Linajes

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Las Casas Solariegas identificaban habitualmente a las élites sociales que ejercían una fuerte influencia sobre cada municipio. Estaban dirigidas por poderosas familias que controlaban una gran parte de los medios de producción de la localidad (tierras, mecanismos crediticios, molinos harineros, etc.), y que perpetuaban su poder a lo largo del tiempo a través de complejos sistemas matrimoniales y hereditarios. La casa, blasonada por complejos escudos, identificaba al linaje mas que al propietario, por ello nos referimos constantemente a la casa de los Ribera en Calamocha, al palacio de los marqueses de Montemuzo en Burbáguena o a la casa de los Mateo de Monreal del Campo, independientemente de los actuales dueños de estos edificios.

La riqueza económica

Las familias que ocupaban las Casas Solariegas destacaban en primer lugar por ser propietarias de extensas tierras de cultivo, localizadas tanto en regadío como en secano. Era precisamente esta acumulación de tierras lo que garantizaba la percepción de las rentas necesarias para el mantenimiento familiar, pero no será su única fuente de ingresos. Durante siglos, habían intentado controlar todos los recursos económicos que se ponían a su alcance, sintiendo especial interés por aquellos medios de transformación agropecuarios que existían en sus localidades: los molinos harineros, los lavaderos de lana, los hornos, etc. Además, ejercerán frecuentemente la función de prestamistas, adelantando dinero y cereales a los Concejos o a particulares.

Las propiedades rústicas

La familia Vicente ha sido durante siglos el mayor propietario rústico de Calamocha, además de poseer otras extensas fincas en diversos pueblos de la Comunidad de Calatayud y Teruel; los Catalán de Ocón tenían un enorme patrimonio distribuido entre las localidades de Monreal y Torrijo; la familia López de Ontanar lo tenía repartido entre la ciudad de Daroca y Calamocha; los Alava hacían lo propio en Luco de Jiloca y los Latorre centraban sus propiedades en Burbáguena.

No se puede hablar en ningún caso de latifundio. Esta nobleza rural poseía mucha tierra pero repartida en múltiples parcelas y localidades, a menudo muy separadas entre sí. El grado de parcelación era alto, aunque se tendió con el paso de los años hacia la creación de grandes explotaciones agrícolas, comprando e intercambiando algunos campos o concentrando sus posesiones en determinadas partidas. Unas veces, la agrupación de varias parcelas de regadío permitió la construcción de una alta tapia de piedra en todo su perímetro, apareciendo de este modo una gran cerrada. En otras ocasiones la explotación agrícola estuvo compuesta de varias parcelas con desiguales calidades, pero organizadas alrededor de una masada o casa de campo. Estas edificaciones eran cedidas juntamente con todas las tierras y servían para ofrecer alojamiento al arrendatario y acoger a los jornaleros en época de recolección. Por su significación histórica, todavía vigente en la memoria colectiva de muchos lugares, podemos destacar las siguientes haciendas:

  • La Huerta Grande era una inmensa propiedad de regadío localizada en Calamocha que pertenecía a los Vicente. Era una gran cerrada que agrupaba varios huertos, frutales y arboledas de olmos y álamos. Ha sido recientemente urbanizada para continuar la expansión del casco urbano.
  • La Cerrada de Sancho era otra hacienda inmensa situado junto al casco urbano de Calamocha. Pertenecía a la familia Ribera. Fue urbanizada en la década de 1970.
  • La Masía del Mas de Luco de Jiloca era de los Alava. Se componía de varias parcelas de regadío e inmensos campos de secanos, organizados alrededor de una masía en donde se alojaban los sirvientes y donde se guardaba el ganado. Durante la Segunda República, ya en manos del marqués de Montemuzo, fue objeto de una ocupación por parte de los colonos.
  • El despoblado de Villacadima, un pueblo situado entre Torrijo y Monreal que fue abandonado durante la Edad Media, pertenecía a los Catalán de Ocón. Poseía varias viviendas, corrales, almacenes e incluso una pequeña ermita.

