Leyenda del palacio de Ursua (Daroca)

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Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro "TRADICIONES Y LEYENDAS", que fue publicada en 1929.

Argumento

REGISTRANDO el archivo de la vetusta ciudad de Daroca, entre algunos rugosos pergaminos y viejos papeles encontré unas hojas sueltas, gastadas por el tiempo y casi deshechas, que a parecer debieron formar parte de un antiguo manuscrito. Las letras toscas y apiñadas, el color de la tinta perdido y algunos trozos rotos, hacían casi ilegible aquel escrito. No obstante, después de ojearlo repetidas veces, pude descifrar los nombres de Martín de Ursúa, Señor del palacio de Ursúa, en la provincia de Soria, y de sus hijos Pedro, fundador de dos ciudades, y Miguel, Vizconde de Ursúa, de quienes hace mención D. Jerónimo de Urrea en su libro Honra militar, y considera a estos dos últimos como hijos ilustres de Daroca y descendientes de los celtíberos, héroes de esta leyenda.

Referiré sencillamente su peregrina historia. Oídla.

I

--«¡Cuán dulce fuera vivir en ese antiguo palacio que se yergue sobre los enhiestos montes de Urbión y a cuyo pie serpentea murmurando el naciente Duero! ¡Qué grato sería descender de su riscosa cumbre y pasear en las cálidas horas del estío bajo las arboledas de sus frondosas riberas!»

--«¡Oh, joven y amable Ursúa! Tú serías el señor caudillo de nuestras tribus guerreras, y yo llevaría mi negra túnica con bordados semejantes a los de las matronas romanas, y mi garganta luciría collar de plata con engarce de oro.»

--«¡Oh, blanca y hermosa Jami ! Si yo no soy el dueño del palacio de Corbis y caudillo de las tribus guerreras, con mi escudo, mi arco y mi espada de dos filos soy rey de los bosques, y ciño mi cuerpo, no con manto de escarlata, sino con vestido de pieles atigradas.»

--«¡Oh, bravo Ursúa! Si nuestra suerte es cruel, si vivimos en pobre cabaña y nuestro lecho es de hierbas y ramaje, Jami posee a Ursúa, y Ursúa posee a Jami.»

II

Así conversaban los dos jóvenes celtíberos, con las manos entrelazadas y sentados sobre una piedra, bajo el palio de un añoso y corpulento roble, cerca de la vieja ciudad de Iba.

Era la antiquísima Iba una de las principales ciudades de la Celtiberia. Asentábase sobre las faldas de los montes de Urbión, junto a las orillas del Duero. Sus murallas eran toscas pero indestructibles, y defendíalas el palacio de Corbis, que más bien que palacio era un fortísimo castillo, de color ceniciento, que se alzaba en la cumbre de un monte, con sus pardos torreones y su paredón de siete pies de grueso.

Ursúa era un joven gallardo, de bello rostro, miembros fornidos y altivo aspecto.

Jami era blanca, robusta, vigorosa, de fulgurantes ojos negros, como las moras, y de labios sonrosados, como las cerezas.

El era joven, muy joven; apenas contaba cuatro lustros.

Ella era hermosa, muy hermosa, de helénico perfil, ovaladas formas, comba la frente, como el ala de un cisne, y largos cabellos, como ramos de palmera.

El era ágil como un ciervo y fuerte como un león cachorro; una túnica de lana, sujeta con un cinto, cubría su busto escultural, y una hermosa piel de tigre, con listas blancas, rojas y amarillas, le caían desde los hombros como un manto; los bucles negros (de su abundante cabellera descendían sobre sus hombros formando roscas; un morrión de cuero con penacho rojo cubría su cabeza, sus pies calzaban botines tejidos de pelo, una espada corta le colgaba de la cintura, con la izquierda embrazaba una rodela entretejida de nervios y con la diestra empuñaba una lanza.

