Leyenda de las banderas de Don Jaime (Daroca)

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Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro "TRADICIONES Y LEYENDAS", que fue publicado en 1929. La tradición cuenta lo siguiente:


Argumento

El alba comenzaba a desplegar su manto nacarino por el Oriente. El agudo sonido de un clarín resonó vibrante por el hondo valle de Daroca y por toda la cuenca de su Vega; luego, otros y otros clarines volvieron a sonar, mezclados con los ecos de sordos atabales, y un bullicio inmenso despertaba a la población; el bizarro y gentil Hernando se despedía de su amada Martina, dándole un beso en la frente, y a galope tendido se alejó por entre los árboles de la ribera.

--Ea, hija; vístete el traje de granates --dijo entonces la madre de Martina--, para salir a ver a D. Jaime, que se va con sus tropas a la conquista de Valencia.

--A mí, madre, más me entristece que me alegra, ver marchar a los soldados, muchos de los cuales ya no volverán --dijo la hermosa dama.

--Prepárate y procura mostrar el rostro alegre, no digan las gentes maliciosas que la hija del hidalgo D. Juan Moreno está triste porque sus amores se van a la guerra.

Esta escena sencilla tuvo lugar aquella mañana en una pequeña aldea que había frente a Daroca, al otro lado de la vega, no lejos de donde hoy está la Estación, y se llamaba Daroquilla, la cual fue arrasada durante las guerras con D. Pedro el Cruel, de Castilla.


I

Era el año de 1238. Don Jaime, tan pronto como supo la señalada victoria que nuestros tercios ganaron al poderosísimo Zaén, rey de Valencia, desde Huesca, donde se hallaba, pasó inmediatamente a Daroca, con el objeto de llevarles refuerzos de gente, víveres y caballos. Estuvo algunos días en esta villa, en donde se le juntaron los caballeros de su casa y algunos ricos hombres con sus mesnadas, y reuniendo más de mil acémilas se dispuso a partir con toda su gente al Puig de Santa María, para, desde allí, pasar a poner sitio a Valencia.

Era una mañana del mes de septiembre. Multitud de gente de todos los pueblos comarcanos llegaban por diversos caminos y veredas; muchos eran padres, hermanos y parientes de los soldados que había en Puig v de las nuevas tropas que acompañaban a D. Jaime.

Unos, sentados sobre los cerros que dominan la población, veían desplegarse el pendón de las armas darocenses sobre el torreón más alto del castillo; otros vagaban por las calles y conversaban animadamente, como en el día más concurrido de las ferias; éstos formaban un largo cordón sobre las calzadas por donde habían de desfilar las tropas; aquéllos coronaban las colinas más próximas a la casa del rey, situada en el mismo lugar donde hoy se halla la Estación, y todos esperaban con febril ansiedad el momento de la partida. Ya comenzaban algunos curiosos a impacientarse, cuando volvieron de nuevo a sonar los clarines y atabales. Entonces, la multitud corrió presurosa a agolparse alrededor de la casa del rey, para desde allí ver mejor los enjaezados caballos de los ricos hombres, sus lujosos arreos, sus pendones bordados, sus brillantes armaduras y la hermosa y arrogante figura de D. Jaime.

Rompieron, por fin, la marcha los farautes y los heraldos de la corte; aquélla pregonando en alta voz y al son de sus cajas las órdenes del rey, para que las villas y lugares diesen paso y ayudasen a sus huestes; éstos mostrando sus simbólicas casullas con escudos de colores, ostentando sus cimeras de vistosos plumajes. Después seguía el portaestandarte, armado de todas armas, montado en un caballo más blanco que la nieve, y llevando el pendón de Aragón y acompañado de algunos trompeteros, que con todas las fuerzas de sus pulmones tocaban las trompetas. Detrás iban los soldados de las mesnadas formando gruesos pelotones y armados de espadas, picos. mazas o estoques; luego, hasta más de cien caballeros levantaban con los cascos de sus caballos una nube de polvo, y formaban a los reflejos del sol, que flameaba en sus bruñidos cascos y relucientes petos, un mar de fulgores y un bosque de lanzas.

Finalmente, acompañado de sus pajes y escuderos, que vestían ricos trajes de seda y oro y cabalgaban inquietas y fuertes mulas primorosamente enjaezadas, y montado en brioso corcel con gualdrapa encarnada y flotante penacho, apareció D. Jaime, alto, noble, bizarro y majestuoso, con su rojo manto y su magnífico yelmo rematado por un murciélago con alas extendidas y con la cabeza de dragón.

Por último, marchaban a su paso las numerosas recuas de las acémilas, al servicio de gente menuda.