Las actividades prestamistas

Estas grandes familias, al recaudar anualmente unas rentas cuantiosas procedentes de sus propiedades rústicas, podían participar en los mecanismos crediticios de la localidad, adelantando dinero a los Concejos y a sus convecinos. Los Ayuntamientos fueron durante siglos los principales demandantes de dinero a crédito, ya que era necesario para embarcarse en determinadas obras (construcciones de iglesias, casas consistoriales, acequias, etc.), o simplemente para ayudar a la población en épocas de penurias y carestías. Las grandes familias nobiliarias no tenían ningún inconveniente en prestárselo, firmando la correspondiente escritura de censal. En caso de impago o bancarrota municipal, muy frecuente a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII y sobre todo tras la Guerra de Sucesión, los Ayuntamientos renegociarán sus deudas y enajenarán algunas parcelas rústicas municipales, que irán a incrementar las propiedades de las Casas Solariegas.

Los prestamos efectuados entre particulares tenían más riesgos que los concedidos a los Concejos y, en numerosas ocasiones, quedaron impagados ante la miseria latente del receptor. Ante lo arriesgado de la inversión y la incertidumbre del reintegro se prefirió el método de la comanda, prestando a plazos muy cortos y con unos intereses encubiertos que rozaron la usura. Los vecinos que las tomaban, a menudo con necesidades alimenticias tan imperantes que no admitían dilación, rara vez tuvieron capacidad para negociar las condiciones de las comandas, firmando todo aquello que se les presentaba.

El control de los molinos, lavaderos de lana, etc.

Muchos de estos medios de producción pertenecían antiguamente a los Concejos, pero las guerras y penurias les obligaron a desprenderse de una parte de los bienes municipales, permitiendo que algunos cayeran en manos privadas. En Burbáguena, el molino harinero pertenecía en el siglo XVI a la poderosa familia de los Heredia, reconociendo que lo poseía desde tiempo inmemorial gracias a la "vendición que el Concejo de Burbáguena hizo y otorgo de dicho molino y de sus aguas, usos y costumbres a sus predecesores". A finales del quinientos, el Concejo de Barrachina vende al hidalgo Joan Garcés, vecino de Torrelosnegros, "un molino harinero y heredamiento a el continuo, con todos sus derechos de maquila, aguas, riegos y otros cuales quiere a nosotros y al dicho Concejo pertenecientes" por la cantidad de 96.390 sueldos jaqueses. A finales del siglo XVI funcionaban en Calamocha dos molinos, y los dos estaban en manos privadas, controlados por las familias nobiliarias de los Cuber de Bernabé y Vicente Iñigo. En Torrijo y Monreal del Campo nos encontramos con una situación parecida, puesto que los Catalán de Ocón eran los dueños de estos ingenios.

Existían en esta comarca tres grandes lavaderos de lana situados en los pueblos de El Poyo y Calamocha. Desconocemos el origen del primero, que quizás pudo ser construido por el Concejo, aunque a mediados del siglo XVII estaba ya en manos privadas, propiedad del linaje del Rey. Respecto a los lavaderos de Calamocha, uno pertenecía al mayorazgo de los Vicente Iñigo, mientras que el otro fue edificado en 1640 por el Concejo, para pasar varios años después a manos del linaje López de Ontanar y Ribera. Estas instalaciones vivieron su época dorada durante gran parte del seiscientos, impulsados por una colonia de mercaderes franceses que lavaban todos los años las lanas adquiridas en la sierra de Albarracín y serranías del Jiloca. También encontraremos tres martinetes de cobre en Calamocha y Luco de Jiloca. Unicamente el de Luco de Jiloca escapaba al control de las Casas Solariegas, ya que los otros dos formaban parte del patrimonio familiar de los Garcés de Marcilla y los Ribera.

