Vegetación antropógena

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La secular actividad humana ha sustituido los bosques y matorrales por cultivos en los que cubrir las necesidades alimenticias humanas y las de sus animales domésticos. Pueden considerarse como unos ecosistemas monoespecíficos muy productivos y que funcionan con la regular intervención del agricultor, el cual aporta materia (agua, abonos) y energía (laboreos).

En los secanos predominan los cultivos de cereal. Amplios campos de labríos o mieses, según el ciclo agrícola, se extienden por las planicies y lomas en los que se produce, sobre todo, cebada y en menor proporción trigo, centeno o avena. El girasol entra también en la rotación de cultivos, junto con algunas leguminosas como la veza o el pipirigallo. Las viñas, antaño muy abundantes, se han mantenido en las zonas de mayor producción y calidad, es decir, en las laderas del tramo bajo del Jiloca. A lo largo de todos estos medios consigue desarrollarse una comunidad de plantas oportunistas propias de suelos removidos y con ciclo vegetativo muy corto. Esta flora arvense, que contiene una amplia gama de especies de diverso ámbito biogeográfico y sostiene una comunidad faunística de carácter estepario.

Un patrimonio natural que se encuentra amenazado es el conjunto de árboles (carrascas y rebollos) que han permanecido en las lindes de los campos de secano que se encuentran próximas a los montes. Estos setos, pequeñas arboledas o árboles aislados ofrecen el hábitat a especies de plantas y animales, algunas escasas y valiosas, favoreciendo la biodiversidad de los campos, protegen de la erosión mejorando su fertilidad y enriquecen notablemente el paisaje. Las obras de concentración parcelaria suelen arrasar con este patrimonio al no ser considerados como valores naturales.

En los regadíos, que ocupan una extensión muy inferior, se cultiva trigo, maíz, patatas y alfalfa. También alberga sus propias especies, mucho más desarrolladas y exigentes en humedad.

Las zonas por las que transita o donde se concentran animales domésticos, como son las orillas de los caminos, los corrales y el entorno de los pueblos, albergan una flora especializada compuesta por plantas nitrófilas, esto es, capaces de tolerar las concentraciones de amonio procedentes de los excrementos del ganado o los restos humanos, así como el regular pisoteo.