Reconquista

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Derrotado el grueso del ejército musulmán en la batalla de Cutanda (17 de junio de 1120), las huestes cristianas ocuparon las ciudades de Daroca y Calatayud, con todas sus fortalezas, y prosiguieron su ofensiva remontando el valle del Jiloca hasta Monreal del Campo, Singra y Cella. Un texto aragonés del año 1124 alude a tales lugares como los límites de la expansión territorial, al citarlos “cuando allí teníamos la frontera” . Para garantizar la anexión de estos nuevos territorios, el rey Alfonso I funda en Monreal del Campo una orden militar nueva, la Milicia de Cristo, fortificando el lugar y posibilitando que los transeúntes pudieran encontrar un refugio estable . La creación de esta orden, dotándola de grandes privilegios, autonomía financiera y suficientes rentas y prebendas, estaba motivada por la necesidad de consolidar el dominio cristiano sobre estas tierras ya que, como señalan otras fuentes históricas, desde Daroca a Valencia el territorio conquistado estaba “yermo y deshabitado” .

¿Qué había sucedido con toda la población musulmana que habitaba estas tierras? Autores como J.L. Corral, A. Gargallo y J. Ortega han insistido en el hecho de que casi toda la población campesina musulmana abandonó sus casas, desplazándose en masa hacia el sur, huyendo de la ofensiva cristiana. Ciertamente, en otros lugares de Aragón, tras su conquista, se mantuvo a la población existente, que seguiría ocupada en sus actividades tradicionales, aunque sometida al nuevo poder cristiano a través de los pactos de capitulación. Sin embargo, en las Serranías Ibéricas sólo quedaron algunas bolsas residuales de musulmanes en las localidades de Calatayud, Villafeliche, Daroca, Burbáguena y Báguena. El resto del territorio debió quedar prácticamente deshabitado.

Alfonso I fue el primero en comprender que un territorio despoblado no se podía defender, que sería necesaria una contundente política repobladora para asentar en estas tierras a campesinos y soldados cristianos que permitieran garantizar su futuro dominio y su explotación. La fundación de la orden de Monreal se encaminaba en este sentido, aunque parece ser que no obtendrá todos los resultados esperados. La repoblación de los desérticos valles del Jiloca y del Pancrudo será un proceso lento. El reino de Aragón no se caracterizaba precisamente por tener un superávit demográfico que pudiera emigrar a estos territorios.


Tras la derrota del ejército cristiano en Fraga (1134), con la muerte de Alfonso I, el caos político se apodera del reino aragonés. La incertidumbre sobre la sucesión al trono, muerto el rey sin dejar descendencia, provocará una oleada de pánico que se extendió por todo el país. Entre los años 1134 y 1140 se despueblan todas las tierras conquistadas en el valle del Jiloca, abandonándose las avanzadillas asentadas en Cella, Singra y Monreal del Campo, volviendo algunas localidades a manos almorávides, y pasando otras a poder del rey Alfonso VII de Castilla.

Se despueblan nuevamente las aldeas y las ciudades, pero se mantienen determinadas posiciones estratégicas instalando tenentes y destacamentos militares en los castillos de Daroca y Cutanda, defendidos por un alcaide o tenente y una pequeña tropa. Tras la muerte de Alfonso I el poder de estos tenentes sería inmenso ya que, como señala Lacarra, la suerte de la ciudad de Zaragoza y de toda la frontera meridional del reino acabó dependiendo de ellos.

Las tenencias (territorios controlados por los tenentes) constituían una forma peculiar de ordenación y aprovechamiento del reino, en donde el monarca delegaba sus funciones militares, administrativas, civiles y judiciales en soldados profesionales. Según afirma A. Ubieto, fueron una de las primeras estructuras políticas aragonesas, impuestas tras la conquista cristiana. Los centros de las tenencias se identificarían, a grandes rasgos, con los principales centros administrativos preexistentes en época musulmana, por un motivo muy claro, en estos lugares ya existían unos castillos que permitían la defensa del lugar y de sus alrededores. Sólo fue necesario asignar a cada uno de ellos un nuevo alcaide, como parece ser que se hizo en los casos de Daroca y Cutanda.

Una sociedad de frontera

La conquista cristiana cambió radicalmente la estructura económica y social vigente durante la dominación musulmana. El abandono de las alquerías, su conquista por parte de los ejércitos cristianos y la posterior repoblación con colonos libres procedentes de tierras lejanas, supuso una ruptura total y definitiva con la sociedad indígena que hasta entonces había habitado estas tierras.

Al igual que sucedía en el resto de la Europa cristiana, la sociedad medieval estaba dividida en función del estamento, distinguiendo entre nobleza, el personal eclesiástico y el pueblo llano. En el caso aragonés, el ordenamiento jurídico garantizaba la preeminencia de la nobleza a través de los denominados privilegios estamentales que garantizaban la exención de impuestos reales y, a un nivel municipal, la exclusión de los repartimientos vecinales y de todas las demás cargas que afectaban al resto de sus convecinos (zofras, alojamiento de soldados, requisiciones militares, sorteos de quintas, etc.). La aplicación de estos privilegios variaba en función de las distintas poblaciones, ya que se producirán muchas peculiaridades de carácter local.

