellos malvados, cayendo herido su jefe, el perverso catalán.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin piedad ni compasión cogiéronle los carlistas, y clavándolo entre cuatro bayonetas lo llevaron ribera abajo, hasta las inmediaciones de Daroca, echando, por fin, su cuerpo en el río, lo mismo que si fuera el cadáver de un perro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_los_cien_mil_peregrinos_(Daroca)&amp;diff=22325</id>
		<title>Leyenda de los cien mil peregrinos (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T16:59:40Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogViAqLw==&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
VOSOTROS, nobles hijos de la ciudad de Daroca, que habéis visto más de mil veces en vuestra hermosa Basílica, sobre el cancel de la Puerta del Perdón, una pintura que representa a San Vicente Ferrer predicando en la Torreta, el día del famoso jubileo de los Cien mil peregrinos, si deseáis saber lo que en aquel memorable día aconteció, oídme:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vosotros, amantes de las glorias patrias, que sabéis que bajo el polvo de estas ruinosas murallas se esconden los restos de aquellos héroes de la edad caballeresca y que sus peregrinas aventuras y amorosas contiendas sólo se hallan escritas en los rotos lienzos y carcomidas piedras de los muros, donde solamente el fenio de la silenciosa noche sabe cantarlas, con extrañas armonías, al resplandor de la luna, cuando se mece en alas del viento sobre las yedras, zarzas y espadañas, que ciñen sus vetustos torreones, oíd, oíd la encantadora leyenda de los cien mil peregrinos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vosotras, jóvenes desposadas, tiernas doncellas, niños de sencillo corazón, a quienes tanto placen las maravillosas narraciones de los pasados tiempos, que fácilmente os conmueven y os hacen derramar lágrimas silenciosas, más puras que las perlas que encierran las nacaradas conchas de los mares, oíd, oíd la peregrina historia de los cien mil peregrinos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No sé donde ni cuándo oí contar lo que sucedió en aquel día grande para la perla del Jiloca; sólo recuerdo que la voz del que me lo contó, sonó en mis oídos tan dulce y armoniosa que me impresionó vivamente, y los principales personajes que forman esta leyenda se me grabaron tan profundamente en el alma, como si realmente los hubiera visto. La referiré sencillamente, tal como en este momento se me acuerda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
====  I ====&lt;br /&gt;
Corría el año de 1444. Daroca había llegado al apogeo de su esplendor y de su grandeza, y su nombre y su fama, envueltos en la aureola del mayor de los portentos, habían resonado mágicamente ante el trono del Padre Santo de Roma. Este, conmovido por el prodigio de las purpurinas Formas, expidió una Bula, concediendo un Jubileo en la ciudad de los Corporales. Tan señalada merced pregonóse a los cuatro vientos, y todos los fervientes corazones volaron en alas de la fe a la ciudad de los Misterios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era una mañana del mes de junio. El naciente sol doraba las cumbres de los dos altos montes que guardan la ciudad, como una perla de la Edad Media, coronados por ciento catorce esbeltas y almenadas torres. Las calles se veían cubiertas por alfombras de mirtos y laureles; en las bocacalles se alzaban primorosos arcos de ramaje con escudos y banderolas; numerosos grupos de gentes de todas clases y de todos los países llegaban por diversos caminos y veredas. Imaginaos una ciudad medio cristiana y arabesca, animada por una multitud de hombres, mujeres, niños, animales y vehículos, formando grupos, a cual más curioso y pintoresco. Aquí un tropel de gente rodea a un poseso, que se arrastra gritando desaforadamente, y apenas pueden sujetarlo ocho o diez hombres, allí, unos judíos, con birretes colorados y largos mantos, conversan animadamente; acullá, se ve un grupo de moros con sus blancos albornoces, sus anchas cimitarras y sus turbantes rojos o verdes; reyes, prelados y flamantes guerreros atraviesan las calles y las plazas, buscando hospedaje en los solariegas casas de los gentiles hombres de la ciudad; jadeante y cubierto de polvo, llega un peregrino de rostro macilento, pero bello; en la mano lleva el bordón y el traje esmaltado de conchas; envueltos en largos vestidos, como los de mujer, varios japoneses, con gorritos de colores, una trenza que les llega hasta los talones y con sombrillas de hoja de palma, penetran en la ciudad, rodeados de multitud de curiosos, pues según refieren antiguas crónicas, basta del Japón vinieron a ver los Sagrados Corporales (1).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero sigamos los pasos al peregrino de las sandalias de cuero y traje cubierto de conchas, y observémosle mientras se acerca la hora en que el santo predicador dirija desde la Torreta su maravillosa palabra a tan inmenso gentío.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
¿Quién es ese peregrino, joven y gallardo, cubierto de polvo y con las sandalias rotas de tanto caminar? Fijaos: al entrar en la ciudad, en medio de la calle se arrodilla, y besando aquella tierra, para él amada, y extendiendo los brazos al cielo, exclama:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ciudad de los santos Milagros, de la magnífica Puerta, la de la fuente de los veinte caños, la reina del Jiloca, ciudad medio cristiana y medio arabesca, coronada de torres y murallas, ciudad santa, yo te saludo; calles benditas; por donde se deslizaron mis juveniles años, gracias al cielo, que me ha concedido la dicha de verte tras larga ausencia, yo te bendigo!.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así diciendo, y penetrando por la calle Real, fijaba sus ávidos ojos en las callejuelas que se tienden a lo largo de la falda del monte e internándose por una de ellas, paróse, murmurando estas palabras:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Aún están las férreas puertas, que se cerraban al anochecer para dejar prisioneros en sus barrios a moros y judíos, tan temidos por los cristianos por sus crímenes y traiciones! Aquí se ve la casa del famoso judío Manasés; ésta es la piedra donde cayó, bañado en su sangre, el traidor Samuel; ése es el ajimez: aún se conserva la columnita donde ella colocaba sus blancas manos y su delicado rostro cuando yo cruzaba la tortuosa calle..., ¡ay!...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Pobre niña! ¡Pobre niña!&lt;br /&gt;
Era gentil y era blanca,&lt;br /&gt;
blanca, cual la nieve pura,&lt;br /&gt;
su fina y hermosa cara;&lt;br /&gt;
rubios sus cabellos eran&lt;br /&gt;
y en sus ojos habitaba,&lt;br /&gt;
como en bello paraíso,&lt;br /&gt;
el amor, vida del alma...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah!...,ése parece, sí, ése es el viejo Manasés, en cuyo corazón debiera yo haber hundido aquella noche el vengador puñal... ¡Detente, corazón mío! ¡Dios del cielo! ¡Qué pensamiento cruza por mi mente! ¡Oh, quién pudiera arrancarlo del alma, como se arranca la hoja de un libro malo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así suspirando, fue recorriendo varias calles, hasta llegar a la casa donde pidió hospitalidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era la familia de D. Francisco de Ezpeleta una de las más linajudas de Daroca, y por eso en este día se habían hospedado en ella varios nobles y ricos hombres del reino de Aragón, con sus pajes y escuderos. Allí reinaba la alegría y el buen humor, y por eso damas y caballeros, luego que vieron entrar al peregrino, le rodearon, haciéndole mil preguntas. El, aunque impresionado y con el semblante melancólico, contestando a todos con fina cortesía, preguntó por la dueña de la casa. Una señora de avanzada edad sale a la puerta, y él la dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señora, un peregrino, extenuado por la fatiga, en nombre del Santísimo Misterio y del ser que más estimáis sobre la tierra, demanda hospitalidad en vuestra casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La buena anciana le responde:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Sea bien venido el peregrino a mi casa; yo le daré alimento y habitación donde pueda descansar tranquilo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Gracias mil os Sean dadas por tanta compasión y caridad --repuso el peregrino; y tras la señora penetró en la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando volvió a salir la anciana, dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas; y entonces, uno de los caballeros, viéndola llorar, dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Por qué llora usted, buena señora?