Ferrería

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Las ferrerías son pequeños hornos donde se fundía el mineral de hierro. Podía tratarse de un horno ubicado en medio del monte, como era muy frecuente hasta el siglo XV, o abastecerlo con aire insuflado por fuelles y trompas de soplado hidráulicos. Por su vinculación con el agua, por lo menos en su segunda forma, se integra en las obras denominadas arquitectura del agua.

Hornos de monte y Escoriales

La técnica de fundición del hierro empezó a aplicarse en Aragón hacia el siglo V a.C. La difusión de la primera metalurgia estuvo seguramente relacionada con desplazamientos de pueblos celtas de Centroeuropa. Los metales se obtenían, como es sabido, en los denominados “hornos de monte”, utilizando un procedimiento que apenas varió hasta bien entrada la Baja Edad Media.

La principal característica de estos hornos era la utilización del método directo de reducción del mineral y su ubicación en las laderas de las montañas, cerca de las minas férricas. En una pequeña oquedad semienterrada, con paredes de piedra y arcillas refractarias, se disponían alternativamente capas del mineral extraído de los yacimientos, triturado lo máximo posible, y carbón vegetal. Se prendía fuego y se iniciaba la combustión, cayendo el óxido de hierro (que no llegaba a fundirse) al fondo del horno hasta quedar reducido a zamarra, una especie de torta en forma de esponja. Las escorias o impurezas quedaban en la parte de arriba, lo que permitía arrancarlas con facilidad una vez finalizado el proceso.

La conquista romana no introdujo grandes novedades técnicas, pero provocó un cambio en los mercados, un aumento de la demanda y, consecuentemente, hondas transformaciones en las estructuras productivas. En Peracense, Villar del Salz, Ojos Negros, Pozuel, Villafranca del Campo y otros lugares próximos a Sierra Menera encontramos a partir del siglo I a.C. grandes escoriales que muestran un incremento muy sustancial de la fundición. Aparecen los primeros poblados minero-metalúrgicos. Si nos atenemos a lo que se observa en otros lugares de Europa, este aumento de la producción se consiguió mediante hornos de mayor tamaño, construidos todos ellos en barro, dotados de pequeños orificios y toberas por donde se inyectaba aire a presión, utilizando tal vez pequeños fuelles.

Todos estos grandes escoriales se localizan en las laderas de las montañas, cerca de las minas, como era habitual en este tipo de horno de monte, pero también se aprecia un interés por aproximarse a las fuentes y pequeños barrancos, pues el abastecimiento regular de agua comenzaba a convertirse en un elemento fundamental para la metalurgia. Era necesaria para limpiar el mineral, cada vez en mayor cantidad, antes de introducirlo en el crisol, y se necesitaba también para preparar el barro de las bóvedas de los hornos.

La mayor parte del hierro obtenido en estos hornos, una vez eliminadas las impurezas más superficiales, se transportaba a las ciudades cercanas, donde se realizaban las tareas de reducción de la torta férrica, el trabajo en la fragua y el templado y revenido. La cantidad y variedad de herramientas y útiles de hierro encontrados en la ciudad de la Caridad (Caminreal), es un claro síntoma del auge que experimentó el sector extractivo y metalúrgico en el Sistema Ibérico.

A partir de finales del siglo II d.C. la metalurgia entró en claro declive, sin que se sepan muy bien las causas. Durante varias centurias las minas metálicas redujeron su actividad, hasta que volvieron a ser reactivadas por los musulmanes. Como las técnicas apenas habían evolucionado, los musulmanes instalaron sus hornos en los mismos lugares que antaño habían ocupado los celtíberos y romanos, tirando las impurezas de la fundición a los mismos o próximos escoriales. Algunos poblados musulmanes del siglo XI localizados en Sierra Menera se configuran como auténticas comunidades mineras dedicadas a la extracción y fundición del hierro.

La información que poseemos tras la conquista cristiana está muy fragmentada. En Sierra Menera apareció un pequeño poblado minerometalúrgico llamado Ferrera, dedicado a la explotación y fundición del mineral. La tecnología de los hornos de monte pervivió sin grandes modificaciones hasta finales del siglo XIV.

Ferrerías hidráulicas

La aparición de las primeras “herrerías hidráulicas” en Aragón estuvo muy relacionada con los desplazamientos de mineros y ferrones vascos (procedentes de Vizcaya, Navarra y Francia) que aplicaron las técnicas de aprovechamiento de la fuerza del agua aprendidas en sus lugares de origen. La definitiva implantación de las herrerías hidráulicas tuvo lugar un poco más tarde, a lo largo de los siglos XV y XVI, coincidiendo con la llegada masiva de emigrantes que se distribuyeron por las zonas mineras del Pirineo y Sistema Ibérico (Moncayo y Albarracín).

