Prado de los Ojos (Monreal del Campo)

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El prado de los Ojos de Monreal del Campo ocupa actualmente una superficie de unos 6.500 metros, a los que hay que añadir otra zona muy húmeda de unas 2,9 Ha. cubierta de prados y sotos fluviales. El área natural formada por los Ojos y sus prolongaciones de bosques y prados es relativamente importante, pero insignificante si la comparamos con la superficie original colonizada por este gran humedal, que podría alcanzar las 100 Ha., extendiéndose desde los Ojos hasta el actual casco urbano, ocupando las terrazas fluviales más bajas de las partidas de El Prado, Suertes, Traperón, Oteruelo, Estraperas y Tris.

Los musulmanes habían cultivado sobre todo la tierra de vega localizada al norte del municipio, en la dehesa de Villacadima, regada con la acequia de la Serna. Toda esta tierra fue entregada a la familia Catalán de Ocón, por su participación en la guerra. El resto de la vega, sobre todo la situada al sur del término, junto a los Ojos, era un gran humedal que pasó a formar parte de las propiedades concejiles del municipio, siendo directamente gestionado por los jurados. Un privilegio otorgado por el rey al Concejo de Monreal en el siglo XIII autorizaba a crear una dehesa o vedado en el río Jiloca, posiblemente en esta zona, mostrando el interés por conservar las zonas naturales, reservándolas para prados, pastos y cobijo del ganado.

El proceso de roturación y puesta en cultivo del humedal de los Ojos de Monreal es muy similar al constatado en el Prao (Luco de Jiloca) y otros pueblos cercanos. Su desaparición se inició con la construcción de nuevas acequias durante la Edad Media: el Río Nuevo con el objetivo de controlar el discurrir del agua, evitando que inundara los campos cercanos y, al mismo tiempo, facilitando el riego a las huertas cercanas a la localidad. La siguiente etapa roturadora se produjo en el siglo XVIII, cuando se construyó la Acequia del Rey con los mismos objetivos, controlando en primer lugar las avenidas del río viejo, permitiendo desviar sus aguas, y aumentando las posibilidades de irrigación de los campos.

Ambas acequias, a lo largo de cinco siglos, provocaron una lenta transformación del paisaje del humedad:

  • La presión de la población, en continuo crecimiento, demandó la roturación y puesta en cultivo de los mejores campos. Se roturó una parte del prado, centrada sobre todo en la Isla y creando la partida de Las Suertes.
  • Se mantuvieron intactos grandes prados naturales, salpicados de árboles, para facilitar los pastos del ganado mayor, sobre todo de los bueyes, y la guarda de la dula. Es el prado de Estraperas que se mantuvo intacto hasta comienzos del siglo XIX.

Se intentó mantener un equilibrio entre las demandas de pastos para el ganado, el aprovechamiento de la madera de los árboles y las presiones de los agricultores, aunque cada vez la balanza se inclinaba en mayor grado hacia la extensión de los cultivos agrícolas.

Las Suertes y la Isla

En el caso específico de Monreal, nos encontramos desde mediados del siglo XVII con un proceso expansivo muy vigoroso que afectó a numerosas partidas. La primera intervención se centró en la zona de Los Ojos. El Concejo de Monreal, para mejorar su situación financiera, decidió roturar una gran finca que poseía junto al manantial de Los Ojos, conocida con el topónimo de La Isla, llamada así por ubicarse entre el cauce del Jiloca y el Río Nuevo. La enorme finca pasó a ser arrendada mediante subasta a agricultores de la localidad, quienes pagaban 20 cahices de trigo al año .

Pocos años después, se decide prolongar el Río Nuevo para ampliar el territorio irrigable. La intervención se centra en el tramo final, el que discurre cerca del casco urbano. En abril de 1651 el Concejo de Monreal autorizaba a los vecinos que tengan heredades en Carralavega y Puente Cueva a que puedan sacar un ramal de la acequia “delante la carnicería, por el espacio de San Juan y los Corrales” para poder regar sus haciendas. Para evitar problemas con el molino harinero, se determinaba que los agricultores debían pagar al Concejo un rento fijo por el agua, tasado por cuatro personas en función de las afecciones que pudieran hacer al funcionamiento del molino. La construcción de la acequia corrió a cargo de los propietarios de las parcelas, que debieron encargarse de los ramales que atravesaban sus fincas, además de construir un trozo común que iba desde la acequia del Río Nuevo hasta la primera parcela .

Finalmente, el interés por el regadío se volvió a trasladar nuevamente a la zona de Los Ojos, que continuaba en estado natural en su mayor parte. En 1655 el Concejo decidió intervenir en la zona, levantando una nueva parada en el cauce del río para evitar las filtraciones en los campos y acondicionar las tierras colindantes. Este nuevo azud motivó la protesta de Ignacio León, que tenía el arrendamiento de la pieza llamada la Isla, argumentando que el azud provocaba la inundación de sus tierras. El Concejo, viendo que esas intervenciones afectaban a la pieza de la Isla que, a pesar de estar arrendada, era propiedad municipal, decidió retirar el azud .

En abril de 1667 se recuperó el interés por colonizar el terreno municipal de Los Ojos, tanto para repartir tierra a los crecientes vecinos de la localidad como para, a través de su arrendamiento, incrementar los ingresos del municipio. Argumentando que tenía que “hacer frente a las necesidades y para pagar en cada un año pensiones y cosas necesarias al dicho lugar y para poder acudir y redimir aquellos”, el Concejo decide romper un trozo del prado de Los Ojos para sembrar trigo y, fragmentándolo, convertirlo en parcelas que pudieran arrendarse a los vecinos. Posiblemente, la decisión de roturar el prado iría acompañada de la construcción de la acequia de las Suertes y otros ramales más pequeños, para facilitar el drenaje de las tierras en primavera, evitar las inundaciones tras las tormentas veraniegas y garantizar su riego en caso necesario .