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No me preguntéis por qué lloro --contestó ella--. ¡Pobre Alvarado! ¡Pobre hijo mío! ¡Cuánto se parecía a este peregrino! Ya no lo veré más. ¡Dios mío!, ya no lo veré más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Pues qué ha sido de él? --preguntó el caballero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ah! Escuchad su historia --dijo ella. Y todos formaron corro en rededor de la anciana, que habló de esta manera:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Era mi hijo el más garrido joven que calzaba espuela y montado en potro alazán paseaba por las calles de Daroca. ¡Desventurado! Un judío, llamado Manasés, usurero por más señas, el más encarnizado enemigo de los cristianos, y que aún vive, para eterno tormento mío, tenía una hija, la más hermosa criatura que Dios había enviado al mundo, y la pretendió para esposa un rico joven hebreo, llamado Samuel; pero mi hijo estaba locamente enamorado de ella, y ella de mi hijo. Súpolo Manasés por aquel su hermano de religión, y duro y cruel, como padre sin entrañas, la encerró en un subterráneo muy oscuro y hediondo, exponiéndola a toda clase de torturas y miserias. Y cuando mi hijo supo que el terrible Manasés quería obligar a su hija a casarse forzosamente con Samuel, una noche dio muerte al joven hebreo y huyó. Desde entonces la hija del judío desapareció; y cuentan que ese hombre atroz, una noche, ¡la noche de Viernes Santo dicen que era!, mandó reunir el sanhedrín de sus rabinos en el oscuro subterráneo, y ciego de furor y como poseído de un espíritu del averno, porque su hija se había hecho cristiana y quería casarse con un cristiano, asiéndola de los cabellos y arrastrándola por el suelo, la arrojó ante aquellos hombres inicuos, diciendo: «Ahí la tenéis, crucificad a esa infame que se ha hecho cristiana y nos ha deshonrado para siempre». Y es fama que la clavaron en una cruz y después la enterraron secretamente en su cementerio. Y mi hijo desapareció, ¡ay!, tal vez, para siempre. Por eso lloro. ¡Pobre Alvarado! ¡Pobre hijo mío!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando esto acabó de narrar la anciana, el Barón de Ezpeleta, con los ojos llorosos, levantóse y dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ea! Dejemos asuntos tan tristes y vayamos a oír la palabra del santo Predicador, que ya la hora ha llegado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos fueron desfilando poco a poco, hablando en vox baja, mirándose con curiosidad unos a otros y comentando la tristísima historia que acababan de oír. Salió también el peregrino, abismado en sus pensamientos y, como torturado por una pena muy honda, sin darse cuenta de que le estaban observando los que con él salían, murmuraba entre dientes estas palabras:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Pobre niña! ¡Pobre niña!&lt;br /&gt;
Era gentil y era blanca,&lt;br /&gt;
blanca, cual la nieve pura,&lt;br /&gt;
su fina y hermosa cara;&lt;br /&gt;
rubios eran sus cabellos,&lt;br /&gt;
y en sus ojos habitaba,&lt;br /&gt;
como en bello paraíso,&lt;br /&gt;
el amor, vida del alma...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
Recorriendo las calles de la ciudad en solemnísima procesión, millares de personas acompañaban las seis Formas santas, que pegadas a los blancos Corporales y depositadas en relicario de oro, brillan como seis astros de rubicundos destellos. Van a la explanada de las afueras de la ciudad, para que todos puedan verlas y adorarías y oír la divina palabra de San Vicente Ferrer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestros personajes se unen a la muchedumbre que por todas partes se apiña. Doquiera se ven armas, pendones, cruces, mitras, cetros y ostentosas vestiduras; y suenan las campanas, y alegran las músicas, y enardecen los coros de nutridísimas voces, y retumban los morteros y mil y mil gritos de entusiasmo y regocijo levantan oleadas de armonios hasta los cielos. Pero ¿qué sucede que el inmenso rumor de tanta gente, semejante al estruendo de las olas, vaso apagando poco a poco, mientras las multitudes cubren la extensa explanada hasta la cumbre de los vecinos montes? ¡Ah!, escuchad: allí, sobre una torreta de piedras, un hombre, de venerable aspecto, frente espaciosa, ojos vivos y penetrantes, que más que hombre, un ser bajado del cielo parece, ha desplegado sus labios, y su voz majestuosa y sonora se extiende y se dilata, como si una ráfaga de aire divino hasta los montes sus últimos ecos arrebatara. Su semblanza se ilumina de una luz celestial, como si el genio de la inspiración y de la elocuencia batiera sus alas sobre su plateada cabeza. La multitud escucha atónita y suspendida. En todos los ojos hay una lágrima y en todos los corazones un profundo recogimiento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mas ¿qué pasa? ¿Qué sucede, que por allí un hombre, mientras otros le detienen, quiere hacercarse al predicador, gritando: «Dejadme, dejadme, yo quiero ser cristiano, yo me arrepiento del horrendo crimen de haber muerto a mi hija». ¿Quién es?, preguntan todos, y algunos contestan: «Es el viejo judío Manasés». Y en verdad que, terminado el sermón, entre los ciento y diez judíos que aquel día San Vicente trajo al seno del cristianismo, Manasés se contaba como el más fervoroso convertido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== V ====&lt;br /&gt;
Después de tan solemne acto, cuando volvieron los que en casa del Barón de Ezpeleta estaban hospedados, todos notaron que el peregrino no hablaba, que estaba melancólico y pensativo, y tenía escaldadas las mejillas por las muchas y ardientes lágrimas que había derramado. La anciana y su esposo, el Barón, le miraban con vivos deseos de hablarle; pero un caballero se adelantó, y le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Buen peregrino, parece que estáis muy triste. ¿Qué os pasa?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Ay! --contestó el peregrino--, yo soy un gran pecador y asesino, y tengo que llorar mi yerro y hacer penitencia en un lugar solitario, porque no soy digno de morar entre los hombres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El peregrino bajó la cabeza, lanzó un suspiro muy hondo, y nadie se atrevió a preguntarle quién era, ni a quién había dado muerte. Después de pocos momentos, llegaron algunos caballeros con varias damas y pajes, y viendo al peregrino comenzaron a hacerle mil preguntas: «De dónde ha venido el buen peregrino?», decían unos. «¿Qué noticias nos trae de lejanas tierras?», interrogaban otros. «¡Que cante el buen peregrino! --exclamó una dama graciosa y de noble linaje--, que cante una trova de esas tan bellas que ellos sabe». «Los cantos del peregrino –responde-- son tristes y no agradan». «Sabed --dice el Barón-- que los cantos tristes son los que más nos placen». «¡Ay!, yo soy un gran pecador, que arrepentido he venido a este Jubileo a llorar mis extravíos, y por eso mis cantos sólo respiran dolor, y ni la pompa, ni la riqueza, ni la hermosura pueden inspirar mi canto». «¡Ea! --dice la anciana--, sentaos y cantad una trova de esas que embelesan al corazón y humedecen los ojos». El peregrino, con la vista perdida en el aire y voz melancólica, dio principio a la siguiente balada:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era un galán muy guerrero;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
mucho a una bella quería;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
triste el guerrero, le anuncia&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que a la guerra se partía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La bella, una cruz de nácar&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
en el cuello le ponía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Volverás, luz de mis ojos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Si, volveré, vida mía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras amor se juraban,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