El papel de la familia

Los préstamos en forma de censal y comanda, el arrendamiento de las tierras, la cesión de molinos o la explotación de los lavaderos de lana y martinetes constituían las principales fuentes de riqueza de las Casas Solariegas. Sin embargo, simplificaríamos mucho la sociedad de los siglos modernos si creyéramos que esta nobleza del valle del Jiloca basaba toda su preeminencia en las actividades puramente económicas. En una época en la que las mentalidades y los comportamientos sociales tenían un valor muy apreciado, y el noble ocupaba por nacimiento un lugar privilegiado en la sociedad, los mecanismos extraeconómicos “o políticos” eran a menudo mucho más importantes para el mantenimiento del "status quo" que la simple relación que establece la propiedad o no de los medios de producción.

La estructura familiar de los grupos privilegiados va a jugar un papel fundamental. El estamento nobiliario solía estructurarse en "famille souche" o familias troncales. Es decir, un único núcleo familiar con un fuerte elemento patriarcal que proporcionaba estabilidad y autoridad, y que al mismo tiempo limitaba la corresidencia y la sucesión. Las Casas Solariegas se caracterizaban por ser núcleos en los que uno de los hijos optaba al matrimonio y seguía residiendo en la casa de sus padres. Este hijo se identificaría normalmente con el varón primogénito (o la mujer en caso de falta de descendencia masculina) y solía desposarse siempre con un cónyuge "apropiado a su condición", seleccionado mediante enlaces pactados. Las bodas rara vez eran libres, siendo lo más habitual que fueran elegidas y pactadas por los padres a través de unas capitulaciones realizadas ante notario, en las que se fijan las dotes, el régimen económico y los bienes aportados por cada parte.

El resto de sus hermanos tenía que abandonar la casa para fundar nuevas familias o bien podían permanecer en ella con la condición de seguir siendo solteros. Todos ellos quedaban excluidos de la herencia, pero recibían a cambio una compensación en forma de sustento vitalicio, dote monetaria o educación. En el siglo XVII, los varones segundones solían ingresar en la administración eclesiástica, mientras que las mujeres optaban por casarse con potentados hombres de la comarca o bien se retiraban a conventos de clausura. La autoridad paterna no era nunca absoluta y algunos hijos pudieron rebelarse contra el destino que tenían reservado, imponiendo su propia elección. Sin embargo, nos encontramos con unas estirpes nobiliarias en donde los padres ejercieron una patria potestad muy fuerte, sobre todo con las mujeres, y controlaban hasta su muerte los bienes que determinarán posteriormente el nivel de vida de sus hijos, lo que les permitía influir en mayor medida en su destino.

Visto con la perspectiva desapasionada del paso del tiempo, no debemos infravalorar el papel que desempeñaron las estructuras familiares en la consolidación del poder de la nobleza. A pesar de ser simples realidades formales de origen civil, respondían perfectamente a la base económica y jurídica que los sustentaba y llegaron a configurarse como uno de los ejes vertebradores de la sociedad del Antiguo Régimen. Si la preeminencia del estamento nobiliario se explicaba ante todo por el control que este grupo ejercía sobre la propiedad de los medios de producción, la política de enlaces matrimoniales pactados, la determinación de la herencia o la elección del oficio de los hijos eran tres solidos fundamentos de naturaleza extraeconómica que, paradójicamente, aportaron la base sobre la que se asentó el poder material de los grupos privilegiados. En la España del Antiguo Régimen, las formas sociales que adoptaba el grupo familiar nobiliario y la base económica que lo sustentaba se mezclaban sin posibilidad de disolución.