El prado de Estraperas

Una parte del prado más cercano a la localidad se mantuvo en su estado natural durante las siguientes centurias. La total roturación y puesta en cultivo de los antiguos prados de los Ojos del Jiloca se produjo en el primer tercio del siglo XIX, coincidiendo con las guerras de Independencia y Carlista.

En julio de 1810 un destacamento francés al mando del general Berges se presentó en cada una de las localidades del valle del Jiloca (desde Luco de Jiloca hasta Villafranca), exigiendo una enorme contribución para subsanar el dinero robado al recaudador Juan de Iturrioz varios días antes, dando un plazo de 4 días para pagarla, bajo la amenaza de detener y ejecutar a todos los miembros de los Concejos.

El día 23 de julio de 1810 se reune la Junta de veintena de Monreal del Campo para ver la forma de hacer frente a la contribución y deciden vender un pedazo de prado llamado las Extraperas, junto a otras tierras y vagos concejiles adjuntos al prado. La venta no fue inmediata. Parece ser que esta primera contribución exigida por el general Berges pudo ser sufragada finalmente a través de un reparto vecinal, por lo que no fue necesario vender bienes municipales. Sin embargo, en la segunda mitad del año 1810 continuaron las exacciones y repartos. El ejército francés de ocupación vivía sobre el terreno, y obtenía mediante amenazas todo el dinero necesario para su mantenimiento. Según comentaba el Ayuntamiento de Monreal “desde entonces han aumentado las dificultades para hacer efectivos toda especie de repartos entre sus vecinos para cubrir dichos gastos, al tiempo que estos crecen de día en día”.

En enero de 1811 el Alcalde de Monreal, D. Luis Allueva, “en atención a que no pudiendo esta villa suvenir a las excesivas contribuciones y suministros de raciones a las tropas que incesantemente se le piden con la mayor premura”, decide ejecutar la decisión tomada el año anterior sobre la venta del prado de Estraperas, dividiéndolo en suertes para facilitar que pudiera ser adquirido por el mayor número posible de compradores. La división del prado fue realizada por dos peritos labradores nombrados por el Ayuntamiento, quienes determinaron lo siguiente:

En la parte del prado de las Estraperas que media entre los dos ríos (río Nuevo y río Jiloca) se podían hacer 23 suertes, comenzando la primera por la parte alta donde está el azud y la canal de dichos ríos, siguiendo hasta el estrecho bajo, donde concluyen. Cada una tenía media yubada de tierra y era tasada en 65 libras. La entrada se haría desde la puerta del prado a la badera vieja del río molinar, donde se comunicaban todas ellas siguiendo el cajero.

En la porción que media entre el río molinar hasta los huertos, un poco más al sur, se podían sacar otras 7 suertes de igual cabida, confrontando la primera con el estrecho alto y la última con la badera contigua al huerto de D. Miguel Jerónimo Mateo. Estas suertes fueron tasadas en 60 libras cada una.

Como se puede apreciar en el informe de los peritos, se dividió el prado en 30 suertes de media yubada cada una, lo que hace un total de 15 yubadas (6,8 hectáreas ó 68.000 metros cuadrados). Se anunció la venta de las referidas 30 suertes mediante la fijación de carteles por el pueblo, indicando las parcelas, su valor inicial y el día señalado para el remate. Como el procedimiento no se ajustaba a la legalidad vigente hasta entonces, pues obligaba en todas las ventas municipales a solicitar permiso del gobierno, cosa imposible de obtener en esos tiempos de guerra y ocupación, se decidio que la responsabilidad en caso de problemas posteriores era “de todo el pueblo, por haberse de invertir el precio de dichas suertes en lo que debían satisfacer sus vecinos”. La subasta se realizó el 27 de enero de 1811.

El resultado de la subasta, como suele suceder en este tipo de enajenaciones, fue muy desigual. Aunque se planteaba la posibilidad de que fueran adquiridas por el máximo número posible de agricultores, al optar por la subasta se restringieron los posibles a los vecinos que tenían más dinero. Todos los compradores fueron agricultores residentes en Monreal, pagando por las parcelas una media de 73,4 libras, ligeramente superior al precio de tasación inicial. De la venta se sacaron un total de 2.204 libras, 289 libras más de lo que estaba tasado.

Las 30 suertes del prado fueron adquiridas por 7 agricultores diferentes. Unos se conformaron con una o dos suertes, intentando comprar las mejores. Ramón Latorre pagó 85 libras por una parcela y José Moreno Moreno compró dos al precio de 101,5 libras cada una. Otros agricultores adquirieron las de peor calidad, como D. Joaquín Valenzuela, Domingo y Manuel Plumed, al precio de 40 y 54 libras respectivamente. El vecino que más suertes adquirió fue Ramón Boira, quedándose prácticamente con la mitad del prado.

La división y venta del prado de Estraperas supuso la destrucción de todos los sotos fluviales localizados en la margen izquierda del río. Los agricultores que adquirieron las parcelas procedieron rápidamente a la corta de los árboles y a la roturación de las tierras, convirtiéndolas en nuevos huertos.

Bibliografia