diz que un ángel repetía:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alerta!, ¡alerta!, mancebos,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que hay un espía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al terminar esta estrofa, la buena anciana siente que sus ojos se arrasan en llanto, y acercándose a su esposo, entre lágrimas y sollozos, le dice: «¡Dios mío! ¡Cuánto se parece a nuestro hijo; en el rostro, en la mirada, en el talle, en la voz, en todo, en todo... ¡Dios mío! ¿Si será él?»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El peregrino prosiguió:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Partió el galán a la guerra;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
mucho la bella plañía;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
un judío, rico y noble,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
por esposa la pedía;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
púsola en prisión su padre,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
porque ella no lo quería.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por su amante suspiraba,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
muy triste lamento hacia;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
mientras, sentado a la reja,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
diz que un ángel repetía:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Malhaya quien causó tanta&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
felonía!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Santísimo Misterio! » --exclama la anciana; y llora y solloza con más vehemencia, como si tristes recuerdos vinieran a su mente, y una pena muy honda le desgarrara el pecho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los que rodean al peregrino se miran unos a otros, como queriendo adivinar algo, mientras termina así su balada:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tomó el galán de la guerra;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
pero tomó en triste día;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que el galán mató al hebreo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que a su hermosa pretendía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con traje de peregrino,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
después el galán venía;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
triste el peregrino estaba,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que la niña muerto había,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la tumba de la bella,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
diz que un ángel repetía:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Malhaya quien causó tanta felonía!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al terminar, la buena anciana, no pudiendo contenerse, y echando los brazos al cuello del peregrino, le abrazaba, diciendo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Tú eres mi hijo!... ¡Mi hijo Alvarado!... ¡Hijo mío!...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y el peregrino, con voz ahogada por los sollozos, no podía pronunciar más que esta palabra:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Madre!... ¡Madre!...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_las_cenizas_de_los_m%C3%A1rtires_(Daroca)&amp;diff=22323</id>
		<title>Leyenda de las cenizas de los mártires (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T16:53:22Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
AH! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la espantosa muerte de los hijos de Agiria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Doncellitas agirianas, las de la blanca túnica, las que cogíais flores para adornar el altar de la Virgen de Nazareth, ¿qué fue de vosotras en aquel día de sangre y de fuego cuando el cruel Daciano entró por vuestras puertas cual tigre sediento de matanza?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cándidos niños, los que, bautizados en la ermita de la Virgen, os reuníais con los primeros cristianos para cantar bajo sus bóvedas, con argentinas voces, cánticos sagrados, ¿qué fue de vosotros cuando hombres sin piedad os arrancaban del seno de vuestra madre para arrojaros a la espantosa hoguera?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Plácida, noble Plácida, esclava Gelia e hija del Gobernador del Castillo, la que una noche, cuando estando tu padre ausente recibiste el agua del bautismo en la santa morada de la Virgen de Nazareth, y vosotros, valerosos mancebos, encorvados ancianos y madres cariñosas, ¿qué hicisteis en aquel día de espanto y de luto para vosotros?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la espantosa muerte de los hijos de Agiria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las viudas agirianas y las madres que perdieron a sus hijos, sabrán decir, mejor que nadie, la horrible matanza de aquel espantoso día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era una mañana. El cielo era rojo y de color de sangre. Por la Puerta Alta penetró Daciano, montado sobre un negro corcel y rodeado de numerosa comitiva.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sus armaduras son de plata cincelada; su casco de guerra lo corona un hermoso penacho de plumas blancas y verdes, y su mano empuña un blanco pendoncillo, donde se miran bordadas las armas del Imperio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los lictores que le acompañan, llevan impresos en sus rostros los feroces instintos que las animan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sus semblantes tostados, sus labios gruesos que dejan ver una fila de dientes blancos, su barba poblada que baja hasta la mitad del pecho, sus manos manchadas aún con la sangre de las víctimas inmoladas en las orillas del Ebro, les dan un aspecto el más sanguinario que imaginarse puede.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los habitantes de Agiria se horrorizan al verlos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Triste mañana aquélla! El cielo era rojo y de color de sangre. En medio de la plaza, un infame pregón anunciaba a los cristianos mandatos impíos y terribles amenazas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lágrimas corren por todas las mejillas, suspiros lanzan todos los pechos donde se roída la te cristiana, santas plegarias y frases de valor y fortaleza brotan de los labios del ministro encargado de exhortar a los fieles más tímidos y pusilánimes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llega el momento supremo y apenas hay quien se presente al Emperador para sacrificar a los ídolos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un vértigo de furor y de crueldad se apodera de aquel lobo carnicero, y a una insinuación suya, grandes montones de leña hacinan los lictores en las calles y en las plazas, y como manada de hambrientos chacales recorren las calles y penetran en las casas con la espada desenvainada. La sangre corre humeante, los montones de leña arden con grandes llamaradas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, qué día de horror aquél! Rojo era el suelo, rojo era el aire, rojo era el sol y el cielo era rojo y de color de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Quién será aquella matrona cuyo cuerpo ensangrentado es pasto de las llamas, juntamente con el de una esclava joven y agraciada?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah! Aquella matrona es Plácida, y aquella joven es su esclava Gelia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y a dónde va aquel hombre, que furioso como un toro, arroja viva en medio de las llamas a una niña en la flor de la primavera? Aquél es el Gobernador del Castillo, y aquella niña es su hija.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y a dónde van esas mujeres, que con los cabellos desgreñados, el rostro desencajado y lanzando gritos que penetran hasta el alma, se arrojan como locas en medio de las hogueras y abrazan despojos de cuerpos carbonizados?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah! ¡Pobres madres! En vano queréis salvar de la muerte a los hijos que eran pedazos de vuestras entrañas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, día de horror aquél! Rojo era el suelo, rojo era el aire y el sol era rojo y de color de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Horrible matanza! Sólo quedan con vida los que han podido escapar de la población. Las calles están desiertas y manchadas de sangre; las hogueras se apagan; las cenizas son aventadas por los aires, y un pavoroso silencio reina en toda la pequeña Agiria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la horrible matanza de los hijos de Agiria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
