Lapayese Bruna, José

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Obra donada al Centro de Estudios del Jiloca

Pintor-decorador (Calamocha, 23 de mayo de 1899 - Madrid, 1982). Tras pasar por la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza, el taller de los Albareda y la Escuela de San Fernando de Madrid, pasa a París donde se impregna de las nuevas corrientes artísticas. De regreso a Madrid su obra, que abarca las más diversas técnicas, incluso cuero, cerámica, madera o piedra, es premiada con varias medallas de oro y las exposiciones se suceden en España y el extranjero.

Para empezar bueno será situar su nacimiento hacia el final de la centuria pasada en la villa calamochina, y hacerlo transcribiendo, literal, el texto de su partida de bautismo, que nos dará alguna pista sobre la procedencia de sus antecesores. Se halla en la página 290r del Libro de Bautismos nº 11 que se guarda en el Archivo Parroquial. Dice así: "nº 28 José Lapayese y Bruna [al margen] En la Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor de la Villa de Calamocha, arzobispado de Zaragoza, provincia de Teruel, a veinte y tres de Mayo del año mil ochociento noventa y nueve. Yo el infrascrito cura párroco bauticé solemnemente según lo dispuesto por N.S.M. Iglesia a un niño nacido en dicha Villa el mismo día y hora siete de la mañana, hijo legítimo de Juan Ramón Lapayese y de Teresa Bruna, conyuges naturales y vecinos de esta villa, imponiéndole por nombre José, y fue madrina su abuela paterna, a quien advertí cuanto previene el Ritual Romano; es cuarto hijo de este matrimonio. Abuelos paternos Antonio de Gea de Albarracín y Rosa Maynar de esta Villa, mis feligreses; maternos José, ya difunto, y Timotea Nadal, mi feligresa, naturales de esta Villa. Y para que conste lo certifico y firmo fecha sit supra. Domingo Garcés, Cura [rubricado]"

Bien, vemos que se trata del cuarto hijo del matrimonio, hasta ahora sólo se hablaba de otras dos hermanas, y parece evidente que recibió el nombre del abuelo materno ya fallecido a la sazón. Nada sabemos de su infancia calamochina, pero es más que posible que hasta los nueve años en que partió para Zaragoza, diese en la escuela local o en la misma parroquia, muestras evidentes de su natural despejado y abierta inteligencia. No se explica, de lo contrario, que con tan pocos años despuntase hasta el extremo de merecer una de las escasas doce becas que permitían el acceso a la Fundación que recientemente había creado el cardenal Soldevilla.

Sí que recuerda Areán su querencia por las inmediaciones del puente romano de Calamocha. Sus zambullidas desde lo alto del mismo ante el regocijo de la concurrencia por su agilidad. Sin duda que, muchos años más tarde, evocaría aquellos días de infancia cuando compuso la espléndida laca que titulo Mi puente, en el que la abstracción del tema no nos impide reconocer el perfil inconfundible del puente calamochino. Nótese que el artista no bautiza su obra como "El puente", o "Un puente romano", o con cualquier otro término impreciso y vago como muy bien pudiera haber hecho, sino que emplea el posesivo mí para expresar su preferencia por el mismo frente a cualquier otro.

Por lo demás, es evidente que su primera infancia no debió de ser muy distinta a la del resto de muchachos de su generación calamochina, recogidicos siempre en la calle, ataviados seguramente con aquellos calzones de gaterica abierta por delante y por detrás que nos contaban nuestros abuelos, y calzados con gruesos peduques y las imprescindibles albarcas.

De su paso por el Hogar de la Fundación Soldevilla, apenas nos queda añadir a lo dicho por Areán la atracción que la música y el teatro ejercieron sobre él a la hora de elegir la profesión. El descarte del arte de Talía estuvo claro tras algún que otro gazapo en las tablas, y es que nuestro personaje era de memoria algo floja para los textos de los libretos. Eso sí, compensada con un abierto desparpajo, que le permitía salir del paso siempre sin el menor rubor escénico. Otra cosa fue la música. La categoría artística y humana de su profesor Teodoro Bayo, así como la impresión de que era más fácil la promoción intelectual en el campo de la música que en los demás, lo tuvo un tiempo indeciso. Sin embargo, su habilidad natural en el dibujo y los premios que ya entonces empieza a recoger, lo inclinarán definitivamente en esta dirección. Mas, no fue menguada la impronta que el ejercicio de estas nobles artes dejó asimismo en su personalidad. De una parte formaron su gusto hasta el punto de que sus hijos llegaron a tocar, con sobrada soltura, diversos instrumentos. De otra, entre el público que asistía a aquellas modestas representaciones teatrales estaba la que, años más tarde, se convertiría en su esposa.