En el caso de los valles del Jiloca y del Pancrudo, tal y como indicó José Luis Corral, la presencia nobiliaria era muy escasa y prácticamente se concentraba en la ciudad de Daroca. Dadas las características de la repoblación que acogió estas tierras, predominarían los hombres libres sin condición. Aunque dentro de este grupo de villanos, nunca homogéneo, destacarían algunos caballeros (villanos con caballo) encargados de las tareas militares que asumirían en determinados momentos la defensa de los castillos. Este grupo de caballeros acabará desplazando a la nobleza de los cargos políticos, y a partir del siglo XIV se harán con el control absoluto de los órganos de poder y decisión de Daroca y su Comunidad. No obstante, la nobleza siguió siendo un estamento muy valorado, y todo caballero villano que aspiraba a ascender socialmente acabará integrándose en el grupo nobiliario.

En el año 1142 el conde Ramón Berenguer IV otorga el Fuero de Daroca para facilitar la repoblación de estas tierras.

La propiedad de la tierra

Las peculiaridades de la conquista y repoblación tampoco crearon grandes desigualdades en lo que afecta a las fortunas. Tras la conquista, toda la tierra pasaba a ser patrimonio del rey aragonés, quien podía repartirla a su antojo. La mayor parte de las parcelas fueron distribuidas entre los colonos que acudían a repoblar el territorio, dando lugar a un predominio de una pequeña propiedad campesina que se mantendrá, a grandes rasgos, hasta nuestros días. Este reparto de las tierras, muy documentado en la vecina zona de Teruel, pretendía ofrecer algún tipo de señuelo que hiciera atractiva la vida en una zona fronteriza. Las tierras fueron divididas en quiñones y cedidas con plenas facultades de disposición a los recién llegados . En primer lugar se ocuparía la tierra cultivada con anterioridad, sobre todo la vega irrigable. A continuación, a medida que aumentara la presión demográfica, se procedería a la roturación de yermos y baldíos, y se ampliaría la red hidrológica creando nuevos regadíos.

Otra parte de la tierra fue donada a caballeros villanos, a la nobleza, a las órdenes militares y a la Iglesia, en compensación por su participación en la guerra, para premiar a los vasallos más fieles o incluso para pagar parte de las numerosas deudas de la monarquía. La documentación medieval es escasa, pero los ejemplos documentados son muy significativos, ya que todos ellos se localizan precisamente en el valle del Jiloca. Las donaciones reales siempre afectarán a la tierra más productiva y fértil de todas las arrebatadas a los musulmanes, y a las que tendrían una infraestructura hidrológica más desarrollada.

En marzo de 1177 Alfonso II concede a Pedro de Ayerbe varios prados sitos en Burbáguena. En 1210 doña Sancha concedía a Martín de Aivar, comendador de Sigena, una yugada de tierra y un molino en el término de Calamocha. En 1276 el rey Jaime I concede a Abril de Perdices 30 caizadas de tierra en el término de Fuentes Claras en compensación de los 300 maravedies que le debía. Los monarcas aragoneses también donaron muchas tierras a las órdenes militares, sobre todo a la orden de San Juan de Jerusalen y a su encomienda de Alfambra, con extensas posesiones en las localidades de Daroca, Báguena, Burbáguena y Calamocha . Podemos pensar que la presión de estas clases poderosas para obtener la propiedad de la tierra conquistada disminuiría a medida que ascendemos en altitud y nos alejamos de los cauces fluviales. A peor calidad de la tierra, menor interés por controlarla.

Un tercer tipo de propiedades, las conocidas posteriormente como propiedades comunales, acabaron en manos de los Concejos. Los reyes aragoneses estaban interesados en afianzar el poder de las aldeas situadas en zona fronteriza, y para ello no encontraron mejor sistema que dotarlas de un amplio patrimonio que facilitara su saneamiento económico. Los municipios eran los propietarios de extensas superficies rústicas que incluían a los baldíos, prados, yermos y montes. También controlaban, ejerciendo un estricto monopolio, la transformación y distribución de los productos alimenticios esenciales para la comunidad: hornos, panaderías, molinos harineros, tiendas, tabernas, carnicerías, etc.

En teoría, todas estas propiedades rústicas y derechos monopolísticos pertenecían, por derecho de conquista, a la monarquía, y esta podía cederlas a quien quisiera. Sin embargo, a partir de mediados del siglo XIII se observa como las aldeas van adquiriendo independencia jurídica y se apropiarán paulatinamente de todos los derechos reales en sus respectivos términos, imponiendo sobre ellos un aprovechamiento comunal. Los montes y yermos podrán ser utilizados por todos los vecinos, aunque se regulará su uso para evitar problemas de sobrepastoreo o de falta de leñas. Los prados se utilizarán para la dula, o serán roturados, divididos y sorteados para su cultivo. Los molinos, hornos, panaderías, tabernas y otros bienes municipales serán explotados mediante subasta, imponiendo el Concejo estrictas condiciones que resguardaran la utilidad social de estos bienes.

El resultado de este primitivo reparto medieval, que podemos aplicar perfectamente a la villa de Cutanda, creó un régimen de tenencia de la tierra que compaginaba perfectamente la propiedad pública y la privada, adaptándose a la estructura económica agropecuaria típica de la Alta Edad Media, a las peculiares características del proceso repoblador y a su baja densidad de población. Las tierras comunales procuraban pastos para el ganado y leñas para los hogares, y un reparto privado y bastante equitativo de las parcelas de cultivo permitirá la subsistencia agrícola de los vecinos .


Bibliografía

  • Andrés y Valero, Florentín (1951): ``Algunos datos sobre la reconquista de Monreal del Campo y su comarca´´. Teruel, Teruel, 5, pág. 7-17 [Texto completo]
  • Ortega Ortega, Julián (2003): "Señores y aldeas en las tierras del Jiloca a principios del siglo XII", en Comarca del Jiloca, Zaragoza, Gobierno de Aragón, p. 89-100 [Texto completo]