Parrilla Rolíndez, Modesto
Nació Modesto Parrilla Rolíndez en la localidad turolense de Barrachina el 24 de febrero de 1918. Allí cursó en la escuela los primeros estudios. Mozo ya, pasó como aprendiz por varios oficios: barbero, sastre (con el Mudo de la plaza del Peirón de Calamocha) y de nuevo en la farmacia de su pueblo.
Con la guerra civil de 1936 marchó a la Academia militar donde se hizo sargento. Estuvo en varios frentes de guerra siendo herido en Sarrión y luego en el cerro Mansueto en las inmediaciones de Teruel. Al terminar la contienda, en 1940 es destinado a Valencia donde culminará su vida militar como comandante, también como caballero y placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.
Aragonés por los cuatro costados, desde su llegada a Valencia Modesto buscó siempre el contacto y la relación con sus paisanos, que en aquellos años constituían una colonia laboriosa con cargos muy importantes en la administración, servicios y en el comercio valenciano. Sin embargo se mostró reticente a ingresar en el Centro Aragonés, pues no estaba de acuerdo en absoluto con la labor que al frente del mismo desarrollaba entonces el conocido escritor costumbrista de Caminreal Adelino Gómez Latorre, que, en opinión de Modesto, estaba llevando a la ruina a la sociedad.
De la calle las Barcas a la de Luis Vives
Estaba entonces el Centro Aragonés alquilado en un edificio de la calle las Barcas, frente al del Banco de Valencia, de donde fueron desahuciados por los propietarios sobre el año 1952. De nada sirvieron los recursos y las reclamaciones judiciales, y hubo que buscar rápidamente otra sede en régimen de alquiler.
Había ya en aquellos años dos bandos claramente enfrentados entre los aragoneses que residían en Valencia. De una parte el que encabezaba el citado Adelino, al parecer más jaranero; y de otra el formado por un grupo de personas seriamente preocupadas por la marcha económica de la institución, con el que se identificaba claramente Modesto Parrilla.
En una tumultuosa Junta general se enfrentaron ambas sensibilidades, logrando vencer la segunda que encabezaba Francisco Lovaco y de Ledesma, uno de los notarios más importantes de Valencia, y que contaba con el respaldo de personalidades como el secretario de juzgado Enrique Lalaguna, que sería luego vicepresidente por Huesca, varios farmacéuticos, uno de ellos natural de Sarrión fue vicepresidente por Teruel, así como otras personas bien situadas en la sociedad valenciana de la época. Uno de estos era el delegado de la Tabacalera donde trabajaban numerosos aragoneses, muchos de los cuales se hicieron pronto socios del Centro.
La primera tarea que se propuso la nueva Junta fue la de aclarar la situación económica y jurídica del Centro Aragonés, para tratar de salvarlo de la bancarrota. Perdido el pleito en el juzgado por el desahucio de la sede de la calle las Barcas, hubo que buscar un nuevo local en unos momentos en que la situación económica de la sociedad era penosa. En primera instancia se planteó un nuevo recurso judicial por el desahucio, con mejores fundamentos técnicos dados los conocimientos jurídicos del presidente Francisco Lovaco. También se estudió la posibilidad de ejercer acciones contra la junta anterior, para lo que se nombró una comisión de socios que analizase la situación. De la misma formaban parte Amadeo San Mateo Redón, y el Sr. Castellanos que era secretario del ayuntamiento de Valencia. Éstos, respondiendo a una pregunta en la Junta general, contestaron que no eran partidarios de airear los problemas internos y crear así nuevos escándalos, pero dejando claro a la vez que “en la actuación de la junta anterior había hechos merecedores de penas de cárcel”.
Mientras tanto, el grupo de Adelino Gómez Latorre formó la Peña Amantes de la Jota en un nuevo local donde luego estuvo en Banco Popular. Estaban bien instalados y abandonaron en masa el Centro Aragonés. Se había producido la ruptura definitiva.
Compra del edificio para la nueva sede
Otra de las tareas consistió en buscar un nuevo local para el Centro, y se hizo en un edificio de la calle Luis Vives. Sin embargo, para entonces las reclamaciones por el desahucio anterior fructificaron con una indemnización de 500.000 pesetas, 200.000 de las cuales se gastaron enseguida con los gastos del traslado y de adecuación de la nueva sede.
