Campana

De Xilocapedia
(Redirigido desde «Campanero»)
Saltar a: navegación, buscar

El campanario, o mejor dicho, las campanas, han sido a lo largo de los siglos el mejor referente informativo de nuestras gentes. Sus toques fueron siempre información instantánea sobre los acontecimientos más relevantes de la comunidad, a la vez que convocatoria popular en necesarias intervenciones que requieren de los servicios de todos los miembros de la misma. Han anunciado fiestas, nacimientos, romerías, y también defunciones, incendios o guerras. Sus sonidos nos han acompañado a lo largo de todo el día. Sin necesidad de reloj las campanas nos indicaban la hora con sus llamadas a unos servicios religiosos hoy reducidos a la mínima expresión. Bien es cierto que en la mayoría de los pueblos el campanario forma parte de la iglesia, pero su función trasciende más allá de lo religioso. Su integración es tal que no hay acontecimiento que se precie que no sea celebrado con un sonoro bandear de campanas.

Las campanas asumían un gran papel en la vida social, por eso la mayor parte de las campanas tenían nombre propio, grabado mediante una inscripción. El sitio más habitual en el que encontramos las inscripciones en las campanas es el tercio y el medio. El tercio para indicar el nombre de la campana y el medio para algún relieve, el nombre del fundidor o inscripción conmemorativa de la misma.

La fundición de campanas

Aunque algunas campanas primitivas se hicieron remachando simplemente planchas metálicas o batiendo metal hasta darle forma, pronto se generalizó la fundición, procedimiento seguido también en la fabricación moderna.

En general, la forma más idónea y preferida es la de copa y el mejor material una aleación de cobre y estaño, ya que las campanas han de poseer volumen y riqueza de tono. La proporción, de tres a cuatro partes de cobre por una de estaño. Cuanto más delgada sea una campana en proporción a su tamaño, tanto más bajo será su sonido. La parte más gruesa es el borde, lugar donde se golpea.

El arte de fundir campanas no ha experimentado apenas variaciones desde los tiempos medievales. Las campanas se funden sobre un molde atenido a su forma, cubierto por otro mayor. El metal líquido se vierte por una abertura situada en la parte superior hasta que el espacio entre ambos moldes quede lleno. Una vez enfriado el líquido, la campana se separa de ellos, se desbasta y se pule. Si ha de tener un tono determinado se coloca en un torno de metal en los lugares necesarios para que se eleve o descienda el tono.

Se conocen varios fundidores y talleres de fundición que trabajaron para las iglesias del valle del Jiloca, pudiendo destacar a los siguientes:

Campaneros y los toques de campana

Se designa campanero a la persona que tiene por oficio o a su cargo el tocar las campanas, que convocaban al pueblo y anunciaban grandes acontecimientos. Aunque, al considerar las campanas como vasos sagrados, durante algún tiempo este oficio lo desempeñaba el sacerdote. Así, en la Edad Media, se denominaba sacristán al canónigo responsable de la sacristía y de los toques de campana. Será el paso del tiempo y la variación en las costumbres religiosas, lo que avocará a un menor uso de las campanas y a que el sacristán no requiera de formación religiosa.

La importancia de las campanas adquiere su máxima expresión en el campo, donde, hasta hace no tantos años, se organizaba la jornada en función de sus toques. Hoy en día pocas son las veces que podemos escucharlas en nuestros pueblos, algo sin duda como consecuencia de la despoblación, y como no, por la falta de vocaciones religiosas que originan una reducción de servicios en su mínima expresión.

Los toques campaniles dependen del número de campanas que posea la torre. Lo habitual era contar con tres tipos de campanas: Gorda, Mediana y Campano, alternando en los repiques los tañidos de las más próximas en tamaño.

