Arquitectura del agua

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El valle del Jiloca está ubicado en plenta Cordillera Ibérica aragonesa, en un espacio montañoso en el que alterna el paisaje propio de la montaña con los fondos de valles, creados por los ríos Jiloca y Pancrudo. La cuenca ocupa una extensión de 2.597 Km2.

Cuando el hombre, procedente posiblemente de otros lugares más benignos, ocupó por primera vez este amplio y variado territorio y fundó los primeros poblados inició una profunda relación con el medio físico, cambiándolo o transformándolo en función de sus necesidades.

Las primitivas edades de los metales y la época celtibera ha dejado valiosos yacimientos, ubicados habitualmente en pequeños cerros, alejados más o menos de los cauces fluviales, que van siendo sustituido lentamente por otros emplazamientos en zonas del valle ,sobre todo a partir de la conquista romana. El desplazamiento fue consecuencia de cambios sociales, históricos, pero también tecnológicos, al ir el hombre controlando y difundiendo el empleo del agua para regar y su utilización como energía hidráulica.

Los regadíos y las acequias empiezan a difundirse, extendiéndose en un primer momento el regadío por las terrazas fluviales más altas. Se consolidan con la llegada de los árabes. Hay que esperar hasta la Edad Media cristiana y la derrota de los árabes para observar una generalización del uso de la energía hidráulica, construyendo un sinfín de instalaciones en numerosos pueblos, principalmente molinos y batanes.

Durante la época moderna se amplió el regadío, roturando los prados y construyendo nuevas acequias para regar las terrazas fluviales más bajas. También se consiguió ampliar el uso de la energía hidráulica, creando una simbiosis y una interdependencia entre los procesos de producción humanos y el agua necesaria para mover los ingenios industriales.

Este panorama cambió a partir del siglo XX con la aparición de la energía eléctrica, que dejó obsoletas a las industrias preindustriales, para ser abandonadas o, como mucho, reaprovechando su salto de agua para la instalación de pequeñas centrales eléctricas, que también fueron abandonadas también con la llegada hacia 1960 de las redes de Alta Tensión.


La ruta del agua

Cartel promocional de la ruta del Bajo Jiloca

El cierre y abandono de las industrias preindustriales ha supuesto la perdida de gran parte de estas instalaciones, aunque todavía contamos con ejemplos de gran singularidad dignos de restauración, conservación y explicación. Varios folletos turísticos y promocionales, editados en la última década, muestran de forma sencilla la riqueza patrimonial y medioambiental de este valle.

Algunos de los elementos arquitectónicos, sobre todo los molinos harineros, han sido reconstruidos para convertirlos en vivienda. En ocasiones estas reutilizaciones se han realizado de manera desafortunada, ignorando los valores culturales de los edificios. La arquitectura de estos elementos va intrínsecamente relacionada con los ingenios y herramientas que contienen en su interior y con las tradiciones inmateriales del proceso productivo. Debemos ser conscientes de los valores que el patrimonio hidráulico ofrece en su conjunto, considerados de forma integral, para poder ser capaces de conservar, conocer y legar las claves de la evolución del trabajo en el mundo rural.

Para preservar este patrimonio etnológico e industrial y fomentar su difusión se han diseñado dos itinerarios turísticos integradores que discurre por los ríos Jiloca y Pancrudo:

El paisaje del agua

Ojos de la Rifa de Caminreal

En la cuenca del Jiloca y, en menor medida, en el valle del Pancrudo, los manantiales de agua subterránea son muy numerosos, sobre todo los afloramientos de las capas freáticas procedentes de la sierra de Albarracín y laguna de Gallocanta. El agua de estas surgencias alimenta el caudal de los principales ríos y arroyos, excavando cauces más o menos profundos en las terrazas fluviales.

La climatología y el agua de la lluvia también es muy importante para determinar el paisaje del valle, asumiendo las funciones de recargar los acuíferos y, tras las tormentas veraniegas, activar las ramblas y arroyos.

En algunos casos, cuando el cauce es superficial, sin desnivel o coincide con el final de una rambla, puede acumularse el agua en la superficie del valle, apareciendo amplias praderas muy húmedas, propicias para el crecimiento de pastos y bosques fluviales. Eran los antiguos prados y bosques del Jiloca, actualmente roturados y desecados.

La canalización del agua

Mina de Daroca

A partir de los manantiales y cauces de los ríos, el agua era conducida y encauzada para sus diversos usos. Tanto la instalación de fábricas hidráulicas como el empleo del agua para el riego o el abastecimiento humano requiere de canalizaciones, conducciones, azudes y otros elementos que permitan desviar el agua de los ríos y encaminarla hacia el punto deseado.

