Leyenda de los cien mil peregrinos (Daroca)
Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro "TRADICIONES Y LEYENDAS", que fue publicada en 1929.
Argumento
VOSOTROS, nobles hijos de la ciudad de Daroca, que habéis visto más de mil veces en vuestra hermosa Basílica, sobre el cancel de la Puerta del Perdón, una pintura que representa a San Vicente Ferrer predicando en la Torreta, el día del famoso jubileo de los Cien mil peregrinos, si deseáis saber lo que en aquel memorable día aconteció, oídme:
Vosotros, amantes de las glorias patrias, que sabéis que bajo el polvo de estas ruinosas murallas se esconden los restos de aquellos héroes de la edad caballeresca y que sus peregrinas aventuras y amorosas contiendas sólo se hallan escritas en los rotos lienzos y carcomidas piedras de los muros, donde solamente el fenio de la silenciosa noche sabe cantarlas, con extrañas armonías, al resplandor de la luna, cuando se mece en alas del viento sobre las yedras, zarzas y espadañas, que ciñen sus vetustos torreones, oíd, oíd la encantadora leyenda de los cien mil peregrinos.
Vosotras, jóvenes desposadas, tiernas doncellas, niños de sencillo corazón, a quienes tanto placen las maravillosas narraciones de los pasados tiempos, que fácilmente os conmueven y os hacen derramar lágrimas silenciosas, más puras que las perlas que encierran las nacaradas conchas de los mares, oíd, oíd la peregrina historia de los cien mil peregrinos.
No sé donde ni cuándo oí contar lo que sucedió en aquel día grande para la perla del Jiloca; sólo recuerdo que la voz del que me lo contó, sonó en mis oídos tan dulce y armoniosa que me impresionó vivamente, y los principales personajes que forman esta leyenda se me grabaron tan profundamente en el alma, como si realmente los hubiera visto. La referiré sencillamente, tal como en este momento se me acuerda.
I
Corría el año de 1444. Daroca había llegado al apogeo de su esplendor y de su grandeza, y su nombre y su fama, envueltos en la aureola del mayor de los portentos, habían resonado mágicamente ante el trono del Padre Santo de Roma. Este, conmovido por el prodigio de las purpurinas Formas, expidió una Bula, concediendo un Jubileo en la ciudad de los Corporales. Tan señalada merced pregonóse a los cuatro vientos, y todos los fervientes corazones volaron en alas de la fe a la ciudad de los Misterios.
Era una mañana del mes de junio. El naciente sol doraba las cumbres de los dos altos montes que guardan la ciudad, como una perla de la Edad Media, coronados por ciento catorce esbeltas y almenadas torres. Las calles se veían cubiertas por alfombras de mirtos y laureles; en las bocacalles se alzaban primorosos arcos de ramaje con escudos y banderolas; numerosos grupos de gentes de todas clases y de todos los países llegaban por diversos caminos y veredas. Imaginaos una ciudad medio cristiana y arabesca, animada por una multitud de hombres, mujeres, niños, animales y vehículos, formando grupos, a cual más curioso y pintoresco. Aquí un tropel de gente rodea a un poseso, que se arrastra gritando desaforadamente, y apenas pueden sujetarlo ocho o diez hombres, allí, unos judíos, con birretes colorados y largos mantos, conversan animadamente; acullá, se ve un grupo de moros con sus blancos albornoces, sus anchas cimitarras y sus turbantes rojos o verdes; reyes, prelados y flamantes guerreros atraviesan las calles y las plazas, buscando hospedaje en los solariegas casas de los gentiles hombres de la ciudad; jadeante y cubierto de polvo, llega un peregrino de rostro macilento, pero bello; en la mano lleva el bordón y el traje esmaltado de conchas; envueltos en largos vestidos, como los de mujer, varios japoneses, con gorritos de colores, una trenza que les llega hasta los talones y con sombrillas de hoja de palma, penetran en la ciudad, rodeados de multitud de curiosos, pues según refieren antiguas crónicas, basta del Japón vinieron a ver los Sagrados Corporales (1).
Pero sigamos los pasos al peregrino de las sandalias de cuero y traje cubierto de conchas, y observémosle mientras se acerca la hora en que el santo predicador dirija desde la Torreta su maravillosa palabra a tan inmenso gentío.