El matrimonio

Patrimonio y matrimonio van constantemente de la mano. Si la propiedad inmueble constituía la principal fuente de riqueza de las familias hidalgas, el matrimonio pactado se configura a menudo como el principal medio para originarla. Las capitulaciones matrimoniales son el origen de muchas fortunas. Los Vicente consiguieron acumular un rico patrimonio repartido entre las aldeas de El Pobo, Ibdes, Ariza, Cetina, Teruel, Cuenca y Calamocha gracias exclusivamente a una política matrimonial que tendía a enlazar los linajes y las propiedades. En el año 1558, Pascual Vicente Iñigo se había casado con Ana Hernando de Pasamonte, heredera de un amplio mayorazgo familiar en la Comunidad de Calatayud. Su hijo Gaspar hará lo mismo con Catalina Navarro, otra rica heredera de una extensa hacienda en Calamocha. La familia Alava poseía un extenso patrimonio que procedía a partes más o menos iguales de los cónyuges Juan Jerónimo de Alava, infanzón de Luco de Jiloca, y Engracia Navarro, una rica propietaria calamochina. Pedro de Lobera enlazará en el siglo XV con una vecina de Calamocha de la rica familia de los Ximeno, no hay problema para la boda, con la única condición, como hemos comentado, de que a partir de este momento sus descendientes pasarán a llamarse Ximeno de Lobera, anteponiendo el apellido de la madre al del padre. Quien aporta el dinero al matrimonio fija sus condiciones.

En el siglo XVIII encontraremos como algunas de estas Casas Solariegas se funden con otras, desapareciendo una de las ramas y concentrando todos los bienes y derechos en la otra. Mª Francisca Catalán y Vicente, de Monreal del Campo, heredera de todos los bienes familiares por falta de descendencia masculina, casa en 1799 con Miguel J. Mateo de Gilbert, titular del mayorazgo de los Mateo de esta misma localidad. A partir del enlace, los bienes acumulados por estos dos linajes a lo largo de los siglos se fundirán en un solo patrimonio. Una situación similar encontramos en Luco de Jiloca y Burbáguena, cuando la única hija de Juan Jerónimo de Alava se case con el propietario de la Casa Solariega de los Latorre, uniendo las propiedades de ambos linajes. Prácticamente, todas las Casas Solariegas del valle del Jiloca enlazaron entre sí en un momento u otro de la historia, pero sólo en determinadas circunstancias relacionadas con la falta de descendientes consiguieron fusionar sus patrimonios.

Los mayorazgos

Todas las Casas Solariegas del valle del Jiloca tenían la mayor parte de las propiedades familiares incluidas en un mayorazgo, creado normalmente mediante escritura notarial. El mayorazgo es una institución legal que tiene por objeto perpetuar en la figura del hijo mayor del linaje (o la hija a falta de varones) ciertos bienes rústicos o muebles con la prohibición de enajenarlos o cederlos a terceras personas. Sus titulares podían disponer de la renta que proporcionaban estos bienes vinculados pero en ningún caso podían venderlos, ya que estaban reservados íntegramente para sus sucesivos descendientes. Al ser bienes patrimoniales no se podían embargar por deudas, lo que permitía solicitar constantes préstamos sin riesgo a que los acreedores les privaran de sus propiedades.

El papel de los hijos segundones

La imposición del régimen del mayorazgo reservaba al varón primogénito la práctica totalidad de la hacienda familiar, al mismo tiempo que los matrimonios pactados tendían a enlazarle con otras familias nobiliarias de la comarca. El papel del hijo mayor estaba determinado y su reproducción social garantizada pero, ¿qué sucedía con el resto de los hijos? Los nobles del valle del Jiloca seguían unas costumbres muy arraigadas entre las clases privilegiadas del momento. La nobleza medieval se había inclinado constantemente por las funciones guerreras, ocupando los altos puestos militares. Era esta orientación guerrera la que había dado sentido a su función social y a los privilegios que gozaba. Sin embargo, a partir de finales del siglo XVI y sobre todo durante el seiscientos, los hidalgos cambiarán lentamente las armas por la caza de mercedes y cargos públicos.

