Leyenda de las picarazas malditas (Monreal del Campo)

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Leyenda ambientada en Monreal del Campo, en los tiempos de la conquista cristiana.

Argumento

Abunda en este término, y en los colindantes, un ave grosera de negro plumaje en alas y espalda, con extraño blanco vientre, que se llama urraca, pero que aquí se conoce por el nombre vulgar de picaraza. De reflejos metálicos, vocinglera y desafortunada, puebla árboles y crestas en los caminos. Es maloliente y ronda grosera el lugar sin atreverse a pisar un tejado ni corretear una calle porque está maldita desde hace varios siglos, según este detalle:

Cierta tarde, paseaba un Templario de San Salvador por las afueras del Barrio de la Ermita, que conserva su nombre, aunque desapareciera aquélla.Y oyó extraños gritos de socorro lanzados por gentes que solicitaban ayuda porque una partida de bandoleros había asaltado el pequeño templo. No tardó en avistar a los malvados que estaban forzando la puerta del sagrado lugar y, en rápido cruzar de espadas, ayes, rezos y lamentos, los bandidos emprendieron la huída, mientras en el suelo yacía malherido el cuerpo del fiel Caballero.

Llegó la noticia a la Plaza Mayor, en cuya casa matriz residía el Alférez de la Orden, quien tomando al Capellán por compañía salió galopando hacia el lugar del crimen a tiempo de escuchar la contrición del herido que fallecía en sus brazos, mientras Alférez y Capellán recitaban el Te Deum.

Los Caballeros de San Salvador iban llegando y rodeando al cuerpo muerto del hermano y, sorprendidos por la proximidad de las tinieblas, pidieron permiso al Capellán para que sus restos reposaran allí, mientras se avisaba a los deudos y se preparaban las exequias. Así se hizo, colocando el cadáver al pie del pequeño altar, rodeado de hachas encendidas. Y fuéronse a cenar, mientras uno de éllos abría el pequeño ventanuco para que el aire fresco de la noche renovara la cargada atmósfera de la reducida Ermita.

Terminada la cena, Alférez y Capellán, calle Mayor adelante, formaron hileras de honor para iniciar la marcha y vela que había de prolongarse por dos días. Llegados a la Ermita y, al abrir la puerta, quedaron horrorizados: El hermano y Caballero muerto era ya un esqueleto cubierto por el manto negro y repugnante de las voraces urracas que se habían introducido por la pequeña ventana, picoteando hasta la última partícula de carne.

El Alférez, resuelto, desenvainó su espada, la cogió por el final de la hoja y, puesta la vista en la cruz, proclamó:

¡Urracas impías yo os maldigo por haber profanado este lugar y este cuerpo. En adelante os llamaréis picarazas y andaréis errantes por los caminos mientras los siglos sean siglos. No volveréis a tejado, bardera ni calle de este pueblo, que Dios guardará a distancia para todos los tiempos!

Y, en efecto, las gentes del lugar jamás han visto a picaraza alguna entrar en el recinto urbano de la Villa. Andan por los caminos, árboles y collados picoteando carroña y profiriendo el feo graznizo de su canto; pero no se atreven a pasar de la huerta, de la acequia o de la carretera y, cuando alguien se acerca, lanzan un triste gemido, como implorando perdón por tanta infamia.


Bibliografía