Las distintas modalidades de toques que se recuerdan en el valle del Jiloca son los siguientes:

  • Ordinario. El que se realiza en las misas y otros actos religiosos normales. Son tres toques de una treintena de tañidos cada uno con la campana Mediana, seguidos tras una corta pausa de la indicación del número del toque, primero, segundo o tercero, que respectivamente se hacía 30, 15 minutos e inmediatamente antes del acto religioso. Al final se indicaba el número del toque con uno, dos o tres toques sencillos de la misma campana.
  • Bandeo Normal.- Se llevaba a cabo en la misa mayor de los domingos y otras fiestas no especiales del santoral, volteando las campanas Gorda y Mediana. El campanero podía hacerlo solo o buscando algún familiar o amigo que lo ayudase.
  • Bandeo General.- En las grandes festividades se hacían voltear las tres campanas, para lo que ineludiblemente se necesitaban dos o tres personas si se quería hacer bien. El campanero era el que marcaba el ritmo del volteo para que se sincronizasen bien las distintas notas de las campanas. Durante las procesiones tocaban sin parar todo el tiempo que duraban, pero con picardía apretaban el ritmo a la salida o al regreso de la procesión, mientras que el resto aflojaban ostensiblemente.
  • Anuncio de defunción.- Es uno de los toques más originales, y en el que nuestra abuela Paca era una experta a la hora de descifrar el mensaje de las campanas. Se efectuaba en el mismo momento que se comunicaba al párroco la muerte de cualquier vecino, quien por medio de este toque difundía la noticia por todo el pueblo. El ritmo de los toques es idéntico al que veremos para el entierro, pero en la localidad de Calamocha, el número de los mismos, que apenas estaban separados en el tiempo por unos pocos minutos, servía para diferenciar el sexo y la edad del difunto según esta sencilla clasificación: Mujer: Dos toques de la Gorda; Niña: Dos toque del Campano; Hombre: Tres toques de la Gorda; Niño: Tres toques del Campano.
  • Entierro. En todos entierros se hacían los tres toques correspondientes, marcados por el tañido final que indicaba su número, coincidiendo el tercero con la salida del cadáver hacia la iglesia. Asimismo el sacerdote se acercaba siempre a la casa del difunto para acompañarlo hasta la parroquia.
  • Mortajuelo. Correspondía indistintamente a los niños o niñas que fallecían, se hacía con el Campano tocando sucesiva e ininterrumpidamente, pues no había ninguna alternancia en la secuencia universal de difuntos con la Mediana.
  • Noche de Ánimas. Noche singular en algunas localidades como, por ejemplo, Calamocha. En pleno invierno ya, sobre las ocho o las nueve de la tarde, que ya es para entonces noche cerrada, se subía arriba el campanero y tocaba de manera constante y sin pausas el toque de difuntos de Segunda pero con mucha mayor lentitud y sosiego. Así hasta las once o las doce de la noche.
  • Para Semana Santa, en localidades como Fonfría, las campanas se sustituían por las matracas y el torno.
  • Fuego o Rebato. Repique seguido y constante de la campana Gorda. Durante la guerra subían algunos jóvenes a vigilar la llegada de posibles aviones enemigos con la intención de bombardear la Villa, y cuando aparecían avisaban al pueblo con el mismo toque de Fuego.

El sonido de las campanas

El sonido de las campanas apenas ha variado con el paso del tiempo, por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XX. Fueron otros condicionantes más reciente, como el cambio de yugo o badajo los que pueden producirlo.

Los yugos tradicionalmente han sido de madera. Recientemente se están viendo sustituidos por otros de hierro. La misión de los yugos de madera es aislar los sonidos y defender la instalación (torre) de las vibraciones producidas por los movimientos tanto de las campanas como de los badajos. Algo que difícilmente se consigue con los yugos de hierro, aunque los expertos recomiendan que en el caso del cambio necesario de yugo, si no se puede reponer de madera, se cambie por uno recto con los ejes por encima de las asas de la campana, no por uno rebajado, que deja el eje de giro en la mitad de la campana, pues estos últimos resultan cómodos a la hora de bandear las campanas pero son perjudiciales para las mismas, que facilitan su rotura.


Enlaces externos

Bibliografía