Se plantean entonces utilizar el dinero restante para adquirir un edificio en propiedad. De nuevo aparecen opiniones encontradas. Mientras unos consideran que tener una casa propia supone un salto definitivo en la consolidación de la sociedad, otros creen que es mejor seguir con alquileres. En estas diferencias se mezclaban también algunos intereses personales.
Sale entonces la oportunidad de adquirir el actual edificio del Centro Aragonés de la calle D. Juan de Austria, pendiente de la ejecución de una hipoteca en el Banco de España. Lógicamente con información de primera mano gracias a la condición de notario que disfrutaba el presidente Francisco Lovaco, pero también por el propio director del banco de España que era también aragonés. En realidad eran dos edificios de tres plantas; a uno se entraba por la calle D. Juan de Austria, en el que estaban alquilados un relojero en la planta baja y dos pensiones en los pisos primero y tercero; y al otro por la calle Emperador, también con los correspondientes inquilinos.
Se inician las negociaciones entre el Centro Aragonés y el Banco de España, bajo la dirección del presidente Lovaco que contaba con el apoyo de lo más selecto de la colonia aragonesa. Culminarán con la compra del edificio por 600.000 pesetas, pagando de inmediato la mitad con el dinero restante de la indemnización del desahucio. Pero faltaba pagar otras 300.000 pesetas, cifra muy considerable para la época y para la economía personal de la mayor parte de los socios del Centro. El edificio estaba además en muy mal estado, había que indemnizar a los inquilinos, nuevos gastos de traslado y la imprescindible renovación del mobiliario que estaba ya muy deteriorado con tantos cambios de local.
Se hace un estudio económico de la situación, y se decide la emisión de pagarés por diferentes precios a suscribir por los socios hasta cubrir la deuda. A modo de ejemplo, los miembros de la Junta directiva suscribieron pagarés por valor de 25.000 pesetas cada uno, sin embargo la mayor parte lo hicieron por cifras mucho más modestas, pues la situación económica general no permitía grandes alardes.
Hasta entonces Modesto se había mantenido en un segundo plano apoyando siempre a la Junta de Lovaco y participando activamente en los debates de las juntas, pero cuando se toma la decisión de adquirir el nuevo local entra en la junta directiva como secretario, junto al abogado de Olba Teófilo Herrero.
Mientras tanto el grupo de Adelino Gómez Latorre que había formado la Peña Amantes de la Jota, desde la prensa criticaba abiertamente estos proyectos. Adelino llegó a decir que “si rifaran el nuevo edificio del Centro Aragonés, no compraría ni un boleto”. En esta campaña de descrédito, se significó especialmente un periodista de Levante y empleado municipal llamado Elías Banzo, oscense de nacimiento y miembro del grupo opositor. Harto de tantos comentarios negativos, Modesto Parrilla le escribió brindándose a aclararle personalmente algunos de los errores que repetía en sus crónicas. Aceptó Elías el reto, intercambiaron sus puntos de vista, y desde ese mismo momento el periodista cesó en sus críticas y solicitó el ingreso en el Centro Aragonés, para acabar siendo uno de los mejores amigos de Modesto.
Construcción e inauguración del nuevo Centro Aragonés
Se empezó a recoger algo de dinero a través de los primeros pagarés y se iniciaron las obras. Mientras tanto se acometió la tarea de conseguir la salida de los inquilinos. En el edificio de la calle D. Juan de Austria, una de las pensiones no planteó problemas, la otra, sin embargo, fue más difícil. Era una pensión de mala fama, frecuentada a menudo por fulanas y golfantes. Se aprovechó esta circunstancia para hacer algunas amenazas veladas de denuncias, y con una modesta indemnización se consiguió que salieran del edificio. Al relojero instalado en la planta baja, le tuvo que pagar el Centro 10.000 pesetas para un traspaso a un pequeño bajo en las inmediaciones de la misma calle. En cuanto a la casa de la calle Emperador, también se llegó finalmente a acuerdos con los inquilinos para que dejaran sus pisos con indemnizaciones bastante prudentes.
Las obras comenzaron primero en la parte del edificio recayente a la calle D. Juan de Austria, más adelante, cuando quedó libre la otra casa, se hicieron las obras de ampliación hasta adoptar la forma que hoy tiene el edificio. Pero esto iba a tardar todavía varios años. De momento se inauguró la nueva sede del Centro Aragonés en febrero de 1957.
