Cobre

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El cobre, de símbolo Cu, es el elemento químico de número atómico 29. Se trata de un metal de transición de color rojizo y brillo metálico. Se caracteriza por ser un metal de alta conductividad eléctrica, ductilidad y maleabilidad. Actualmente es el material más utilizado para fabricar cables eléctricos y otros componentes eléctricos y electrónicos. Antiguamente se utilizaba para fabricar todo tipo de calderos.

En la documentación histórica aparecen continuas referencias al cobre, arambre y alambre utilizados como sinónimos. Normalmente se denominaba cobre al mineral, mientras que el metal y los utensilios elaborados en el martinete de cobre recibían el nombre de arambre, pero esta distinción no siempre es clara. La palabra cobre tiene una etimología griega, mientras que arambre y su variación alambre (aes, aeris) proceden del latín.


Las minas cupríferas en el valle del Jiloca

En el valle del Jiloca había minas de cobre en Burbáguena, Calamocha, Daroca, Fombuena, Luco y Murero. Salvo el depósito de Fombuena, que fue explotado con métodos industriales, el resto de los yacimientos eran pequeñas vetas, a veces fracturas insignificantes entre las rocas, con una gran concentración. Hasta el siglo XIX no fue tan importante la cuantía de las bolsadas como su riqueza respecto a la ganga y, ante todo, que fueran superficiales y no crearan grandes problemas para su extracción.

Los primeros testimonios sobre los depósitos cupríferos del partido de Daroca datan de finales del siglo XVI , pero lo cierto es que deberemos esperar al segundo tercio del siglo XVII para contemplar un desarrollo espectacular de estas actividades, ligadas sobre todo a la emigración de caldereros franceses.

  • En la partida de Fuente del Barreno de Daroca y en el término de Murero se han conservado abundantes fragmentos de escoria de cobre junto a unos posibles hornos de fundición muy arcaicos. Con estos restos no es posible dar una cronología exacta de la explotación, oscilando desde la antigüedad hasta tiempos más o menos recientes.
  • En Fombuena encontramos varias minas de calcopirita que pudieron ser explotadas desde tiempos muy remotos.
  • En Luco de Jiloca encontramos una mina de sulfuros de junto a la Rambla de Cuencabuena. Si nos atenemos a las noticias publicadas por la Gaceta de Zaragoza, este yacimiento fue descubierto en el año 1779 por Bernardo Bordás, aunque la mina, en esa fecha, ya debía llevar varias décadas abierta. Desde 1729, y quizás antes, funcionaba en Luco un martinete de cobre que con toda certeza se abastecía en estas minas . Algo parecido se podría decir de la mina que encontramos en el barranco del Masegar de Burbáguena. Se desconoce completamente su cronología y las personas que la beneficiaron, pero tenemos constatada la presencia de algunos caldereros residiendo en Báguena y Burbáguena en el año 1690.
  • En la partida de las Menas del término municipal de Calamocha se pueden apreciar varias bocaminas abandonadas. La explotación de estas vetas no requería grandes inversiones al situarse los sulfuros de cobre cerca de la superficie. La existencia de abundantes artesanos caldereros en esta localidad en el segundo tercio del siglo XVII y la construcción de dos martinetes a finales de esa centuria puede darnos certeras pistas sobre su cronología. Durante el siglo XVIII estas minas de cobre eran consideradas como unas de las más importantes de Aragón. Para su beneficio tenían que superar algunos problemas, sobre todo los relacionados con la filtración de aguas y la anegación de las galerías, lo que hacía temer por sus posibilidades de explotación regular.