Se ha dicho, y muy bien, que cuando se decide por la pintura entró a la vez a trabajar en el taller de los Albareda. Es decir, estudiar y trabajar, constante que se mantendrá ya durante toda su vida. Lo que no se ha dejado suficientemente claro es que lo hizo en calidad de aprendiz-aprendiz. Vamos, de los de antes, de los que barrían el taller, hacían los recados o movían la cola para que no se secase. Y bien que le vinieron estas experiencias tan prosaicas. No en balde buena parte de su obra se benefició de este temprano contacto físico con la madera, la cola o la confección de pinturas. De aquí, sin duda, le viene en parte la afición por investigar con los materiales que maneja, de tocar, de probar una vez y otra para ver los resultados que se alcanzaban con tal o cual técnica, o método original que llegaba a su conocimiento.

Pero Zaragoza se le queda pronto pequeña. El joven Lapayese sabe bien lo que quiere y eso sólo puede encontrarlo en Madrid. Y allí se marcha. Asiste a clases de arte, pero, hombre pragmático al cabo que desde bien joven sabe que debe ganarse la vida por sí mismo, obtiene el carnet de copista del Museo del Prado, y monta un pequeño taller de restauración en la plaza de Santa Ana. De nuevo compagina el estudio y el trabajo.

En lo profesional las cosas le van bien, poco a poco se va acreditanto en los ambientes cortesanos. Entonces, vanidad juvenil bien disculpable, se muestra deseoso de que sus paisanos estén al tanto de sus progresos. Que en Calamocha, o por lo menos en Zaragoza, conozcan sus adelantos. A tal efecto, con apenas diecinueve años, llevó a exponer a uno de los principales establecimientos comerciales de la calle Alfonso, una magnífica copia del Cristo muerto en los brazos de la Virgen de Crespi. Y, verdaderamente, toda Zaragoza desfiló ante el cuadro y se hizo eco de los más admirativos comentarios. Incluso, incluso, el intrépido calamochino, de buenas a primeras se presentó ante la redacción de El Noticiero para que se informara en el periódico de su exposición. Y, efectivamente, el joven gacetillero Fernando Castán Palomar, trazará lo que fue la primera crítica escrita que mereció nuestro personaje, y en la que, con garbo, solicita de la adinerada sociedad zaragozana el necesario aprecio para el novel pintor.

Sin embargo, no hubo suerte en esta ocasión y debió traerse a Madrid de nuevo el cuadro, no sin un cierto deje tristeza y amargura. Mas, cuando muchos años más tarde, en 1942, aquel mismo periodista zaragozano se acerque hasta Barcelona para entrevistar al ya entonces bien situado Lapayese, éste recordará agradecido aquel detalle. Pero, rescatemos del viejo recorte de periódico las mismas palabras del artista, pues no las recogen sus biógrafos y muestran con nitidez su forma de ser, su gratitud a quienes primero confiaron en él. Dice así: Yo no olvido nunca que fue usted quien primeramente confió en los resultados de mis esfuerzos ... yo, que no he sido hombre de exhibiciones en la Prensa, tengo una gran alegría con esto que usted me anuncia: que hablará de mí en "El Noticiero". Me encanta que lo haga usted así. Precisamente en ese periódico. ¡El periódico que me trajo el júbilo mocero de ver mi nombre en letras de imprenta! Nunca he olvidado aquella emoción. Yo soy acaso, un poco retraido, y otro poco rudo, y otro poco lunático, pero olvidadizo no lo soy. Yo he perdido quizá la cuenta de los años que van pasando desde aquella crónica, pero de la impresión que me produjo y de la gratitud que me encendió, no he hecho jamás un olvido.


