Prado

De Xilocapedia
Saltar a: navegación, buscar
Archivo:Esquema evolución prados.png
La evolución de los prados en el valle del Jiloca
Extensión original de los prados de Monreal del Campo

En los valles del Jiloca y Pancrudo han existido grandes praderas. La gran humedad de algunas parcelas y los problemas técnicos ligados a su desecación habian limitado continuamente sus posibilidades agrícolas. Durante gran parte de la historia conservaron sus carácteres originales, predominando los pastos frescos y los bosques fluviales explotados de manera comunal por los Concejos.

La historia de estos prados es una continua búsqueda de equilibrio entre las actividades agrarias y ganaderas, triunfando al final las primeras. En épocas de crecimiento demográfico o cuando los municipios necesitaban dinero solían roturarlas y repartirlas. De este modo se conseguía un incremento de la producción de alimentos, el abastecimiento de los vecinos y el incremento de la recaudación municipal. Era muy frecuente que, una vez roturadas, las distribuyeran entre los vecinos a través de suertes.

La mayor parte de estas praderas han sido desecadas a lo largo de la historia para convertirlas en campos de cultivo. Forman parte de la arquitectura del agua, pues configuran un peculiar paisaje humanizado. Pero también forman parte de los potenciales bosques y humedales del valle del Jiloca, pues es muy fácil recuperar su aspecto primitivo si se abandonara la acción humana.

Localización de los prados

Las antiguas praderas se localizaban en zonas muy húmedas del valle, cerca de los Ojos o manantiales, en las terrazas fluviales más bajas propensas a la inundación o en la desembocadura de las ramblas. A menudo era la conjugación de estos tres factores lo que determinaba la localización de los prados:

  • Terrazas fluviales más bajas. La zona de contacto entre las distintas terrazas fluviales es muy suave, casi inapreciable, e impide que el río cree un cauce estable, desbordándose con facilidad. Los depósitos cuaternarios del valle apenas alcanzan varios metros de espesor y en algunas zonas se aprecia una inversión topográfica, quedando bastantes campos por debajo del nivel de las aguas del río. Esto favorece la presencia continua de humedad en las tierras y las convierte en terrenos muy inestables para las actividades agrícolas, como sucede sobre todo en el Alto Jiloca: prado de Cella y Hondo de Villarquemado, pero también en el Bajo Jiloca, como por ejemplo en Montón y Manchones.
  • Tramo final de las ramblas. En el tramo final de las numerosas ramblas que desaguan en los ríos Jiloca y Pancrudo encontramos grandes praderas. Las ramblas son unos cauces irregulares que tienden a crecer en épocas de lluvia e inundar todas las zonas periféricas. Estos prados son más frecuentes en el valle del Pancrudo, donde la acción de las ramblas es inesperada, como en Pancrudo, Alpeñés, Barrachina y Navarrete del Río

Existen otros prados en los que encontramos mezclados todos los factores anteriores, manantiales cercanos, ramblas y cauces poco profundos, como por ejemplo en el prao (Luco de Jiloca) y el prado del camino (Calamocha) ubicados junto a los antiguos despoblados de Entrambasaguas y Gascones.

La Edad Media

La alta humedad de determinadas partidas agrícolas, la abundancia de tierras y la baja presión demográfica en el valle del Jiloca durante la Antiguedad y la Alta Edad Media favoreción la conservación de los antiguos prados y sotos fluviales.

Esta es la situación que debieron encontrar los primeros cristianos que ocuparon el territorio tras la batalla de Cutanda, el 17 de junio de 1120. Los reyes aragoneses eran los propietarios de toda la tierra conquistada a los musulmanes pero, en su deseo de dotar a las nuevas aldeas de una situación económica saneada que pudiera atraer a los nuevos pobladores, cedieron la propiedad de todos los prados y sotos a los Concejos (además de los montes, yermos y baldíos), mientras que las parcelas de cultivo arrebatadas a los musulmanes fueron repartidas entre sus aliados militares en compensación por su participación en la guerra, para premiar a sus vasallos más fieles o incluso para pagar parte de sus numerosas deudas.

A partir de este momento, la evolución demográfica de la aldea influyó directamente en el tamaño de sus prados y sotos. La lucha entre agricultores y ganaderos se intensificó al ritmo marcado por el crecimiento de la población, iniciándose un intenso proceso colonizador de las tierras yermas, roturación de los prados, mejora de las acequias existentes durante el período musulmán o la construcción de otras nuevas.

