Feria de Calamocha

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Expocalamocha

Desde hace unos años Calamocha se ha consolidado como centro ferial, destacando Expo-Calamocha, Feria General de Industria, Agricultura y Comercio, que se celebra del 29 de octubre al 1 de noviembre; Sanja, Salón Internacional del Jamón, del 23 al 25 de mayo; Araporc, Feria Aragonesa del Porcino, el último fin de semana de marzo, y Ferimax, Feria de Material Auxiliar para Hostelería, a finales de noviembre, estas dos últimas de carácter bienal.

Las ferias oficiales del reino de Aragón surgían por una serie de privilegios concedidos por los reyes a determinadas localidades. En este sentido, no podemos hablar correctamente de “ferias” para el caso de Calamocha, ya que en ningún momento le fue otorgada a esta localidad la merced real necesaria. Sin embargo, la falta de autorización no fue inconveniente para que, desde mediados del siglo XVIII, empezaran a celebrarse una serie de “reuniones comerciales” que atraían a mercaderes y clientes de lugares lejanos.


Historia de las ferias de Calamocha

La existencia de una feria o mercado no exigía que la localidad tuviera una infraestructura comercial adecuada. Bastaba con que el lugar estuviera en un sitio geográficamente adecuado, cerca de una vía de comunicación transitada. Tampoco era necesario que la feria se desarrollase en una ciudad, aunque el tamaño del municipio era importante ya que una feria exigía cierto alojamiento tanto para los expositores como para algunos visitantes que deciden pernoctar en la localidad. Finalmente, el reconocimiento oficial podía facilitar la consolidación de una feria, pero tampoco era factor imprescindible. Como suele suceder habitualmente, el hecho siempre precede al derecho, y el reconocimiento oficial de una feria suele ser el resultado de un proceso económico que lleva ya varios años en funcionamiento. Se empieza por atraer a los mercaderes y a las gentes de la contornada, se apuesta por consolidar el evento y, finalmente, se busca la confirmación real al hecho.

La siembra, la siega y la vendimia eran unas tareas agrícolas que necesitaban abundante mano de obra. La concentración de gentes en determinados lugares fue aprovechada por los municipios para crear una especie de “ferias paralelas” a las oficiales, espontáneas en su origen, pero después canalizadas por las autoridades y por determinados mercaderes para consolidar la influencia en determinados mercados. Tenemos ejemplos de estas “ferias paralelas” desde la época medieval. En el siglo XIV el Concejo de Daroca elevó una protesta ante las autoridades reales denunciando la existencia de algunas ferias espontáneas que hacían la competencia a las oficiales que se celebraban en esta ciudad, debilitando la afluencia de visitantes. El justicia y jurados darocenses exigieron la prohibición de las “ferias paralelas”, a lo que se opusieron los oficiales de la comunidad de aldeas. El Concejo de Daroca fracasa en este intento de monopolizar la actividad ferial ya que el rey, en el año 1357, les desautoriza a impedir las concentraciones comerciales fuera de las fechas oficiales .

Al carecer del reconocimiento oficial, tanto por parte de la autoridad real como de los respectivos concejos, estas “ferias” apenas han dejado documentación histórica que permita constatar el hecho. En el caso específico de Calamocha, se ha podido constatar la existencia de un transito comercial de animales de labor muy apreciable gracias a las escrituras de compraventa que se conservan en los protocolos notariales de la localidad. La información de estas fuentes documentales es muy limitada, y no contesta a todos los interrogantes que nos hubiera gustado plantearles, pero si puede ayudarnos a comprender la génesis de un acontecimiento que, ya en la segunda mitad del siglo XIX, se consolidará en una de las ferias ganaderas más importantes del sur de Aragón, y que ha conseguido mantener su tradición hasta nuestros días.


Ferias de mulas

Empecemos por las primeras manifestaciones. Sin que existan precedentes apreciables, a partir del año 1750 se constata en Calamocha una abundante presencia de ventas a plazos de mulas y caballerías, firmadas por diferentes mercaderes y por compradores procedentes de un área geográfica muy amplia. Esta lista se prolonga en los años siguientes. En la tabla nº 1 se han incluido el total de las escrituras conservadas en los protocolos, clasificadas por años. Para mediados del siglo XVIII poseemos datos de los años 1750 y 1753, abriéndose con posterioridad a estas fechas una enorme laguna hasta el año 1775, con el que comienzan nuevamente las compraventas de animales de labor, prolongándose de forma regular hasta 1783, fecha en la que vuelven a desaparecer .

La serie documental de los notarios de Calamocha se encuentra completa para toda la mitad del siglo XVIII, por lo que podemos suponer que los vacíos que se aprecian en determinados años son debidos a la suspensión de las actividades, aunque también podrían deberse a una deficiencia de la fuente documental o a un cambio en las costumbres mercantiles. Acudir al notario para firmar la compraventa de una mula daba ciertas garantías para el cumplimiento de las condiciones en ellas reseñadas, pero tenía sus gastos, empezando por los propios del notario y del papel timbrado. En ocasiones se preferirá la firma de un contrato privado que no reporta gastos, aunque ofrece menos garantías procesales.