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		<title>Torre del caballero de la Espuela (Daroca)</title>
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		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:Torre caballero espuela daroca.jpg|thumb|Vista de la torre]]&lt;br /&gt;
La torre del Caballero de la Espuela es la más hermosa de todo el [[recinto amurallado de Daroca]], favorecida por su emplazamiento en una cumbre muy destacada. Es de sillería, casi cuadrada, de 12,30 por 11,60, con puerta y ventanas semicirculares, y conserva su espectacular remate de matacanes unidos por arquitos semicirculares, pero su parapeto es recto, sin almenas. Interiormente se distribuye en dos cámaras superpuestas, abovedadas en medio cañón. En 1809, los cañones franceses la partieron en dos, de arriba abajo, habiendo sido reintegrada recientemente en su primitivo esplendor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Existe una leyenda sobre[[leyenda del caballero de la Espuela (Daroca)|el caballero de la Espuela]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
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		<title>Leyenda del caballero de la Espuela (Daroca)</title>
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		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogQXJndW1lbnRvICov&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
De los dos montes que circundan [[Daroca]] con su corona del vetusto y legendario [[recinto amurallado de Daroca|recinto amurallado]], vese en el que mira al sur un hermoso torreón almenado, de piedra labrada, y que los franceses, al abandonar la ciudad en la guerra de la Independencia, a cañonazos lo partieron por medio, de arriba abajo, quedando sólo la mitad del torreón, como herido centinela que está narrando a los presentes y venideros la historia de sus hazañas. A este torreón le llaman hoy de Cariñena, pero por los años de 1348, cuando fue construido, se le dio el poético nombre de «El caballero de la espuela», nombre que recuerda la gloriosa leyenda que voy a referir a mis lectores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Corría el año 1310. Hallábase encinta una de las más distinguidas damas de Aragón, cuyo árbol de nobleza había brotado en las márgenes del Ebro, junto al trono del Pilar, y una de sus ramas florecía en Daroca, frente a la iglesia de Santiago, llamada la parroquia de los caballeros. Viendo dicha dama que el parto se presentaba difícil y peligroso, hizo promesa de ir a visitar el Santísimo Misterio y consagrarle el fruto de sus amores, si salía bien de aquel trance. Y así sucedió; la dama dio a luz un hermoso niño y marchó a Daroca, cumplió su promesa y mandó celebrar en acción de gracias una solemne función en la Capilla de los Corporales. El niño creció, y su bizarría y claro entendimiento presagiaban que pronto llegaría a ser un héroe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la edad de siete, se le sometió a una educación varonil y robusta en medio de los juegos militares en el castillo paterno; a los catorce el doncel, con el cirio en la mano, fue conducido por sus padres al altar de La Seo, donde su tío el Arzobispo, después de bendecir la espada y el cíngulo, se los ceñía, quedando transformado en escudero, poniéndole bajo las órdenes del paladín D. Bernardo de Cabrera, famoso guerrero de aquel tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El año 1336 fue armado caballero por el rey de esta manera:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era el domingo siguiente de Pascua de Resurrección. Don Pedro IV acababa de Coronarse rey solemnemente en la magnífica iglesia de La Seo. Dicha la misa y acabado el oficio, el rey, sentado en su trono, después de jurar los fueros y libertades del reino, en presencia de los ricos hombres, prelados, caballeros y los síndicos de las villas y ciudades, dijo al joven escudero, que se hincó de rodillas en su presencia, acompañado de las madrinas y varios caballeros:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lope de Luna (así se llamaba el doncel), ¿con qué intención deseáis entrar en la Orden de Caballería?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, con la de servir a Dios, a la Religión y a mi dama.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lope, ¿habedes velado ya las armas, habedes tomado el baño para limpieza de vuestros pecados y para vestiros de honor, de cortesía y de bondad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, velado he las armas y tomado el baño, según usanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lope, ¿habedes estado en el lecho del reposo, símbolo del paraíso que Dios guarda a sus amigos, y habedes comulgado vistiendo las blancas telas de lino?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, estado he en el lecho y comulgado con las blancas telas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lope, tomad ahora este vestido de púrpura, para que entendáis que debéis derramar vuestra sangre por la Santa Iglesia y fincar muerto en tierra, antes que deshonrar la Orden de Caballería.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, de buen grado lo acepto, y vos prometo ser fiel a la Orden de Caballería.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Lope, en el nombre de Dios y de San Jorge, yo vos hago caballero, y (dándole tres golpes de plano en la espalda con la espada desnuda) recibid ahora las armaduras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dicho esto los caballeros, damas y doncellas le visten la cota de malla, la coraza, brazaletes, manopla, yelmo y demás piezas. Don Bernardo de Cabrera le ciñe la espada y la gentil dama D.ª Isabel de Urrea le calza la espuela, que era dorada y labrada con exquisito gusto en la argentería de Mompeller. Tenía en la parte posterior un león rampante que con sus garras sujetaba una media luna de plata en campo de gules. Llamó tanto la atención esta espuela, que desde entonces denominaron a D. Lope «El caballero de la espuela».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aposentado el rey en su palacio de la Aljafería, criado lejos de su padre, privado del amor de su madre y acostumbrado a escuchar sólo palabras de venganza, comenzó a perseguir a su madrastra doña Leonor, y arrebató a su hermano D. Jaime la corona de Mallorca. «Este cachorro, decía, lleva la venganza en el corazón; cortémosle las uñas antes de que pueda despedazar». Y sentándose en un gótico sillón, junto a una mesa, tomó la pluma y escribió un edicto, ordenando que la infanta D.ª Constanza fuese jurada como heredera del trono. La noticia de este edicto corrió por el reino como una chispa eléctrica, y no tardó en llegar a las plantas del rey un emisario, gritando:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Señor, Aragón acaba de alzar su pendón rebelde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¿Qué nombre dan al levantamiento --dijo el rey impávido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--La Unión, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--¡Mentecatos! Quieren suscitar las contiendas que hicieron bambolear esta corona sobre las sienes de mis antecesores; pues bien; yo les probaré que el hacha de mi verdugo puede más que sus puñales.