Mineros y caldereros

La minería, la metalurgia y la elaboración de los calderos formaban una sola unidad productiva, por lo que los artesanos debían conocer las técnicas mineras y metalurgias, y viceversa. Los caldereros dedicaban una parte de su tiempo a buscar vetas de cobre, que extraían con unas mínimas herramientas. El diseño de las minas mostraba el completo desorden en que se realizan las labores. Las galerías de las minas del Collado de la Plata, en el corregimiento de Albarracín, destacaban por su diseño irregular, “sin arte ni economía”. La profundidad de las minas estaba condicionada por la rentabilidad de los minerales y por las dificultades de su extracción, crecientes a medida que nos alejamos de la superficie. Además, se encontraban con el problema de la aireación, prácticamente inexistente en los siglos modernos, y que se complicaba cuando se utilizaba el fuego para ablandar el material de los filones. Como norma, no se debieron alcanzar grandes profundidades, apenas cuarenta metros en el mejor de los casos. En el Collado de la Plata, la mina más conocida gracias a los estudios de Antillón, los trabajos más profundos no llegaban a las 20 varas, con la excepción de las venas horizontales, donde se podía perforar hasta las 30 varas.

Hasta bien entrado el siglo XVII, el mineral obtenido era fundido muy cerca de la mina, en pequeños hornos que se construían en las laderas de las montañas, aprovechando la cercanía del mineral y del combustible, orientándolos de tal modo que utilizaban las corrientes de aire para animar el fuego de la fragua. Los restos de los hornos y escorias encontrados en las localidades de Daroca y Murero podrían corresponder a este tipo de fundiciones . Se obtenía una masa metálica pastosa y llena de impurezas. Posteriormente era transportada a los talleres de los artesanos y allí, al calor de una fragua, se martilleaba y se convertía en planchas y objetos manufactureros.

Deberemos esperar al año 1679 para que se construyan las primeras fábricas de arambre en el sur de Aragón. Estas instalaciones permitieron una cierta especialización de las tareas, pero no sirvieron en estos primeros años para cambiar unos métodos de trabajo muy arraigados en el paso de los siglos. Las fábricas no actuaban por su cuenta, ni planificaban de forma autónoma su funcionamiento. Se limitaban a ofertar lo que demandaba el sector de los artesanos. Muchos caldereros siguieron trabajando de mineros y llevaban “su cobre” a los martinetes para que lo fundieran, pagando una especie de maquila por este trabajo. Los martinetes también solían aceptar los calderos viejos o deteriorados que les traían, quedándose con una parte del metal reciclado . Como las fábricas de cobre no trabajaban todo el año, en los meses que estuvieran paradas los propios operarios de las instalaciones se encargarían de ir a las montañas para abastecerse de mineral o lo adquirían a otras personas. Este cobre, unido al que cobraban con la maquila, era vendido directamente a otros caldereros que no participaban en las tareas de extracción del mineral.

El sector de los menestrales siguió controlando todo el proceso de extracción y elaboración del cobre, y recurría a los martinetes para adelantar ciertas tareas o mejorar su productividad. El trabajo de las fábricas dependía estrechamente de las actividades de los caldereros. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas iniciativas permitieron cierta especialización. Desde finales del XVII podemos encontrar varias categorías profesionales, distinguiendo entre los “caldereros fundidores” o “martineires” que trabajan con el mineral para obtener planchas, los “caldereros batidores” que a partir de esas planchas elaboraban los calderos, y los “caldereros estañadores” que se dedicaban a marchar pueblo por pueblo reparando los calderos viejos y estañando el interior. Como los caldereros se agrupaban en compañías, tal y como analizaremos posteriormente, no sería extraño que dentro de cada una se especializaran las funciones, dedicándose los más expertos a las tareas de fundición y los más jóvenes a la distribución y venta.

Dados estos sistemas de trabajo, no podemos pensar en la existencia de labradores-mineros que alternaban sus faenas en el campo con la explotación de las minas, tan frecuentes en otras zonas de España . La minería y metalurgia del Sistema Ibérico, tanto del cobre como de otros metales, estaba completamente desligada del resto de las actividades productivas que realizaban los naturales del reino, especialmente de la agricultura y la ganadería. La extracción y fundición del mineral quedaba reservada a un pequeño grupo de técnicos y operarios con experiencia en la materia.