Al aparecer D. Jaime, los vivas y los vítores atronaron los aires. En aquel momento, una dama joven, presa de un accidente, cayó en brazos de una señora anciana, y varias personas acudieron en su auxilio. Era Martina, que al ver junto al rey a su amante, se desmayó en los brazos de su madre.

Conforme se iban alejando las tropas, el bullicio y la confusión cesaban, hasta que unos llorando y otros riendo, todos los vecinos de Daroca y de sus aldeas se fueron por donde habían venido.


II

Habían transcurrido varios meses; el sitio de Valencia había comenzado y de casi todos los caballeros art<goneses se recibían nuevas de su valor y de sus aventuras, menos del hidalgo Hernando; y por más que Martina preguntaba a cuantos de allá venían, nadie le daba noticias de su amante.

Un día llegó un joven enfermo y herido, al punto la dama corrió a visitarle y le dijo:

«¿No has visto al caballero Hernando Díez de Aux en el sitio de Valencia?» El joven contestó: «En uno de los más reñidos asaltos que dimos a la ciudad, en medio de la horrible confusión, vilo un momento que sobre el adarve de un muro luchaba heroicamente y vertía sangre por la cara. ¡Cuántos cristianos cayeron aquel día muertos al pie de la muralla! Después de la retirada no he vuelto a verlo ya más; seguramente habrá caído muerto o prisionero.»

Al oír esto Martina quedó pálida como la cera y muda como la estatua de la desesperación. Con paso vacilante se retiró a su casa, y encerrándose en su habitación, con la cabeza entre las manos y dando tregua al dolor que le embargaba, se puso a meditar la resolución de una idea que le vino a la mente.

Era Martina hija de un caballero darocense, que llamaban don Juan Moreno, cuyos descendientes llegaron a ser, en tiempo de D. Francisco Moreno, de los más distinguidos caballeros, no sólo de Daroca, sino también de Aragón, y en cuya ilustre casa estuvo la Bailía general del reino. Si era hermosa como una escultura griega, por sus venas corría la sangre azul y heroica de su padre, que murió luchando por la fe, y su carácter era resuelto, viril, inquebrantable.

Después de haber meditado largo rato. se resolvió por fin a poner por obra lo que había pensado.

La joven e ilustre dama se cambió en un apuesto y marcial mancebo; con las armas de su padre se armó de punta en blanco; bajo la luciente y duro casco de ondeante cimera escondía hábilmente las largas trenzas de su negro cabello, cubrió con la visera su blanco rostro, sujetó con malla de bruñido acero su pecho, y ciñendo damasquino alfanje, con empuñadura de nácar, montó intrépida, como jinete bien ejercitado, un potro bayo, de larga crin y respiración fogosa.

Muchos ricos hombres de Aragón y Cataluña y aventureros paladines de Francia, Inglaterra e Italia, movidos de la fama de nuestro rey D. Jaime y de su católica empresa, acudían a ofrecérsele voluntariamente, ganosos de lauro y fama. Cuando Martina tomó la resolución de marchar a la conquista, pasaba por Daroca el muy ilustre D. Pedro Amiell, Arzobispo de Narbona, con sus mesnadas francesas, compuestas de once caballeros y mil cien infantes, y presentándose Martina con el disfraz de caballero y tomando el nombre de su padre, le suplicó le admitiera como jinete en sus mesnadas. Admitióla el arzobispo sin conocer el engaño, y junto con él partió para Valencia.


III

El real de los cristianos se extendía entre le Grao y Valencia, a un cuarto de legua de la ciudad y por las riberas del mar. Conforme iban llegando los Concejos y los ricos hombres, se colocaban delante y asentaban sus tiendas en torno de la ciudad, aproximándose cada vez más a ella.

Frente al campamento se alzaban las murallas de Valencia, flanqueadas de redondos y almenados torreones, y por encima de aquella corona de muros se destacaban los palacios arabescos, con sus blancos miradores; las mezquitas, con sus altos y preciosos minaretes, y los jardines, con su pomposo ramaje, convirtiendo aquella ciudad morisca en «vergel de las amenidades de España», como dicen los historiadores árabes, o en «alegría y solaz en que todos los moros folgaban y habían sabor e placer», según la llama en una elegía un poeta de su misma raza.

Tan pronto como llegó el arzobispo al real de D. Jaime, Martina comenzó a recorrer el campamento en busca de Hernando. El aspecto que aquél ofrecía era sorprendente. Tendidas a lo largo y en torno de la ciudad, se veían tiendas de campaña de todas formas y colores, ostentando heráldicos escudos, de todos los tamaños y de mil figuras diversas, que pregonaban la alcurnia y origen de sus altos y muy nobles señores, y sobre el remate de las tiendas ondeaban agitadas por el viento sus banderas con bordados de riquísimas labores.

