Molino alto (Cucalón)
Molino harinero de cubo, con una gran caída de unos 8 metros de profundidad., situado en la localidad de Cucalón. Presenta una balsa realizada en sillería y unida por argamasa. El cubo se encuentra albergado en una construcción cuadrangular, estando tallado en la roca en su parte inferior. La edificación destinada a molino y vivienda se conserva en estado ruinoso, habiendo perdido la cubierta y las solerías, quedando completamente anegada por la maleza. Es citado por Madoz.
El molinero y su trabajo
Rafael Montal Montesa, hablando de los molinos y molineros de Aragón, nos narra lo que le transmite nuestro convecino Joaquín López Crespo, quien fue molinero de Cucalón a lo largo de dos décadas. En la página 113, dice literalmente:
"Conociendo de cerca un molino y un horno.- Un día moliendo en Cucalón.
De la misma manera que el refrán dice “agua pasada no mueve molino” tampoco épocas lejanas pueden volver a cobrar vida real, pero sí recordar escenas junto a uno de los últimos molineros de Cucalón (Teruel) un día cualquiera moliendo trigo.
Mucho se conoce sobre los molinos de agua pero no tanto de los entresijos de la profesión y de cómo poner en funcionamiento las herramientas de trabajo más fundamentales como son las piedras de moler.
Joaquín López Crespo, artesano ejemplar de la molinería desde 1940, cuando Cucalón contaba con más de 170 familias, hasta 1960, ha sido mi contertulio para ir descubriendo algo más que la pura técnica, ahondando en pequeñas cosas no relatadas en publicaciones por entender ser menos interesantes para el lector.
La realidad es que conversar con Joaquín, hijo de otros famosos molineros de Teruel y provincia, la familia López Royo, no ha sido difícil; desde principio a fin la amabilidad y las ganas de complacer han estado presentes conociendo a través de sus frases elocuentes muchos secretos para mí desconocidos.
Un día normal de los comprendidos entre los meses de Diciembre a Marzo, me aclara Joaquín, era de un trabajo continuo, durante las 24 horas del día no se descansaba, ya que los caudales de agua eran lo suficientemente importantes para no dejar de moler. El trabajo se hacía distinto el resto del año, donde generalmente solo se molía de 6 a 8 de la mañana y de 6 a 8 de la tarde, tiempo que duraba el vaciado de las balsas de agua.
El molino situado en las afueras del pueblo, lo regentaban los miembros de una misma familia en régimen de alquiler, satisfaciendo la cantidad de 300 pesetas en los años cuarenta. El número de clientes que visitaban el molino era de 20 personas aproximadamente cobrando el molinero por realizar el trabajo de moler bien cuatro kilos de grano por saco de 70 Kg o cuatro pesetas por saco, fórmula comercial menos frecuente.
Mi desconocimiento me llevó a preguntarle que cuántas clases de grano podían triturarse en un molino, a lo que rápidamente me contestó que él había llegado a moler más de diez clases distintas. Una a una fue describiéndomelas como a continuación quedan reflejadas:
Trigo: para elaborar pan. Garbanzos: para alimento de personas. Maiz blanco: para cocinar las gachas. Centeno: para alimento de personas y cerdos. Almorta: para alimento de personas y cerdos. Avena: para alimento de cerdos. Cebada para alimento de cerdos Guijones: para alimento de cerdos. Yeros: para alimento de ganado vacuno. Braza: para alimento de ganado vacuno. Lenteja negra: para alimento de ganado vacuno.
Un alto en el camino sirvió a Joaquín para reflexionar y seguir explicándome que cada dos horas de molienda se conseguía aproximadamente 350 Kg. de harina, que en el caso del trigo seguidamente había que cernerlo.
Pero si un trabajo, puntualiza Joaquín, tenía gran importancia era el cuidado de las piedras, siempre tenían que estar bien 'picadas'; estando 'vivas' el trabajo se hacía más fácil y la molienda proporcionaba mejores resultados. Dos piedras constituían la, nunca mejor dicho, piedra filosofal de un molino, una la inferior situada encima de la bancada llamada 'bajera' o 'solera' y la superior 'volandera', ambas con un diámetro de 1,3 metros y un grosor de 40 centímetros. Estas piedras divididas en 16 partes proporcionales procedían de Francia, país que había alcanzado la supremacía por la calidad que dotaba a las piedras de molinería. Cada piedra estaba formada de tres partes iguales unidas entre sí por una disolución de azufre, composición que facilitaba un pegamento muy fuerte y seguro. Su parte exterior se la conocía por el nombre de 'moliente', la intermedia 'pecho' y la interior 'entrepecho'.
Para desplazar la piedra 'voladora', con un peso de 1000 Kg, y proceder a su limpieza se servía de una grúa rudimentaria pero eficaz llamada 'cabria' ayudada de unas piezas metálicas en forma de medias lunas, a la que no le suponía ningún esfuerzo el darle la vuelta.
El acto más fundamental antes de comenzar la molienda, como anteriormente se ha descrito, consistía en tener bien picada la piedra, de aquí dependía realizar un trabajo más cómodo, obteniéndose al mismo tiempo resultados más beneficiosos tanto para el cliente como para el molinero; el primero recibía una harina tan bien molida que rebosaba de sus sacas y el molinero, por su parte, rentabilizaba más su negocio.
El trigo de mejor calidad, que no era muy abundante en la provincia de Teruel, cuando lo llevaba a moler el astuto molinero y no pícaro solía mezclarlo con 5 litros de agua por cada saco, dejándolo en reposo por un período de dos días, a este proceso se le llama 'rosarlo'. En el momento de la trituración con esta pequeña, pero gran habilidad, se conseguía una harina de primerísima calidad, su esponjosidad llenaba de satisfacción al cliente mientras el molinero, sin considerarse un pequeño pecador, se hacía con cinco kilos de grano de más sin perjudicar al fiel consumidor.
El proceso de picar la piedra estaba rodeado de todo un minucioso ritual, se comenzaba por extender una maceta provista de una cuchilla llamada 'piqueta', picarla dejando los dibujos de la piedra en canto vivo y lo más profundos posible. Para el pecho y entrepecho se volvía a repetir el mismo trabajo con la diferencia de utilizar reglas de menores dimensiones, picándolas con un pico de molinería.
En los meses de más trabajo cuando el molino no descansaba durante las 24 horas del día, precisa Joaquín, que por lo menos cada seis días tenían que picarse sus piedras para que todo funcionara a la perfección, en períodos normales sólo era necesario cada quince días.
Un fuerte abrazo fue el emblema de nuestra despedida, Joaquín me confesó sentirse orgulloso de haberme podido complacer, yo por mi parte me sentía dichoso por haber tenido la oportunidad de conocer un poquito más sobre un tema tan apasionante".
Bibliografía
- Rafael Montal Montesa, El pan y su influencia en Aragón, Cuadernos de Aragón, número 24, Zaragoza, 1997, pp. 93-196.
MADOZ, Pascual (1986): Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Aragón : Teruel. Zaragoza, Ambito Ediciones : Diputación General de Aragón.