II
¿Quién es ese peregrino, joven y gallardo, cubierto de polvo y con las sandalias rotas de tanto caminar? Fijaos: al entrar en la ciudad, en medio de la calle se arrodilla, y besando aquella tierra, para él amada, y extendiendo los brazos al cielo, exclama:
--¡Ciudad de los santos Milagros, de la magnífica Puerta, la de la fuente de los veinte caños, la reina del Jiloca, ciudad medio cristiana y medio arabesca, coronada de torres y murallas, ciudad santa, yo te saludo; calles benditas; por donde se deslizaron mis juveniles años, gracias al cielo, que me ha concedido la dicha de verte tras larga ausencia, yo te bendigo!.
Así diciendo, y penetrando por la calle Real, fijaba sus ávidos ojos en las callejuelas que se tienden a lo largo de la falda del monte e internándose por una de ellas, paróse, murmurando estas palabras:
--¡Aún están las férreas puertas, que se cerraban al anochecer para dejar prisioneros en sus barrios a moros y judíos, tan temidos por los cristianos por sus crímenes y traiciones! Aquí se ve la casa del famoso judío Manasés; ésta es la piedra donde cayó, bañado en su sangre, el traidor Samuel; ése es el ajimez: aún se conserva la columnita donde ella colocaba sus blancas manos y su delicado rostro cuando yo cruzaba la tortuosa calle..., ¡ay!...
¡Pobre niña! ¡Pobre niña! Era gentil y era blanca, blanca, cual la nieve pura, su fina y hermosa cara; rubios sus cabellos eran y en sus ojos habitaba, como en bello paraíso, el amor, vida del alma...
¡Ah!...,ése parece, sí, ése es el viejo Manasés, en cuyo corazón debiera yo haber hundido aquella noche el vengador puñal... ¡Detente, corazón mío! ¡Dios del cielo! ¡Qué pensamiento cruza por mi mente! ¡Oh, quién pudiera arrancarlo del alma, como se arranca la hoja de un libro malo!
Así suspirando, fue recorriendo varias calles, hasta llegar a la casa donde pidió hospitalidad.
III
Era la familia de D. Francisco de Ezpeleta una de las más linajudas de Daroca, y por eso en este día se habían hospedado en ella varios nobles y ricos hombres del reino de Aragón, con sus pajes y escuderos. Allí reinaba la alegría y el buen humor, y por eso damas y caballeros, luego que vieron entrar al peregrino, le rodearon, haciéndole mil preguntas. El, aunque impresionado y con el semblante melancólico, contestando a todos con fina cortesía, preguntó por la dueña de la casa. Una señora de avanzada edad sale a la puerta, y él la dice:
--Señora, un peregrino, extenuado por la fatiga, en nombre del Santísimo Misterio y del ser que más estimáis sobre la tierra, demanda hospitalidad en vuestra casa.
La buena anciana le responde:
--Sea bien venido el peregrino a mi casa; yo le daré alimento y habitación donde pueda descansar tranquilo.
--Gracias mil os Sean dadas por tanta compasión y caridad --repuso el peregrino; y tras la señora penetró en la casa.
Cuando volvió a salir la anciana, dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas; y entonces, uno de los caballeros, viéndola llorar, dijo:
--¿Por qué llora usted, buena señora?
--No me preguntéis por qué lloro --contestó ella--. ¡Pobre Alvarado! ¡Pobre hijo mío! ¡Cuánto se parecía a este peregrino! Ya no lo veré más. ¡Dios mío!, ya no lo veré más.
--¿Pues qué ha sido de él? --preguntó el caballero.