Entre los nuevos cometidos destacaba el acceso de los hijos segundones a los altos cargos de la Iglesia, sobre todo los siglos XVI y XVII, unos oficios que permitía en primer lugar salvaguardar la integridad de la herencia al limitar el número de los descendientes, pero que también posibilitaban incrementar los ingresos y diversificar la procedencia de las rentas familiares. Así podemos encontrar a Jerónimo Vicente Navarro de arcediano en la catedral de Albarracín, a Miguel López Vicente, racionero de San Miguel de Daroca, a Jaime Ximeno de Lobera, obispo de Teruel, a Ignacio Latorre Alava, canónigo de la Colegiata de Daroca, etc. Todos ellos unieron a su condición de religiosos el acceso a unas provechosas prebendas con las que podían mantener un alto nivel de vida. Posteriormente, los bienes acumulados por estos eclesiásticos pasarán a incrementar el patrimonio de sus hermanos y sobrinos a través de donaciones, dotes matrimoniales o tras su muerte, ayudando a fortalecer la hacienda familiar. En el siglo XVIII descenderán las vocaciones eclesiásticas y aumentarán los hijos segundones que entran en la administración pública o el ejército. Estaban cambiando los tiempos, y las rentas eclesiásticas eran cada vez menores y, por lo tanto, menos interesantes.

Respecto a la descendencia femenina, la podemos encontrar casándose con ricos hombres de la comarca o buscando cobijo en respetables conventos de clausura. Cuando se optaba por el matrimonio, las bodas de las hijas permitían establecer alianzas entre distintas estirpes nobiliarias y en algunos casos, cuando fallaban los descendientes varones, se conseguía desviar los mayorazgos y configurar grandes patrimonios. La entrada en un convento evitaba el pago de la dote matrimonial, pero no estaba exenta de gastos. La mayor parte de las congregaciones religiosas, incluidas las de Calamocha y Báguena, estaban destinadas a hijas de familias nobles y exigían el desembolso de espléndidos violarios que no estaban al alcance de cualquier humano.

Honorabilidad, función social y riqueza

Las familias que ocupaban las Casas Solariegas del valle del Jiloca, como buenos "hijos de algo", presumía de tener una honorabilidad y un prestigio social que les situaba por encima de sus vecinos. A diferencia de nuestros días, el concepto del honor no dependía de la virtud ética o moral de cada persona. No era en sentido pleno una cualidad personal y subjetiva. Aparece definida como una condición social, como un conjunto de comportamientos y actitudes que todo aquel que se precie debe respetar. Como sucede con todo manual de reglas sociales, la honorabilidad nobiliaria quedará definida en último término por la apariencia, por "el que dirán", por la opinión pública que merecía el comportamiento diario de los nobles entre sus convecinos.

La aceptación social de la honorabilidad obligaba a los miembros nobiliarios a mantener un modo de vida muy determinado. Su defensa exigía continuamente primar el despilfarro sobre el ahorro, despreocupándose de las cuestiones materiales. Había que demostrar ante la opinión pública que no se escatimaba en gastos, aunque fueran completamente improductivos e inútiles. La presión social así lo exigía. Usaban ropas profusamente decoradas, acompañadas habitualmente con algunas joyas. Decoraban las fachadas de sus viviendas con blasones. Portaban espada y si se desplazaban fuera de la localidad se acompañaban de armas de fuego. Sus palacios familiares poseían abundantes obras de arte, cuadros religiosos y numerosos objetos santuarios. El personal doméstico era también imprescindible, contando con la presencia de varios criados y comensales. Los Vicente Espejo de Calamocha llegaron a mantener un sacerdote particular, viviendo en su propia casa, para la celebración de sus propios actos religiosos, y los Catalán de Ocón tenían un templo privado en su hacienda de Villacadima de Monreal del Campo.