Un poco retraído, rudo y lunático

Destaquemos aquí, primero, el hecho evidente de su nula afición a las exhibiciones en la Prensa, pero especialmente lo de un poco retraido, y otro poco rudo, y otro poco lunático, pues convendrá retenerlo por el valor que tiene el juicio como autodefinición, como propia aceptación de una forma de ser. De todas formas, el mismo periodista ya se había ocupado antes de poner el contrapunto al asegurar que, Creo que hay en Madrid pocos artistas que, ya con una fama como la de Lapayese, vivan tan despreocupados de la vida externa y tan abstraídos por esa interior y noble ambición de refinar más, cada hora, su arte especialísimo. Siguen años de estudio y de trabajo, siempre la misma constante, que poco a poco van dando sus resultados. Restauraciones y copias que rinden un beneficio, a la vez que labora y crea sus propias producciones. Mientras tanto, a la vuelta de hacer un trabajo en la localidad madrileña de Pinto, le parece entrever a una antigua conocida de sus actuaciones teatrales zaragozanas. Ella lo reconoce y vuelve, ¿coquetería?, el ala de su sombrero. Es tarde, el calamochino la aborda y regresan juntos a Madrid. ¿Rudeza, retraimiento, pasmo?, el caso es que se olvida de pedirle la dirección, y torna sobre sus pasos corriendo, atolondrado, para que se las de. Se citan, y a la semana ya quería casarse la joven pareja. Lo hacen antes de transcurrido el año. Ella es Miguela del Río Brun. Curiosa la práctica coincidencia de ambos apellidos maternos, y eso que ella procede de Navarra, si bien residió muchos años en Zaragoza donde cursó la carrera de magisterio, antes de pasar a trabajar a Madrid. Si es cierto que junto a cada hombre importante hay que buscar siempre una gran mujer, en este caso se cumple el aserto al pie de la letra. La felicidad en el hogar, el reposo espiritual de la casa que enseguida se fue llenando de hijos, constituyó el mejor bálsamo para atemperar el espíritu inquieto e investigador del artista de Calamocha. Hombre dotado de una enorme capacidad de trabajo, que a las ocho de la mañana se encerraba ya en su estudio, de donde había que sacarlo a duras penas para pasar a comer, y a donde regresaba veloz tras un corto descanso de sobremesa, para dejarlo sólo cuando ya estaba bien entrada la noche, precisaba, decimos, tener al lado una persona práctica que resolviese los problemas domésticos que acarreaba la numerosa prole. Como los no menos importantes de la administración económica, como se sabe nunca del todo bien atendidos por el propio artista, más preocupado siempre por la pura labor creativa. A ella debemos también, como posteriormente a sus hijos en especial Mª Isabel, el conservar para la posteridad la mayor parte de críticas, carteles, diplomas, afiches y fotografías que consiguió en su vida, y a los que él no prestaba excesiva importancia nunca.

Desde el comienzo de su carrera se muestra como un artista completo, inquieto, investigador. Un creador, en suma, que acabará sobresaliendo en todas las facetas que aborda. Pero José Lapayese entiende que debe dar un nuevo paso adelante. Si en su momento dejó atrás Calamocha o Zaragoza, ahora, en 1927, con un hijo de un año, es el momento de dar el salto a París para percibir los nuevos aires del arte que corren en aquella capital. Pero no fue viaje apresurado, se instalan adecuadamente e incluso buscan un profesor de francés para que imparta sus lecciones al matrimonio. Claro que, nuestro artista se muestra mucho más atraido por el mundo de la pintura o de la escultura que por la aridez de la gramática gala. Así, mientras la esposa aprovecha al máximo las lecciones, él se dedicaba por entero a empaparse de las nuevas corrientes artísticas y se limitaba a chapurrear el francés con la feliz despreocupación de siempre.

La estancia parisina constituirá todo un punto de inflexión en su carrera. Puede decirse que a partir de su regreso a Madrid, en 1929, Lapayese ha madurado enormemente. Es ya el artista en la plenitud de su capacidad creativa, y así quedó de relieve en la exposición que ese mismo año mostró en el Círculo de Bellas Artes a la que asistió el todo Madrid, sin que faltaran, por supuesto, representantes de la misma Casa Real. Desde aquí hasta el inicio de la guerra civil, puede decirse que el calamochino se halla a la cabeza del escalafón artístico español. Llueven los premios y las exposiciones tanto en España como en el extranjero, recogiendo siempre los mayores elogios de la crítica.

Sin embargo, sin embargo, la guerra que todo lo trastoca, va a suponer un grave quebranto para su carrera artística. Permanece en Madrid y conoce, como todos sus habitantes, las penurias y las dificultades. Agravadas en su caso por la necesidad de alimentar a toda la prole. Con enorme tristeza se vio en la necesidad de cambiar en la embajada suiza su medalla de oro, una auténtica primera medalla, por un saco de comida. Nunca en su vida dejó de contemplar con pesar el estuche que la guardaba, y que conservó vacío como recuerdo.