Con la flota catalana que vino de Tortosa llegaron al real abundantes provisiones, habilitándose tiendas por la venta; acudieron especieros de Lérida y Montpeller, y en aquella ciudad improvisada, compuesta de sesenta mil infantes y dos mil caballos, se compraba y se vendía de todo, lo mismo que en una ciudad populosa.

Por entre las calles de aquella ciudad de tiendas cruzaban en todas direcciones numerosos grupos de soldados, de distintas maneras vestidos y armados y hablando diversas lenguas. Aquí los señores y altos personajes se entretenían jugando al ajedrez en las horas de descanso después de los combates; allí los escuderos y soldados estaban limpiando y componiendo las manchadas y rotas armaduras; allí había un corrillo escuchando a un juglar, que al son de su, instrumento cantaba romances caballerescos o refería peregrinas historias de aventuras y de amores; acullá, entre el campamento y la ciudad, torneaban y lidiaban, como en un palenque, dos hidalgos cristianos con otros dos mor6s, sobre corceles briosos, lujosamente enjaezados, mientras gentío inmenso, ya del real, ya de moros y moras, asomados a las barbacanas de las murallas, aplaudían o silbaban, según vencían en aquellas justas moros o cristianos; y unos cantando, otros golpeando con las armas, éstos tocando sus atambores y añafiles, aquéllos sus trompetas, los mercaderes ambulantes voceando sus mercancías, y los farautes pregonando las ordenanzas reales, todos daban a aquel campamento cristiano una animación tan grande, formaban un cuadro tan caballeresco y tan guerrero, que ni la pluma lo puede describir, ni los pinceles colorear, ni la palabra humana expresar o referir.


IV

En vano Martina, inquieta, silenciosa y triste, recorría todas las tiendas y se fijaba en todos los transeúntes y examinaba todos los grupos y, agitada y nerviosa. preguntaba con el más vivo interés por el hidalgo de sus pensamientos; nadie le sabía responder.

Ya se volvía a su tienda, cuando de repente sonó la señal de que todos se dispusieran para dar un nuevo asalto; el rey ordenó que nadie se retirase antes de haber tomado una torre que defendía la puerta, llamada hoy de los Serranos.

Llegó la hora, y a la voz del monarca, las máquinas principiaron su obra destructora, los batallones se aproximaron a las murallas, y es fama que los tercios darocenses fueron los primeros que se acercaron al pie de los muros, clavando las Barras de Aragón en la famosa puerta, como tomando posesión de la ciudad, y defendiéndose con sus escudos de la lluvia de flechas y piedras que los muros les arrojaban, abrieron con picos los lienzos murales, echaron sus escalas, subieron a la barbacana y lucharon sobre ella como indómitos leones. Ya habían subido varios, y el alférez Francisco Pérez Lop se disponía a enarbolar la bandera de las Ocas, cuando un golpe de cimitarra le partió la frente, cayendo su cadáver encima de la bandera. Inmediatamente acudió en su defensa Hernando, el cual, empuñando con una mano la bandera, con la otra se defendía como un héroe: y aunque combatió con brío y dio muerte a muchos, los moros eran tan numerosos y se portaron tan bravamente, que de un tajo le cortaron el brazo en que tenía la gloriosa enseña, y arrebatándosela, lo derribaron de la barbacana, cayendo gravemente herido.

Un caballero muy joven que lo vio caer, corrió presuroso a recoger su cuerpo, y con serenidad pasmosa lo colocó sobre su caballo, y bajo una lluvia de piedras y dardos arrojadizos, lo retiró a su tienda, sin que ninguno lograra herirle Una vez puesto en salvo, le curó diligentemente las heridas y se quedó para velarlo.

La sorpresa que se llevó Hernando, cuando después de recobrar sus facultades reconoció en su bienhechor a su amada Martina fue tan grande, que no quería dar crédito a sus ojos de lo que veía, antes al contrario, le parecía aquello un milagro o una ilusión de fantasía calenturienta y debilitada por la fiebre que le causaban las heridas.

Después de aquel reñidísimo asalto, el rey D. Jaime, enterado de todo, visitó al heroico defensor de la bandera darocense y, en premio de esta hazaña y por haber clavado las Barras de Aragón en la Puerta de los Serranos, concedió a los tercios de Daroca las dos memorables banderas que todavía se conservan en el archivo de la población, y todos los años las llevan en la procesión del Corpus dos caballeros militares, para recordar tan memorable ejemplo de valor y de patriotismo.

Enlaces externos

Bibliografía

  • Beltrán Roche, José (1929): Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.