Leyenda de las cenizas de los mártires (Daroca)
Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro "TRADICIONES Y LEYENDAS", que fue publicada en 1929.
Argumento
AH! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la espantosa muerte de los hijos de Agiria.
Doncellitas agirianas, las de la blanca túnica, las que cogíais flores para adornar el altar de la Virgen de Nazareth, ¿qué fue de vosotras en aquel día de sangre y de fuego cuando el cruel Daciano entró por vuestras puertas cual tigre sediento de matanza?
Cándidos niños, los que, bautizados en la ermita de la Virgen, os reuníais con los primeros cristianos para cantar bajo sus bóvedas, con argentinas voces, cánticos sagrados, ¿qué fue de vosotros cuando hombres sin piedad os arrancaban del seno de vuestra madre para arrojaros a la espantosa hoguera?
Plácida, noble Plácida, esclava Gelia e hija del Gobernador del Castillo, la que una noche, cuando estando tu padre ausente recibiste el agua del bautismo en la santa morada de la Virgen de Nazareth, y vosotros, valerosos mancebos, encorvados ancianos y madres cariñosas, ¿qué hicisteis en aquel día de espanto y de luto para vosotros?
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la espantosa muerte de los hijos de Agiria.
Las viudas agirianas y las madres que perdieron a sus hijos, sabrán decir, mejor que nadie, la horrible matanza de aquel espantoso día.
Era una mañana. El cielo era rojo y de color de sangre. Por la Puerta Alta penetró Daciano, montado sobre un negro corcel y rodeado de numerosa comitiva.
Sus armaduras son de plata cincelada; su casco de guerra lo corona un hermoso penacho de plumas blancas y verdes, y su mano empuña un blanco pendoncillo, donde se miran bordadas las armas del Imperio.
Los lictores que le acompañan, llevan impresos en sus rostros los feroces instintos que las animan.
Sus semblantes tostados, sus labios gruesos que dejan ver una fila de dientes blancos, su barba poblada que baja hasta la mitad del pecho, sus manos manchadas aún con la sangre de las víctimas inmoladas en las orillas del Ebro, les dan un aspecto el más sanguinario que imaginarse puede.
Los habitantes de Agiria se horrorizan al verlos.
¡Triste mañana aquélla! El cielo era rojo y de color de sangre. En medio de la plaza, un infame pregón anunciaba a los cristianos mandatos impíos y terribles amenazas.
Lágrimas corren por todas las mejillas, suspiros lanzan todos los pechos donde se roída la te cristiana, santas plegarias y frases de valor y fortaleza brotan de los labios del ministro encargado de exhortar a los fieles más tímidos y pusilánimes.
Llega el momento supremo y apenas hay quien se presente al Emperador para sacrificar a los ídolos.
Un vértigo de furor y de crueldad se apodera de aquel lobo carnicero, y a una insinuación suya, grandes montones de leña hacinan los lictores en las calles y en las plazas, y como manada de hambrientos chacales recorren las calles y penetran en las casas con la espada desenvainada. La sangre corre humeante, los montones de leña arden con grandes llamaradas.
¡Oh, qué día de horror aquél! Rojo era el suelo, rojo era el aire, rojo era el sol y el cielo era rojo y de color de sangre.
¡Quién será aquella matrona cuyo cuerpo ensangrentado es pasto de las llamas, juntamente con el de una esclava joven y agraciada?
¡Ah! Aquella matrona es Plácida, y aquella joven es su esclava Gelia.
¿Y a dónde va aquel hombre, que furioso como un toro, arroja viva en medio de las llamas a una niña en la flor de la primavera? Aquél es el Gobernador del Castillo, y aquella niña es su hija.
¿Y a dónde van esas mujeres, que con los cabellos desgreñados, el rostro desencajado y lanzando gritos que penetran hasta el alma, se arrojan como locas en medio de las hogueras y abrazan despojos de cuerpos carbonizados?
¡Ah! ¡Pobres madres! En vano queréis salvar de la muerte a los hijos que eran pedazos de vuestras entrañas.
¡Oh, día de horror aquél! Rojo era el suelo, rojo era el aire y el sol era rojo y de color de sangre.
¡Horrible matanza! Sólo quedan con vida los que han podido escapar de la población. Las calles están desiertas y manchadas de sangre; las hogueras se apagan; las cenizas son aventadas por los aires, y un pavoroso silencio reina en toda la pequeña Agiria.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Lloremos con lágrimas de sangre la horrible matanza de los hijos de Agiria.
Enlaces externos
Bibliografía
- Beltrán Roche, José (1929): Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.