Pero, en fin, pasó la guerra, como pasa todo en la vida, y debió de rehacer la suya en unos momentos difíciles en todos los aspectos. Vuelta a ejercer la restauración y la decoración, trabajando para la Biblioteca Nacional o en las casas y palacios de las mejores familias, como la del duque de Alba, hasta el punto de que llegó un momento en que fue conocido como el Restaurador de la nobleza, no en vano era entonces sólo este estamento el que detentaba verdaderas colecciones de pintura, y cuartos suficientes para mantenerlas.

Como las necesidades eran muchas, trabajador incansable al cabo, ejerció aquellos años también la docencia en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, faceta ésta no bien conocida y a la que se deberá atender con mayor extensión para mejor conocer a este polifacético personaje. Bástenos de momento destacar su empeño, su interés, en que sus alumnos no se limitasen a trasladar a sus cuadernos las naturalezas muertas y los objetos estereotipados de siempre. Hombre de campo al cabo, no dudó en llevar a sus clases todo tipo de animales vivos, conejos, pájaros y demás fauna. Incluso, incluso, estimulaba a sus discípulos a que tocaran, a que acariciaran los modelos para mejor conocer su tacto y dibujarlos así con mayor fidelidad. Nada debe extrañarnos entonces, que pasaran bajo su magisterio buen número de importantes pintores o escultores que se beneficiaron de sus enseñanzas. Entre ellos, sus propios hijos José, Ramón y Fernando, en cierto modo continuadores de su escuela como pintor, escultor y arquitecto, respectivamente. En ellos supo imbuir siempre la trascendencia del dibujo como fundamento esencial de toda labor creativa que se precie, lo mismo en lo figurativo que en la abstracción.

Aquí un buen ejemplo de su amplia visión del arte, la necesidad de comunicar a la obra artística esa tridimensionalidad, ese relieve que podemos apreciar hoy en la suya sin más que acariciarla. Sobre la bondad de los materiales que siempre utilizó, como del perfecto acabado de la misma, tenemos la mejor prueba hoy en día. Después de transcurridos un buen puñado de años desde su creación, la tersura del relieve de sus líneas, lo perenne de sus tonos cromáticos, en una palabra, la pulcritud de su aspecto, contrasta con la sensación decrépita y ajada que transmiten muchos otros cuadros de tantos y tantos pintores -lienzos prematuramente cuarteados, por ejemplo-, a los pocos años de su elaboración. Conviene destacar que lo meticuloso de su forma de trabajar, donde cada detalle se cuidaba minuciosamente, hacía que sus obras estuvieran muy elaboradas, vamos, que le costase bastante tiempo concluir cada una de ellas.


Técnicas de antaño para una nueva visión del arte

Es evidente que este pluriempleo tuvo su reflejo negativo en la pura creación artística que nunca dejó de lado. Trabajador incansable, ya se ha dicho, permanentemente tenía puesto su pensamiento en nuevos proyectos, en nuevas ideas que desarrollar cuando acabase lo que llevaba entre manos, ensayando las más diversas técnicas del pasado, cordobanes, guadameciles, pintura mural, sobre tabla, estucos, lacas, esculturas, escultopinturas, esmaltes, cerámicas esmaltadas, además del diseño de ambientes y de las consabidas restauraciones. Tan variopinta actividad fue asimismo causa de su prematuro encasillamiento, por parte la acomodada crítica de entonces, en el movedizo territorio de la restauración y de la decoración, entendiendo estos términos en el tono ligeramente peyorativo del momento.

Efectivamente, hombre, como ya veíamos en la entrevista, escasamente aficionado a fomentar los ambientes muelles en que se movía la crítica fácil, o a alternar en el interesado mundillo de la pluma a sueldo, no tardó en merecer de los puristas aquella etiqueta o estigma que arrastrará durante muchos años. Poco conocían éstos la raigambre netamente renacentista del diseño como manifestación artística, ni estaban en condiciones de adivinar, cortos de vista al cabo, los nuevos derroteros por donde había de discurrir el arte unos pocos decenios más tarde, en el que cada obra adquiere una dimensión de totalidad, rompiendo las barreras y los corsés de tal o de cual técnica. En este sentido debe contemplarse hoy la obra de Lapayese como la de un adelantado de su tiempo. Vale la pena destacar en todas y cada una de sus obras que todavía se conservan, junto a la expresión de la técnica empleada y otras características de la misma, la fecha de su ejecución. Sólo así podrá apreciarse su extraordinaria visión de futuro, su adelanto con decenios de ventaja, a lo que mucho más tarde será considerado como el colmo del vanguardismo. Esto es muy importante destacarlo aquí.

