Cofradía

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En todas las iglesias encontraremos varios cuerpos seglares organizados en cofradías, hermandades o consejos parroquiales que dirigían la vida religiosa de la comunidad. Las agrupaciones más numerosas e importantes eran sin duda las cofradías. Surgían como asociaciones de feligreses con unos objetivos determinados, normalmente de carácter piadoso-benéfico, y que compartían un ritual común. Independientemente del nombre de la cofradía, sus funciones y sistemas de organización solían ser similares: adoptaban un santo favorito, le dedicaban y cuidaban de su altar en la iglesia parroquial, ayudaban a gestionar los asuntos de la iglesia, mantenían los servicios y plegarias, participaban en los rituales y procesiones, y establecían un fondo para apoyar y proteger a los miembros cofrades. El cura párroco siempre actuaba de presidente de la agrupación, y para su constitución se necesitaba la autorización del obispado.

Aunque sus orígenes son medievales, las cofradías serán revitalizadas por la Iglesia a partir del siglo XVI como una forma de articular y controlar a la sociedad española, extendiéndose rápidamente por el mundo rural. Si en las ciudades su papel había sido muy importante desde hacía varios siglos, especialmente en el caso de las cofradías surgidas de los gremios profesionales, en muchas comunidades rurales aparecerán con fuerza a partir de los siglos modernos.

El espíritu tridentino influyó notablemente en el desarrollo de las cofradías, provocando cambios muy profundos al introducir dos nuevas preocupaciones religiosas que serán aceptadas y asumidas colectivamente, el problema de la “buena muerte” y la defensa de los dogmas católicos frente a la ofensiva protestante.

Respecto al primero de los temas, a partir del siglo XVI se observa una auténtica “clericalización de la muerte”, según expresión de Aries, con unos nuevos ritos mortuorios y unas cofradías que pasarán a ayudar a los sacerdotes en el servicio a los difuntos y en el orden funerario. La cofradía de Todos los Santos de Cutanda cumplirá perfectamente este cometido.

En lo que afecta al segundo aspecto, si durante la Edad Media todas las cofradías recogían devociones religiosas de carácter local, a partir de mediados del siglo XVI se constata la aparición de asociaciones que surgen por mandato del obispo y que aplican reglas y devociones ajenas a la localidad, con el objetivo final de difundir los nuevos dogmas del concilio tridentino .

Como cultos nuevos podemos destacar sobre todo el ejemplo del Rosario. La devoción popular fue activada por los dominicos, y poco a poco lo fueron extendiendo por toda España, convenciendo a los obispos para que lo impusieran en las localidades donde ejercían su autoridad.