Abajamiento (Monreal del Campo)

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El último abajamiento

Era una representación teatral que se realizaba en Semana Santa. ¿Cuándo se iniciaron las representaciones? La verdad es que los orígenes se pierden en la lejanía de los tiempos y que se podrían remontar a finales del siglo XVI, coincidiendo con fundación de la Cofradía de la Sangre de Cristo. Pero todo son hipótesis por demostrar ya que no hemos encontrado documentación de esa época. La que se conserva corresponde al periodo que va desde 1862 hasta 1959, momento en el que se representó el último Abajamiento.

Nos detendremos en la descripción del programa de actos litúrgicos, con la aclaración previa de que los hechos relatados van a ser incompletos, ya que somos conscientes de la imposibilidad de reproducirlos con una fidelidad exacta, puesto que no están escritos en documento alguno y la aportación oral ha sido capital. Estos eran, pues, por orden cronológico, los actos del Viernes:


Pregón

Era la primera de las funciones religiosas de la tarde, ya que su inicio se situaba en torno a las tres. Una procesión de trayecto corto que salía de la iglesia recorría las principales calles de la villa, deteniéndose en varios puntos en los que anunciaba en voz alta la mala nueva que suponía la muerte de Jesucristo. Los personajes que intervenían en dicha comitiva solían ser siempre los mismos: un sacerdote que dirigía al grupo, la soldadesca que estaba integrada por aquellos soldados denominados “judíos”, con sus jefes Longinos y el centurión que en realidad eran romanos, san Miguel y las tres Marías y, también, el propio alguacil que solía tocar una corneta y el tambor para avisar a las gentes. Cumplido su cometido, regresaba a su punto de partida.


El Abajamiento (o Descendimiento)

Su desarrollo cronológico era posterior al Pregón, pues podía empezar a las seis de la tarde. Básicamente, consistía en “abajar” (así se suele decir por estas tierras) un Cristo crucificado y articulado, “plegarle” los brazos a lo largo del cuerpo e introducirlo en la urna que iba a ser su sepulcro. Todo ello se representaba sobre un entablado de madera situado en el ábside de la iglesia y en el que aparecía a un lado la Virgen Dolorosa y al otro siete velas encendidas.

Previamente se representaba el Sermón de las Siete Palabras con todo un ritual de apagar las siete velas del escenario, de una en una, y el canto “¡Ay de mi que te han puesto...” Posteriormente, dos o tres sacerdotes, con una escalera, subían a la cruz que había sobre el entablado, provistos de una larga sábana, y empezaban a quitar los clavos y la corona de espinas del Cristo crucificado que se depositaban en una bandeja. Todo ello pausadamente y con una serie de rezos que imponía el rito.

A continuación, empezaban a bajarlo ayudándose de la sábana y, tras realizarlo, se lo mostraban a la imagen de la Dolorosa también articulada, ya que movía los brazos, y a la “Virgen” viviente que lo acogía en su regazo a modo de “piedad”. Seguidamente, se depositaba la imagen con los brazos pegados al cuerpo en el que iba a ser su féretro.


El Santo Entierro

Después del “Abajamiento” empezaba el desfile procesional por las calles, conocido como Santo Entierro, que es el único de los actos del Viernes Santo que ha perdurado hasta ahora, aunque con considerables variaciones. Una vez “plegado” el Cristo articulado e introducido en la urna cubierto con un manto, los distintos pasos y personajes empezaban a salir por la puerta de la iglesia en un orden tradicionalmente establecido. La soldadesca no iría como grupo identificado en la procesión, sino que se situaría de forma dispersa a lo largo de ésta. Al final se colocaban las jerarquías y autoridades religiosas (sacerdotes), civiles (alcalde y concejales), militares (Guardia Civil) y prior y mayordomos de la Cofradía de la Sangre de Cristo.

El recorrido urbano se realizaba por las principales calles (Barrio Alto, Calle Mayor, Rocasolano, Zaragoza...) hasta llegar al Calvario, que marcaba el punto de regreso hacia la iglesia. Durante el trayecto varios “alguaciles”, seguramente miembros de la Sangre de Cristo que portaban unas cruces, mantenían el orden y pedían limosna.


Auto sacramental

Es el último acto dramático del Viernes Santo, posiblemente el más interesante y el que más misterio encierra. Se celebraba de noche en la Plaza Mayor, alumbrado por las antorchas y velas que portaban algunos feligreses. El desarrollo era el siguiente: la poblada comitiva del Entierro regresaba hasta la Plaza Mayor, lugar en el que se había montado el entablado que antes había en la iglesia. Sobre él y frente al Ayuntamiento se situaba el Cristo yacente en la urna, cubierto con un palio y escoltado por los soldados romanos. Todos los pasos y personas que regresaban, al llegar frente al entablado, realizaban, menos la Muerte, una genuflexión e inclinaban los estandartes y otros objetos ante la imagen del Cristo yacente para regresar a la iglesia de nuevo, salvo los faroles de las Siete Palabras que permanecían para iluminar más la representación.

Una vez finalizado todo este ritual, desde la iglesia salía el personaje de la Muerte, cuyo papel era interpretado por una persona vestida toda de negro con máscara o capucha y que tenía pintados los huesos, a modo de esqueleto, portando una dalla (especie de guadaña grande) con un mango largo de madera. Descendía por la cuesta dando brincos y realizando movimientos en zig-zag de un lado a otro de la calle hasta que se aproximaba al entablado de la Plaza. Una vez allí subía hasta donde estaba la “cama” con el Cristo muerto, se acercaba y se alejaba de forma inquieta, daba vueltas alrededor hasta que, por fin, se bajaba del escenario. A la vez, por la misma cuesta, bajaba Longinos con paso rítmico y marcial acompañado de soldados romanos, que se quedaban abajo, mientras que él subía a la plataforma y procedía de forma parecida a la Muerte: se acercaba y daba vueltas a la urna como para cerciorarse de que el cadáver de Cristo se encontraba dentro pero, en este caso, raspada y golpeaba en la madera del suelo como si buscase a alguien que bien podía se la Muerte que pudiera estar allí escondida.

Tras esta escena y cuando Longinos descendía por la escalera de madera, se oía de repente el disparo de un tiro que realizaba el alguacil, que impresionaba a la gente que permanecía en silencio, con lo que finalizaban los actos litúrgicos y religiosos del Viernes Santo.


Bibliografía