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de las turbulentas Cortes celebradas en Zaragoza, que terminaron con el grito de «¡A las armas! ¡A las armas!», lanzado por los nobles y el pueblo, el rey logró escapar a Barcelona y de allí pasó a Valencia para apaciguar a los nobles, que también se habían sublevado, quedando en aquella ciudad, poco menos que prisionero. Imponente y amenazador se presentaba aquel alzamiento, que tendió al aire una bandera, levantó un ejército y se apoyó en el rey de Castilla. Todas las ciudades de Aragón, excepto Calatayud, Daroca, Teruel y Huesca, formaron parte de la Unión. El caballero de la espuela, D. Lope de Luna, se puso al frente de los caballeros de las cuatro ciudades citadas, celebró con ellos consejo en Cariñena y acordaron pasarse a Daroca, para hacerse allí fuertes, ofender y resistir. Entonces fue cuando se reedificaron parte de las murallas y se construyó el magnífico torreón llamado «El caballero de la espuela», en memoria del caudillo D. Lope de Luna. Hiciéronse grandes provisiones de armas y de víveres y se confederaron con los de la villa, cuyos jefes principales eran D. Jiménez Pérez de Pina y D. Domingo Marcuello, que tenían las fortalezas y castillos de Daroca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al grito de «¡Venganza! ¡A las armas! ¡Mueran los traidores!», declaró D. Lope la guerra a los de la Unión. Estalló ésta con verdadero furor. El rey logra escaparse de Valencia y se refugia en Teruel; el rey de Castilla amenazo las fronteras y llega a las puertas de Tarazona; D. Lope corre con su gente a defenderla; los de la Unión, con un ejército de l5.000 hombres, acaudillados por el infante D. Fernando, caen sobre Epila el 21 de junio de 1348. Estando en grande apuro y a punto de perderse esta plaza, levanta D. Lope el cerco de Tarazona, pasa con sus tercios darocenses el Jalón y acomete a sus enemigos con tal empuje y bravura, que los desborda y vence en sangriento y muy reñido combate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue tan horrorosa y encarnizada esta batalla, que murieron en ella los principales jefes de la Unión, cayó herido y prisionero su caudillo el infante D. Fernando, y el mismo D. Lope de Luna recibió una herida en la pierna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los que más se distinguieron en esta jornada (son palabras de Zurita) fueron los caballeros y gentes de Daroca, que se hubieron en ella muy valerosamente, y apenas quedó en la Villa hombre que pudiera tomar las armas y no se hallase en la batalla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los pendones de la Unión y de Zaragoza quedaron en Epila, como perenne trofeo de la victoria. Poco tiempo después se celebraron Cortes en Zaragoza, y el rey, de natural y condición ardiente, queriendo romper por sus manos el pergamino de los privilegios de la Unión con el puñal que siempre llevaba al cinto, se hirió e hizo sangre, por lo que exclamó: «Privilegio que tanta sangre ha costado, justo es que con sangre real se borre».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue tan grande para el rey la jornada de Epila, que no vaciló en hacer a D. Lope de Luna la señaladísima merced de darle el titulo de Conde de Luna, el primero que se sabe haberse dado en estos reinos a rico hombre que no fuese hijo de rey.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así se hizo célebre el CABALLERO DE LA ESPUELA.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_sobre_Pedro_Ahones_(Daroca)&amp;diff=22300</id>
		<title>Leyenda sobre Pedro Ahones (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T16:32:41Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;La persecución y muerte de D. [[Pedro Ahones]] en las tierras de la antigua Comunidad de Aldeas de Daroca ha sido descrita por numerosos historiadores, además de convertirse en una [[leyenda]] dramatizada por el padre [[Beltrán Roche, José|Beltrán]]. La cuenta del siguiente modo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Hay en la suntuosa Basílica de Daroca un sepulcro con un epitafio, grabado en piedra, que dice: «Aquí yace D. Pedro Ahones. Año 1225». Este caballero era uno de los nobles más poderosos del reino, y su trágica muerte pone de relieve el carácter altivo e indomable de los ricos hombres de aquella época, y el valor y magnanimidad del rey. D. Jaime el Conquistador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contaba entonces D. Jaime diecisiete años, y si era de ánimo esforzado y noble, su figura corporal se distinguía por su esbeltez y gallardía. «Era --dicen sus cronistas contemporáneos-- un palmo más alto que los demás hombres, fornido y proporcionado en todos sus miembros, el rostro lleno y colorado, la nariz larga y recta, la boca bien contorneada, escondiendo una dentadura tan blanca que parecía una doble hilera de perlas; los ojos rasgados y negros, los cabellos rubios como el oro, las manos hermosas y los pies mejores».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El valor y entereza que ya a la edad de diecisiete años mostraba, se revelan palpablemente en el siguiente episodio, que, aunque parezca novelesco, es rigurosamente histórico.&lt;br /&gt;
   &lt;br /&gt;
Había citado el rey a los ricos hombres de su reino, enviándoles desde Horta cartas de llamamiento para que se reunieran en Teruel, con el objeto de hacer entrada en tierra de moros. Más de tres semanas estuvo aguardando el rey su llegada; pero los ricos hombres andaban divididos en bandos y no llegaban nunca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sabedor de esta expedición Zeyt Abuzeyt, rey moro de Valencia, envió a D. Jaime un mensaje pidiéndole una tregua y ofreciéndole un tributo, que D. Jaime se vio obligado a aceptar, no sin grande disgusto suyo. Partió de Teruel a Zaragoza, y cuando llegó a Calamocha encontró una compañía de sesenta caballeros, mandados por D. Pedro Ahones, hermano del Obispo de Zaragoza y uno de los principales jefes de la liga que se había formado contra el rey. Mandóle éste que volviera con él, pues quería hablarle en presencia de los ricos hombres; pero el caballero le contestó que de ninguna manera le retardase el viaje. Don Pedro --respondióle entonces el rey--, por ir una hora conmigo no perderéis gran tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Accedió D. Pedro, y marcharon juntos hasta Burbáguena, donde entraron en una casa que era de Templarios. Al llegar allí, D. Jaime reconvino agriamente a D. Pedro, diciéndole que por su culpa principalmente y de los ricos hombres, había dejado de hacer una cabalgada en tierra de moros, que era lo que más él deseaba, y que había tenido que aceptar una tregua que el rey moro de Valencia acababa de proponerle, y por esta causa le rogaba y mandaba que por ningún motivo tratase de entrar en tierra de moros, pues sería esto quebrantar la promesa y pacto del monarca, en menoscabo de la autoridad real.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Don Pedro, a quien se daba toda la culpa de aquella confederación contra el rey, con desenfado y faltando a la cortesía, replicó que él y su hermano el obispo D. Sancho habían hecho grandes gastos para aquella expedición y no podían volverse atrás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Encolerizóse el joven rey al ver el empeño y tenacidad de D. Pedro, y díjole violentamente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues no me queréis obedecer, yo quiero que seáis preso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al oír esto D. Pedro, faltando a la dignidad de caballero y de buen vasallo, requirió la espada; pero el rey se arrojó sobre él como un león cachorro, con tanta ligereza y fuerza, que no le permitió sacarla. Y aunque era D. Pedro robusto y de grande estatura, e iba armado de perpunte y morrión de malla, y el rey tan joven y desarmado, no pudo desasirse de los brazos de D. Jaime. Al oír el ruido de esta lucha y porfía los de D. Pedro, que estaban en la puerta a caballo, se apearon, y, entrando dentro, ayudáronle a dcsasirse de las manos del rey, no sin grande apuro. Los de D. Jaime, que estaban también en aquella casa, según él mismo escribe, entraron y estuvieron mirando aquella lucha, basta que D. Pedro y los suyos salieron Sepulcro en la Iglesia de la Colegialprecipitadamente de la casa, montaron a caballo y huyeron hacia cl castillo de Cutanda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Don Jaime, que se había quedado solo y sin armas, llamó a los suyos y a un caballero que estaba a caballo en la puerta y se llamaba Miguel de Aguás, le pidió le dejase su caballo, y armándose de perpunte, montó y partió solo en requerimiento de D. Pedro. Al poco rato marchó D. Atho con cuatro caballeros, sin armas, y luego D. Blasco de Alagón y D. Artal con los suyos&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Don Atho se separó del camino por llegar antes, y saliendo por entre las tapias de unas viñas, lo vieron algunos de los de D. Pedro, v volviendo contra él lo hirieron y lo derribaron del caballo. Largo trecho corrieron unos tras