Suertes

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Las suertes eran unas parcelas agricolas que se entregaban en usufructo a los vecinos mediante un sorteo, de aquí el nombre que reciben. El tiempo de la cesión podía variar desde los 10-15 años hasta ser vitalicio. En todo caso, el beneficiario debía pagar un canon al municipio que podía ser en dinero o especie.

Las parcelas denominadas suertes solían localizarse junto a los prados, pues en orígen se trata de antiguos prados roturados. La existencia de prados y suertes en los mismos términos agrícolas es el resultado de la búsqueda del equilibrio entre las actividades agrícolas y pecuarias. Las suertes se identificaban con esa parte del prado, normalmente la más alejada del río, que acababa de ser roturada y fragmentada en numerosas parcelas.

En épocas de expansión agrícola (siglo XVI, XVIII y XIX), cuando aumentaba la población de las localidades, los vecinos demandaban la roturación de parte de los prados para roturarlos y distribuirlos como tierras de cultivo entre los vecinos. Aparecían de este modo las suertes. Podían rearrendar por parte de su tenante, pero éste debía contar para ello con la aprobación del municipio.

Las suertes forman parte de la arquitectura del agua y del peculiar paisaje humanizado del valle del Jiloca. Precisar su situación, al igual que la de los antiguos prados, es muy importante. Se trata de tierras muy húmedas, con una interesante potencialidad a la hora de recuperar su primitivo aspecto si fuera necesario.

El topónimo de Las Suertes

Actualmente se ha perdido toda referencia a los antiguos usos agricolas y de explotación de estas parcelas, aunque podemos descubrir su existencia y situación a través de los topónimos y de diversa documentación antigua.


Bibliografía

  • Mateo Royo, José Antonio (1995): "Oligarquía concejil y patrimonio comunal: el proceso de perpetuación de la suerte de Daroca (siglos XVI-XVII)", en Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia moderna, Nº 8, pags. 87-106 [Texto completo]