Es verdad que buena parte de la crítica alabó siempre sus trabajos, sus investigaciones para recuperar las mejores técnicas de antaño, olvidadas y arrumbadas durante siglos y siglos, para obtener así una obra que hoy no sólo se debe contemplar, sino que vale la pena acariciar para apreciar mejor su tersura, la suavidad del tacto, la filigrana de sus encajes, o la discreción de sus ensambles en la madera. Pero todo ello, la maravilla y la variedad de sus argumentos técnicos, subordinado, puesto a la disposición de una indeclinable visión vanguardista del arte, que mantuvo siempre hasta el final de su existencia. Por eso, cuando el Ateneo de Madrid reabra su sala del Prado dedicada a la nueva pintura, deba hacerlo con la obra del propio Lapayese, el joven artista que a la sazón está ampliamente asentado en la setentena. Es evidente que si hoy escuchara los nuevos conceptos de arte total, de pintura matérica, o de los modernos ismos tan de boga en la literatura artística contemporánea, no dejaría por menos de sonreirse después de haber ensayado éstos y otros muchos caminos que, al cabo, le sirvieron para merecer el epíteto de artesano en contraposición al de artista. Cómo si los grandes artífices del Renacimiento hubieran hecho otra cosa.

No debe extrañarnos pues que para entonces, estamos en 1943, desease un cambio de aires. Así, marcha a Barcelona donde no tarda en llamar la atención del mundillo cultural. Efectivamente, la capital catalana se mostró mucho más receptiva hacia la forma de entender el arte del calamochino, que lo había sido Madrid. No hay que olvidar el sustrato industrial y el origen artesano de su burguesía, y que, en definitiva, siempre fue más permeable a las nuevas corrientes que llegaban de Europa. En esta ciudad, además de su faceta de creador que compatibilizó de nuevo con la restauración y la decoración, desarrolló la de conferenciante en una serie de lecciones que dictó, lo que abre un nuevo camino de investigación para los estudiosos de su obra. Desde allí pasó al año siguiente a Palma de Mallorca para dirigir, nada menos, que la decoración general de la casa-palacio de Bartolomé March, donde hoy se halla la Fundación que lleva su nombre, justo en las escalerillas de acceso a la catedral. Allí debió compaginar las labores de arquitectura de Luis Gutiérrez Soto, autor entre otros del edificio del Ministerio del Aire en Madrid, como del pintor catalán José Mª Sert que se encargó de pintar las techumbres. Aprovechó esta estancia balear para crear en Inca, a su costa, lo que fue entonces en España el primer Museo de la Piel.

De regreso a Barcelona, como la humedad del ambiente perjudicaba a la salud de su hijo Ramón, de nuevo retornó a Madrid a proseguir sus trabajos artísticos y de restauración. Bien acomodado, y gozando de una desahogada situación económica, hay que decir que nunca perdió el aroma campesino de su infancia calamochina. Junto a su estudio disponía de un pequeño jardín, en el que gustaba cultivar personalmente patatas y otras plantas del campo, como los bulbos de azafrán, que proporcionan las bellas flores moradas cuyos estigmas, acaso, recolectara de niño en las frías madrugadas de la otoñada turolense. Y también, como no, flores, rosas, que gustosamente regalaba luego cuando alguna señora se acercaba hasta su estudio. Aquí un sutil contrapunto a la aparente adustez de su carácter.

Volviendo de nuevo a su querencia aragonesa, decir que el año 41 regaló al cabildo del Pilar de Zaragoza un bellísimo manto para la Virgen, de la que fue siempre gran devoto. Agradecidos, cuando algún canónigo se enteraba, generalmente por la prensa, de que Lapayese se hallaba pasando algunos días en Zaragoza, sin decir nada colocaban entonces su manto sobre la Sagrada Columna para que pudiera contemplarlo al visitar el camarín. Años después, muerto ya, tendrán alguna vez idéntico gesto cuando pase por la ciudad su hijo José.

