Restauración

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Tras el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto en diciembre de 1874 se ponía fin al Sexenio Revolucionario y se abría en España una nueva etapa histórica conocida como La Restauración. La Corona volvió a la dinastía de los Borbones, en la persona de Alfonso XII, y el sistema político quedó regulado mediante la nueva Constitución de 1876.

Las clases dirigentes del país intentaban dar cierta estabilidad a la sociedad, evitando todo conato revolucionario. Para ello, la Constitución de 1876 determinaba que el monarca poseía la facultad de nombrar y separar libremente a los ministros. En la práctica, esta disposición significaba la inversión del procedimiento democrático, puesto que no eran los electores quienes elegían el color del gobierno sino que lo decidía el rey. Se impuso de este modo la alternancia perfecta en el gobierno entre liberales y conservadores, mostrando la Corona una tremenda habilidad en llamar al partido de oposición cuando el que se encontraba en el poder mostraba síntomas de debilidad.

En el valle del Jiloca, la buena coyuntura económica del siglo XIX continuó en el siglo XX con la inauguración del ferrocarril Valencia-Calatayud, que articulaba todo el valle del Jiloca, y que fue un hito más en el desarrollo agrícola y comercial que propició el establecimiento de pequeñas fábricas y prósperos comercios.

El sistema electoral estaba completamente amañado desde las esferas del poder. Una vez en el gobierno, el partido elegido por el rey no tenía ningún problema en fabricarse unas Cortes a su medida, que funcionaban mientras la mayoría gubernamental se mantenía fuerte y unida. Desde el Ministerio de la Gobernación se nombraban a unos Gobernadores Civiles leales en cada provincia, y estos gobernadores se ponían en contacto con las corporaciones locales y con las personas más influyentes, normalmente los mayores propietarios, para que ejercieran su influencia y se votase a la lista oficial. A cambio se prometían suculentas subvenciones, el perdón de ciertas deudas o la posibilidad de medrar en la carrera política. El régimen adquiría de este modo un carácter “pactista”, con una elecciones fabricadas a medida mediante el consenso de liberales y conservadores, pero en el que también participaban las oligarquías locales, que presionaban constantemente a los partidos para obtener las máximas ventajas personales posibles .

Una parte muy importante del funcionamiento de este sistema pactista recaía en los municipios, ya que era en los pueblos en donde se controlaba el sistema electoral, votando a uno u otro candidato. El papel jugado por los miembros de las corporaciones locales y por los mayores contribuyentes será fundamental, encargándose de convencer a los electores de votar por la persona nombrada desde Madrid. Es la época de los caciques, de la compra de votos y de las subvenciones destinadas a crear redes clientelares. Lógicamente, con este sistema político se quedaban fuera todos los pequeños partidos radicales o republicanos, y también la mayor parte de la población, ya que el censo electoral seguía siendo censitario, limitado a los mayores contribuyentes.

A finales del siglo XIX se cantaba en varios pueblos del valle del Pancrudo una satírica cancioncilla en la que se hacía referencia a los caciques que controlaban la vida local en cada pueblo: “En Lechago manda el Cristo, en Navarrete el Melón, en Calamocha la viuda y en Cutanda el Cabezón”. Con el mote de “El Cristo” era conocido en Lechago el propietario Anastasio Tello. La Viuda de Calamocha era Mª Carmen de la Sala-Valdrés, que estuvo casada con Mariano Sancho Rivera. El “Melón” de Navarrete hacía referencia a una conocida familia de la localidad. El Cabezón de Cutanda era José Anadón.

Los juegos políticos de estos caciques locales eran muy claros. En el caso de “El Melón de Navarrete”, era una familia de clase media que tradicionalmente se había encargado de gestionar los bienes de los Bernad de esta localidad. Trabajaba tierras ajenas y a cambio apoyaba políticamente a sus patrones. Justino Bernad Valenzuela fue candidato al congreso en 1898. Su tío Juan Clemente Bernad Ramírez había sido diputado y gobernador civil. Su padre, Antonio Bernad Ramírez fue diputado provincial. Su hermano Antonio y él mismo habían sido diputados provinciales por el partido judicial de Calamocha . En el caso de “La Viuda” de Calamocha, continuaba las redes clientelares formadas por la familia Rivera a lo largo del siglo XIX. Su tío, Carlos Rivera Julián, diputado en 1881 y candidato en 1884.


Bibliografía