Semana Santa

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Paso de Semana Santa de Tornos
Procesión en Langa del Castillo

La Semana Santa del valle del Jiloca es mas íntima y desconocida que la popular y populosa Bajo-aragonesa, cuya merecida fama ha traspasado nuestras fronteras.

Calamocha tiene en la actualidad nueve cofradías semanasantistas, pero no siempre ha sido así. Siete de ellas, las más antiguas, tienen su nacimiento en pleno siglo XVIII, como consecuencia del desdoblamiento o desaparición de la omnipresente cofradía de "La Sangre de Cristo", que en lugares como El Poyo del Cid y Fuentes Claras, aún pervive en plena lozanía. Las cinco llagas del emblema de esta cofradía, aparecen en numerosos retablos dieciochescos de nuestras iglesias, como prueba de su mecenazgo, a la que pertenecían la práctica totalidad de los varones adultos del lugar. Sus obligaciones religiosas estaban llenas de contenido social, con las obras de misericordia como referente, ayudando en las epidemias a los apestados o dando sepultura a los ajusticiados y suicidas.

A esta época del XVIII pertenecen multitud de calvarios y ermitas ubicadas a la salida de las poblaciones, que se suelen visitar por estas fechas para recoger las imágenes de la Pasión, representando a Jesús torturado y ensangrentado, como si se hubiera querido evitar que estuvieran a la vista en el vivir cotidiano, estas imágenes de enorme dramatismo.

La imaginería que procesionamos y salvo pocas excepciones, es de escaso valor artístico. Talleres imagineros de la zona y con enorme sentido práctico fueron los encargados de tallar en maderas de cerezo, manzano, o pino, muy propias del lugar, la cabeza, las manos y los pies, dado que el resto del cuerpo se suplía con un armazón de palos revestido con túnica, evitando el coste económico de una talla de cuerpo entero y aligerando su peso, tan de agradecer por los costaleros.

Los Cristos Yacentes o de la Cama, como habitualmente se les conoce, son todos de talla, pues es costumbre exhibirlos yacentes sobre una sabana blanca. Sin embargo la picardía y el sentido práctico lo volvemos a encontrar en algunas localidades, al encontrarlos con brazos articulados, permitiendo utilizar la misma imagen en momentos diferentes, como crucificado o yacente según conviniera.

La influencia de las órdenes religiosas, impulsoras de estos movimientos laicos, ha quedado preservada en los hábitos de los penitentes o cofrades; los colores negro y morado, por este orden de antigüedad, son los habituales para la túnica, el ceñidor o cíngulo, inspirado en el cordón franciscano como símbolo de austeridad y pobreza, y en tercerol a la cabeza, prenda genuinamente aragonesa y recogido a pliegues sobre la espalda.

Por la longitud del tercerol podemos identificar la provincia y hasta el lugar de origen. Los terceroles turolenses destacan por su extraordinaria longitud, y lugar destacado es Fuentes Claras, donde podemos verlos de hasta 34 metros, arrastrar por el suelo en la fecha del tercer domingo de mayo, cuando los penitentes regresan de su romería anual a la vecina localidad de Villalba de los Morales.

En Calamocha, la extinción de la cofradía de la Sangre de Cristo, dio paso al nacimiento de otras cofradías de índole familiar. Estas cofradías estaban formadas por 4 personas cada una, pertenecientes a otras tantas familias. Cada uno de sus miembros que consideraban el Paso como propio, tenía el derecho sobre una de las cuatro varas de la peana a la que se accedía con derecho de primogenitura y por herencia de padres a hijos.

Esta situación especial ha pervivido así por lo menos doscientos años, hasta el último cuarto del siglo XX. Tras la Guerra Civil Española, en plena posguerra, con aquello del nacional catolicismo, una nueva moda recorre España de norte a sur; es la época de los seminarios repletos, iglesias llenas con mantillas y misal. Estaba bien visto integrarse en hermandades y movimientos religiosos. Multitud de nuevas cofradías surgen por entonces como los rebollones en temporada: son los famosos tiempos del a “Dios rogando y con el mazo dando”.