Y es que aquél, gustó siempre de visitar la ciudad en la que pasó buena parte de su infancia y juventud, donde conoció a la que sería su esposa. Lo mismo que la villa en la que vino al mundo. No era raro que marchase a la misma, con todos sus hijos, para mostrarles orgulloso su puente romano, el lugar de sus primeras aventuras, la casa humilde y pequeñita donde nació, que por cierto no tardaría en ser derribaba, también a participar en la procesión del Baile de San Roque, acompañando a los danzantes hasta la misma ermita del santo. Fruto de estos viajes y de sus propios recuerdos, será el magnífico cuadro de Los bailadores, en el que traslada al lienzo con todo su magisterio, la armonía y la reciedumbre de aquellos danzantes de antaño.

En este repaso somero a la vida y a la obra de José Lapayese Bruna en el que, a modo de complemento al exhaustivo que en su día le dedicó Carlos Areán, buscamos resaltar algunas facetas suyas menos conocidas, en especial las que hincan sus raices con fuerza en sus orígenes calamochinos y aragoneses, no podíamos dejar de lado destacar su feroz independencia. Su independencia elevada al cubo, como refiere textualmente su hijo José. Su nula subordinación a los vaivenes caprichosos de la moda que no tenían un sustrato firme en que asentarse, su falta de mano izquierda para ganarse el favor de los resortes de la publicidad y de la crítica susceptible de dejarse manejar, la tremenda facilidad para llamar a las cosas por nombre cuando hacía falta, sin paños calientes, en fin, su gusto por la vida casera, siempre al lado de su esposa y de sus hijos, lejos del mundanal ruido, trabajando y pensando cada día nuevas aventuras artísticas. ¿No es esto igualmente una nueva manifestación de su carácter netamente aragonés?. Incluso, nos atrevemos a plantear, esa obsesión por el mar, por conseguir las bellas transparencias de los fondos abisales o las irisaciones de los peces que las pueblan, nos recuerdan a tantos otros escritores o artistas del viejo Reino, en cuya obra hay una especie de búsqueda froidiana de esa anhelada salida al mar que nunca tuvo nuestro territorio, desde aquellos tiempos en que se decía que hasta los peces en el Mediterráneo llevaban las cuatro barras del Senyal de Aragón.

En fin, y no lo es, acaso, esa tenacidad, esa tremenda laboriosidad para abrirse camino por sí mismo, contra viento y marea, tratando de poner de actualidad los viejos oficios de antaño frente a las modas fugaces, que nos recuerda las palabras de ese otro aragonés universal, Santiago Ramón y Cajal, cuando decía con su sorna habitual: ¡Cuando un aragonés se pone a trabajar, que le echen investigadores alemanes!.

Pero, esta independencia a ultranza tenía asimismo sus contrapartidas. A pesar de que se aceptaba sin fisuras la calidad de su obra, sus exposiciones nunca fueron multitudinarias, y eso que su producción acabó muchas veces en manos de directores de museos o de avispados coleccionistas extranjeros, pero difícilmente llegaba al gran público, más atento entonces a los nombres que aireaba la crítica interesada. Ya nunca fueron sus muestras públicas punto de reunión obligada para los aficionados madrileños, tal como ocurriera en los años dorados de la preguerra. El estigma de artesano en contraposición al de artista, aplicado como se ha visto con tal ligereza y frivolidad, fue una pesada losa que cargó sobre sus hombros y que sólo el tiempo, que acaba siempre por situar a cada uno en su sitio, conseguirá por liberar definitivamente.


Premios y homenajes aragoneses

De ahí precisamente la satisfacción personal que, ya en sus últimos años de vida, obtuvo en el mismo Aragón de sus entrañas, para dejar en mal lugar ese dicho, sin embargo y tristemente tan genuinamente aragonés, según el cual nadie es profeta en su tierra. La sucesión de premios y de distinciones que ya se expresan en otro lugar, concedidas tanto en Huesca, como en Zaragoza o Teruel, alcanzaron su punto culminante, justamente en la misma villa de Calamocha, sólo unos pocos meses antes de su muerte.