Ella vestía una túnica negra con bordados de colores, llevaba afeitada y resplandeciente la parte anterior de la cabeza, un tamborcillo, a modo de pirámide, envolvía su cabello recogido, y su garganta griega lucía un collarcito de hierro, del que pedían unos hierrecitos curvos, que sostenían un ligero velo.

Los dos se amaban: se amaban con ese amor que raya en el delirio y es capaz de realizar las mayores hazañas.

III

Un hombre de mirada torva, ancha cara y miembros hercúleos llega adonde los dos jóvenes estaban con las manos aún enlazadas y dulce y tranquilo el semblante, Jami le ofrece un pedazo de pan de bellotas y un trozo de carne de macho cabrío, mientras Ursúa escancia un licor dorado y espumoso, llamado «celia», en un vaso rojizo, de cera virgen, para obsequiar al recién llegado. Pero éste, rehusando el obsequio, con ceñudo rostro declara que no le place el afecto que Jami y Ursúa se profesan.

Ursúa, sintiéndose ofendido, dice:

--«Tangino, holláis mi amor sin mancilla y me ofendéis y me matáis con vuestro desdén y vuestro sombrío ceño. ¿Acaso no me ofrecisteis la mano de Jami? ¿No recordáis que dijisteis que no había otro más digno de ella?»

--«Ursúa, no mereces el cariño de mi hija, por cobarde...»

--«¿Cobarde yo? ¡Por Endovélico, el dios de nuestros lares! Yo digo que mentís, que no me conocéis; y sí me conocéis, decid la causa.»

--«Es cobarde y ruin aquel que nació de madre y no tiene valor para vengar a su padre.»

--«¡Oh!... Por el alma de mi padre os conjuro que os expliquéis mejor y me reveléis el secreto que aún oculta mi destino; pues yo desde niño me ausenté del hogar paterno, pasé mi juventud entre las tribus guerreras, y cuando volví encontré mi hogar enlutado y abrasadas y mustias las mejillas de mi madre por el fuego del continuo llanto que vertía. Pregunté qué cruel desventura me privó del padre que tanto amaba, y ¡oh rigor de las estrellas!, nunca me contestó mi madre.»

--«¡Infeliz! Tú eres huérfano inocente; la suerte te ha sido adversa; pero ha llegado ya la hora de la venganza, y es preciso que sepas de mis labios el atroz delito que envuelve en sombras la muerte de tu padre.»

IV

«Doce veces ha caído la hoja desde que tu padre dejó de ser el señor de ese castillo que ves sobre la cumbre de Iba. Valiente y hospitalario, gozaba de fama y de riquezas y era caudillo de todas las tribus de la comarca. Pero un día se rebeló contra él su propio hermano, el padre de Corbis, alegando ser el dueño del castillo y de las tribus. La espada puso fin a la contienda.

Una noche, ¡noche triste!, en una de las calles de Iba, encontráronse frente a frente los dos hermanos; el padre de Corbis, furioso coma un tigre, alzó en el aíre el hierro mortífero, y cuando tu padre echó mano al puño de su espada, golpe mortal recibió sobre la frente, que le derribó en el suelo.

Con temblor convulsivo se revolvía sobre su propia sangre, que humeante parecía subir al cielo como pidiendo venganza, pero por tu mala suerte no estabas allí.»

Apenas Tangino acabó de contar esta relación, Ursúa, con rostro lívido y temblándole las carnes de furor, dijo : «Adiós, Tangino; y tú, Jami, pronto tendrás un palacio y serás la reina de Iba; verás cómo tu corazón no se ha prometido a un cobarde. Y partió con paso acelerado, como león cachorro en busca de su presa.

V

En una espaciosa estancia de su castillo, sentado sobre un mullido asiento de pieles, hallábase Corbis, el caudillo de las tribus guerreras. Era alto y robusto, de ojos vivos y penetrantes, cabello castaño, animado rostro y altivo continente.

No tardó en llegar Ursúa, que acompañado de algunos sirvientes del castillo, con firme y seguro paso penetró en el recinto, y clavando una mirada de fuego en el rostro de Corbis, así le dijo:

--¿Conocéis por ventura quién soy?