Compraventas de animales de labor detalladas mediante escritura pública Año Mulas vendidas 1750 7 1753 2 1775 26 1776 1 1778 30 1779 13 1780 23 1781 11 1783 4 Total 116

En total, aparecen registradas las ventas de 116 mulas a lo largo de 9 años alternativos. Si tenemos en cuenta que todas estas escrituras registran actos de venta a plazos, podemos suponer que el total de animales que cambiaban de manos sería una cantidad muy superior a la conservada, ya que desconocemos las ventas efectuadas al contado. Si a estas añadimos las compraventas realizadas mediante escritura privada, el total todavía sería mayor, aunque en ningún caso igualaría el nivel de intercambios que se estaban produciendo por estas fechas en otras localidades de Aragón con ferias más consolidadas. La presencia de los tratantes de ganado en Calamocha es muy espontánea e irregular, concentrándose en algunos años y diluyéndose en otros. De la tabla nº 1 se pueden destacar las 26 ventas realizadas en 1775, las 30 de 1778 y las 23 de 1780. Los mínimos se alcanzaría en 1776, con una única venta registrada, o las dos que recogen los protocolos notariales de 1753. Como vemos, no se aprecia una continuidad, con la excepción del período 1778-1781, cuatro años en los que las ventas se estabilizan.

De los protocolos notariales podemos sacar otros datos muy interesantes, como son las fechas en que se firman las escrituras de compraventa. Como se aprecia en la tabla nº 2, la mayor parte de las ventas se producen en los meses de marzo y abril, exactamente el 74 por ciento, quedando el resto difuminado a lo largo del resto del año.

Compraventa de animales de labor por meses Mes Mulas vendidas Enero 8 Febrero 0 Marzo 40 Abril 46 Mayo 6 Junio 6 Julio 0 Agosto 0 Septiembre 1 Octubre 0 Noviembre 11 Diciembre 9 Total 116

La concentración de ventas en la primavera, aunque es muy significativa, no es explicable por la existencia de una “feria” anunciada de antemano, con todo el protocolo publicitario que llevan para convocar a los potenciales clientes. Dos meses son mucho tiempo para cualquier evento comercial, y ya hemos destacado como las ferias de Daroca o las de Monreal del Campo oscilaban entre los 15 y 30 días. La abrumadora presencia de ventas en primavera sería debido a la propia dinámica de las actividades agrícolas. Había pasado el invierno y llegaba el momento de la siembra, con todo un proceso de arar, sembrar y enterrar las semillas en los que era necesario el uso de caballerías. Si la cosecha anterior había sido buena, y no se preveían problemas para la presente, los campesinos podían plantearse la posibilidad de adquirir o sustituir a sus animales de labor, desplazándose a aquellos lugares en los que pudieran tener una buena oferta de mulos. Los tratantes actuarían del mismo modo, y llegado estos meses intentarían estar surtidos lo mejor que pudieran para atender a la demanda.

Esta costumbre crearía, con el paso de los años, cierta tradición, y es muy posible que aprovechando la fiesta de San José se realizase algún tipo de oferta más compleja, acercándose durante algunos días a lo que se podría considerar una incipiente “feria” de duración determinada. Sin embargo, esto no impediría que la actividad siguiese realizándose con anterioridad y con posterioridad a estas fechas, desde los propios establecimientos comerciales de Calamocha. Esta tradición se mantendrá a lo largo de muchos años. A partir de mediados del siglo XIX, cuando se consigan “oficializar” definitivamente las ferias de Calamocha, obteniendo el correspondiente permiso de las autoridades, una de ellas quedará convocada para el 25 de marzo, anunciándose otras ferias para finales de junio y finales de octubre. No sabemos el tiempo que duró la feria de marzo. A finales del XIX las tres ferias quedaban unificadas en un único evento a celebrar el 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos. Desde entonces, la principal feria de Calamocha se celebrará a principios de este mes de noviembre. La práctica inexistencia de ventas en los meses estivales vendría explicada, del mismo modo, por la propia dinámica de la agricultura. En estos meses se cosechaban los cereales, se recogía la paja y se almacenaban los granos a la espera de su trilla. Estas actividades exigían mucha mano de obra, pero poca caballería, con la excepción del acarreo de las mieses. Si había necesidad de cambiar los animales o comprar otros nuevos, no tenían ninguna prisa, pudiendo esperar hasta la llegada del invierno.

Otro factor que explicaría la concentración de las ventas en los meses de febrero y marzo sería la propia dinámica mercantil de los tratantes. Como señala Nuria Sales, los meses invernales eran la época aprovechada por los tratantes para adquirir las mulas en las montañas pirenaicas, y una vez adquiridas descendían a los somontanos aragoneses y catalanes para venderlas . Posiblemente, la concurrencia de tratantes a Calamocha desde principios de febrero se enmarcaría en una de las rutas que seguían los vendedores una vez adquirido el producto.

Finalmente, destacar como la continuación de las ventas durante todo el año nos indica una cierta complejidad en el sistema de distribución de los animales. Los muleros itinerantes concentrarían sus ventas en unas fechas determinadas, para a continuación seguir su ruta tradicional. El resto de las ventas constatadas a lo largo del año las realizarían algunos vecinos de Calamocha que, continuando la labor de los tratantes, atenderían las demandas de animales de labor a medida que se las solicitaban. Siendo así, nos encontraríamos unas relaciones comerciales en las que no sólo intervienen los mercaderes itinerantes, sino que éstos cuentan con apoyos en la localidad para distribuir la mercancía. Estos vecinos que participaban en el proceso mercantil podían ser simples intermediarios que adquirían algunas mulas para después venderlas o, tal vez, tratarse de “factores” que ejercían de vendedores en nombre de los mercaderes forasteros.


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