otros, hasta que D. Pedro, viendo fatigado su caballo, decidióse a esperar a sus perseguidores y a hacerse fuerte en un cerro, al cual subió con veinte o treinta de los suyos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando D. Jaime, que iba con D. Asalido de Gudal y D. López de Pomar, vio a sus contrarios, desenvainó la espada, agitándola en el aire y gritando: «¡Aragón ¡Aragón !», se arrojó con formidable ímpetu hacia ellos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la vista del rey y al oír el nombre mágico de la Patria, invocado en tan solemne momento, todos los caballeros que estaban con D. Pedro huyeron, quedando sólo con él su escudero Martín Pérez de Mezquita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sepulcro en la Capilla del Patrocinio de la Iglesia de la Colegial    Mientras cl rey corría por una vereda, que era atajo para subir a lo alto del cerro, llegó poco antes un caballero llamado Martín Pérez de Luna; dióle a D. Pedro una lanzada que le entró en el pecho por el perpunte de la loriga del costado derecho, y sintiéndose herido y sin fuerzas se abrazó al cuello de su caballo para no caer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En vista de esto, el rey que acababa de subir, desmontó, y corriendo hacia él, lo recibió en sus brazos, diciéndole con semblante compasivo y triste: «En mal punto vinisteis a parar, D. Pedro; valía más que hubieseis creído lo que aconsejado os habíamos».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Acababa de pronunciar el rey estas palabras, cuando llegó D. Blasco de Alagón, blandiendo su lanza y diciendo: «Señor, dejadme alancear a este león, en venganza de las demasías que os ha hecho».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Dios os confunda, por las palabras que habláis, D. Blasco --dijo el rey--; os digo ahora, que antes que a D. Pedro hiráis, tendréis que herirme a mi».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y viendo el rey que D. Pedro moría sin remedio, no pudo contener las lágrimas, y lloro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pusieron al herido sobre un caballo, y antes de llegar a Burbáguena exhaló el último suspiro. Marchóse el rey con los suyos a Daroca, y llevando consigo el cadáver de D. Pedro en un ataúd, fue enterrado con gran pompa y solemnidad en la iglesia de Santa María la Mayor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/index.htm Las tradiciones y leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Leyenda de Don Antonio Martín de la Torre (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T16:30:04Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogSSAqLw==&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Según narra el [[Beltrán Roche, José|padre Beltrán]] a modo de [[leyenda]] o tradición, hay en el archivo de [[Daroca]] un documento real, expedido por D. Fernando de Antequera, concediendo para cárcel la casa confiscada a D. Antonio Martín de la Torre. En este hecho se funda la siguiente tradición:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muerto el rey don Martín el Humano sin designar heredero el año 1410, se presentaron seis pretendientes a la corona, siendo los principales el conde de Urgel y D. Fernando de Antequera. Con este motivo se dividió el reino de Aragón en dos bandos: uno a favor del conde y otro de D. Fernando. La poderosa [[linaje de Luna|casa de los Luna]]s militaba al lado del primero, y la de los Urreas, no tan fuerte, pero más popular, defendía al segundo. Los jefes de ambos bandos eran D. Antonio de Luna, hombre iracundo y arrojado, y D. Pedro de Urrea, hidalgo prudente y valeroso. Ambos desplegaron sus banderas, promoviendo un general incendio en todo el reino, corriendo la sangre a ríos. Calatayud fue la población donde más furiosamente ardía la guerra, ensangrentando sus calles y sus riberas, por estar divididas sus dos familias principales: los Sayas y los Liñanes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Daroca, al principio, seguía el partido de los [[linaje de Luna|Lunas]], por la gran influencia que siempre habían tenido en ella y por ser los principales varones procedentes de esta casa. Pero tuvo entonces lugar un suceso que cambió la faz de las cosas, influyendo poderosamente en la opinión pública y haciendo decrecer en gran manera, el partido del conde de Urgel, que era el más importante. Fue la muerte violenta dada al arzobispo de Zaragoza D. García Fernández de Heredia. Esta sucedió del modo siguiente: El arzobispo, que era quien más partidarios había hecho contra el conde de Casa-Palacio de los Luna en la calle Mayor, regresaba de Calatayud, después de asistir a un parlamento de los cuatro brazos del reino, que en aquella población se había celebrado con el fin de cortar de raíz tantos infortunios como pesaban sobre el reino. Don Antonio de Luna también había asistido a la junta, y, desde Calatayud, le vemos marchar a La Almunia meditando un crimen. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El arzobispo, al pasar por aquella villa, ya de noche, recibió un aviso del de Luna para que lo esperase un breve instante. Accedió gustoso el prelado y lo esperó desarmado y en compañía sólo de algunos caballeros y familiares, mientras el de Luna se presentó armado de punta en blanco y llevando consigo veinte hombres, entre ellos D. Martín de la Torre, caballero principal de Daroca, y tenía de emboscada en una montaña vecina, doscientas lanzas. Descuidado D. García apartóse de su comitiva un breve espacio y se acercó hasta D. Antonio, que estaba en la linde del camino La conversación mire los dos personajes comenzó por ser muy cortés; pero acabó de una manera violenta. A una pregunta hecha por el de Luna contestó el prelado que el conde de Urgel no sería rey mientras él viviese. No quedó muy satisfecho el iracundo infanzón, el cual replicó con voz airada y fuerte:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Conque, arzobispo, ¿no será rey el conde de Urgel?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--No, mientras aliente yo --dijo D. García con entereza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Pues, ¡vive Dios! --repuso más airado Luna--, que el conde será rey, y preso o muerto D. García.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y éste, volviendo la rienda de la mula que montaba para retirarse, dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Muerto podrá ser; pero preso no.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces D. Antonio se arrojó sobre él, descargando sobre su mejilla una tremenda bofetada, y en un hachazo que le hizo vacilar y caer sobre la grupa de su cabalgadura. Acudieron en el acto D. Martín de la Torre y otros caballeros, que le derribaron de la mula y acabaron de matar. Apenas el acompañamiento del arzobispo le miró en aquella guisa, dando grandes voces avanzó hacia D. Antonio con ademán amenazador, más las doscientas lanzas de Luna, que estaban en acecho, precipitáronse sobre ellos, dejando aquellos ribazos cubiertos de cadáveres y haciendo huir a rienda suelta a los acorralados sirvientes del prelado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue este hecho tan escandaloso y odiado, que después, en Aragón, para desear mal a alguno, se decía como refrán corriente: «Con D. Antonio te topes».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/index.htm Las tradiciones y leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Leyenda del Caballero del águila blanca (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-16T16:29:38Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: LyogSSAqLw==&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:DSCN0818.jpg|thumb|Torre del castillo de Anento]]&lt;br /&gt;
[[Imagen:Langa (19).jpg|thumb|Fortificación en Langa]]&lt;br /&gt;