--No, por cierto --contestó Corbis sin inmutarse.

--¿No conocéis al hermano de vuestro padre?

--¿Quién sois?

--Oídme: El hermano de vuestro padre fue el señor de este castillo y jefe de las tribus de la comarca; pero vuestro padre, llevado de la ambición, dio muerte vil a su hermano. El muerto dejó un hijo, y ese hijo viene ahora a reclamar el castillo y el señorío que tan villanamente a su padre le arrebataron.

--No os conozco; retiraos --replicó entonces Corbis con desprecio y mal talante.

--Si no reconocéis mis derechos, dirima la espada nuestra contienda; así se expiará con sangre tan infame delito. Preparad las armas y elegid el juez que presida nuestro combate.

--¡Desventurado! Ya que tan altivo te muestras, acepto tu desafío; morirás entre mis manos, y el mismo vencedor de Numancia y sus legiones romanas presenciarán tu desastrosa muerte.

--O la vuestra --contestó Ursúa, saliendo del castillo con intención de enjaezar su caballo, preparar sus armas y partir al lugar del combate tan pronto como alborease el naciente día.

VI

¿Quiénes son esos jinetes que en veloz carrera, cruzando montes y llanuras, caminan hacia las regiones de Levante? ¿A dónde van? ¿Por qué marchan con tanta celeridad?

El uno cubre su cuerpo con vestido de ricas y atigradas pieles; los rizos de su ondulante cabellera son negros como el azabache, y su rostro recuerda el albor de las mañanas del mes florido. El otro, de más edad, lleva un manto encarnado, su cabello flota al aire en largas ondas, y la mirada de sus ojos sombríos es trémula como la lámpara de un sepulcro. El uno cabalga sobre un corcel blanco como la nieve de las montañas, y el otro sobre un caballo negro, como las sombras de la noche.

¿A dónde van? Van a Cartagena, a dirimir su contienda en reñido combate, en presencia del caudillo de las águilas romanas.

Mas, ¿qué sucede en la nueva Cartago, que las flautas fúnebres y las canciones «ceas» y los llantos de las plañideras llenan los aires, mientras en torno de un magnifico mausoleo y en presencia de las legiones romanas los sacerdotes de los dioses dan tres vueltas, llevando un toro blanco, un carnero y un macho cabrío, que luego sacrifican encima de un altar de piedra? Es que Escipión celebra las honras fúnebres del más ilustre de sus ascendientes.

Los corceles de los dos celtíberos, como torbellinos de flamígeras crines, cruzan los horizontes, dejando un reguero de centellas sus cascos sonoros. Llegan en el mismo instante en que las pompas fúnebres se terminan. Al verlos, todo el campamento les abre paso; preséntanse a Escipión y le proponen el asunto de su venida. Allí mismo, antes de romper filas las tropas, dase principio al singular combate.

El tigre de las selvas y el león de los desiertos se miran frente a frente; chispas de fuego parece que saltan de sus fulgurantes ojos. Armados de broqueles y cortas espadas de agudas puntas, se lanzan el uno sobre el otro con ímpetu salvaje; la lucha es horrenda; copioso sudor baña sus frentes; por fin, la espada que empuña Ursúa, tanto se ha clavado en el pecho de Corbis, que éste cae derribado en tierra, bañándose en un charco de sangre.

Un grito universal atruena los aíres, y Ursúa es aclamado valiente por el mismo Escipión y por sus legiones siempre vencedoras.

Cuando Ursúa volvió a sus lares, oyó de boca de Tangino estas palabras: «Bien has probado el valor de tu raza; ahora sí que eres digno de Jami»; y su madre, vertiendo llanto de alegría, exclamaba: «Hijo, bien has vengado la muerte de tu padre»; y él, dirigiéndose a su prometida, le dice galante y orgulloso: «Jami, ya eres reina del PALACIO URSUA.»

Enlaces externos

Bibliografía

  • Beltrán Roche, José (1929): Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.