Podemos comenzar la ruta, por el S., por la visita al castillo de Ródenas, el antiguo hisn ar-R.di.ns de las fuentes árabes, citado por primera vez en la documentación aragonesa en los fueros otorgados a Daroca por Ramón Berenguer IV hacia 1152. Inmejorable ejemplo de castillo roquedo, aprovecha un tormo en la cima del monte que, a cierta distancia, corona la localidad. Aunque los restos que todavía subsisten no hacen honor a su larga historia, esta fortificación resulta de extraordinario interés por conservar en la vertiente septentrional algunos restos de época andalusí, en concreto dos lienzos fechables en los siglos X y XI, uno de sillares dispuestos a tizón y otro, semejante al aparejo de la torre del Andador de Albarracín, con sillarejos dispuestos verticalmente.
No lejos del anterior se encuentra otro buen ejemplo de castillo enriscado sobre las formaciones de arenisca roja, típicas de Sierra Menera: el castillo de Peracense, el mejor conocido de la zona gracias a la restauración a que se ha visto sometido recientemente. Propiedad de los Jimenez de Urrea hasta su paso a la comunidad de Daroca, la fortaleza jugó un destacado papel en todos los conflictos bélicos con Castilla hasta que, después de la pacificación de la frontera, se convirtiera en cárcel. En breve, está previsto que albergue un museo sobre armamento medieval.
El impresionante conjunto está formado por la adición de tres espacios. Al reducto principal, construido sobre un impresionante espolón rocoso, se accedía mediante un puente levadizo que daba a una portada de arco apuntada abierta en la fachada de sillería. Además de un pequeño algibe y un horno, alberga una cámara abovedada y una sala con chimenea de carácter residencial. En un segundo recinto, abierto al antiguo poblado de Los Villares mediante una puerta des sillería, hoy casi oculta, se localizaba el cuerpo de guardia, unido a la llamada torre del Hospital mediante una muralla de perfil quebrado. En su interior se situaban además una cisterna excavada en la roca y una pequeña capilla. Por fin, el albacar, construido en ángulo recto, cerraba la fortaleza mediante potentes muros pantalla con tres torres prismáticas apenas insinuadas en planta.
Citado ya como uno de los mojones del término de Teruel en 1177, el cerro de San Ginés, frente al de Peracense, conserva las ruinas de una fortificación, bien documentada durante la Guerra de los Dos Pedros, cuando ostentaron su alcaidía Sánchez González, Romeo Jiménez de Narváez o Fernando González de León. Del castillo, actualmente conocido como «El Paredón», resta un gran torreón de mampostería de planta cuadrangular.
La ruta debe continuar hacia el N., pasando por Villar del Salz, hasta llegar a Ojos Negros. Con obras documentadas en 1301 y 1357, su castillo pertenece, al igual que los de Torralba de los Sisones, Báguena, Langa del Castillo y quizás Bello, al tipo caracterizado por la presencia de un circuito amurallado bien adaptado a la topografía de la muela donde se asienta. En Ojos Negros este recinto reaprovecha en su parte más elevada un potente lienzo de época celtibérica construido a base de enormes sillares. Al igual que en los otros ejemplos citados, presenta torres de flanqueo de planta cuadrada. De las tres conservadas, dos se elevaron en tapial decorado con escorias. La tercera, la del Homenaje, se construyó en su totalidad con mampostería de piedra caliza sobre una cisterna cobijada por una bóveda de cañón, presentando sendas entradas, al interior y exterior del recinto, ambas con arcos de buena sillería.
Del recinto amurallado de Pozuel del Campo nos ha llegado, además de huellas de su trazado original en el urbanismo de la localidad, un bonito arco de medio punto en sillería y una de sus torres, de aspecto similar a las de Ojos Negros, aunque muy remozada en la actualidad.
También Blancas tuvo murallas, de las que tan sólo conserva actualmente una torre de planta cuadrada con saeteras y las ménsulas de una buharda. No puede dejar de mencionarse la torre construida sobre el ábside semicircular de la iglesia parroquial, quizás construida durante la «Guerra de los Dos Pedros».
Continuando nuestro camino hacia el N., llegamos a las fortificaciones de las aldeas que rodean la laguna de Gallocanta. Del castillo de Bello, fechado a principios del siglo XIV, pueden visitarse un lienzo con saeteras, además de una gran torre rectagular. Merece la pena también aludir a la puerta apuntada que todvía conserva.
En Torralba de los Sisones, sobre la meseta ovalada que corona la población, subsisten restos del recinto de la muralla, con base de mampostería rematada con obra tapial en la que se abren diversas saeteras. Dos torreones rectangulares, con bóveda de medios cañón son una excelente aliciente para la visita de esta fortificación desde dond e existe además una magnífica vista de la laguna de Gallocanta.
La primera noticia conocida del castillo de Tornos data del año 1200, aunque hay que esperar a 1300 y 1320 para documentar reformas, posteriormente continuadas por Pedro IV, que mandó construir el aljibe en 1346. La fortaleza fue erigida sobre las ruinas de un anterior asentamiento celtibérico, en lo alto de un cerro de amplia visibilidad, respondiendo originalmente al tipo de castillo de planta cuadrada con torres en las esquinas, una de las cuales cumplía las funciones de residencia del alcaide, características que vuelven a repetirse en los castillos de Berrueco y Santed. Actualmente, del castillo de Tornos es visible todavía parte del recinto trapezoidal y tres de sus torres. Sus bases fueron construidas, al igual que las murallas, mediante mampuestos de cuarcita de pequeñas dimensiones trabadas con argamasa, elevándose el resto de la obra en tapial, excepto el torreón ubicado en la cima del cerro, seguramente la torre del Homenaje, que debió ser de piedra en toda su altura.
Muy similar en su concepción era el cercano castillo de Berrueco, también asentado sobre los restos de un poblado celtibérico. En lo alto del cerro situado sobre la localidad, un excelente balcón sobre la laguna, además de parte del recinto amurallado en el flanco meridonal, se conservan dos de las torres esquineras de la fortaleza, ambas levantadas con mampuestos irregulares de cuarcita asentados con argamasa. Las esquinas se reforzaban con vistosos sillares de arenisca roja, actualmente desaparecidos.
Como en algunos de los ejemplos antes aludidos, el castillo de Santed aprovechó también las murallas y el foso del asentamiento celtibérico localizado sobre el cerro que corona actual población. Presenta una sencilla planta cuadrilátera, reforzada por cuatro torres en sus esquinas, unida a un recinto exterior o albacar del que apenas se conservan restos. Los lienzos de las murallas se construyeron utilizando un zócalo de sillarejo de lajas de cuarcita de sobre el que se elevaron varias tongadas de tapial. La entrada, localizada entre las dos torres de mayores proporciones y mejor conservadas, estaba defendida por un parapeto de tapial levantado sobre un zócalo de mampostería de cuarcita. De las cuatro torres, la principal era la única que servía de residencia. Constaba de tres pisos más la terraza. En tres de sus caras se abren dobles saeteras construidas con jambas de caliza y cubiertas con lajas de cuarcita adinteladas. Las tres torres restantes eran macizas. Las esquinas, tanto exteriores como interiores, aparecen reforzadas, excepto en el torreón noroccidental, con sillería de caliza que en algún caso conservan marcas de cantero.