[[Imagen:44320 (30).jpg|thumb|Castillo de Báguena, incendiado por las tropas castellanas]]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fué publicado en 1929. Mezcla las tradiciones ligadas al [[recinto amurallado de Daroca]] con el episodio bélico de la destrucción del [[castillo de Báguena]] y la figura legendaria de [[Miguel de Bernabé]]. La leyenda es la siguiente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Próximo a la [[Puerta Baja (Daroca)|Puerta Baja de Daroca]], en la parte que mira a [[Manchones]], yérguese un ruinoso muro cilíndrico, conocido con el poético nombre de «El caballero del águila blanca».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Venid, trovadores que con la lira a la espalda cruzáis errantes los castillos de la vieja España en busca de glorias; vosotros Que cantáis amores a las bellas y recordáis a los señores feudales las heroicas hazañas de valientes guerreros, venid, cubierta la cabeza con el simbólico birrete, sentaos sobre los altos riscos del castillo darocense, e inflamados del divino espíritu de la poesía, desgranad al son de vuestro instrumento las perlas engarzadas con el hilo de oro de la peregrina leyenda de «El caballero del águila blanca».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era el día 1.º de septiembre de 1363. Sonidos de trompas y clarines pregonan a sangre y fuego la [[Guerra de los Pedros|guerra]] asoladora. Dos inmensas nubes de guerreros se vislumbran en la lejanía; una viene del oriente y otra avanza por el ocaso; dos reyes enemigos las impelen con el viento de furor que agita su corazón altivo y rencoroso. El uno es alto, robusto y feroz, como un tigre de la selva; flaco y pequeño el otro, pero astuto y audaz, como un chacal del desierto; ambos son instintos de dominación, de iracundia y de soberbia, son perseguidores de su propia familia; el primero se llama D. Pedro el Cruel de Castilla, el segundo D. Pedro el del Puñal de Aragón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya las huestes castellanas recorren las fronteras, asaltando castillos, talando campiñas e incendiando villas y lugares. Celébranse Cortes en Daroca para proveer todo lo necesario para la guerra; se derriban los edificios y los árboles que están fuera de las murallas; se abren fosos y se construyen trampas y celadas en los barrancos que dan acceso a los muros; hombres, mujeres y niños, todos despliegan una actividad febril; hasta los castillos vecinos de [[Villarroya del Campo|Villarroya]], [[Castillo de Anento|Anento]], [[Castillo de Langa|Langa]], Visiedo, [[Castillo de Báguena|Báguena]] y [[Castillo de Cella|Cella]] se reparan con increíble rapidez; se despueblan las aldeas y lugares indefensos, refugiándose sus vecinos dentro de las fortalezas. Es nombrado alcaide del [[castillo de Daroca]] el fiel y heroico D. Pedro Gilbert Brun, y jefes de los regimientos los caballeros D. Pedro Martínez de la Torre, D. Gil Garlón, don Sancho Mangés, D. Juan López de Atienza y D. Juan Jiménez de Algarada, vecinos todos de la villa. y encargados de la defensa (de los principales torreones).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mas ¿quién es ese caballero que lleva siempre oculto el rostro con la visera, ostenta sobre el casco, en vez de penacho, un águila blanca, ha plantado su pendón sobre el cilíndrico muro y ha jurado defenderlo con un puñado de bravos que le siguen, a costa de su sangre y de su vida? ¿Quién es? ¿De dónde ha venido? ¿Cómo se llama? Sólo el alcaide D. Pedro Gilbert conoce el Secreto del incógnito guerrero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya el ejército de D. Pedro el Cruel avanza, adueñándose de [[Maluenda]], Tarazona, Borja y Magallón; ya [[Calatayud]], la antigua Bílbilis, dobla su heroica cerviz bajo el yugo del vencedor, que encendido en cólera por las frecuentes salidas de los darocenses y por los grandes daños que a sus tropas han causado, resuelve tomar por asalto la villa y sus fortalezas y jura vengarse cruelmente de sus habitantes; ya llega con sus 10.000 jinetes, sus 30.000 infantes, 16 piezas de artillería otras máquinas destructoras; ya asienta sus reales y se dispone para combatir despiadadamente la fuerte e inexpugnable fortaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La ciudad de Daroca espera con el arma al brazo. Comienzan las máquinas su obra de destrucción, al sonido de trompas y atabales dase principio al asalto, que luego se hace general, impetuoso, desesperante, horrible. Por todas partes encuentran los enemigos pechos de bronce, mas fuertes que los muros que las máquinas derriban. Al día sigue la noche y los asaltos se suceden sin interrupción, mezclándose en espantosa armonía el estruendo de las humeantes máquinas, los choques de las armas, el relincho de los caballos, los gritos de los jefes y los ayes de los moribundos. Cansados de la lucha, los combatientes se dedican a enterrar los cadáveres. Durante este descanso, el rey D. Pedro el Cruel, lee en presencia de los caballeros el siguiente cartel de desafío, que uno de los sitiados acaba de arrojar desde las murallas: «¡Oh, rey de Castilla! Decid al vuestro caballero de la pluma verde y que lleva por divisa una letra que diz &amp;quot;Por encima de Aragón&amp;quot;, que non es de caballeros de pro facer denuesto a los almogávares de la torre redonda; que si tan viles le parescemos, yo le reto a singular combate, lidiando él con su caballo y las armas que quiera, y yo sin trotón y con mis propios dardos. Si no acepta la lid, sea tenido por felón y cobarde. El Almogávar». El mismo día por la tarde, un heraldo del rey pregona la liza a son de timbal. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En una explanada de la vega del Jiloca, donde se alzan las tiendas enemigas, se presenta el guerrero de la pluma verde, cubierto de hierro y montado en un brioso corcel, más negro que la noche. No tarda en llegar el almogávar, de atlética figura; rodea su cabeza una red de hierro; viste traje de pieles, un antifaz cubre su rostro y lleva por armas un chuzo, una espada ancha y corta y cuatro dardos arrojadizos. Todo el ejército los circunda, formando un vasto anfiteatro; las murallas y torres almenadas se ven cubiertas de espectadores; la emoción embarga todos los pechos. A una señal dada principia el singular combate. Lánzase furioso el jinete, enristrando la lanza, contra su adversario. Este se ladea, hurtando el cuerpo al golpe, y aquél pasa veloz como un torbellino. Relincha y caracolea el fiero animal, torna de nuevo al combate, y antes de acometer, el almogávar arroja un dardo, con tanta fuerza y ojo certero, que entrando la aguda flecha por la barba del jinete, le atraviesa el cráneo hasta levantar el casco. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cae desplomado en tierra; un grito de rabia suena en todo el campamento. El rey, montado en cólera, manda detener al almogávar, pero éste, tomando la lanza del vencido y cabalgando de un salto en el negro corcel, rompe el cerco que le rodea y huye, más ligero que el viento, y antes que los enemigos le alcancen, los suyos le abren las puertas de la plaza, que se cierran tras él, y es recibido en triunfo por todos los darocenses. El almogávar era el caballero del águila blanca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antes de que la noche tienda su manto de sombras, el enemigo renueva los asaltos con más furia que nunca y se prolongan hasta el día siguiente. Los sitiados se defienden como leones; los episodios y actos heroicos que realizan, dignos de esculpirse en mármoles y bronces, son innumerables. Una de las máquinas ha logrado acercarse tanto a la muralla que amenaza abrir una ancha y peligrosa brecha en el lienzo mural. Viendo el peligro el caballero del águila blanca, manda que lo descuelguen desde la almena de la torre, y llevando en la diestra la espada y en la izquierda un caldero de materias inflamables, con sobrehumano valor consigue incendiar la destructora máquina, y con la misma cuerda es ascendido por los suyos a la torre, salvando así su vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por fin, los sitiados determinan con parte de las tropas hacer una salida por las puertas menos atacadas, logran ganar las alturas que miran a la vega y acometen al enemigo con tal bravura y empuje que todo el paseo y camino de Manchones dejan sembrados de cadáveres enemigos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Viendo el rey de Castilla la imposibilidad de tomar esta plaza fortísima y los daños considerables que recibía, se ve obligado a levantar el cerco, y enfurecido, como una fiera, marcha ribera arriba hasta llegar al [[castillo de Báguena]]. El caballero del águila blanca, que había tomado parte en la salida, al verse atacado y perseguido por un escuadrón de caballería numeroso, huye a encerrarse en el citado castillo de Báguena. Es combatido este fuerte por el rey con todas fuerzas; resiste heroicamente el alcaide con todos los suyos. Asombrado el rey ante tan grande heroísmo, dice al alcaide: «Veo que sois un héroe; inútil os será toda resistencia; rendíos y entregad las llaves y os colmaré de honores y riquezas; de lo contrarío mandaré pegar fuego al castillo». Y el alcaide le responde: «Señor, antes prefiero morir que ser traidor». Las llamas destruyeron el castillo, muriendo dentro el alcaide con todos los suyos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El alcaide, vecino de Báguena y llamado [[Miguel de Bernabé]], era el caballero del águila blanca. En memoria de esta hazaña, el rey de Aragón concedió a sus descendientes el escudo de armas, que es un castillo, coronado por una cabeza de guerrero, asomando por una de las troneras un brazo con un puñal y las llaves del castillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