Las principales canalizaciones eran para uso agrícola. Todo el paisaje ibérico está surcado por la huella del hombre afanándose por cambiar el curso natural de las aguas, construyendo azudes en los ríos, abriendo acequias hasta la altura máxima que los niveles topográficos permitían y bifurcando las aguas a través de numerosas aceicuelas.

Cuando no fue posible realizar una conducción hasta determinados terrenos se optó por elevar el agua a través de norias o recurrir a los acueductos, sifones y minas para ampliar la superficie de cultivo de regadío.

  • Azud para desviar el agua del cauce
  • Acequia para conducir el agua desviada
  • Noria, cuando es preciso elevar el agua del cauce
  • Acueducto, sifón y mina para superar los accidentes topográficos

Además de la general canalización del agua, las acequias también podían desempeñar otras funciones más específicas:

El agua y las vías de comunicación

Puente romano en Calamocha
Puente romano de Entrambasaguas

Los ríos Jiloca y del Pancrudo han supuesto un obstáculo relativo para las vías de comunicación, sobre todo el primero, al obligar a la construcción de puentes para atravesarlo. El río Pancrudo, con menor caudal de agua, tenía numerosos vados. No obstante, en época de lluvias o tras las tormentas podía volverse muy caudaloso, por lo que también se contruyeron varios puentes en las principales vías de comunicación.

A finales del siglo XIX, con la construcción del ferrocarril Central de Aragón, los puentes de hierro se convirtieron en algo habitual en el valle del Jiloca. Posteriormente, cuando se construya la línea a Caminreal, estos puentes aparecieron también en el río Pancrudo y en el Huerva.

También han sido importantes para marcar veredas, cañadas y otras vías pecuarias.

Agua para beber

Archivo:Fuente veintecaños.jpg
Fuente de los Veinte Caños de Daroca

El hombre, desde sus más remotos orígenes sedentarios, ha procurado emplazarse en aquellos lugares que, además de ser importantes estratégicamente, estuviesen cercanos a un punto de captación de agua: pozos, fuentes o ríos.

Con el tiempo, se planteó traer agua de puntos relativamente más alejados y también más saludables, al estar fuera de los agentes contaminantes del emplazamiento humano. Para esto se hizo necesario la construcción de canalizaciones con arcaduces o con las denominadas “minas”, consistentes en pequeñas canalizaciones excavadas en el suelo, cubiertas por lajas de piedra, en las que apenas cabía una persona.

En aquellas zonas alejadas de los ríos hubo que recurrir al agua de lluvia. Las precipitaciones son almacenadas en lagunazos y aljibes, destinadas sobre todo al abastecimiento de los ganados.

El agua como fuente de salud

Archivo:Baños Paracuellos.jpg
Baños Viejos de Paracuellos

El agua del valle del Jiloca también ha sido muy apreciada a lo largo de la historia por sus cualidades terapéuticas. Los romanos eran perfectos conocedores de las virtudes de los baños, construyendo lujosos edificios para ello. Los árabes también fueron grandes conocedores de las propiedades terapéuticas del agua, mientras que durante la Edad Media estos elementos entran en franco retroceso, resurgiendo con fuerza a partir de la edad moderna. Tuvieron su momento de máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XIX.

El agua, motor de la industria

Molino de El Poyo
Chocolatería de Torrelosnegros
Salinas de Ojos Negros

El agua también ha sido empleada como motor de las diferentes industrias que han existido en el valle del Jiloca. Esto permitió, en un primer momento, la liberación de la fuerza animal o humana, consiguiendo además una mayor productividad.

El uso y empleo de los molinos hidráulicos se generalizó a partir de la Edad Media. Los molinos harineros fueron el primer ingenio al que se le aplicó la energía hidráulica. Tras estos vino su utilización para los batanes. Fue a finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna cuando aparezcan, adquiriendo un gran desarrollo, otro tipo de instalaciones hidráulicas dedicadas a diversas funciones como las papeleras, los martinetes, los lavaderos de lana, etc.

Hidroeléctricas

Por último, a principios del XX, aparecieron un gran número de pequeñas centrales hidroeléctricas, en las que el agua era transformada en electricidad con la que alumbrar las localidades o proporcionar energía a los nuevos motores eléctricos instalados en las fábricas.


Bibliografía

  • Martín Domingo, Francisco (2008): "Aproximación a la arquitectura popular ligada al agua en los márgenes del Jiloca", Temas de Antropología Aragonesa, 16-17, p. 83-100
  • Blázquez Herrero, Carlos (1995): El agua y Aragón. Zaragoza, El Periódico de Aragón.
  • s.a. (2008): Ruta de los usos tradicionales del agua. Comunidad de Calatayud. Zaragoza, Gobierno de Aragón.
  • Martín Domingo, Francisco y Benedicto Gimeno, Emilio (2007): El patrimonio industrial. Calamocha, Comarca del Jiloca [Parte 1], [Parte 2], [Parte 3], [Parte 4] y [Parte 5]

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