Desgraciadamente él ya estaba en estado grave y no pudo venir en persona. Pero fue igual. El pueblo de Calamocha, con su alcalde D. Ángel Lario a la cabeza, supo estar a la altura de las circunstancias y acordarse del viejo y gran artista paisano para rotular con su nombre la Casa de la Cultura que entonces, en agosto de 1982, se inauguraba. Asistieron al acto varios de su hijos en su representación, que asimismo hicieron obsequio al ayuntamiento de diversas obras bien representativas de los estilos de su padre, y que lucen desde entonces en las dependencias municipales. Fue una jornada feliz de reencuentro entre el gran artista, ya en el ocaso de su vida, y su propio pueblo, sus paisanos, que se agolparon curiosos y espectantes para expresar a la familia su satisfacción por el homenaje.

Murió, otra curiosidad, precisamente el 12 de octubre de ese mismo 1982, el día de la Virgen del Pilar. Nos preguntamos nosotros, ¿llevaría en esa jornada la imagen de Zaragoza su manto?. No lo sabemos, de lo que no hay sin embargo la menor duda es de que, desde entonces, goza José Lapayese Bruna de su presencia en el cielo.

Exposiciones individuales

1929: Sociedad Española de Amigos del Arte. Biblioteca Nacional, Madrid. Cordobanes. 1931: Casa llibre, Barcelona. Cordobanes. 1933: Círculo de Bellas Artes, Madrid. Pintura mural. 1940: Círculo de Bellas Artes, Madrid. Pintura sobre tabla. 1943: Estudio de la Pl. Real, Barcelona. Estuco veneciano. 1946: Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid. Pintura sobre tabla. 1954: Galería Velázquez, Buenos Aires. Pinturas y cordobanes. 1956: Galería Sagittarius, Roma. Pintura sobre tabla. 1957: Galería Bernheim Jeune, París. Pintura sobre tabla. 1958: Galería Renoir, Bruselas. Pintura sobre tabla. 1959: Galería Iris Clerk, París. Pintura sobre tabla. 1960: Galería Prado, 28, Madrid. Pintura y escultura. 1964: Círculo de Bellas Artes, Palma de Mallorca. Antológica. 1965: Sala Santa Catalina. Ateneo, Madrid. Pintura, escultura, escultopintura, cerámica. 1966: Dirección General de Bellas Artes, Madrid. Relieves de gran formato. 1973: Diputación Provincial, Zaragoza. Antológica. 1974: Sala del Prado. Ateneo, Madrid. Pintura, cerámica, escultopintura. 1975: Museo Alto Aragón, Huesca. Pintura sobre tabla. 1978: Escuela de Artes y Oficios, Teruel. Antológica. 1997: Centro de Estudios del Jiloca, Calamocha (Teruel). Antológica.


Premios y recompensas

1930: Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes, sección Arte Decorativo. 1930: Gran Premio en la Exposición Internacional de Lieja (Belgica) 1933: Primer Premio en los Concursos Nacionales de Bellas Artes. 1935: Premio en los Concursos Nacionales de Bellas Artes. 1957: Diploma de Honor en el Salón Internacional de L'Art Libre en París. 1959: Medalla de Plata en Arts, Sciences y Lettres de París. 1973: Medalla de San Jorge de la Diputación Provincial de Zaragoza. 1974: Medalla de San Jorge de la Diputación Provincial de Teruel.

Biografía

  • Castán Palomar, Fernando: Aragoneses contemporáneos (1900-1934); Ediciones Herrein, 1934.
  • Diccionario antológico de artistas aragoneses, 1947-1978. Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1983, pp. 246-248.
  • García Guatas, Manuel: Pintura y Arte Aragonés (1885-1951); Librería General, Colección «Aragón», Zaragoza, 1976.
  • García Loranca, Ana y García-Rama, J. Ramón: Pintores del siglo xix, Aragón-La Rioja-Guadalajara; Ibercaja, Zaragoza, 1992.
  • Jaime Lorén, José María y Jaime Gómez, José (2008): Catálogo de personalidades destacadas del valle del Jiloca. Publicación electrónica [Descarga del texto]
  • Pantorba, Bernardino de: Historia y crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes celebradas en España; Madrid, 1980, Voz de J. Ramón García-Rama.
  • VV. AA.: Gran Enciclopedia Aragonesa; Tomo X, Unali S. L., Zaragoza, 1980-1982, Voz de Manuel García Guatas para «Pintores aragoneses contemporáneos».
  • VV. AA.: Diccionario Antológico de Artistas Aragoneses 1947-1978; Institución «Fernando el Católico», Zaragoza, 1983.
  • VV. AA.: Cien años de pintura en España y Portugal (1830-1930); Ediciones Antiquaria, Madrid, 1990.