De forma paralela su buscaban fondos para dar a conocer el proyecto en Aragón y en Valencia. Y como la necesidad agudiza el ingenio, se aprovechaba al efecto la menor oportunidad. Una de ellas se presentó sobre 1955 ó 1956 con motivo de una reunión en Valencia de medios de comunicación, con la asistencia de directores y redactores de periódicos de todas las regiones. Enterado Modesto del evento, en la comida de clausura se presentó con una rondalla de joteros para agasajar a los periodistas que habían llegado desde Aragón. Sorprendidos gratamente éstos, por la tarde visitaron las obras del nuevo Centro. En los días siguientes toda la prensa aragonesa se hizo eco de los trabajos y de la pujanza de la colonia aragonesa en Valencia.
Algo parecido sucedió con otra reunión valenciana, esta vez de instituciones españolas de ahorro, a la que asimismo asistió una representación aragonesa encabezada por José Sinués Urbiola de la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja. Nueva ronda jotera dedicada a nuestros paisanos en los postres del banquete de clausura, que fue seguida de la correspondiente visita a las obras del nuevo Centro Aragonés. Todo con idea de solicitar en su momento la correspondiente ayuda económica. De esta forma se consiguió un nuevo crédito a muy bajo interés, con vistas a devolver una parte del importe de los pagarés extendidos hasta entonces. Sobre 1959 empezó a reintegrarse una parte del dinero suscrito, el resto se donó para el Centro Aragonés. Llora en silencio Modesto mientras nos cuenta estos y otros desvelos de aquellos pioneros de la Casa.
Se aprovechan las visitas de aragoneses a Valencia, pero tampoco se descuida visitar a las principales instituciones aragonesas, en busca de ayuda económica para la sede del nuevo Centro Aragonés de Valencia que pronto iba a inaugurarse. La tarea se reparte entre los diferentes directivos y colaboradores de la Junta. Como las necesidades económicas son grandes, Modesto Parrilla aprovecha su condición de militar para viajar gratis en tren y tener alojamiento gratis en casa de sus familiares, y se brinda a visitar las ciudades de Zaragoza y de Teruel. Entonces nadie cobraba nada del Centro por hacer gestiones, ni siquiera las imprescindibles dietas de los viajes.
En Zaragoza cuenta con la ayuda de periodistas que había ya conocido antes en Valencia. En su compañía visitó para invitar a la inauguración del Centro, al alcalde de la ciudad, al gobernador civil y al presidente de la Diputación provincial, a todos los cuales se solicitaba ayuda para el mobiliario y la decoración. Dentro del estricto protocolo de la época, las cosas iban por buen camino. Sin embargo también hubo situaciones comprometidas, como la que ocurrió con Antonio Zubiri, presidente de la Diputación de Zaragoza y hombre de personalidad fuerte, quien, desinformado por los adversarios valencianos del Centro, le soltó a nuestro secretario que como presidente de la Diputación “no podía ir a Valencia a inaugurar una taberna”. Ni más ni menos. Modesto, como sabemos de personalidad también a prueba de bombas, se puso serio, soltó un juramento grueso y le retó a aceptar la invitación para que conociera de primera mano aquella “taberna”. Reto que asumió Zubiri a condición de opinar después con libertad sobre lo que viera. Cuando vino a Valencia a la inauguración del Centro, efectivamente, reconoció su error, pero apenas colaboró económicamente.
La visita a las autoridades turolenses la inició Modesto con el gobernador civil, al que conocía personalmente. Como carecía de posibilidades pecuniarias, se ofreció el gobernador a acompañarle en la visita al presidente de la Diputación provincial, institución que acabó regalando los bellos sillones que todavía llevan labrados en madera en el respaldo los escudos de las tres provincias aragonesas.
La inauguración del nuevo Centro Aragonés se hizo en febrero de 1957, con la solemnidad y el boato que puede verse en las fotos que acompañan este texto, que asimismo nos proporciona Modesto Parrilla. De Huesca, Zaragoza y Teruel llegaron representantes de los gobiernos civiles, los alcaldes acompañados de algunos de sus concejales, los presidentes de las tres diputaciones provinciales, el obispo de Teruel D. León Villuendas, periodistas de los principales medios de comunicación y otros invitados. La presencia de autoridades valencianas fue igualmente masiva y al más alto nivel. Hubo misa, comida, actuaciones joteras, rondalla y el mejor ambiente de amistad y de confraternización entre aragoneses y valencianos. Toda la prensa se hizo eco de los festejos y del magnífico ambiente que se vivieron esos días.
Bibliografía
- José María de Jaime Lorén, José María (2013): Modesto Parrilla Rolíndez: Memoria viva del Centro Aragonés de Valencia, Inédita