Mateo de Gilbert, Miguel

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Según su apresurada hoja de servicios, Miguel Mateo de Gilbert era de “edad 52 años, su país Muel (Aragón), su calidad noble, su salud buena”, si bien la mayor parte de historiadores que se han ocupado del mismo consideran que nació en Monreal del Campo en 1792. Paje del obispo de Huesca en el inicio de la guerra de la Independencia, el 21 de agosto de 1810 se incorporó al ejército de Aragón. Al caer Zaragoza en manos francesas, las unidades supervivientes quedaron a cargo de oficiales subalternos. Así el 8 y el 10 de septiembre nuestro personaje intervenía con su partida en las inmediaciones de Andorra, en el Bajo Aragón, aniquilando un pequeño destacamento francés y capturando las vituallas que transportaban.

Se suceden las acciones de guerra en las que interviene Mateo de Gilbert en la Sierra de Albarracín, Segorbe y Valencia donde fue apresado al capitular la ciudad en enero de 1812. Permaneció en Francia en diversos depósitos de prisioneros hasta que en febrero de 1814 desertó, y con la ayuda de los cosacos rusos pudo pasar al cantón de Basilea, desde donde por Alemania, Holanda e Inglaterra llegó a La Coruña.

Mientras tanto fue distinguido con diversos nombramientos que culminaron, concluida la guerra, con los vertiginosos ascensos a teniente y capitán en virtud de las prebendas que se concedían a las fuerzas que partían a América a luchar. Sin embargo la alta oficialidad de las fuerzas armadas era copada en exclusiva por la nobleza más selecta, postergando a quienes habían demostrado sus méritos en el campo de batalla quienes, como nuestro personaje, se inclinaron generalmente hacia la ideología liberal.

En estas condiciones la concentración del ejército expedicionario de América en las inmediaciones de Cádiz, facilitará que el 1 de enero de 1820 Rafael Riego proclame formalmente la constitución de 1812. Miguel Mateo de Gilbert junto a otros oficiales harán lo propio en el Batallón de Aragón. El levantamiento militar hubiera fracasado de no haberse alzado a primeros de marzo Zaragoza y otras grandes ciudades, que obligaron a Fernando VII a jurar la constitución.

Difícil lo tuvieron los sucesivos gobiernos liberales que se formaron, entre otras cosas por las partidas realistas que se lanzan al campo sobre todo en Cataluña, a las que se enfrentará el general Espoz y Mina cuyo primer ayudante era entonces, precisamente, nuestro Miguel Mateo de Gilbert, cuyo comportamiento mereció los mayores elogios de su superior:

“Don Miguel Mateo… sirvió a mis órdenes mientras mandé este Ejército y Principado [de Cataluña] en los años de 1822 y 1823, y me siguió a la emigración en el Extranjero, sin embargo de que la suerte militar le hizo concluir aquella campaña en la plaza de Lérida, que en los últimos momentos no podía tener comunicación alguna con la de Barcelona, en que yo capitulé después de más de un mes que el Rey había salido de Cádiz”.

La intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis repondrá en todo su poder a Fernando VII obligando a emigrar a los liberales. Así Mateo de Gilbert seguirá a Mina por diversos lugares de Francia e Inglaterra, donde en 1824 crearon una Junta Revolucionaria. Pese al delicado estado de salud en que se encontraba nuestro personaje, junto a su general y otros cuatrocientos soldados en octubre de 1830 intervino en la desastrosa expedición de Vera de Bidasoa, de la que con grandes fatigas escaparon Mina, Mateo de Gilbert y dos soldados más. Cansado de conspirar, a la muerte de Fernando VII en 1834 Miguel Mateo se presentó a la amnistía. Pasó entonces a desempeñar diversos destinos, de los que fue reclamado por Espoz y Mina, a la sazón Capitán General de Cataluña, quien lo nombró su primer ayudante y secretario de campaña, con la tarea de apagar los primeros levantamientos carlistas en la zona. Destacó sobre todo el de Monreal en la toma del reducto de Santa María dels Horts, por lo que fue nombrado secretario de la Capitanía General de Cataluña.

Todavía intervino en otras acciones de guerra, hasta que en 1837 fue destinado como secretario de la Inspección General de Infantería, retirándose del servicio activo dos años después e instalándose definitivamente en Monreal del Campo, donde seguramente le alcanzó la muerte. Durante su vida militar recibió diversas condecoraciones, aunque tal vez resulten más valiosas las palabras que le dedicó el gran general liberal Espoz y Mina:

“La oja de servicios, que he visto, de este Gefe es un testimonio irrecusable de los muy particulares que constantemente ha prestado a la Patria su independencia y libertad. Su conducta, en todos sentidos puede servir de modelo, y sería de desear fuese imitada, particularmente en el Ejército”.


Bibliografía