En Ojos Negros la corriente migratoria estaba compuesta por hombres solteros (alguno podría tener mujer en su lugar de origen) y pobres de solemnidad, que se dedicaban a las tareas mineras, formando compañías de 4 ó 5 personas. También encontramos a técnicos fundidores en Santa Croche (Albarracín), Linares de Mora, Añón y Bielsa, con mejores situaciones personales, que llegaban para trabajar en las nuevas herrerías. En ambos casos se trataba de una emigración especializada y estacional. Los mineros y fundidores vascos permanecían unos pocos años en Aragón, intentando obtener el máximo rendimiento de su trabajo, para tornar posteriormente a sus lugares de origen o convertirse en arrendadores de algunas instalaciones.

La llegada de vascos y la aparición de la nueva tecnología supuso una ruptura total de la tradicional estructura productiva minerometalúrgica aragonesa, basada en los hornos de monte, aunque es muy difícil, con los datos que se poseen actualmente, analizar este proceso de transformación.

El empleo de la energía hidráulica adaptada a los mazos y los fuelles exigió crear unas nuevas instalaciones, a veces muy costosas, cerca de los ríos, alejándose relativamente de las bocas de las minas. La transformación más drástica se produjo en Sierra Menera, una zona con gran carencia de agua, donde desaparecieron a lo largo del siglo XV todas las fundiciones tradicionales, construyéndose las nuevas herrerías hidráulicas a cierta distancia de las minas, en las cabeceras del Alto Tajo, Gallo y Cabriel (en la vertiente castellana) y en la sierra de Albarracín.

En un primer momento, las nuevas herrerías hidráulicas convivieron con las herrerías de monte, aunque no parece probable que estas últimas pudiesen subsistir largo tiempo ante la nueva tecnología. La sustitución no estuvo exenta de problemas sociales, sobre todo al principio, provocados por la concentración de emigrantes vascos en las nuevas zonas metalúrgicas, que arruinaban con sus actividades las herrerías de monte tradicionales, y el creciente rechazo de los lugareños, que no aceptaban los cambios económicos ni su calidad de extranjeros y pobres.

En 1508 el Común de la Tierra de Molina denunciaba la presencia de unos 200 hombres extranjeros, casi todos vizcaínos, que vivían en las montañas del Alto Tajo y Albarracín, trabajando en las herrerías y explotando las minas. Además de considerarlos parias sin patria, denuncia que eran pobres de solemnidad y alternaban sus actividades metalúrgicas con el robo, la extorsión y su venta como mercenarios a los señores feudales. El corregidor concluía que había que obligar a los dueños y arrendadores de las herrerías para que no contratasen a ningún vizcaíno ni extranjero sin antes exigirles seguridad en su conducta.

El cambio tecnológico arruinó las herrerías de monte, pero a medio plazo benefició a algunos concejos aragoneses y, en menor medida, a los señores feudales y mercaderes que, aportando los fondos necesarios, aprovecharon las nuevas posibilidades hidráulicas para instalar nuevas fábricas de fundición. Entre los siglos XV y XVIII se construyeron o ampliaron 16 nuevas herrerías hidráulicas en el valle del Gistaín, Moncayo, Albarracín y Gudar. En casi todas estas nuevas herrerías, hasta bien entrado el siglo XVIII, encontramos a técnicos vascos realizando las tareas más importantes. A partir de este momento tomaron el relevo técnicos aragoneses, quienes aprendieron el oficio en estas mismas herrerías.

La tecnología utilizada, dada la procedencia de los trabajadores, fue idéntica a la que numerosos historiadores han descrito para el País Vasco. El horno era de mampostería recubierta de arcilla, con unas aberturas para incrustar la tobera. Los fuelles o barquines se construían con madera y pieles, untándoles abundante grasa para evitar el desgaste de los roces. Los martillos eran muy pesados, alcanzando los 400-500 kgr., aunque también se utilizaban martinetes de menor peso y mayor velocidad para las tareas finales. Todos estos artilugios funcionaban a través de una o varias ruedas hidráulicas y una serie de ejes y cigüeñales que transmitían la energía.

Con estos sistemas de trabajo, la dependencia de la metalurgia y el agua fue muy intensa, por lo que las peculiaridades de los regímenes fluviales mediterráneos influyeron directamente en las fábricas. Muchas solo podían trabajar cuando el nivel del cauce lo permitía, teniendo que parar durante los estíos por falta de agua. En otros casos, eran las tormentas de verano las causantes de las dificultades, pues provocaban crecidas en los ríos que arrasaban a su paso las instalaciones hidráulicas. Como nos recuerda Madoz, en el año 1788 el desbordamiento del río destruyó completamente las herrerías de Bielsa.

A finales del siglo XVIII esta tecnología estaba anticuada, pues apenas se habían introducido ningún tipo de mejoras. Dámaso Generés e Ignacio de Asso reconocían en 1793-1795 que la metalurgia aragonesa estaba en franca decadencia debido, entre otros motivos, a los profundos retrasos técnicos y empresariales de las industrias locales. Las herrerías hidráulicas aragonesas siguieron funcionando durante algunas décadas más (la última, la de Torres, cerró en 1870), pero reduciendo paulatinamente su mercado y rentabilidad, pues no pudieron competir en ningún momento con los nuevos hierros fundidos que se elaboraban, utilizando nuevas tecnologías, en los Altos Hornos de Vizcaya, Inglaterra y Francia.


Bibliografía