--¡Ah! Escuchad su historia --dijo ella. Y todos formaron corro en rededor de la anciana, que habló de esta manera:
«Era mi hijo el más garrido joven que calzaba espuela y montado en potro alazán paseaba por las calles de Daroca. ¡Desventurado! Un judío, llamado Manasés, usurero por más señas, el más encarnizado enemigo de los cristianos, y que aún vive, para eterno tormento mío, tenía una hija, la más hermosa criatura que Dios había enviado al mundo, y la pretendió para esposa un rico joven hebreo, llamado Samuel; pero mi hijo estaba locamente enamorado de ella, y ella de mi hijo. Súpolo Manasés por aquel su hermano de religión, y duro y cruel, como padre sin entrañas, la encerró en un subterráneo muy oscuro y hediondo, exponiéndola a toda clase de torturas y miserias. Y cuando mi hijo supo que el terrible Manasés quería obligar a su hija a casarse forzosamente con Samuel, una noche dio muerte al joven hebreo y huyó. Desde entonces la hija del judío desapareció; y cuentan que ese hombre atroz, una noche, ¡la noche de Viernes Santo dicen que era!, mandó reunir el sanhedrín de sus rabinos en el oscuro subterráneo, y ciego de furor y como poseído de un espíritu del averno, porque su hija se había hecho cristiana y quería casarse con un cristiano, asiéndola de los cabellos y arrastrándola por el suelo, la arrojó ante aquellos hombres inicuos, diciendo: «Ahí la tenéis, crucificad a esa infame que se ha hecho cristiana y nos ha deshonrado para siempre». Y es fama que la clavaron en una cruz y después la enterraron secretamente en su cementerio. Y mi hijo desapareció, ¡ay!, tal vez, para siempre. Por eso lloro. ¡Pobre Alvarado! ¡Pobre hijo mío!»
Cuando esto acabó de narrar la anciana, el Barón de Ezpeleta, con los ojos llorosos, levantóse y dijo:
--¡Ea! Dejemos asuntos tan tristes y vayamos a oír la palabra del santo Predicador, que ya la hora ha llegado.
Todos fueron desfilando poco a poco, hablando en vox baja, mirándose con curiosidad unos a otros y comentando la tristísima historia que acababan de oír. Salió también el peregrino, abismado en sus pensamientos y, como torturado por una pena muy honda, sin darse cuenta de que le estaban observando los que con él salían, murmuraba entre dientes estas palabras:
¡Pobre niña! ¡Pobre niña! Era gentil y era blanca, blanca, cual la nieve pura, su fina y hermosa cara; rubios eran sus cabellos, y en sus ojos habitaba, como en bello paraíso, el amor, vida del alma...
IV
Recorriendo las calles de la ciudad en solemnísima procesión, millares de personas acompañaban las seis Formas santas, que pegadas a los blancos Corporales y depositadas en relicario de oro, brillan como seis astros de rubicundos destellos. Van a la explanada de las afueras de la ciudad, para que todos puedan verlas y adorarías y oír la divina palabra de San Vicente Ferrer.
Nuestros personajes se unen a la muchedumbre que por todas partes se apiña. Doquiera se ven armas, pendones, cruces, mitras, cetros y ostentosas vestiduras; y suenan las campanas, y alegran las músicas, y enardecen los coros de nutridísimas voces, y retumban los morteros y mil y mil gritos de entusiasmo y regocijo levantan oleadas de armonios hasta los cielos. Pero ¿qué sucede que el inmenso rumor de tanta gente, semejante al estruendo de las olas, vaso apagando poco a poco, mientras las multitudes cubren la extensa explanada hasta la cumbre de los vecinos montes? ¡Ah!, escuchad: allí, sobre una torreta de piedras, un hombre, de venerable aspecto, frente espaciosa, ojos vivos y penetrantes, que más que hombre, un ser bajado del cielo parece, ha desplegado sus labios, y su voz majestuosa y sonora se extiende y se dilata, como si una ráfaga de aire divino hasta los montes sus últimos ecos arrebatara. Su semblanza se ilumina de una luz celestial, como si el genio de la inspiración y de la elocuencia batiera sus alas sobre su plateada cabeza. La multitud escucha atónita y suspendida. En todos los ojos hay una lágrima y en todos los corazones un profundo recogimiento.
Mas ¿qué pasa? ¿Qué sucede, que por allí un hombre, mientras otros le detienen, quiere hacercarse al predicador, gritando: «Dejadme, dejadme, yo quiero ser cristiano, yo me arrepiento del horrendo crimen de haber muerto a mi hija». ¿Quién es?, preguntan todos, y algunos contestan: «Es el viejo judío Manasés». Y en verdad que, terminado el sermón, entre los ciento y diez judíos que aquel día San Vicente trajo al seno del cristianismo, Manasés se contaba como el más fervoroso convertido.
