Leyenda del tío Marín (Daroca)

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Se trata de una leyenda recogida por el padre José Beltrán, escolapio, gran literato y poeta, en el libro "TRADICIONES Y LEYENDAS", que fue publicada en 1929.

Argumento

La sangrienta jornada del Dos de Mayo y el bando del Alcalde de Móstoles fueron los primeros chispazos Que inflamaron todos los corazones españoles contra la invasión francesa.

A principios del verano de 1808 las tropas del general Lefévre recorrían la vega del Jiloca, llevando a todas partes la desolación y el estrago. Los vecinos de la ciudad, unos abandonaron sus viviendas, muchos se alistaron bajo las banderas de D. Juan Pedrosa, que reuniendo una compañía de cien hombres se hizo célebre con el nombre de los Pardos de Aragón, y otros, finalmente, armándose como pudieron, formaron una expedición que Daroca envió a Palafox para ayuda de la inmortal y heroica Zaragoza.

Entre estos expedicionarios merecen especial mención los Conchas, de la familia del M. R. P. Joaquín Campos, que fue Provincial de las Escuelas Pías; dos valientes jóvenes hermanos, llamados los Molineros, y el famoso «tío Marín», que tanto se distinguió en la batalla de las Eras.

Era el tío Marín, labrador, hombre de regular estatura, pero fornido y de carácter franco, leal, audaz y temerario. Un día, cuando en la plaza del Carmen de Zaragoza se hallaban reunidas todas las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, y allí, delante de un pendón de la Virgen del Pilar, aquel inmenso pueblo juraba en alta voz defender su religión, su patria y su rey, sin consentir jamás el yugo extranjero, el tío Marín, jefe de la expedición darocense, se presenta en la plaza con todos los suyos, en el momento solemne, pidiendo a Palafox los admita en sus tercios y los deje jurar, como todos, ante el estandarte de la Virgen. Obtenida la venia del caudillo, el tío Marín, sereno, imperturbable, se acerca, dobla la rodilla en tierra, desenvaina la espada, y clavando con aire marcial la punta en el suelo, prorrumpe con voz recia y clara: «¡Virgen santa del Pilar! Juro que en esta terrible lucha contra el invasor, el tío Marín sabrá demostrar al heroico pueblo zaragozano que la ciudad de los Corporales es la tierra del valor y de la nobleza». Una ovación estruendosa interrumpe las ultimas palabras del juramento. Palafox dirige una atrayente mirada de simpatía al héroe campesino, le premia aquel acto con un cordial abrazo y le destina el sitio que debe ocupar entre aquellos valientes.

Roncos estruendos de cañones y agudos silbidos de fusilería anuncian ya la formidable epopeya que va a desarrollarse. Allí todos son héroes. Sigamos de cerca los pasos del tío Marín para admirar sus proezas.

Se inicia el grandioso canto épico con la gloriosa batalla de las Eras; semeja el escenario de la lucha una pavorosa tormenta de truenos, relámpagos y granizos. Nuestro héroe, llevado de un furor bélico, corre de una parte a otra, auxiliando a unos, acometiendo a otros con indomable ímpetu y bravura. Dos enemigos han desarmado a uno nuestro y se lo llevan arrastrando; los ve el tío Marín, se lanza sobre ellos como un león, mata a uno, el otro huye despavorido, y salva al prisionero. Un alto y robusto granadero lo insulta con desaforados gritos; sale a su encuentro, luchan los dos cuerpo a cuerpo, caen rodando por un ribazo, forcejean como dos toros, hasta que el bravo darocense, con su mano de hierro, le oprime la garganta y le hunde el cuchillo en el pecho; le arrebata el fusil calado con la bayoneta y las municiones que lleva, se parapeta detrás de un tronco de un árbol derribado, y con pasmosa serenidad espera a cinco franceses que vienen en socorro del vencido; después de una lucha titánica, derriba a tres en tierra y obliga a los otros dos a rendirse. Todo el campo se ve cubierto de cadáveres enemigos; un clarín anuncia la retirada de los franceses; entonces, nuestro héroe, puesto en pie, erguida la cabeza y con el arma en la mano, contempla un instante cómo un alférez abanderado huye por una loma próxima; de pronto, raudo como el huracán, se arroja sobre él, derribando a cuantos encuentra a su paso, desaparece entre las filas enemigas, y cuando ya los nuestros lo consideran perdido, lo ven aparecer tremolando la bandera enemiga, que presenta al caudillo Palafox; todos le saludan con aplausos y aclamaciones, y el caudillo, viendo su claro talento natural, su nobleza y su heroico arrojo, lo nombra su capitán y lo admite entre los bravos de su confianza. El tío Marín dio pruebas de cumplir su juramento.

Bien se le pueden aplicar aquellos versos que M. Espinosa dedica al Empecinado:

«Espíritu vengador

de la nación ultrajada,

el patriotismo, en su espada,

da centellas de furor».

Enlaces externos

Bibliografía

  • Beltrán Roche, José (1929): Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.