Industria agropecuaria
Desde finales del siglo XIX el valle del Jiloca, al igual que sucedía en otras zonas de Aragón, basó su crecimiento económico en la especialización agropecuaria. Además del tradicional cultivo del cereal se introducen nuevos cultivos más rentables, como la remolacha, la alfalfa, etc. o se extienden otras ya consolidadas en la zona, como el azafrán, pero lo que es más importante, se inicia un moderado proceso de industrialización basado en la transformación agroalimentaria.
La aparición de las primeras fábricas de luz en Luco, Calamocha y Monreal facilitaron esta incipiente, aunque localizada, industrialización pues permitieron el suministro regular de energía y la aparición de los primeros motores eléctricos, abaratando de este modo los procesos de elaboración. También estuvo incentivada por la llegada del Ferrocarril Central de Aragón, ya que facilitaba el tránsito de mercancías y abarataba los portes.
Las primeras industrias agroalimentarias fueron las harineras, alcoholeras y azucareras, emplazadas siempre cercanas a la vía del ferrocarril, en las localidades de Calamocha, Monreal del Campo y, aunque fuera de la actual comarca, en Santa Eulalia. También aparecieron o se desarrollaron fábricas de harinas en Bañón, Bello y Barrachina, más alejadas del ferrocarril, y algunos molinos para elaborar chocolate, aunque la producción de estos últimos siempre fue insignificante.
Fueron unas décadas muy propicias para el valle del Jiloca. El capital con el que se fundaron muchas de estas industrias fue local, fomentando la aparición de nuevos empresarios arraigados a la tierra que ayudaban a su desarrollo económico y social. En contraposición, al tratarse de inversiones autóctonas, todas fueron de escasa cuantía, por lo que las instalaciones fabriles creadas destacaban por su pequeño tamaño y poco interés arquitectónico.
La única excepción en las proximidades la constituye la azucarera de Santa Eulalia, fundada en 1910 por la Compañía de Industrias Agrícolas, S.A., de capital catalán. La instalación de esta industria constituyó todo un revulsivo para la agricultura del valle, que empezó a especializarse, casi monopolísticamente, en el cultivo de la remolacha.
A partir de los años treinta, coincidiendo con la Guerra Civil española, el sector productivo agroalimentario del valle del Jiloca se estancó, mostrando un comportamiento totalmente inverso al del mundo urbano. Mientras las ciudades de Madrid, Zaragoza, Valencia y Barcelona crecían rápidamente, la gente de la comarca abandonó sus pueblos y marchó hacia estas ciudades, iniciando un proceso emigratorio que se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días.
Se abandona la transformación agrícola y se apuesta por la producción de cereales, siguiendo las demandas de la sociedad española de la postguerra. Para almacenar el trigo y la cebada se edificaron varios silos, de los que se conservan algunos ejemplos. Algunos empresarios aprovecharon la coyuntura para fundar algunas panificadoras, sobre todo de galletas, y pastas. También encontramos algunas iniciativas relacionadas con las gaseosas y cooperativas vinicolas
En la década de los sesenta, tras el Plan de Liberalización y Estabilización Económica (1959), se produce un nuevo auge de la economía española, adaptándose a la nueva situación internacional y permitiendo un nuevo cambio estructural y una nueva especialización de la economía del valle del Jiloca basada en los transformados cárnicos, ya sea a través de los mataderos o de los secaderos de jamones y embutidos. También aparecieron algunas empresas lácteas.
La empresa pionera en el sector cárnico fue La Monrealense, fundada en 1948 en Monreal del Campo. Otro importante impulso fue la instalación del matadero Matinsa en Calamocha, en el año 1963. Desde entonces han aparecido otras numerosas empresas ligadas a la agroalimentación, con grandes instalaciones en las que sacrificar animales o curar sus carnes.
Pero la liberalización de la economía también trajo consigo una profunda reestructuración de las actividades agrícolas e industriales que habían perdurado en el valle del Jiloca. Las fábricas harineras y las alcoholeras, en profunda crisis desde hacía varias décadas, fueron cerrando una tras otra. En el año 1985 le tocó el turno a la azucarera de Santa Eulalia. Su cierre no sólo repercutió sobre las instalaciones, que quedaron abandonadas, sino que obligó a todos los agricultores del valle del Jiloca a buscar otros cultivos para sustituir a la remolacha.