La expansión agrícola del siglo XVI

El crecimiento demográfico que experimenta el valle del Jiloca en los siglos XV y XVI fue acompañada de una presión popular sobre los Concejos, solicitándoles la ampliación de las tierras de cultivo. Los Municipios, como propietarios de los extensos comunales yermos, asumieron estas demandas y tomaron la iniciativa de un intenso proceso roturador.

La colonización se encaminó en primer lugar hacia las tierras de regadío, construyendose nuevas acequias y desecando los prados y sotos fluviales, aun a costa de enfrentarse a los intereses ganaderos de una parte de la población. Los ejemplos son numerosos:

  • En el año 1540 el Concejo de San Martín del Río decide romper y labrar el prado Gomero situado en su vega, dividiendo el prado en lotes y cediéndolos por tiempo de 20 años a una treintena de agricultores empadronados en la localidad, quienes se encargarian posteriormente de ponerlo en cultivo.
  • En 1585 el Concejo de Báguena decide construir una nueva acequia con la que regar toda la "Vega Nueva" del pueblo, un antiguo prado roturado.

Aunque se roturaron las praderas y se construyeron nuevas acequias, se conservaron extensas parcelas que siguieron manteniendo su aspecto natural, destinadas a zona de pastos y sotos fluviales. Estos eran imprescindibles para el mantenimiento de la ganadería.

El siglo XVII

En la segunda mitad del siglo XVII se observa en algunos municipios del valle del Jiloca una nueva recuperación del impulso colonizador de los agricultores, la ampliación de los sistemas de riego y la roturación de nuevas parcelas. Las presiones de los vecinos por incrementar las parcelas de cultivo, con la oposición lógica de los ganaderos que veían mermados los pastos, fue bien aceptada por los Concejos, que también veía en este proceso colonizador una forma de incrementar sus ingresos en un momento en que las finanzas municipales estaban bajo mínimos.

  • En el Prao (Luco de Jiloca) se desvía el río Jiloca por la parte más alta de las terrazas y se deseca parte de las antiguas praderas que, seguramente, se pondrían en cultivo.
  • En Monreal del Campo se rotura la partida de las Suertes y la Isla, junto al prado de los Ojos.
  • Daroca decide roturar su prado y convertirlo en suertes.

La Guerra de Sucesión

En el año 1700 estalla la guerra de Sucesión, un acontecimiento que perjudicó notablemente al valle del Jiloca y que tuvo unas repercusiones muy directas en los prados y sotos fluviales. Ignacio de Asco ya destacó como durante esta confrontación se produce una auténtica expoliación de los bienes municipales. Fue la primera gran desamortización civil que experimentaron los pueblos del Jiloca, siempre permitida e incluso alentada por las autoridades del reino.

Las exigencias de los combatientes superaron con creces la capacidad económica de los vecinos, obligando a los Concejos a la venta de una parte de sus bienes y a la roturación de algunos prados para intentar aliviar la escasez de alimentos de los vecinos.

  • El Municipio de Calamocha enajenó mediante subasta las llamadas "Suertes Bajas".
  • En Lechago y Navarrete del Río se pusieron en venta varias piezas de regadío.
  • En Caminreal se decide enajenar el "'prado del Peirón" y varias piezas, permitiendo al comprador que proceda a su roturación.


La expansión del siglo XVIII

Será la época de la ilustración la que intentará realizar grandes obras buscando la salubridad de las poblaciones, no olvidemos que el paludismo fue una preocupación muy importante durante gran tiempo hasta su erradicación en el siglo XX. Esta enfermedad era transmitida por un tipo de mosquito que se cría en aguas pantanosas, siendo estas entendidas como un punto de infección.

Además de los motivos de salubridad pública, otra de las preocupaciones será la búsqueda de una mayor rentabilidad económica a las zonas productivas. Fruto de estas ideas ilustradas aparecieron dos grandes proyectos de desecación y roturación: La desecación de la laguna de Gallocanta y los prados de la laguna del Cañizar (Villarquemado).