Paralelamente, la iglesia católica les permitirá utilizar la religión en este juego del lujo y la apariencia. La construcción de conventos, capillas y retablos, las donaciones para fines piadosos o los entierros cerca del altar les proporcionaban una justificación moral a su riqueza. No debemos olvidar que la Iglesia era la receptora de gran parte de las inversiones improductivas de la nobleza a cambio de "la salvación de sus almas", convirtiéndose por ello en uno de los principales defensores del orden establecido. Todas las estirpes nobiliarias de la comarca habían construido criptas particulares y capillas decoradas con ricos retablos y altares en las que se enterraban los miembros del linaje. La familia Ximeno de Lobera y Vicente de Espejo mantenían varias capillas en Calamocha, tanto en el templo parroquial como en la ermita de San Roque. Los Alava compartían el patronazgo, junto con sus primos los Vicente, de la capilla de San Pedro de Calamocha y poseía otra en la iglesia parroquial de Luco de Jiloca. Los Garcés de Marcilla, Catalán de Ocón y Mateo de Gilbert tenían sus propios oratorios privados en el templo parroquial de Monreal del Campo. Muchas veces, para reforzar su pretendida superioridad social y su natural separación del mundo plebeyo, solían prohibir la entrada a estos oratorios en los que celebraban misas y fiestas religiosas de carácter privado, como sucedió en Monreal del Campo, que mantuvo vedadas sus capillas hasta la construcción de un nuevo edificio en el siglo XIX.

El convento de las concepcionistas de Calamocha no quedará ajeno a estas costumbres. Desde sus comienzos aparece ligado a una fundación creada por Miguel Jerónimo López de Ontanar y su esposa, Martina Anento, a la que entregaron la mayor parte de sus bienes. La dotación del convento de Calamocha no se hará en un único acto notarial, sino que se prolongará a lo largo de los últimos años de la vida de Miguel Jerónimo, poco a poco. Comenzará por un primer lote de tierras y el propio edificio del convento, iniciado posiblemente a finales de la década de 1681-90. En el año 1703 entrega al convento la escritura de un censal de 650 libras, para que las monjas cobren anualmente los correspondientes intereses (650 sueldos). Finalmente, en su último testamento nombra a las monjas herederas universales de todos sus bienes.

Estrechamente ligado al concepto del honor estaba la función social que debían desempeñar los miembros nobiliarios. El nacimiento definía al hidalgo y como tal debía asumir el puesto que la sociedad le reservaba. En su reciente estudio sobre el linaje de los Bernabé de Báguena, el investigador B. Vicente de Cuellar destacaba entre sus principales obligaciones "la acción personal y directa en pro de sus convecinos, asesorándoles en aquellas cuestiones que por su, generalmente, superior cultura podían ser útiles, tomando partido en defensa del oprimido, consolidando espiritualmente y ayudando materialmente a los que lo necesitaban". Unas tópicas funciones, no exentas de cierto atractivo, que responden más a la propia visión que los hidalgos tenían de sí mismos que a la realidad social. Básicamente, pretenden ser la "autojustificación" de una nobleza habitualmente absentista y parásita que intentaba mantener sus prerrogativas dentro de una sociedad que estaba cambiando.

A pesar de la opinión de los propios hidalgos, la preeminencia social de la nobleza no dependía de estas utópicas y honorables funciones sociales, sino que era siempre proporcional al tamaño de sus riquezas. El dinero daba familia, cargos y prestigio social. A veces, el nacimiento importaba muy poco, y si había capital suficiente, bien se podría comprar un título, tal y como hicieron las familias Ribera, del Rey e incluso los López de Ontanar. En contraposición, la antigüedad de los títulos nobiliarios y sus lazos de sangre carecían de valor si no estaban acompañados de riqueza. Su falta era el principal motivo de la pérdida del honor y el desprestigio. Las mofas y burlas de los medianos y pequeños labradores hacia los hidalgos empobrecidos que pretendían mantener sus comportamientos honorables será uno de los temas más utilizados en la literatura picaresca de los siglos modernos.


Los principales linajes del valle del Jiloca

Para aproximarnos a las Casas Solariegas del valle del Jiloca desde el segundo planteamiento, hemos seleccionado a nueve linajes diferentes, intentando que fueran los más representativos de la comarca. Las familias elegidas han sido las siguientes:

Bibliografía

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