Fiestas patronales de Cucalón

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Las fiestas de verano de Cucalón estaban dedicadas a Santiago Apóstol y Santa Ana, 25 y 26 de julio respectivamente, coincidían con la época de la recolección de la cosecha y por tanto del trabajo más fatigoso del año.

Santiago Apóstol, llamado el Mayor para distinguirlo de Santiago Alfeo, es el Patrón de Cucalón y la iglesia estaba erigida bajo su advocación. Dice la leyenda que viajó a España y en Zaragoza se le apareció la Virgen en carne mortal. A su vuelta a Judea fue decapitado por orden de Herodes Agripa, pero sus discípulos trasladaron el cadáver a España, en una barca que atracó en Iria Flavia (Padrón) y enterrado en lo que posteriormente se llamaría Compostela. También conocido como Santiago "Matamoros", posteriormente sería declarado Patrón de España.

Santa Ana, nació en Belén, de la tribu de Judá. Casada con Joaquín vivieron muchos años sin tener descendencia y creyeron que su esterilidad era una maldición de Dios. Juntos en oración prometieron que si tenían un hijo lo consagrarían al templo. Al nacer la Virgen se trasladaron a Jerusalén para cumplir la promesa y a la vez estar cerca de su hija. A la muerte del esposo, Ana dedicó el resto de su vida al retiro y la oración, muriendo a la edad de setenta y nueve años.

Aún tratándose de las Fiestas Mayores del pueblo, por los motivos de trabajo indicados, no se les podía dedicar el tiempo que requerían, ni tampoco se podían alargar más días de los previstos. A pesar de todo y con el fin de que las fiestas tuviesen su celebración, en cada uno de los dos días se madrugaba lo suficiente como para entre los dos, hacer al menos el trabajo de uno. A esto se le llamaba "hacer la mañanada".

En el aspecto religioso no podía faltar la misa solemne, a la que acudía un buen predicador, al final de la cual se desarrollaba la procesión por el pueblo con las imágenes de los Santos. La misa del día 26 se hacía en la hermosa ermita de Santa Ana, una de las más bellas de la Diócesis. Como está situada a unos cien metros del casco urbano, la procesión era más larga y el esplendor de la fiesta el mismo que la del día anterior.

Una parte bastante emocionante de la celebración era el canto de tercia. Para ello se desplazaba el cura con los monaguillos desde el altar, formando una pequeña procesión, subiendo hasta el coro, donde esperaban los cantores. Yo lo recuerdo como participante, con gran nostalgia y emoción

A pesar de la obligatoriedad que imponía el trabajo, no podía faltar el jolgorio durante al menos estos dos días, durante los cuales se desplazaba el gaitero de Lanzuela, que junto a su hijo, amenizaban con su música estos festejos veraniegos. E incluso en alguna ocasión, dependiendo de su ruta itinerante, venía la Compañía de "Arturo", los comediantes que ya hemos comentado en “Los trabajos y los oficios” de los ambulantes.

Actualmente, como los trabajos ya no requieren la dedicación plena, como en el pasado y el pueblo estar pleno de gente de vacaciones, son estos festejos veraniegos los más populares, con lo cual se ha vuelto a recuperar esta celebración como la Fiesta Mayor, que fue en el principio.

En cualquiera de ambas fiestas, podía repartirse durante la celebración de la misa el "pan bendito", en el supuesto de que alguna familia había hecho la promesa de darlo, como cumplimiento a la consumación de algún bien recibido durante el año. Este "pan bendito" consistía en pequeños trozos de bizcocho, que previamente habían sido bendecidos por el cura y que las jóvenes de la casa donante ofrecían a los asistentes a la ceremonia, pasando entre los asientos. Lo transportaban en cestillas de mimbre bellamente engalanadas con blancos lienzos rebordeados de hermosas puntillas que colgaban a su alrededor. Cada persona ofrecida, tomaba con total corrección tres o cuatro de estos pequeños trozos de bizcocho que depositaba en la palma de la otra mano. Algunos se los comían a continuación. Otros, por parecerles más delicado o profanación del lugar, lo guardaban para comerlo a la salida.

Bibliografía