V
Después de tan solemne acto, cuando volvieron los que en casa del Barón de Ezpeleta estaban hospedados, todos notaron que el peregrino no hablaba, que estaba melancólico y pensativo, y tenía escaldadas las mejillas por las muchas y ardientes lágrimas que había derramado. La anciana y su esposo, el Barón, le miraban con vivos deseos de hablarle; pero un caballero se adelantó, y le dijo:
--Buen peregrino, parece que estáis muy triste. ¿Qué os pasa?
--¡Ay! --contestó el peregrino--, yo soy un gran pecador y asesino, y tengo que llorar mi yerro y hacer penitencia en un lugar solitario, porque no soy digno de morar entre los hombres.
El peregrino bajó la cabeza, lanzó un suspiro muy hondo, y nadie se atrevió a preguntarle quién era, ni a quién había dado muerte. Después de pocos momentos, llegaron algunos caballeros con varias damas y pajes, y viendo al peregrino comenzaron a hacerle mil preguntas: «De dónde ha venido el buen peregrino?», decían unos. «¿Qué noticias nos trae de lejanas tierras?», interrogaban otros. «¡Que cante el buen peregrino! --exclamó una dama graciosa y de noble linaje--, que cante una trova de esas tan bellas que ellos sabe». «Los cantos del peregrino –responde-- son tristes y no agradan». «Sabed --dice el Barón-- que los cantos tristes son los que más nos placen». «¡Ay!, yo soy un gran pecador, que arrepentido he venido a este Jubileo a llorar mis extravíos, y por eso mis cantos sólo respiran dolor, y ni la pompa, ni la riqueza, ni la hermosura pueden inspirar mi canto». «¡Ea! --dice la anciana--, sentaos y cantad una trova de esas que embelesan al corazón y humedecen los ojos». El peregrino, con la vista perdida en el aire y voz melancólica, dio principio a la siguiente balada:
Era un galán muy guerrero;
mucho a una bella quería;
triste el guerrero, le anuncia
que a la guerra se partía.
La bella, una cruz de nácar
en el cuello le ponía.
--¿Volverás, luz de mis ojos?
--Si, volveré, vida mía.
Mientras amor se juraban,
diz que un ángel repetía:
Alerta!, ¡alerta!, mancebos,
que hay un espía.
Al terminar esta estrofa, la buena anciana siente que sus ojos se arrasan en llanto, y acercándose a su esposo, entre lágrimas y sollozos, le dice: «¡Dios mío! ¡Cuánto se parece a nuestro hijo; en el rostro, en la mirada, en el talle, en la voz, en todo, en todo... ¡Dios mío! ¿Si será él?»
El peregrino prosiguió:
Partió el galán a la guerra;
mucho la bella plañía;
un judío, rico y noble,
por esposa la pedía;
púsola en prisión su padre,
porque ella no lo quería.
Por su amante suspiraba,
muy triste lamento hacia;
mientras, sentado a la reja,
diz que un ángel repetía:
¡Malhaya quien causó tanta
felonía!
«¡Santísimo Misterio! » --exclama la anciana; y llora y solloza con más vehemencia, como si tristes recuerdos vinieran a su mente, y una pena muy honda le desgarrara el pecho.
Los que rodean al peregrino se miran unos a otros, como queriendo adivinar algo, mientras termina así su balada:
Tomó el galán de la guerra;
pero tomó en triste día;
que el galán mató al hebreo
que a su hermosa pretendía.
Con traje de peregrino,
después el galán venía;
triste el peregrino estaba,
que la niña muerto había,
En la tumba de la bella,
diz que un ángel repetía:
¡Malhaya quien causó tanta felonía!
Al terminar, la buena anciana, no pudiendo contenerse, y echando los brazos al cuello del peregrino, le abrazaba, diciendo:
--¡Tú eres mi hijo!... ¡Mi hijo Alvarado!... ¡Hijo mío!...
Y el peregrino, con voz ahogada por los sollozos, no podía pronunciar más que esta palabra:
--¡Madre!... ¡Madre!...
Enlaces externos
Bibliografía
- Beltrán Roche, José (1929): Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.