Las carracas y matracas, instrumentos autóctonos en nuestra zona, desaparecieron de los graneros para arder en la estufa: en el vestir fuimos casi colonizados, con túnicas de adornos y colorines, irrumpiendo con fuerza los capirotes o sambenitos sevillanos que casi han dado al traste con nuestros ancestrales terceroles; y, hasta la liturgia, en aras de no sé que modernidad, va eliminando actos que formaban parte del acervo cultural de nuestros pueblos,y que nuestros mayores mantuvieron con legítimo orgullo, como el“Abajamiento de Monreal del Campo”, pongo por caso.

Llegan los años 60, los años del llamado gobierno de tecnócratas, del turismo, del boom económico. La sociedad demanda cambios, se inicia la carrera del acaparamiento, del pluriempleo, la época del tener más y poseer más, del 600 para salir los fines de semana al campo o a la playa. Aquellos que años antes se habían incorporado a las cofradías porque socialmente estaba bien visto o por la moda de la época, comienzan a sucumbir y a adorar otros dioses; las ausencias de las filas son numerosas y solamente muy pocos, los imprescindibles para llevar a hombros las imágenes se mantienen en sus puestos, conscientes de afrontar una larga y penosa travesía del desierto.

Si la década de los 70, con el cambio de régimen político, es una época apasionante en la historia de España, no lo es menos en la evolución que desde ese momento experimentarán las cofradías. Con la llegada de la democracia, la oficialmente católica España, dejaba de serlo para convertirse en un estado aconfesional.

Por aquellos años, una pequeña octavilla que a mi entender –obró milagros–, aparecía en todos los escaparates y establecimientos públicos con la siguiente leyenda “Calamochino la Semana Santa te necesita, participa”. Los éxitos de tan acertado mensaje no se hicieron esperar, por si eso fuera poco, la Iglesia nos hacía un inestimable regalo con la modificación del Código de Derecho Canónico, permitiendo a la mujer integrarse en las cofradías, cerradas históricamente para ellas, y a las que como mucho sólo se les permitía agruparse como camareras o siervas de tal o cual adveración. Desde 1980 la progresión experimentada en Calamocha ha ido en positivo, estamos creciendo sin parar, hoy rara es la casa de la que no sale algún cofrade. Tenemos uno de los índices de participación mas alto de España, con 800 cofrades, lo que representa el 25% de la población, extrapolando estas cifras a Zaragoza capital, y para andar en la misma proporción deberían participar 200.000 cofrades, lo hacen 14.000.

En esta última etapa se han restaurado imágenes y peanas, incorporado tres bandas de cornetas tambores y bombos, una de matracas y otra de carracas. Con las bandas se han efectuado numerosas salidas para despertar el interés y potenciar las procesiones en los pueblos de la comarca. El efecto Calamocha se ha expandido por la práctica totalidad del Valle del Jiloca, hemos aportado nuestra experiencia y hemos desplazado instructores para la creación de bandas en las localidades de Fuentes Claras, Caminreal, Cella, Villarquemado y Villafranca, reciclando con nuevos toques a la de Báguena y quedando abiertos a cuantos precisen de nuestros servicios que realizaremos con la mejor voluntad y de manera desinteresada.

Hoy la Semana Santa en Calamocha y Valle del Jiloca, atraviesa su mejor momento, los ánimos están exultantes, la progresión sigue con signo positivo y, al menos por ahora, no hay ninguna nube en el horizonte que nos inquiete. La nuestra es una Semana Santa profunda y austera, no es ruidosa como la del Bajo Aragón ni tiene la luminosidad mediterránea ni el barroquismo Valenciano, pero es está la Semana Santa que nosotros queremos, con la que nos sentimos absolutamente identificados y orgullosos.

Bibliografía

  • Blasco López, Jesús (2000): "La Semana Santa del valle del Jiloca", en Cuadernos del baile de San Roque, nº 13, p. 45-51 [Texto completo]