La Guerra de la Independencia

La desaparición de los últimos prados naturales y de los bosques, relegando el humedal a la limitada superficie actual, fue resultado del desproporcionado crecimiento demográfico de la segunda mitad del siglo XVIII, prolongado durante el XIX, de las necesidades financieras del municipio durante las guerras de Independencia y Carlista, y de la aplicación de las políticas desamortizadoras de los bienes municipales. Si hasta este momento el control de la propiedad por parte del Ayuntamiento había garantizado un equilibrio entre conservación y roturación, el paso de los campos a manos de particulares fomentó la desaparición de los espacios naturales y su transformación en campos de cultivo abiertos.

En mayo de 1808 estalla la Guerra de la Independencia para, en muy pocos años, provocar nuevamente la ruina mas completa de los municipios de la comarca del Jiloca. En un primer momento fueron los franceses, deseosos de recaudar los fondos necesarios para mantener en pie el ejército de ocupación. También fueron muy importantes los suministros entregados a la guerrilla española.

Las desorbitadas contribuciones, como la exigida por los franceses tras el asesinato en el verano de 1810 de Juan Mata Iturrioz, fueron solucionadas mediante la venta de numerosos bienes municipales, especialmente los prados y suertes de regadío, muy deseadas por todos los vecinos y, por ello, fáciles de vender con rapidez.

La Guerra Carlista

En 1833 estalla la primera Guerra Carlista y, nuevamente, el valle del Jiloca sufrió los continuos inconvenientes del paso de ambos ejércitos. Las requisas e impuestos pagados a las tropas trajeron nuevamente la ruina, incrementaron la presión fiscal y obligaron a los Concejos a vender otra parte de sus bienes, prados y suertes, dando lugar a una tercera Desamortízación Civil.

  • En Luco las enajenaciones se centraron en una parte del Prao que no habia sido roturada durante la Guerra de Independencia.

La situación actual

Durante la primera mitad del siglo XIX el proceso roturador debió afectar a numerosos prados y arbolados de toda la cuenca del Jiloca. Pedro Pruneda Martín, al redactar su famosa Crónica de la provincia de Teruel en el año 1866, destacaba como habían desaparecido todos los bosques y sotos fluviales que caracterizaban desde antaño a este valle, y su reciente sustitución por campos de cultivo:

“El hermoso valle que baña el río Jiloca desde Monreal hasta los confines con el partido de Daroca abundaba en praderas, que se han ido suturando y reduciendo a cultivo desde principios de este siglo... Escasea de día en día el arbolado por la propensión que tienen los propietarios a cortar los árboles de sus tierras, impulsados por la falsa idea que tienen de que así favorecen la producción de los cereales y legumbres” .

La roturación y enajenación de los antiguos prados consigo una profunda antropomorfización del paisaje tipico del valle del Jiloca. Desaparecieron las praderas naturales y los bosques fluviales, pero no se pudieron evitar los inconvenientes de unos campos que, si se habian mantenido durante siglos en su estado semivirgen, era gracias a la excesiva humedad de sus tierras.

Si paseamos actualmente por los restos de los milenarios prados del valle, podemos encontrar algunos bosques fluviales a la orilla del río y numerosos vagos yermos en los que crecen libremente los pastos. La mayor parte está roturado, pero sus cultivos nos recuerdan su anterior naturaleza, predominando las plantaciones de chopos madereros y de maíz, dos plantas que soportan muy bien la humedad. De vez en cuando surgen algunos pozos con el agua muy somera, y numeroas acequias, constantemente entrelazadas y reforzadas en ciertas zonas con plásticos impermeables, que sirven para desagüar la humedad.

Bibliografía

  • Benedicto Gimeno, Emilio (1996): "Los prados de Gascones (Calamocha) y Entrebasaguas (Luco). Una aproximación histórica al estudio de las acequias, de los procesos roturadores y de la desamortización de los bienes comunales en la cuenca del río Jiloca", Xiloca: revista del Centro de Estudios del Jiloca, 17, p. 65-89 [Texto completo]
  • Benedicto Gimeno, Emilio (2006): "Los Ojos de Monreal", en Historia de Monreal del Campo, Monreal, p. 117-132 [Texto completo]
  • Pruneda Martín, Pedro (1866): Crónica de la provincia de Teruel. Madrid. [Descarga]
  • Mateo Royo, José Antonio (1995): "Oligarquía concejil y patrimonio comunal: el proceso de perpetuación de la suerte de Daroca (siglos XVI-XVII)", en Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia moderna, Nº 8, pags. 87-106 [Texto completo]