[[Daroca]] alcanzó en esta jornada el hermoso título de Ciudad y Porta Férrea de todo el reino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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	<entry>
		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Linaje_de_Luna&amp;diff=22286</id>
		<title>Linaje de Luna</title>
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		<updated>2009-02-16T16:17:42Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Un linaje vinculado a [[Pedro Martínez de Luna]], el Papa Luna, que tuvo uno de sus casales en el conocido como [[Palacio de los Luna (Daroca)|Casa de los Luna]], en la calle mayor de [[Daroca]]. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Leyendas y tradiciones&lt;br /&gt;
Una familia tan famosa como los Luna ha sido objeto de leyendas y tradiciones. El [[Beltrán Roche, José|padre Beltrán]] dramatizó el enfrentamiento con el obispo de Zaragoza en la leyenda de [[Leyenda de Don Antonio Martín de la Torre (Daroca)|Don Antonio Martín de la Torre]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Heráldica ==&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se conservan varios escudos en la Comunidad de Aldeas de Daroca con las armas de los Luna:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
*[[Escudo de Luna]], en Tornos&lt;br /&gt;
*[[Escudo de Martínez de Luna]], en Daroca y Báguena&lt;br /&gt;
*[[Escudo de María de Luna]] &lt;br /&gt;
*[[Escudo de Pedro Martínez de Luna]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Bernardo_Mateo_S%C3%A1nchez&amp;diff=5993</id>
		<title>Bernardo Mateo Sánchez</title>
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		<updated>2008-06-09T17:23:07Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#redirect [[Mateo Sánchez, Bernardo]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<title>Ximénez, Francisco</title>
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		<updated>2008-06-06T18:14:00Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Famoso historiador natural de [[Daroca]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Laborde, Alexandre (1809):&#039;&#039;Itinerario descriptivo de las provincias de España&#039;&#039;.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=P%C3%A9rez_de_Heredia,_Juan&amp;diff=5809</id>
		<title>Pérez de Heredia, Juan</title>
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		<updated>2008-06-06T18:10:36Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Teólogo distinguido del siglo XVII, natural de Daroca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Laborde, Alexandre (1809):&#039;&#039;Itinerario descriptivo de las provincias de España&#039;&#039;.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Diccionarios_geogr%C3%A1ficos&amp;diff=5765</id>
		<title>Diccionarios geográficos</title>
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		<updated>2008-06-06T14:28:42Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Los diccionarios geográficos se pueden completar con los [[libro de viajes|libros de viajes]].&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se pueden destacar varios:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario geográfico universal...&#039;&#039; de Antonio Vegas, 1745&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal...&#039;&#039; de Sebastian de Miñano y Bedoya, 1826.&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario geográfico universal, por una sociedad de literatos&#039;&#039;, S.B.M.F.C.L.D., 1831&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Estadística de España...&#039;&#039; de Moreau de Jonnés, 1835&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Semanario pintoresco español: Lectura de las familias. Enciclopedia popular&#039;&#039;, 1836. &lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones...&#039;&#039; de Pascual Madoz, 1847.&lt;br /&gt;
*José María Quadrado publicó entre 1844 y 1848 varios tomos titulados &#039;&#039;Recuerdos y Bellezas de España&#039;&#039;, dedicando uno de ellos a Aragón.&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Geografía histórico-militar de España y Portugal&#039;&#039;, de José Gómez de Arteche y Moro, 1859&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Ensayo de descripcion geognóstica de la provincia de Teruel...&#039;&#039; de Juan Vilanova y Piera, 1863&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Geografia historico-militar de España y Portugal&#039;&#039;, de José Gómez de Arteche y Moro, 1880&lt;br /&gt;
*Geografía militar y económica de la Península Ibérica y colonias de España... de José Navarro y Faulo, 1882&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario geográfico de España&#039;&#039;, Prensa gráfica, 1961&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Diccionario Enciclopédico Salvat Universal&#039;&#039;, 1969&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Geografía Regional de España&#039;&#039;, de Manuel de Terán, Lluís Solé i Sabarís, 1978&lt;br /&gt;
*Alfonso Zapater, recorrió todas las localidades de Aragón para escribir su magna obra &#039;&#039;Aragón, pueblo a pueblo&#039;&#039;.&lt;br /&gt;
*Clemente Alonso Crespo hizo una recopilación de los pueblos de la provincia de Teruel titulada &#039;&#039;Teruel adentro&#039;&#039;.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otros tienen un carácter temático:&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Espejo cristalino de las aguas de España&#039;&#039;, de Antonio Limón Monterio, 1697.&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Historia Universal de las fuentes minerales de España&#039;&#039;, de Pedro Gómez y Bedoya, 1765.&lt;br /&gt;
*&#039;&#039;Guía del Estado eclesiástico seglar y regular de España e indias&#039;&#039;, 1818&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Escudo_de_Campillo&amp;diff=5710</id>
		<title>Escudo de Campillo</title>
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		<updated>2008-06-05T14:48:59Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;[[Imagen:Escudo Campillo Daroca.jpg|thumb|Escudo de Campillo]]Se conserva una piedra armera colocada en el frontón partido de entrada a la huerta de la Torre de Campillo, en la carretera hacia Teruel. Se trata de un escudo cuartelado en cruz: 1º. De sinople, terraza de su color con árbol de lo propio y arado de lo mismo. 2º. De azur, terraza de su color con liebre saltante de lo mismo, superada de tres estrellas de plata. 3º. De gules, torre de su color. 4º. De sinople, panela de gules herida por dardo de plata moviente del diestro, superada de menguante de plata.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Mañas Ballestín, Fabián (1998): &#039;&#039;La Heráldica de Daroca&#039;&#039;. Ayuntamiento.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
	</entry>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Escudo_de_Diez_de_Aux&amp;diff=5705</id>
		<title>Escudo de Diez de Aux</title>
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		<updated>2008-06-05T14:44:19Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;80.58.205.52: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Encontramos una piedra armera del [[linaje de Diez de Aux]] en el torreón derecho de la Puerta Baja. El escudo es muy sencillo: En campo de plata, lucero de gules con dieciséis rayos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*Mañas Ballestín, Fabián (1998): &#039;&#039;La Heráldica de Daroca&#039;&#039;. Ayuntamiento.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>80.58.205.52</name></author>
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